Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

―¡Oh, Isobel!, no te preocupes tanto por mí.

Es cierto que prefiero la tranquilidad del campo.

Desde que mi esposo se fue he querido estar sola, tener tiempo para mí, aunque si me necesitas en Londres, por favor, házmelo saber y estaré allí tan rápida como una flecha.

―Helena se rio―. Esperemos que el amor llegue pronto para las muchachas, soy consciente de que quieres verlas bien asentadas.

―Sí, Helena, es lo que más me asusta ―advirtió la condesa, al tiempo que cogía su taza de té para darle un gran sorbo.

Necesitaba templar los nervios. Al terminar de beber, la regresó a su platillo, que reposaba en la coqueta mesa de mármol que ambas tenían frente a ellas―.

Te confieso que estoy preocupada por lo que será de Evangeline y Regina.

Me gustaría que tuvieran un excelente matrimonio, un título como deseaba su padre, pero más allá de la posición, quiero que sean felices.

Siento sobre mis hombros una gran responsabilidad con las dos jóvenes.

Theodore todavía es joven y, ambas sabemos que los hombres lo tienen más fácil.

A mi hijo le bastará con señalar con el dedo a la joven que desea y muy probablemente, en menos de un año, estarán recitando sus votos en la catedral de Londres.

―Pero Evangeline está decidida a casarse pronto ―observó Helena, quien volvía a tomar un poco de té, después de haber comido un pastelillo de canela.

―Y eso es precisamente lo que me inquieta.

―¿A qué te refieres?

―Verás, Helena, no te he hablado nunca de esto, porque realmente no tengo toda la información en mi poder.

―¿Un desengaño amoroso? ―se aventuró a preguntar.

Isobel se tomó un momento para valorar si hacerle al fin una confesión tan privada sobre su hija.

Helena era una mujer experimentada que tenía una mente más abierta que otras damas de la comunidad.

La señora Gardener también se mostraba reservada en los asuntos de su esposo, como la propia Isobel, pero una tarde, después de calentarse con un poco de brandy , le hizo la confesión de que después de dos años de morir el señor Gardener, se cruzó con un hombre con el que vivió un breve romance que terminó tan pronto como llegó, pero que la dejó bastante satisfecha.

Fue a raíz de esa conversación que Isobel se sintió inquieta y decidió idear una especie de plan que la tenía muy alterada últimamente.

Desde ese momento comenzó a sentirse como una criminal…

―No sé lo que aconteció con certeza. He tratado a lo largo de estos dos años hablar con Evangeline de lo que sucedió, pero ella se niega a aceptar cualquier acercamiento. Es muy hábil evadiendo un asunto cuando no le interesa…

―¿Un mozo de cuadras? ―inquirió con suavidad Helena. Era muy típico entre las jóvenes más protegidas por la familia comenzar a desarrollar una curiosidad especial por un joven musculoso, de baja posición, que se vestía solo con una ligera camisa para cubrirse. ¿Quién podía culparlas?

―El administrador habló con mi esposo y le lanzó una proposición de matrimonio. Snow me dijo que lo despidió en el acto sin referencias. No he sabido más.

―¿Temes que Evangeline pueda haber…? ―No se atrevió a terminar la frase.

―No lo creo. ―Isobel entendió lo que preguntaba su amiga―. Siempre ha sido una joven muy sensata, sin embargo, no sé el alcance del daño que pudo causarle.

―Si aspira a hacer un buen casamiento, debes tratar de averiguar la información, Isobel. Un hombre que encuentre en su cama a una mujer mancillada… más si es de alto rango. Podría ser un escándalo horroroso para la muchacha si trascendiese.

Ese era el mayor temor de Isobel.

―Lo comprendo. No obstante, si hago la pregunta abiertamente, corro el riesgo de que Evangeline me mienta, o peor, de ofenderla.

Es la descendiente de un conde, la considero mi propia hija, no quiero hacerle daño con una insinuación que…

¡Oh, Helena! Ansío tanto que sean felices que si yo preguntase y ella me dijese que lo peor ocurrió, no sé bien cómo podría enfrentar la situación.

¿Cuántas muchachas sobreprotegidas habrán caído en manos de la seducción, sin saber lo que hacían?

¿Y si el señor Sullivan se aprovechó de la inocencia de Evangeline?

―No conocí al hombre, no sé qué responderte, Isobel. ¿Te pareció que sería de esa clase de personas?

―¡Nunca! Lo vi muy cabal, muy correcto, pero ambas sabemos que los monstruos no demuestran su auténtica naturaleza. Hasta que mi esposo no lo mencionó, nunca había imaginado que Evangeline hubiera hablado alguna vez con aquel muchacho.

―Siento muchísimo no poder ayudarte en esta ocasión, querida amiga.

―Creo que no me queda otra opción que confiar en mi intuición.

―Yo también lo haría. Evangeline es una joven virtuosa, y te tiene gran aprecio.

Si hubiese estado en problemas habría hablado contigo y te habría pedido ayuda.

Tú eres cálida, Isobel, no distante. ―A Helena siempre le había parecido una joven tan brillante y atenta…

No hubiera pensado que se hubiese enamorado.

Sin embargo, la juventud era un momento delicado y se hacían las peores locuras.

―Así lo creo yo. No la veo capaz de engañar a nadie, aunque confieso que me habría gustado poder ayudarla en caso de que hubiese estado enamorada de él. Un desengaño a tan temprana edad…

―Si está decidida a casarse, quédate tranquila, porque Evangeline no guarda ningún tipo de secuela. En Londres tendrá a sus pies a muchos jóvenes deseosos de desposarla. Tiene posición, una excelente dote, según me dijiste, belleza y porte.

―Sí.

―El problema sabes cuál va a ser… ¿verdad, Isobel? ―preguntó con suavidad Helena.

―Regina.

―No la presiones si esta temporada no acepta a ninguno de los muchachos.

―No, no tengo pensado hacerlo. Creo que ella es más salvaje, pero conoce mejor su interior que Evangeline. Confiaré en mis hijas, Helena, porque es lo que siento que debo hacer.

Tras esa conversación, y una vez que estuvieron cargados los baúles de la condesa en el carruaje, Isobel emprendió el viaje a Londres.

La casa de lord Snow no había sido habitada en años, por lo que Isobel decidió que haría una primera visita para averiguar en qué condiciones estaba todo.

Después regresaría a por las muchachas y comenzarían con buen pie la temporada social.

Antes de marcharse le había pedido a Helena que echase un ojo a sus hijos. Sospechaba que su amiga lo haría diariamente, dado que había observado que la señora Gardener y el tutor de Theodore habían entablado una excelente relación y se llevaban muy bien.

Sentada en el carruaje, mientras el traqueteo la mecía y la expectación la consumía, divisó por la ventanilla un vehículo siniestrado junto a la zanja del camino.

Dos hombres estaban de pie y se habían quedado parados mirando cómo circulaba su carruaje por delante de ellos.

Gimió. Había esperado no tener ningún sobresalto en su viaje, especialmente en el primer tramo hacia Londres…

Dio un golpe en el techo y el cochero detuvo el carruaje. Isobel abrió ligeramente la portezuela del carruaje y se asomó sin descender.

―¿Están bien? ―preguntó la dama.

El hombre más alto y bien vestido, aunque iba muy desaliñado, sospechaba que a causa del accidente, se acercó a ella.

―Todo lo bien que se puede estar después de un altercado con un carruaje, señora ―dijo con desdén. Ella rodó los ojos.

―¿Necesitan ayuda? ―se ofreció, pasando por alto el tono tan inapropiado del hombre.

―¿Usted qué cree? ―El retintín de la pregunta que ofreció él por respuesta fue más que evidente. ¿Qué demonios le pasaba a ese hombre? ¡Se había detenido a auxiliarlos! ¿Pretendía que le pusiera una alfombra roja y se postrase a sus pies?

―Vamos a la posada La yegua y el sabueso, que no estará demasiado lejos.

Suba al pescante con mi mozo, le dejaremos ahí.

―Tras decir el plan, la condesa de Snow cerró la puerta y echó las cortinas.

Iba a darle dos minutos para que ese hombre desagradable decidiera si aceptaba la ayuda o si se quedaba en la zanja.

De este modo, el duque de York, un hombre que montaba sobre los mejores corceles del reino, que tenía dos carruajes y un faetón, se vio subiendo en la parte de atrás del vehículo.

Y lo que más le molestaba no era el lugar que esa altiva mujer le había obligado a ocupar.

No. Lo más absurdo era que parecía no haberse dado cuenta delante de qué tipo de hombre estaba…

¿Y qué era esto? Pues, la mujer aburrida e insípida se había dado de bruces con el hombre al que todas las damas destinaban sus sonrisas, las que darían cualquier cosa porque él las mirase a los ojos, y ella no había hecho más que mandarlo al pescante.

¿No se daba cuenta esa mujer de que haberlo invitado al interior de su carruaje habría sido un sueño para cualquier fémina?

¿Cuántas damas habría en Inglaterra que hubiesen dado cinco años de su vida por tener un encontronazo con él en tales circunstancias?

York había estado malhumorado desde que dejó a Angi, pero se puso mucho peor cuando vio que, posiblemente el único carruaje que pasaría por ese lugar en mucho tiempo no pensaba detenerse a ayudarlo.

Luego, cuando esa mujer de rostro adusto, con un sencillo y feo bonete de paja, comenzó a preguntar obviedades, su estado mental se vio seriamente perjudicado por la poca atención que la insulsa mujer le había otorgado.

¿Qué más le podía pasar en este maldito día?

Uhm. No tuvo que haberse hecho esa pregunta mientras viajaba sentado en ese estúpido espacio del transporte, porque la cosa no mejoró considerablemente durante las siguientes horas.