Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 2
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Capítulo 2

Una iniciativa arriesgad a

El luto al fin había terminado. Un año sombrío, donde la luz había entrado bien poco incluso en el interior de la casa.

Isobel Dreyer quiso rendir el debido respeto por el hombre que la desposó.

Cierto que no lo conoció lo suficiente para saber si sus deseos serían que su familia llorase su pérdida todos y cada uno de los días hasta pasados los trescientos sesenta y cinco, no obstante, sospechaba que los buenos vecinos y la gente del pueblo sí podrían encontrar jugosos chismes si ella no se comportaba con corrección y decoro.

Así que Isobel decidió respetar al hombre que le había entregado una familia, dinero y una residencia permanente para vivir, pues en las últimas voluntades de lord Snow, se estipuló que la casa de la viuda sería para el uso y disfrute de Isobel hasta que falleciese.

De igual modo residiría en Snow Cottage hasta que su hijo Theodore tomase esposa.

El brillante niño de sonrisa triste se convirtió en conde a la tierna edad de dieciséis años.

Una responsabilidad para la que se estaba preparando gracias a sus estudios con el profesor Jackson.

Tyler Jackson había sido contratado por Isobel para darle los conocimientos y la formación necesaria para que supiera administrar del mejor modo posible su fortuna y posesiones.

Por supuesto que tras la marcha del señor Sullivan había llegado otro hombre ―más mayor y menos adorable que el anterior administrador― para llevar los asuntos del conde, pero lady Snow consideraba que Theodore debía estar preparado para no dilapidar lo que su padre le legó hacía un año.

Viuda. Se había convertido en una esposa sin marido a una edad peligrosamente cercana a los treinta. Estaba inquieta porque Evangeline tuvo que aplazar su debut un año y no sabía cómo se enfrentaría a Londres sin el padre de la que era a todos los efectos su hija.

Lord Snow y su esposa habían intercambiado algunas misivas desde que se marchó a África y él prometió estar de regreso para ayudarla con la presentación de Evangeline y Regina.

¡Cielo santo! Iba a presentar a dos jóvenes en Londres ella sola.

Sin ayuda, con poquísimos contactos… Tenía algún noble conocido al que no deseaba importunar con asuntos familiares, así que prefería estar por su cuenta en la nueva misión encomendada.

Su esposo tuvo que marcharse a África para vivir una aventura que le impidió regresar y cumplir su juramento.

Una vez más, y esta vez para siempre y sola, ella estaba al cargo de todo y debía ocuparse de las dos muchachas que estaban deseosas de conocer la gran ciudad.

Se había decidido que Theodore se quedase en el campo debido a su corta edad.

El tutor del joven, el señor Jackson, se encargaría de velar por él.

Isobel confiaba en ese hombre maduro y afable que se había ganado la admiración de su hijastro.

¡Qué palabra tan fea! Ella prefería llamar a los tres: sus hijos.

La condesa viuda de Snow compuso una mueca al pensar en Evangeline disfrutando de la temporada, de agradables paseos por Hyde Park, escapadas a la ópera y al teatro, y desde luego, pretendientes que traerían un sano cortejo.

Este último asunto no parecía ser del interés de las dos muchachas. Solo de una.

Evangeline, con diecinueve años, había declarado que se casaría con el primer hombre que mostrase una clara inclinación por ella y le agradase.

Palabras muy punzantes que bien sabía Isobel de dónde venían.

Mientras, Regina, un año más joven que su hermana mayor, había dicho todo lo contrario.

La cita social se avecinaba ciertamente interesante.

Bueno. Casar a dos muchachas bonitas no sería complejo.

Evangeline se convertiría, con la modista adecuada y los acercamientos oportunos, en toda una incomparable de la temporada, porque tenía las dotes, la apariencia y los modales.

Su aspecto más angelical, que le conferían su precioso pelo dorado y sus grandes ojos oscuros, sería un gran primer paso para adentrarse en el complejo mercado matrimonial.

Regina sería otro asunto. Esa hermana Dreyer estaría destinada a captar a un hombre que no temiese lo exótico.

Ella se veía salvaje debido a su lustrosa cabellera, tan espesa y negra, y sus ojos turquesa.

Su altura era elevada para ser una mujer, pero Isobel sabía que llamaría la atención de un caballero impulsivo que buscase un reto…

Domesticar a Regina no iba a ser tarea fácil, por lo que sería conveniente que un hombre decidido tomase a esta hermana Dreyer como esposa.

Gracias a Dios, Theodore era un hombre y, aparentemente, sería más fácil casarlo cuando llegase el caso.

―Buenos días, Helena, disculpa que te haya hecho esperar ―saludó lady Snow a su amiga, al entrar en la salita privada de la condesa.

Ese pequeño saloncito se había convertido en su rincón de paz cuando quería esconderse del mundo.

Sus hijos no entraban allí cuando sabían que ella se encontraba en esa estancia.

A Dios gracias, por haber traído a su vida a una persona como Helena Gardener.

La señora Gardener era, al igual que Isobel, viuda.

La diferencia era que no tenía un título, aun así, su difunto esposo le había dejado una considerable fortuna gracias a los negocios del ferrocarril.

Helena, de unos cuarenta años y bastante bonita, se trasladó desde el norte de Inglaterra para comprar una preciosa casa en unos terrenos colindantes cuando enviudó cinco años atrás.

La amistad entre ambas mujeres había florecido al poco tiempo de que Isobel se convirtiese en condesa, pues una tarde, Helena llegó para transmitir sus sinceras felicitaciones y se hicieron excelentes amigas.

Lo que más le agradaba a la condesa era el carácter sencillo y jovial de su amiga.

A veces, Helena pecaba de ser algo perversa en sus inclinaciones, no en vano se había criado fuera de las rectas normas sociales aristocráticas.

Pese a ello, sabía comportarse con decoro y corrección, eso sí, las conversaciones entre ambas no solían rondar sobre el tiempo o cosas insustanciales, pues eran más elocuentes e interesantes.

Además de las confidencias que ambas mujeres solían compartir, lo que más le había gustado a Isobel fue conocer al primo de la señora Gardener.

Faran Spooner era el vizconde Thorpe, un título que heredó de su abuelo.

Era un hombre muy interesante, más bien refrescante.

Tenía treinta años, era rubio, de ojos azules, de estatura media, de complexión delgada pero no había nada enclenque en él.

Cuando lo conoció creyó que podría ser un buen partido para alguna de las muchachas Dreyer, de ahí que lo invitase ―junto con Helena― una mañana a tomar el té y visitar el parque de la casa solariega, pero Evangeline y Regina nunca mostraron interés en él.

Isobel no había esperado que se forjase una unión entre ella y Faran.

No. Tampoco podía llamarse relación lo que habían desarrollado.

Sencillamente, conversaban y paseaban. No era de extrañar que, con la poca vida social campestre, ella hubiera encontrado apetecible disfrutar de la compañía de un hombre amable y muy agradable.

Por supuesto, se habían visto poco en el último año, dado que el luto se guardó con atención, aunque Faran sí la había visitado en compañía de Helena varias veces.

―¿Isobel? ¿Me estás escuchando? ―Las palabras de Helena la trajeron de regreso a su cálida salita privada.

―Discúlpame de nuevo. En las últimas semanas no sé bien dónde tengo la cabeza ―se excusó la condesa por no haber atendido a su amiga.

Las dos mujeres tomaron asiento en los silloncitos cerca de la ventana.

Una doncella llegó con el té y unos pastelillos de canela.

La pequeña chimenea de la habitación estaba encendida, dado que el día había amanecido especialmente gris.

Isobel esperaba que no fuese un presagio de los inminentes planes que ella había trazado con especial dedicación.

―Es del todo comprensible que estés nerviosa. Vienen meses de gran actividad.

―¿Nerviosa? ¿Por qué? ¡No estoy ansiosa en absoluto! ―saltó a la defensiva. La condesa se dio cuenta de que había sido demasiado intempestiva cuando su amiga la miró con el ceño fruncido.

Isobel se sentía como si estuviese planeando el asalto a un banco. ¿Habría ido demasiado lejos con lo que se proponía hacer en las próximas horas? Tenía que relajarse. No iba a hacer nada malo, se dijo a sí misma.

―Por la temporada… ¿Estás bien? Si necesitas ayuda puedes pedirla, Isobel.

Comprendo que presentar a una muchacha ya es una tarea ardua, sin embargo, a dos, debe ser extenuante.

Puedo ir contigo a la ciudad, no tengo tantos contactos como otras personas mejor posicionadas, aunque estoy segura de que mi primo Faran podría ayudarnos con las chicas.

Puedo acompañarte en tu viaje hoy mismo si me das un poco de tiempo para prepararme.

―¡No! ―Se dio cuenta de que había alzado la voz demasiado alto.

Se obligó a sosegarse. Hizo un aspaviento con la mano para restar importancia a la cuestión―.

Quiero decir… nunca te impondría mi voluntad, sé cuánto te desagrada Londres y creo que estaremos bien allí.

Lord Thorpe se ha brindado a presentar a las chicas a varias damas que sabrán guiarnos a todas nosotras para hacer una buena entrada.

Además, mi esposo tuvo en la ciudad a un amigo que también nos apoyaría en caso de necesidad.