Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1 #6
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Capítulo 1 #6

―Hay más vida tras tus amigos disolutos, York.

―Lo sacó de sus tétricos pensamientos―. Phenton no tiene posibilidades con la hermana de Albemarle porque el conde hace lo que sabe que es mejor para Margaret.

Su hermana es un tesoro preciado para él como lo es Briana para Samuel.

Y debo recordarte que, si hubieras tentado a la hermana de mi esposo, probablemente Exeter te habría pegado un tiro sin dudarlo.

Él le sonrió.

―Te concederé eso. La hermana de tu esposo no fue una buena opción porque el conde de Exeter ya la tenía en su bolsillo, y ese hombre es, tal vez, más peligroso que el demente Kensington.

La conversación cesó unos breves instantes. York meditaba sobre la vida, Angela lo contemplaba intranquila.

―¿Qué piensas? ―preguntó cuando lo observó callado.

―Creo que debí haber ido a luchar contra Napoleón.

Los amigos de Samuel tuvieron suerte a su regreso.

A buen seguro, si yo hubiese ido a la guerra hubiera obtenido la misma dicha que ellos en los asuntos del corazón, como los llamaste.

Cuatro años y todavía se cantan las alabanzas de los soldados valerosos, curtidos especialmente en las batallas del amor.

Uno cojo, otro demente y el último manco.

Tres hombres sin título se marcharon a la guerra y regresaron para ocupar su lugar en sociedad, dos nuevos condes y un duque.

Encontraron el amor también. Si al menos me hubiese marchado con ellos, pudiera ser que alguna buena mujer, tú, llorase mi pérdida, porque estoy seguro de que yo no hubiera vuelto con vida, ya sabes, demasiado obstinado para seguir las normas y tan temerario como para haberme presentado para una misión de no retorno.

―¡No digas eso, te lo suplico! No deseo que nada malo te suceda ―exclamó angustiada. Le dolía verlo tan vulnerable. Él sufría y hasta ese momento no le había permitido ver cuánto. York le sonrió, se separó de ella, le hizo una reverencia teatral y procedió a despedirse:

―Ya he abusado demasiado de tu hospitalidad. Me despido de ti, querida, con gran pesar. Por mucho que adore nuestros encuentros estoy seguro de que me preferirías en Júpiter y me encuentras tedioso. El año que viene mandaré mi presente para tu pequeño con un mensajero. ―Comenzó a irse.

―York, por favor… ―No sabía cómo contemplar esa petición.

Él se giró y la miró. Angela se dio cuenta de que se había vuelto a colocar la máscara de nuevo y sospechaba que esta vez no se la quitaría con facilidad ante nadie… Tal vez nunca.

―Se me olvidada. Wilson te manda saludos. Sigue enfadado porque no eres su duquesa. Yo sentí tu pérdida, y él no me ha perdonado que te dejase marchar.

―York… ―susurró en un hilo de voz.

Se acercó a ella en dos pasos, le dio un beso en la frente y se fue de allí sin haber probado ni una gota de té.

Lo más apremiante era que se sentía solo y miserable.

Esa sería la última vez que la vería, se juró a sí mismo.

No podía seguir anclado en el pasado, debía avanzar y para eso era necesario olvidarse de la única mujer que le tocó el corazón con fuerza.

Con esa férrea idea se encaminó hacia su carruaje, que ya lo aguardaba en la entrada principal.

Estaba malhumorado, ansioso y ni tan siquiera había podido desquitarse con la visita hecha a Armony. Lord Monty no había estado ahí para torturarlo y York había esperado que ese hecho le diera un poco de paz.

De regreso a la ciudad… y no tenía demasiadas ganas de llegar. El maldito traqueteo lo estaba matando. Le dolía la cabeza y no tenía ganas de pensar en tonterías, pero su mente no le permitía un descanso.

¿Qué demonios le pasaba? Tiempo atrás se habría enfrascado en una seducción donde hubiera tenido para él solo a tres mujeres con las que resarcirse, y que le hubieran hecho olvidar las decepciones de su vida. Seis meses hacía que el celibato era un fiel compañero.

¿Tendría razón Angi? ¿Lo que le faltaba en su vida era esa maldición llamada amor?

No le gustaba la idea de depender de alguien al nivel que observaba en lord y lady Monty.

Estaba hecho un auténtico lío de contradicciones.

Por un lado, sí deseaba conocer lo que sería ser parte de una unión por amor, pero por otro, era reacio a desprenderse de su libertad, de su soltería, de la independencia.

¿Qué clase de marido podría ser él? Uno desastroso.

¿Podría guardar fidelidad? No lo tenía claro.

A lo largo de su vida había disfrutado de demasiadas mujeres.

No las amaba, de hecho, ninguna de las que pasó por su cama significó algo más que una liberación de la lujuria.

No estaba convencido de poder llegar a ser fiel o de enamorarse de su esposa.

Tenía riqueza y un título de alto rango y eso debería bastar para acordar con una mujer las condiciones que regirían sus esponsales.

¿Amor? Le bastaba con dejar de sentirse solo por un tiempo.

La novedad de tener a una dama a su lado para charlar y compartir unos momentos dentro y fuera del lecho eran más que suficientes.

No le importaba ni el aspecto de la futura duquesa de York, pero debía asegurarse de que venía de una familia prolífica si deseaba afianzar su descendencia.

Se conformaba con poco, pero sí esperaba que fuese amable y comprensiva para cuando la dejase en el campo para poder seguir con su vida…

Bien pensado, su labor de engendrar sería más cómoda si elegía a una bonita muchacha.

Una que fuese joven, casta y digna, porque así Malcom disfrutaría a la hora de aleccionarla a fin de que lo complaciese.

Él era el sueño hecho carne de toda mujer, por lo que no debería costarle demasiado obtener lo que pretendía conseguir.

Sus pensamientos fueron interrumpidos. La rueda derecha del carruaje se atascó en un bache.

El vehículo se movió más de la cuenta y un eje se partió.

York acabó en el suelo después de unos momentos angustiosos donde todo se movió con brutalidad.

Tuvo que haber ido a visitar a Angela a caballo, pero por no llegar apestando a animal, eligió el maldito carruaje.

Abrió la puerta después de comprobar que no estaba herido de seriedad y bajó del interior de un salto.

―¿Estás bien, Brown? ―preguntó a su cochero mientras le tendía una mano. El hombre había acabado echado en un lado de la zanja del camino.

―Perfectamente, excelencia. Lo siento, no vi el socavón ―se disculpó por el accidente.

―No importa, los dos estamos bien. Lo malo será dónde encontrar un poco de ayuda. ―Justo acababa de hacer esa observación cuando a su espalda, a lo lejos, se escuchó el sonido de los cascos de caballo tirando de otro carruaje.

―Muy oportuno, excelencia ―observó el cochero del duque.

―Muchísimo, veamos si se detiene a auxiliarnos. ―El vehículo iba demasiado rápido, tanto que parecía que no iba a parar, pero en el último momento frenó.