Capítulo 1 #4
Ella levantó los brazos al cielo para pedir paciencia. Él la miró divertido, le gustaba sacarla de quicio.
―Ven, entremos a la salita de mañana o la que acabará retándote a duelo por tu descaro seré yo. Espero que un poco de té caliente y unos dulces te hagan entrar en razón, cosa que, por otro lado, sospecho que no sucederá.
Angela colocó su brazo en el que el duque le ofrecía para tomarlo y se encaminaron hacia el lugar indicado.
―No creo que un poco de té cambie mis maneras, pero no pierdes nada por probar.
Sírveme además un brandy de la bodega de tu esposo y trataré de contener mi lengua.
Pero ofréceme el licor que él guarda para sus amigos, soy un duque como Kensington y merezco que me agasajen.
Mejor dame una botella de whisky que sé que destila el conde de Exeter y que Monty guarda bajo llave, y permite que sustraiga un ejemplar de lord Albemarle de tus establos y no diré una sola palabra en contra de Monty mientras viva.
―York debía reconocer que el esposo de su amiga estuvo acertado a la hora de elegir a sus amigos más íntimos, pues Frederick Burns, conde de Exeter, Kirk Baldrick, duque de Kensington y Ryan Cross, conde de Albemarle, además de haber sido reconocidos por su carrera militar en las guerras napoleónicas, siempre fueron muy fieles los unos con los otros y protegían a Samuel con ahínco.
―¿Has pasado por las cuadras? ―preguntó con sorpresa.
―Por supuesto, un hombre conoce la economía de otro cuando ve sus monturas, aunque en el caso de tu esposo no es así del todo, pues el conde de Albemarle sigue criando los mejores caballos de todo el reino y probablemente le haya regalado un par, después de lo que sospecho que tú hiciste por ese hombre hace ya varios años. ¿Me equivoco?
―¿Y qué hice por Ryan Cross, el conde de Albemarle? ―preguntó justo cuando entraban en la salita para tomar asiento, uno frente al otro en dos cómodos sofás.
El servicio de té con los dulces venía justo por detrás de ellos. La condesa lo sirvió y tomó un par de sorbos. La taza de York se quedó sobre la mesa.
―Todo el mundo sabe que ayudaste a casar a los amigos de tu esposo.
La ciudad no olvida tampoco la trampa que le tendiste a tu amiga Amanda Baker, se comenta que es la feliz condesa de Lancaster.
¿Puedes creerte que cuando previne a lord Lancaster para que no se casase con semejante arpía, la respuesta de él fue darme un puñetazo? ―preguntó indignado.
York recordaba muy bien esa historia en particular, pues Amanda Baker fue considerada en su juventud una arribista y pese a que se convirtió en la mejor amiga de Angela, cuando la actual condesa de Monty vio amenazada su felicidad con el hombre con el que había decidido desposarse a causa de Amanda, tuvo que castigarla severamente.
―No me extraña. Se dice que Amanda ha cambiado y conociéndote como lo hago, es todo un milagro que sigas vivo.
―¿Por qué dices eso? ―No entendía el razonamiento de Angi.
―Verás, York, cada día que oigo hablar de ti, o leo sobre alguna cuestión que te atañe, temo que lo siguiente que venga sea que has sido herido en un duelo.
―No me subestimes. Y menos, hieras mi vanidad. Soy un excelente tirador. No para retarme con alguno de los amigos de tu esposo, pero sí para hacer frente al resto ―expuso con seguridad.
―¿Sabes cuántos hombres dicen eso y acaban enterrados?
―¿A qué viene tanta preocupación por mi bienestar? ¿Debería ponerse Monty celoso al fin? ―indagó con una sonrisa en el rostro.
―Desde luego que no, pero debes admitir que es toda una suerte que no hayas acabado abatido por algún marido harto de ti.
No te imaginas el trabajo que debo hacer cada vez que estás cerca de Monty.
No son celos, sencillamente desea estrangularte con sus propias manos en cuanto te ve.
Mi querido esposo es muy tranquilo, pero arde en deseos de enfrentarse a ti.
Kirk, digo el duque de Kensington, lo ha estado ayudando a perfeccionar su puntería y te sorprendería lo que ha logrado que haga Monty con los cuchillos, incluso con los puños.
―Los que contaban con la amistad del duque de Kensington sabían que era un portento con los cuchillos y en la lucha en general.
El matrimonio lo había suavizado, sin embargo, seguía siendo muy duro―.
Sospecho que más de la mitad de los esposos de todo el reino está haciendo lo mismo y tú eres la causa.
Bien pensado, cuando Dios te bendijo con tu apariencia no te hizo ningún favor.
―Oh, sí, mi bello rostro y mi atractivo son toda una maldición ―se mofó York ante las palabras de la condesa.
―Si yo fuese tú ―continuó ella sin hacer caso a su burla―, trataría de molestar lo menos posible a Samuel.
¿Por qué crees que él no está hoy aquí? No deseo que lo incentives para solicitar satisfacción debido a tu comportamiento.
No entiendo el motivo, pero despiertas mi sentimiento de protección sobre ti, supongo que es porque te aprecio y no te deseo ningún mal.
Sin embargo, sé que mereces algún tipo de lección.
―¿Lección? Vamos, dulzura, hace tiempo que dejé las aulas. ¿De verdad crees que Monty sería capaz siquiera de hacerme un rasguño? ―Él se echó a reír ante la mirada seria de la condesa.
―No lo creo, lo afirmo. Cada año te esfuerzas para que él te odie y te aborrezca más.
―La culpa es tuya.
―¿Mía? ―saltó con asombro.
―Esto no estaría pasando si no me hubieses abandonado por él.
―¿Todavía estamos así, Malcom? Pareces un escolar llorando porque otro niño le ha quitado un juguete.
Deberías probar a superarlo de una vez. Que yo haya sido la única mujer que jamás se desmayó a tu paso o sonrisa, no te da derecho a creer que tienes algún privilegio sobre mí.
Bien sé que es por eso por lo que crees que pudiste haber tenido un futuro conmigo. No. Somos amigos, ni más ni menos.
―Tan amigos que una vez me utilizaste para poner en su lugar a tu esposo.
Hace cuatro o cinco años de eso, pero lo recuerdo perfectamente.
Te escondiste en mi carruaje y viniste a mi casa con Brenda.
―Recordaba bien aquella situación en concreto porque cuando eso sucedió sí vio la rabia, la ira y los celos más crudos en el rostro de Samuel.
Una venganza que le supo a poco porque Angi regresó de inmediato a los brazos de su esposo.
―Briana ―lo corrigió con respecto al nombre de la mujer que la acompañó en aquella loca hazaña.
―Eso. Lo hiciste con Briana, la hermana de Samuel, para castigar a Monty cuando creíste que seguía enamorado de Amanda.
―Pamplinas. Yo no tengo la culpa de nada. Todo esto está pasando porque llevas más años de los que deberían concedérsele a un hombre, huyendo del matrimonio. Te escudas en que te abandoné para seguir con tus vicios y perversiones. Una salida del todo infantil.
―No hago nada como eso ―farfulló con enfado.
―Los periódicos siguen llegando al campo, Malcom. Sé lo que haces.
―¿Te he dicho alguna vez que me encanta cómo suena mi nombre en tus labios, dulzura? ―Estaba harto de ese tema y de las reprimendas de la dama, así que decidió cambiar el curso de la conversación. Ella lo miró con seriedad.
―¿Y yo te he dicho que he visto al antiguo capitán Baldrick del regimiento 69, duque de Kensington, más conocido como El Demente, manejar con pericia los cuchillos y que he aprendido bastante de él? ―York tenía mucho respeto por los amigos íntimos de Samuel y ella aprovecharía ese detalle.
―Supongo que me he quedado sin la botella de whisky y sin la posibilidad de hurtar un ejemplar de los árabes que vi en el establo.
―Supones bien, excelencia. ―Él gimió. Le gustaba más cuando ella lo llamaba por su nombre.
―Te prometo que me comportaré. Olvidaré brevemente a tu esposo, y dejaré de fantasear con que muera entre terribles agonías para convertirte en una mujer libre, si me perdonas.
―¡Eres del todo imposible! Me harás ir a buscar una escoba y sacarte de mi casa a base de golpes. ¿¡Qué demonios te pasa!? ―gritó con enfado.
Hubo un momento de silencio de lo más incómodo.
Lo observó ponerse en pie y acercarse a la ventana más próxima.
Colocó las manos cruzadas a su espalda. Angela se quedó callada y quieta, este nuevo York que actuaba con seriedad era desconcertante.
Supo que él tenía algún tipo de problema justo en ese instante.
―Quiero una familia, Angi ―argumentó con seriedad y lejos de la jactancia exhibida con anterioridad. Se dio la vuelta y se acercó a la condesa para regresar a su asiento. Había confesado lo que le sucedía al fin.
―¡Oh! ―Ella no pensaba que la conversación daría este giro inesperado.
Lo observó unos instantes. Sus preciosos ojos azules denotaban…
soledad. El corazón de la mujer se estremeció debido a la tristeza.
El gran duque de York, quien lo tenía todo y parecía no necesitar a nadie, estaba solo. Se lamentó por él.
―Llevo meses culpando de mi malhumor a Monty por haberme robado la vida que tiene contigo y que estaba destinada a mí.
―Eso no es así. ―Él le sonrió tristemente.
―Yo lo siento de ese modo, Angi.
―Yo… N-no sé qué decir a esto. Ee-s un poco incómodo ―titubeó.
El percibió la preocupación de la dama y se apresuró a tranquilizarla explicándole que:
―No estoy confesando que te ame o algo así.
En realidad, no sé bien lo que es el amor.
Ya sabes, por todo eso del libertino sin escrúpulos.
Hay quien dice que no tengo corazón y sospecho que no van desencaminados, cosa que por otro lado es más práctica porque así no sufro.
―Trató de bromear, porque las confesiones le resultaban fastidiosas y necesitaba aligerar la atmósfera que se había creado en la habitación.