Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3
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Capítulo 3

Los disolutos sin corazó n

En Londres los hombres apuestos eran bastante codiciados.

Los que también poseían un título y fortuna se veían asediados por las matronas y sus hijas; más por las primeras que por las segundas.

Y los que tenían además fama de ser pícaros suscitaban sentimientos encontrados, dado que sus defensoras, mujeres que pensaban que podían redimirlos, estaban dispuestas a reformarlos; y después había quienes los evitaban como la peste.

En este grupo de disolutos había cuatro hombres que no se preocupaban en exceso por sus circunstancias personales.

Podría decirse que el duque de York, Malcom, se había convertido en el cabecilla.

Su hermano, lord Liam Banstorn trataba de superar las excentricidades de York con ahínco.

Mientras, el vizconde Portman, Thomas Foster, tenía sus propios problemas familiares.

Y el último de los disolutos, otro par del reino, su excelencia el duque de Phenton, Lucien Maldith, luchaba contra sus propios demonios.

Estos cuatro hombres habían cerrado un pequeño círculo de confianza y se reunían, además de para hacer travesuras indecentes, para hablar sobre sus circunstancias. Y esa era una de las ocasiones que los habían reunido en su club de caballeros.

―Esta temporada buscaré esposa ―informó el duque de York, mientras se sentaba en un sillón de piel en un lugar apartado, dentro de White’s.

―Vamos, los disolutos somos una hermandad de cuatro. No debes abandonarnos. Un hombre casado no puede pertenecer a nuestro grupo ―habló lord Liam Banstorn, el hermano de York, quien estaba disfrutando de una copa de brandy y un cigarro puro.

―¿Quién va a abandonarnos? ―inquirió Lucien Maldith, duque de Phenton, quien acababa de llegar y tomaba asiento al otro lado de York.

―Mi hermano ―tomó la palabra Liam― sostiene que va a deshacerse de su preciada soltería como si fuese un trapo sucio y roto, y por consiguiente tendremos que expulsarlo de nuestra hermandad.

―¿Tenemos una hermandad? ―Phenton sonrió tras hacer la pregunta.

―Nada como eso ―intervino York.

―Sí, la tenemos. Los periódicos hablan largo y tendido sobre nuestras maldades ―recordó Liam.

―¿Pretendes casarte, York? ―le preguntó directamente Phenton, obviando lo de la supuesta hermandad.

―Estaba diciéndole a mi hermano que esta temporada pretendo buscar esposa.

―Ah, bueno. Entonces, nada serio. No te preocupes demasiado, Banstorn, te quedan años para que tu reputación rivalice con la de tu hermano, aunque me consta que después de dos décadas podrías comenzar a ganar al impenitente duque de York.

―Me ofendes, Phenton. Londres sabe que no poseo todo ese empalagoso y petulante encanto de mi hermano, y que pese a ello soy el favorito de las damas ―alegó con claro engreimiento Liam.

―¿Habéis acabado ya de hablar de tonterías? ―interrumpió York.

―¿Estás de malhumor, amigo mío? ―Phenton lo veía especialmente serio, incluso le parecía que York hacía varias muecas que afloraban debido, probablemente, a pensamientos interiores.

York se quedó mirando a Phenton unos instantes.

Su contraparte tenía los ojos claros, el cabello del mismo tono y su piel era bastante pálida.

Todo en él era contradictorio porque parecía un hombre confiable, pero tenía esa mirada depredadora, peligrosa.

Había sido uno de los espías más buscados por parte de ambos bandos.

Según las informaciones privadas que manejaba York, durante la guerra, ni los ingleses ni los franceses sabían bien a qué bando pertenecían.

Amigos en común, le habían asegurado que el duque de Phenton sufrió un duro revés a manos de la esposa del conde de Albemarle.

Se comentaba en círculos privados, que uno de los amigos íntimos del esposo de Angela, el conocido teniente Ryan Cross, manco y todo, le había quitado a la mujer por la que Phenton suspiraba y por ello comprometió a la hermana de Albemarle.

¿Cuánta razón habría en esos rumores?, se preguntaba Malcom.

―¿La amabas, Phenton? ―York no fue consciente de haber formulado la pregunta en voz alta.

―¿Cómo has dicho?

―¿Amor?

Ambas preguntas fueron dichas al mismo tiempo por Phenton, primero, y Liam, después. Malcom carraspeó con cierta incomodidad.

―Acabo de cumplir veintiocho. Creo que es momento de que siente la cabeza. Tengo… sentimientos encontrados, por así decirlo, sobre la conveniencia de acordar un matrimonio común, donde mi esposa se quede en el campo criando a mis hijos…

―Mientras tú disfrutas de tu vida disoluta ―puntualizó Phenton con una sonrisa.

―Sí, eso sería parte de la primera opción ―razonó con tranquilidad York.

―¿Y la otra es el amor? Hermano, ¿estás considerando tener un matrimonio por amor?

¿Tú? ―Liam no reconocía a este nuevo duque que tenía delante.

La sola sospecha de que Malcom pudiera estar pensando en algo como el amor le producía inquietud.

Su hermano se había pasado toda su vida aconsejándole que jamás se enamorase de una mujer―. Debes estar bromeando ―puntualizó Liam.

―No ―negó tajante―. Es momento de que tenga hijos, si voy a ponerme la soga al cuello, ¿debería pactar un entendimiento, donde no haya lugar a dudas de lo que espero y deseo de la que será mi duquesa, o debo…? ―Su voz se apagó.

El duque de Phenton fue consciente de su incomodidad y decidió ayudarle en su aseveración:

―¿Nos preguntas si debes buscar el amor con la mujer con la que te atarán los sagrados votos del matrimonio?

―¿Sagrados? ―tomó la palabra Liam―. Vamos, Phenton, para York no hay nada sagrado.

Creo que incluso esa palabra no está en su vocabulario.

¿Cuánto crees que le duraría el enamoramiento, en el hipotético caso de que buscase a una mujer de la que enamorarse?

Yo te lo diré, mi hermano estaría como mucho una semana creyendo que ama a su duquesa y luego, en el momento en el que pasase una preciosa belleza inalcanzable por delante de él, se daría cuenta de que el amor es para el hombre que no es capaz de conquistar a las damas con las que desea retozar, para quienes solo pueden aspirar a conquistar a una única hembra.

―Yo la amé ―dijo el duque de Phenton tras la disertación de Liam.

Después de analizar detenidamente el curso de la conversación, sabía exactamente lo que York le había preguntado hacía unos minutos―.

Con todo mi ser. Tal vez la lucha frente a otro que me la quitó de las manos hizo que la anhelase fervientemente, hasta el punto del delirio.

En todos los años pasados, en los que la muerte fue parte de mi vida, en donde debía matar para sobrevivir, solo ella fue capaz de hacer que olvidase la oscuridad.

Amaba a esa mujer y, si la hubiese conseguido, ten por seguro que ninguna otra hubiera hecho que yo me separase de ella, ni tan siquiera le habría sido infiel de pensamiento.

―¿Entonces comprometiste a la hermana de Albemarle para castigarlo por robarte a la mujer que amabas? ―Liam no se pudo contener en su curiosidad. Sabía que se refería a la esposa del Ryan Cross, conde de Albemarle, cuando hizo esa disertación sobre el pasado.

La respuesta del duque de Phenton fue ofrecer una tímida sonrisa, coger la copa que previamente había dejado sobre la mesa central que tenían al frente y beber.

Liam y York supieron que no iba a responder.

―¿Crees que serías capaz de encontrar lo que tenías con lady Albemarle… con otra? ―York necesitaba un poco de guía y sospechaba que su amigo había sufrido la misma decepción que él tuvo con la condesa de Monty.

Phenton se tomó unos minutos para reflexionar sobre la pregunta. Conocía bien la vida del amigo que le estaba haciendo esa consulta, por lo que deseaba ofrecerle algo que no estuviera carente de valor y honestidad.

―Yo no soy tú, York. Si me estás preguntando si me repondré algún día… No lo sé. ¿Cómo puedo saber si no lo he hecho ya? ¿Esto es por lady Monty? ―preguntó con suavidad Phenton.

York echó la espalda hacia atrás y se reclinó en el sofá de piel. Suspiró. Liam tenía los ojos como platos al ver a su hermano tan serio y más, por el hecho de que estaba hablando de matrimonio… y no solo de casarse, sino de hacerlo por amor.

―No lo sé. Ocho años atrás me convencí de que fue una liberación que ella me dejase por otro.

He podido disfrutar de mi vida sin contención.

¿Ella me hizo ser así? Supongo que no tiene toda la culpa.

Mi posición, atractivo y disposición jugaron también un papel decisivo.

Sin embargo, sé que ella es feliz. La tiento cada vez que estoy en su presencia, porque, en mi hedonismo, quiero pensar que soy mejor que Monty, sin embargo, ni una sola vez me toma en serio.

El rechazo de ella me convence de que por lord Monty ella moriría una y mil veces.

―Todos queremos lo que los condes de Monty tienen, York.

―Yo no ―afirmó con convicción Liam. Phenton lo miró con una gran sonrisa y luego comentó:

―El que diga todo lo contrario miente descaradamente.

―Yo no ―repitió lord Liam W. Banstorn.

―No pienso discutir, Banstorn, te consideraré la única excepción a la regla ―decretó Phenton. Eso pareció dejar más tranquilo al hermano de York.

Hubo un momento de silencio que hizo más patente la pesadez de la conversación tan seria que allí se estaba produciendo.

―¿Conocéis a alguna Isobel? ―quiso averiguar Malcom.

―¿No se llama así la marquesa de Derringer? ―sugirió su hermano.

―Sí, puede ser, pero a lady Derringer ya la disfruté hará seis años. No es ella… ―adujo pensativamente York.

―¿Es una mujer interesante para ti, York?, esa Isobel, digo. ―Se interesó el otro duque.