Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1 #5
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Capítulo 1 #5

―Libertino disoluto te apodan en Londres. Creo que sois varios, un grupo variopinto al que han bautizado como: disolutos sin corazón. Me apena que Portman esté incluido ahí. Monty no sabe cómo ayudarlo. Aprecia a Tom y lo que más lamenta es que sea una de tus amistades insanas.

Thomas Foster, vizconde Portman, formaba parte de los amigos íntimos de Samuel.

Desde que se había quedado viudo, su mundo había cambiado por completo.

Tom no acudió, al igual que Samuel, a la guerra, y no fue por falta de ganas, sencillamente tuvo que afrontar sus obligaciones como hizo en su momento, también, el duque de York.

El resto de los amigos íntimos de Monty, el conde de Exeter, el duque de Kensington y el conde de Albemarle, no soportaban a York y había bastante rivalidad entre ellos.

―Cierto, olvidé que la prensa llega a Armony, como tú bien has dicho hace unos instantes.

Angela carraspeó mientras ordenaba los pensamientos de su mente. Él la miraba expectante, dado que sabía que pronto le daría una recomendación sobre lo que acababa de confesarle. Él estaba tremendamente incómodo y desearía haber podido retirar sus palabras.

―Tu problema tiene fácil solución, York.

―¿Sí? ¿Estarías dispuesta a someterte a un costoso y largo divorcio para ocupar tu lugar junto a mí? ―preguntó, esperanzado, haciendo que sus párpados se juntaran y separaran rápidamente, para simular ser una jovencita coqueta. Angela resopló.

―Eres tan… imposible, excelencia. ―Usó una vez más aposta el título para llamarlo al orden. Sabía que él estaba alzando las murallas y no iba a consentirlo.

―Entonces mi situación no tiene remedio ―apuntó con fingido malestar. Ella decidió no hacer caso a sus tonterías.

―Lo tiene, porque solo debes encontrar a la mujer adecuada para entregar tu corazón.

Sé que lo mantienes escondido. Aunque te hayas olvidado de él durante tanto tiempo está ahí.

Debajo de esa armadura llena de vanidad que has creado con el paso de los años tiene que haber un corazón que late con fuerza.

Debes encontrar a la persona especial que te hará suspirar.

―¿Fue eso lo que te sucedió a ti? ―inquirió con suavidad.

―Bien sabes que fue exactamente así. Samuel era, es y será perfecto para mí.

El único. Daría mi vida por mi esposo, de igual modo que sé que él la ofrecería encantado por salvarme a mí.

Eso es el amor, York. Hasta que no encuentres ese vínculo mágico que compartirás hasta la muerte, y tal vez más allá, con la mujer que te hará respirar y levantarte cada mañana, no sabrás lo que es ser feliz, estar completo…

Estar enamorado y ser amado. No soy demasiado espiritual, tampoco una ferviente creyente, pero sí comprendo que el ser humano nace y crece con la única misión de encontrar a su pareja perfecta.

Esto no se trata de hacer buenos matrimonios, grandes alianzas sustentadas en conexiones y riquezas, esto discurre solo en la búsqueda de la felicidad.

Lo cual es toda una suerte para el duque de York, puesto que tienes una posición envidiable y tanta riqueza que no gastarás todo tu dinero en esta vida, lo tienes todo para casarte con quien te plazca, porque no necesitas nada de nadie, solo amor.

Ella lo miró con atención, examinando si había conseguido mellar la coraza. Él se mostraba cauto y al cabo de unos minutos habló para decir:

―Admito que ha sido un buen sermón, digno de un excelente vicario, salvo por lo de no ser una ferviente creyente, pero… eres absurda, Angi. ¡Estás hablando de Monty! Por amor de Dios, me abandonaste por el hombre al que todo el mundo llama retrasado.

La condesa se levantó intempestivamente.

Lo miró con furia. York supo que acababa de traspasar una línea imaginaria infranqueable.

Se arrepintió de su arrebato. Ella era una mujer enamorada que defendería lo suyo a cualquier precio.

Y eso lo irritaba todavía más, porque deseaba eso para sí mismo.

Bien. Esta vez solo había tardado en hacerla enfadar una hora.

El año pasado fueron cuarenta y cinco minutos…

Malcom sospechaba que estaba perdiendo facultades.

―Creo que ha llegado la hora de pedirte que te vayas. Imagino que le has dado el obsequio que trajiste para Edmund a mi mayordomo cuando entraste, así que considera tu obligación para con mi hijo saldada.

El duque suspiró haciendo un gesto de cansancio. La miró perezosamente, sujetó la cadena de oro y levantó el monóculo que colgaba de ella para observar a su amiga.

―Incluso enfadada y llena de ira eres deliciosa, lady Monty.

Mi interés en ti es sencillamente por lo que has dicho, por el modo en el que me tratas, pues eres la única mujer que sabe cómo manejarme y que no pretende seducirme a cada instante, más bien todo lo contrario.

¿Sabes lo agotador que es ser un objeto para las mujeres? Solo quieren meterse en mi cama.

―Sí, eso suena terrible ―dijo ella con la misma voz perezosa que él. Fue pura ironía.

Él bajó el monóculo y la miró con seriedad. La condesa destilaba furia por todo su cuerpo.

―No soy tan espantoso como crees. Te he escuchado alto y claro en esa formidable defensa del amor y la felicidad que has hecho.

¿Cómo supones que debo encontrar lo que tú posees con Monty, Angi?

Ya no sé si me quieren por mi físico, mi título, por mi riqueza o posición.

¿Crees que soy feliz sabiendo que la única mujer con la que podría haber tenido un gran matrimonio, prefirió a otro hombre que estaba en todos los aspectos muy por debajo de mí?

No vayas a buscar un cuchillo para rebanar esa parte de mi anatomía masculina en la que estás pensando ―le advirtió en cuanto la observó ponerse roja de furia―.

Monty no está aquí y fastidiarle no es tan divertido cuando no puede oírme.

Estoy hablando con sinceridad, necesito casarme, Angi.

Quiero lo que tú tienes, lo que tu esposo posee.

Deseo a una mujer que se alce colérica porque alguien no hable en buenos términos de mí.

No pretendo conseguir un heredero, quiero tener hijos a los que amar y cuidar.

Me siento solo, Angi. Vacío. Vivo, sin vivir.

Tú eres la única verdadera amiga que poseo.

No puedo venir a verte y pedir tu consejo cada vez que tengo un problema porque sé que no es correcto.

¿A quién voy a recurrir si no es a ti? No hay nadie más con quien me sienta seguro de desnudar mi alma.

Una vez al año tengo derecho legítimo para verte y hablar con mi amiga. Nadie me conoce como tú.

Ella se apiadó de él, de su sinceridad. Se acercó con el corazón compungido y le tocó la mejilla de un modo fraternal, amigable.

―No puedo ayudarte en esto, York. Lo único que debes hacer es escuchar a tu corazón y dejar de ver a las mujeres como un trozo de carne para saciar tu lujuria.

Eres un buen hombre y en algún lugar hay una dama perfecta para ti.

Te prometo que lo sabrás en cuanto la veas. Presta atención. Cree en el destino.

Él suspiró mostrando nuevamente su cansancio por el consejo tan poco productivo ofrecido. Había dejado caer su barrera para nada. Tomó la mano de ella y la llevó a sus labios.

―Las mujeres solo dicen tonterías, Angi. Tú acabas de constatarlo. Mi mejor baza es prestar atención a la temporada, escoger a la joya de la corona, hacerla mi esposa, plantar mi semilla y seguir con mi vida disoluta. Cada vez lo veo más claro.

Ella retiró su mano de él con naturalidad. Lo miró con compasión.

―¡Oh, York! Te lo suplico, no hagas eso.

No te des por vencido. Yo no estaba destinada a ti, lo supe en cuanto Samuel me puso los ojos encima.

Ten un poco de paciencia, sé que ella está ahí para ti.

Mira a Briana, ¿sabes lo que le costó a la hermana de Samuel conquistar al hombre que siempre quiso?

Exeter regresó de la guerra con vida porque ella le confesó su amor antes de marcharse.

Estuvieron muchos años esperándose el uno al otro.

Eres un duque, pero tus deseos y órdenes no son efectivos cuando se trata de asuntos del corazón.

Tu esposa llegará. No cometas el mayor error de tu vida, porque si desatas el infierno con la mujer equivocada, la soledad que sé que arrastras te parecerá una bendición llegado el caso.

Y conociéndote, sé que eres peligroso incluso cuando no estás enamorado. Ten paciencia ―dijo vehemente.

―Toda una suerte que no me hayas relatado la historia de Albemarle, ya sabes.

Trágico que encontrase a su hijo ya crecido tras regresar de la guerra y todo eso…

―Una larga historia que no venía al caso recordar en estos momentos―.

Podría haber acabado vomitando sobre tu precioso sofá de terciopelo burdeos.

―Ella suspiró. Ahí estaba de nuevo York.

―Ni siquiera voy a ofenderme porque sé que estás sufriendo.

―No, yo no. Sufriendo está el hombre al que Albemarle le priva de casarse con su hermana.

Supongo que estás al tanto de esa historia.

El duque de Phenton y yo no somos tan diferentes.

Ya ves, Lucien, digo Phenton, y yo perdimos al amor de nuestra vida.

―York se quedó un momento pensando en lo que acababa de decir―.

Creo recordar que una vez le dije a la hermana de Samuel que el puesto de duquesa estaba libre…

―gimió―. Toda una pena no haberme asegurado a la dama en aquella ocasión, estoy convencido de que hubiera sido un buen golpe para Monty.

Un arma de doble filo, porque saber que el hombre al que aborreces yace por las noches con tu hermana y que además pretendió casarse con tu esposa antes que tú…

Me arrepiento de no haber tomado a Briana cuando pude, dado que tal vez mortificaría a Samuel con igual de contundencia que si te hubieras quedado conmigo ―aludió pensativamente.