Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Mientras, Isobel se decía a sí misma que todo iba a salir bien.

Solo era un contratiempo no bienvenido. Una suerte que ese hombre no se hubiese mostrado amable o habría tenido que proceder de otro modo.

Con un poco de suerte, los caminos de ambos no se cruzarían nunca más.

Con otra pizca de buenaventura, él ni se acordaría de su cara…

Rezó una breve plegaria para que así fuera.

¡Una vez que se le había ocurrido hacer algo descabellado y los astros estaban alineándose en su contra!

El cochero la dejó delante de la puerta de la posada.

No esperó a que alguien le abriese la puerta, bajó a toda carrera y entró en el lugar.

Se había colocado un sencillo vestido de viaje, muy cómodo y nada presuntuoso, con el fondo color cielo y pequeñas margaritas.

El abrigo que llevaba era gris oscuro, poco favorecedor.

El luto había sido desterrado, pero necesitaba pasar desapercibida especialmente para la entrevista que tenía en esa posada.

No miró atrás cuando entró en el interior del establecimiento porque deseaba que el hombre al que había recogido en el camino se olvidase de ella, tanto que ni pudiera recordar su rostro.

El azoramiento de Isobel era tan grande, que quien la viese creería que escondía en su retículo una pistola e iba a atracar la posada o algo por el estilo.

Nada más entró se dirigió al comedor. Lo vio. Él estaba sentado en una mesa tomando una jarra de cerveza, en cuanto la divisó se levantó y la recibió con una gran sonrisa.

―Lo siento, no puedo. Debo irme de inmediato. Yo… lo siento ―atinó a decir, ante un desconcertado hombre que la miraba sin saber a qué atenerse.

Un poco antes de que esta escena se sucediera, York daba un salto para dejar el lugar que ella le había hecho ocupar.

Estaba lleno de furia por el desplante de esa dichosa mujer.

No solo lo había relegado al último lugar de su incómodo vehículo, sino que además había bajado sin importarle si estaba bien o no…

¿Desde cuándo una fémina tenía tanta indiferencia hacia él?

Ah, no. Las mujeres se desmayaban a su paso cuando él les dirigía una pequeña mirada.

Probablemente esa dama necesitaba gafas, porque su atractivo era insuperable.

Se encaminó hacia la entrada dispuesto a que ella lo examinase con atención.

No, la anónima dama de ojos marrones insustanciales, pelo castaño que escondía bajo un bonete que había visto días mejores, y de altura y figura nada reseñables, no iba a dañar su vanidad, porque en estos instantes más que nunca, Malcom W.

Banstorn necesitaba aferrarse a ella con todo lo que tenía.

¿La desconocida no sabía que no se podía desdeñar a un hombre, y menos que a todos a él? ¡Qué desfachatez!

Se irguió en toda su altura, estiró sus pantalones de seda negra, acomodó su chaleco y chaqueta y pasó sus dedos por su suave cabellera.

Después volvió a colocarse el sombrero de copa y cruzó la puerta.

Los demonios casi se lo llevaron en cuanto la vio cuchicheando precisamente con ese hombre…

Sonrió de lado. Interesante lo que tenía ante sus ojos.

Se acercó a ella por detrás y carraspeó con fuerza.

―¿York? ―preguntó el varón que tenía frente a él. La desconocida estaba situada de espaldas al duque.

―Thorpe, ¡qué sorpresa tan inesperada! ―dijo Malcom tratando de dar sentido a la situación.

―Discúlpenme ―habló Isobel, al tiempo que giraba sobre sus talones con la cabeza baja para marcharse. Había sido poco cortés, tremendamente inadecuada, pero no deseaba ser partícipe de esa situación.

―Isobel… ―susurró el hombre que York tenía al frente.

―¿Me puedes explicar qué acaba de suceder? ―solicitó con calma York. Cruzó sus brazos sobre su pecho y levantó su ceja ducal.

Faran Spooner, vizconde Thorpe, apretó los labios en una fina línea.

Esto no era lo que había previsto. ¿Qué demonios hacía el duque de York tan lejos de sus dominios?

Podría decirse que eran más conocidos que amigos, pero bastante cercanos en el pasado, por circunstancias que no venían al caso.

Hacía, cuanto menos, cinco años que no habían coincidido, y precisamente lo tenían que hacer aquí.

¿Había venido él con Isobel? Muy sospechoso que ambos llegasen prácticamente al mismo momento.

Su corazón se estremeció con furia al producirse este pensamiento.

Se consideraba a sí mismo un hombre posesivo, y más cuando York estaba por el medio.

Los hombres hacían bien en extender una red sobre lo que consideraban su propiedad, en especial cuando de féminas se trataba y el duque de York estaba implicado.

Poca gente no conocía el poder de persuasión del duque.

Aclamado por ellas, odiado por los hombres, aunque muchos querían parecerse a él.

Thorpe gimió con descontento al recordar que había pronunciado su nombre en un susurro suplicante del todo vergonzoso y se contuvo de ir tras ella.

No debía hacerlo. No, cuando el libertino más peligroso de Londres estaba situado frente a él y lo miraba con curiosidad.

York no era conocido por inmiscuirse en los asuntos de los demás, no obstante, cuando las damas entraban en juego, eso era otro cantar.

―No ha ocurrido nada ―siseó el interpelado.

―¿Quién demonios es Isobel? ―La pregunta salió sin que pudiera detenerla. No lograba adivinar el motivo por el que tenía interés en una mujer que ni siquiera le atraía. Tal vez fuese aburrimiento. O por el hecho de que Thorpe estuviese implicado…

―No tengo ni idea ―contestó con seriedad Faran.

―Ya. Entonces, ¿quién es la mujer que se acaba de marchar como si los carceleros de Newgate vinieran a apresarla? ―rebatió con interés el duque.

―¿Qué dama? Yo no he visto a ninguna mujer. ―Negó con efusividad el vizconde.

―Uhm, así que ella es una dama… muy bien ―señaló con interés.

Viendo que no iba a sacar nada de ahí, se dio la vuelta como había hecho ella y buscó al posadero para que le diese indicaciones sobre cómo arreglar su carruaje y poder marcharse de una maldita vez a Londres.

Los asuntos del mezquino Thorpe no le incumbían.

Los de esa boba mujer tampoco. No le preocupaba una sencilla dama que no había tenido ni una mirada de culto hacia su atractivo.

¡Él! El gran duque de York, sueño de toda mujer, que podía conquistar a una presa con solo guiñar un ojo, no tenía ni tiempo ni motivos para interesarse por ella, en especial porque era tan sencilla y simple que ningún hombre de su posición y porte se giraría a mirarla una segunda vez.

¡Demonios! ¿Entonces por qué estaba hablando con el mesonero y mirando por el cristal de la ventana observándola?

Isobel se había marchado de ahí acelerando tanto el paso como pudo. Vio su carruaje donde lo había dejado y respiró con un poco más de tranquilidad. Unos pocos pasos más y se marcharía de ahí con la dignidad casi intacta… Casi.

―¿Señorita Baltimore? ―Se quedó congelada cuando escuchó una voz a su derecha llamándola por su apellido de soltera. Quiso agachar la cabeza y salir huyendo. No lo hizo.

¿El universo le estaba mandando un mensaje?

¡Por Dios bendito!, solo faltaba que se presentasen ante ella Evangeline, Regina y Theodore.

Se recordó a sí misma que no había hecho nada malo y que no tenía de qué avergonzarse.

Solo era una mujer que había llegado a una posada, la había visto por dentro y no le complacía, por eso se marchaba.

Poco importaba que fuese acogedora y estuviese limpia.

Un cliente tenía derecho a cambiar de idea… ¿verdad?

Alzó el mentón y miró hacia el lugar del que había provenido la voz.

Lo miraba sin verlo realmente. Sus ojos tenían la puerta de la posada como objetivo.

No deseaba volver a toparse con el hombre que había ayudado en el camino y tampoco con el otro que la había estado esperando dentro.

Si ellos salían, Isobel se veía capaz de echar a volar y huir sin remordimientos.

Negaría todo si alguna vez le recriminasen haber estado en la posada a horas como estas.

―¿Quién lo pregunta? ―se atrevió a decir al más puro estilo de una condesa.

Oh, sí. Isobel había perfeccionado el modo de conducirse cuando adquirió su nuevo título.

Con tres hijos a su cargo debió olvidarse de que fue una simple institutriz y tuvo que amoldarse a ser tirana cuando la situación lo requería.

―Debo haber cambiado mucho, si no me reconoce, señorita Baltimore.

―Joven, ahora soy lady Snow. ―Se enorgulleció de haber sonado como una nutrida matrona capaz de dirigir Almack’s.

―¡Oh! Mis más sinceras felicitaciones por su ascenso. ―Ella detectó ahí la pequeña mofa―. Yo sigo siendo el señor Sullivan.

―¿Sullivan? ―graznó incrédula.

―Eso he dicho.

La condesa gimió con desespero. ¿De verdad tenía que enfrentarse a esto, precisamente cuando tenía un montón de problemas corriendo tras ella?

Isobel agudizó los ojos y se fijó en él para observarlo con atención.

Era Avery Sullivan, indiscutiblemente se trataba del antiguo administrador del conde.

Esos labios eran inconfundibles. No era un pensamiento indecoroso, pero ciertamente tenía la boca más bonita que un hombre podía poseer.

Era él, pero se veía completamente diferente, más…

menos… no sabía cómo definirlo, pero se veía extraño.

Cientos de preguntas se deslizaban hacia la punta de la lengua. Todas murieron en cuanto vio en la puerta a los dos hombres de los que sabía que debía huir.

―Lo siento, señor Sullivan, tengo muchísima prisa y no puedo quedarme más tiempo. Buenas tardes tenga usted. ―Otra grosería más que añadir a la lista. No importaba. ¡Tenía que irse!

Sus piernas fueron veloces para adentrarse en el carruaje.

―Vaya, sí que se le ha subido a la cabeza el título de condesa… ―susurró el antiguo administrador, sin que nadie lograse oírle.

En la seguridad que le daba el lugar cerrado, Isobel observó las ventanillas para comprobar que las cortinas seguían echadas.

Pues en el momento en el que el hombre al que socorrió en la franja del camino subió, fue lo que primero hizo, y respiró con cierta alegría cuando el cochero inició el viaje a Londres.

¿En qué diantres estaba pensando cuando decidió hacer una parada y no ir directamente a la ciudad?

Isobel era una mujer a la que raras veces le salían bien las intrigas. Esto no iba a ser diferente, pensó con gran pesar.