Capítulo 1 #3
―Le encantará ―dijo, haciendo caso omiso a la mordacidad del comentario del ayuda de cámara―. Lord Monty se morirá de celos cuando vea lo que le llevo a su hijo por su quinto aniversario.
―Cuarto ―lo rectificó de nuevo.
―Sí, sí, eso. ¿Recuerda aquel chupete de oro macizo que le llevé el día de su bautizo? Valió la pena cada libra que pagué, solo por haber tenido la satisfacción de verle la cara. Este año sucederá lo mismo ―expuso con total orgullo.
―Por supuesto. Lord Monty quedará devastado en cuanto vea el regalo tan hermoso que le ha traído un hombre al que su retoño ve una vez al año.
Esa máquina de vapor hará que su pequeño olvide el cariño y amor que le profesa su padre y vaya directo a sus brazos para renegar de su progenitor.
Por suerte, el conde tendrá a su alcance una bella esposa y otros tres adorables hijos que le darán consuelo en el momento que eso suceda ―expuso con toda la naturalidad que consiguió reunir.
York lo miró con atención. Mason no retrocedió ni un centímetro. Cada día era más mortífero que el anterior.
―Casi hubiese preferido que dijese solo las dos estúpidas palabras que iniciaron su conjetura, Wilson.
―Por supuesto ―lo complació su ayuda de cámara.
―¿Cambiará su agrio carácter cuando le traiga a una duquesa a casa?
―No es probable, excelencia.
―¿Y qué milagro tendría que suceder para que me tratase con un mínimo de respeto y se replegase a mis deseos?
Dado que mi título o apariencia oscura ―arrastró la palabra― no parecen ser un incentivo plausible para que sus piernas tiemblen ante mi presencia, estaría encantado con que me descubriese qué debería suceder para que no fuese hostil, Wilson.
Lleva semanas especialmente venenoso. ¡Qué digo semanas!
Deben ser meses, incluso años, pero lo he notado especialmente más desde que no tengo acompañantes en mi ducal cama.
La falta de mujeres me hace estar atento a cuestiones banales.
―Le diré al mayordomo que prepare el regalo y daré aviso al cochero de que esté a punto para su partida.
Dele recuerdos a lady Monty de su fiel y humilde servidor.
―No fue la última frase en sí lo que puso sobre aviso a York, fue el modo de referirse a ella.
Era cierto que Angela había sido muy amigable con su ayuda de cámara.
En verdad, la actual condesa de Monty siempre fue un verdadero ser de luz y cuando Malcom anunció su compromiso con ella, ese que quedó arruinado, todos en la casa de Londres y en la finca de campo, en York Park, habían celebrado el anuncio con gran clamor, pero más que nadie el señor Wilson.
Ella había sabido templar el carácter agridulce de su valet y el propio Wilson la adoraba por ello.
Eso y que Angela lo tenía bailando al son de su meñique a él, y al ayuda de cámara le gustaba ver sometido al duque ante una mujer.
―Así que es porque la dejé escapar.
―Usted, excelencia, no hizo tal cosa.
―Me alegro de que opine eso. ―Casi estaba decepcionado.
Había esperado una réplica que lo dejase tiritando de indignación.
Estas batallas dialécticas con el señor Wilson no eran productivas, pero sí bastante entretenidas, le ayudaba a agudizar su ingenio, pese a que más de una palabra se sintiese como un golpe dirigido sin piedad sobre sus costillas.
―Lo hago. El duque de York la perdió porque no movió su ficha lo suficientemente rápido y otro más inteligente la consiguió. Se la robaron. ―Lo miró desafiante cuando explicó su última opinión. ¡Vaya!, eso fue directo a su estómago.
―Se dicen muchas cosas de mí cuando me comparan con Samuel Pierce, actual conde de Monty, pero jamás dirían que es más inteligente que yo ―rebatió con rabia.
―Por supuesto. ―Esas dos palabras fueron más insultantes que todo el veneno que había escupido el señor Mason Wilson aquella mañana.
***
Una hora y media después, o tal vez fuesen cinco ―York no lo sabía porque había estado disgustado durante todo el camino y se le hizo eterno―, llegaron a Armony, la apetecible finca donde lord Monty disfrutaba de una vida que, en estos momentos más que nunca, York sentía que Samuel Pierce le había robado.
Solo era consciente de que el viaje había sido infernal y de que la charla de Wilson lo había sacudido como nunca lo hizo.
La casa del maldito conde de Monty parecía más grande, más cálida y más…
¡más todo! Entró, mientras lanzaba maldiciones interiores sobre ese hombre que lo tenía torturándose…
Bueno, sobre Wilson y sobre Monty, y en cuanto tuvo a Angi frente a él, fue hacia ella sin vacilar, abrió sus brazos y, sin su permiso, la alzó al aire y la giró sobre sí misma.
En cuanto terminó la dejó en el suelo y le dio un casto beso en la mejilla.
―Dios mío, York, ¿no piensas cambiar? ―lo amonestó ella, sonriente. Él la sostenía encerrada entre sus brazos y parecía reacio a soltarla.
―¿Tu esposo va a tardar mucho en aparecer? Todavía no oigo ningún rugido ni grito. ―La postura era del todo inapropiada y Malcom solo quería molestarlo, no acabar con ambos batiéndose en duelo, así que esperaba que Samuel hiciese acto de presencia de inmediato.
La oyó gruñir a ella por lo bajo.
―No está en casa. Ha llevado a los niños al circo del condado de al lado.
O tal vez era una feria. Lo que fuese, ha sido el regalo de aniversario de tu ahijado.
Monty estaba dispuesto a rivalizar con el obsequio que trajeses este año.
¿Vais a dejar de comportaros como niños pequeños en algún momento? ―lo regañó con tacto.
―No es probable, somos hombres, ya sabes. Mañana podríamos ponernos unos cuernos como un alce y comenzar a luchar en medio del bosque… Supongo que puedo soltarte…, si tu esposo no nos va a ver, esto no tiene gracia.
Ella resopló como una yegua enfadada y salió de su abrazo.
Angela era consciente de que las atenciones de York venían motivadas para agredir de algún modo a Samuel.
Su esposo confiaba en ella, pero el gran duque de York siempre lo había hecho sentir inseguro, lo cual, en opinión de la condesa de Monty, era una tontería porque ella amaba profundamente a su marido. ¡Hombres!
―Y yo que creí que te alegrabas de verme… ―ironizó la dama.
―Y me alegro, pero no me sirve de nada todo el espectáculo que acabo de hacer contigo si él no lo ve. ¿Puedo confiar en que le relates, con todo lujo de detalles, el recibimiento tan efusivo que me has dado?
―No he hecho nada como eso, York. En todo caso, has sido tú el que se ha emocionado al verme…
―Se tomó unos minutos para examinarlo a fondo y luego le dijo―: Aunque comienzo a sospechar que vienes a mi casa cada año con la única finalidad de impresionar a mi esposo.
¿Estás enamorado de Monty, York? ¿Debo comenzar a ponerme celosa? ―preguntó con humor.
―No seas absurda. Si yo fuese una mujer, Samuel Pierce sería el último hombre en el que me fijaría.
―¡Oh, York! ―consiguió decir Angela antes de explotar en una sonora carcajada. Él se quedó conmocionado por esa efusividad espontánea.
―¿Qué te resulta tan gracioso? ―La veía riendo a pierna suelta, tanto que incluso varias lágrimas habían escapado de sus ojos.
―¡Tus palabras, no las mías! Has sido tú el que ha puesto en mi mente la imagen de un apuesto duque de York enfundado en finas enaguas que cobijaban sus varoniles muslos mientras una suave capa de satén tapaba el resto del cuerpo.
Añade a esa descripción un bonito sombrero de plumas y… ―Volvió a reír a carcajadas.
―Pasaré por alto tus palabras…, salvo las que han hecho referencia a que me consideras apuesto y que soy más varonil que tu esposo, incluso vestido en ropas femeninas.
Aunque jamás me pondría un sombrero con plumas, tal vez un bonete de paja.
―Terminó su afirmación con una brillante sonrisa que esperaba que fuese seductora.
―¡Eres imposible! ―se quejó la condesa, mientras le daba una ligera palmada en su hombro para reprenderlo.
―Daría un par de años de mi vida para que Monty hubiera presenciado nuestro encuentro. ¿Estás segura de que no se esconde en alguna habitación secreta, mirando a través de los ojos de un retrato, muerto de celos? ―En verdad le gustaría que se diese esa circunstancia.
―Te percibo especialmente hiriente este año. No hagas que me arrepienta de haberte hecho padrino de mi hijo menor ―señaló con cierta autoridad. Empleó el mismo tono que cuando debía regañar a su hijo mayor por meter un sapo en la cama de su pequeña hija Astrid.
―Admite que lo hiciste porque tienes un anhelo secreto para que esté cerca de ti.
―¿Lo tengo? ¿Y qué hice exactamente motivada por ese anhelo secreto, York? Aunque no he debido preguntarlo, pues sé que me voy a arrepentir en cuanto me ofrezcas tu explicación.
―Desde luego que sí que lo tienes. Secretamente me adoras. No sabías bien cómo traerme de regreso a tu vida después de casarte y tramaste un plan brillante y sutil cuando me proclamaste padrino de Francis.
―Edmund. Mi hijo menor se llama Edmund ―lo corrigió al punto.
―Eso. Monty no sospecha nada, quédate tranquila ―le dijo en confidencia, al tiempo que le guiñaba un ojo. Ella exhaló profundamente ante la tontería dicha por él.
Angela no sabía de dónde sacaba su paciencia con el duque.
Habían crecido juntos, se conocían desde que eran pequeños, fue su prometido una vez, pero más allá de eso, era su amigo y ella tenía el deber moral de atenderlo y cuidarlo, aunque la mayor parte de las veces desease rebanarle el cuello como si fuese un pedazo de pan… duro.
―A estas alturas debería estar acostumbrada a tus malintencionadas suposiciones, pero debo reconocer que cada año te haces más elocuente, aunque menos cortés. Acabarás haciendo que el amor ―puso especial atención a esa palabra― de mi vida te llame a la lucha.
―No me des tales ilusiones si no van a ser una realidad. Sabes que sueño con un duelo con él cada noche. Serías una bonita viuda que acabaría siendo duquesa. ¿Qué más podrías pedir?