Capítulo 1 #2
―Banstorn hubiera sido un reemplazo interesante y sospecho que habría dirigido a los York a la extinción. No lo negaré.
―Me temo que el impenitente Banstorn hubiera probado si la cama ducal sería capaz de albergar seis cuerpos. Además, posiblemente falleciera sin dejar descendencia. Los compromisos también parecen rehuirlo. O posiblemente sea al revés.
―Sabía que le disgustaba mi proceder. ―El hombre nunca antes le había dicho cuáles eran sus obligaciones con respecto al legado de los York de forma directa, pero llevaba tiempo haciendo que cada palabra se sintiese como una bala disparada sobre su cabeza…
Al menos así se sentían sus charlas matinales. Las nocturnas eran mucho peores.
―Con el debido respeto…
―Ahí viene una buena reprimenda y sospecho que será sin respeto. Ya siento mi yugular ensangrentada, Wilson ―advirtió el duque despreocupado.
―Prefiero verlo tratando de averiguar cuántas personas es capaz de soportar una cama antes de derrumbarse, a tener que enterrarlo en el panteón familiar, excelencia.
La guerra no estaba hecha para un duque que solo contaba con un reemplazo, y su hermano posiblemente no se casaría mientras pudiera obtener el placer sin las cadenas del matrimonio.
―Liam es incluso más notorio que yo. En eso estamos de acuerdo, pero sobre la guerra…
―Eso ya pasó, excelencia ―lo cortó sin miramientos―.
Usted, como duque, tenía deberes y obligaciones para con las esposas y los pocos hombres que se quedaron en las tierras esperando a que el mundo fuese civilizado de nuevo.
La guerra no era un lugar al que usted debiese ir.
Hizo lo correcto. ―York suspiró ante esa observación.
En aquellos años de juventud tuvo un deseo picante que le animó a seguir los pasos de tantos nobles, segundos y terceros hijos que se sumaron a las filas del ejército.
Estaba deseoso de luchar junto a algunos buenos amigos que no regresaron de la guerra, pero el tenaz y siempre congruente Mason Wilson le había hecho ver que muchas familias dependían de lo acertada que fuese su decisión, así que Malcom abandonó la idea para quedarse y proteger el legado del ducado y a todos los que dependían de él.
―Estoy cansado, Wilson. ―Se sinceró con el hombre que sostenía el cuchillo muy cerca de su garganta.
Mason y Malcom se conocían desde hacía… Desde que nació lo había visto en casa.
Antes que ser su ayuda de cámara lo fue de su padre.
Era un hombre de sesenta años, tan fiable que a nadie más le permitiría estar tan cerca de su garganta mientras sostenía un objeto afilado.
―Creí que estos seis meses sin distracciones femeninas habrían permitido todo lo contrario, es decir, que estuviese descansado.
La actividad viril es algo que incluso puede cansar más a un hombre que el ejercicio exigente, en especial si la cama se queda estrecha con tantos…
ocupantes. ―York se fijó en los ojos de su sirviente.
No había más que seriedad en lo pronunciado.
Era del todo evidente que no aprobaba el modo de vida que llevaba.
Demasiado bien sabía Malcom que su obligación era casarse y tener un hijo, dos mejor, para asegurar el título.
Liam no deseaba tener preocupaciones de ningún tipo, menos deberes y desde luego huía de los compromisos como si fuesen un gran incendio.
―¿Alguna vez ha tenido problemas masculinos? ―preguntó con cautela.
―Las dificultades no entienden de género, excelencia. Hombre o mujer, todo el mundo pasa por altibajos en su existencia. Es algo común de lo que incluso los duques, por muy perfectos que sean, no pueden escapar.
―Su lengua nunca dejará de ser afilada… ―se lamentó―. Me refería a cuestiones de índole… ―Suspiró.
―¿De qué tipo? ―preguntó el sirviente, quien ya había acabado con el afeitado y le pasaba un paño caliente por el rostro para suavizar la rojez.
―No importa. ¿Qué planes tengo hoy? ―El duque se puso de pie y se dirigió hacia su vestidor.
―Puesto que no llevo sus asuntos sociales, no sé bien qué responder a eso.
―Cierto, pero estoy seguro de que un hombre de su talento y posición sabe lo que me depara el día.
―Hoy debe ir a Armony para una visita cortés con los condes de Monty.
―¿Cómo dice? ―graznó.
―Es el aniversario del pequeño Edmund, cumple cuatro años y es del todo correcto que su padrino vaya a obsequiarlo con un presente.
―¡Maldición! Me hubiese gustado que no estuviera al tanto de mis asuntos sociales, como los ha llamado ―expuso malhumorado.
―Usted preguntó, yo solo respondí. No mate al mensajero.
―Si tuviese el poder de Julio César, creo que lo invertiría mejor que asesinando al portador de malas noticias. Ese proceder del hombre más grande de todos los tiempos siempre me pareció absurdo.
―Cierto ―coincidió Wilson.
York se quedó en el vestidor mirando los pantalones de raso negro que el valet había sacado. Que precisamente tuviera que hacer esa visita en las próximas horas… Complicado, porque había soñado sobre la familia que podría haber formado con Angi a su lado. ¿Qué demonios le estaba pasando?
―Creo que es momento de que busque a mi duquesa, Wilson.
―Por supuesto ―correspondió sin ánimo el otro hombre de la habitación.
―No parece sorprendido con mi revelación. Me siento defraudado ante su falta de entusiasmo. Lleva años recordándome mi deber como duque.
―No he hecho eso jamás.
―De nuevo debo recordarle que no usa palabras exactas, pero ambos sabemos que sus miradas dicen más que su propia lengua. De todos modos, me siento estafado con su falta de entusiasmo. Esperaba que saltase lleno de júbilo.
El valet lo observó un instante, mientras escogía bien sus palabras. El duque sabía lo que él estaba haciendo: preparándose para una réplica mordaz.
―Sería de muy mal gusto que alguien hiciese algo como eso, ya fuese un noble de alto rango, un panadero o un hombre de campo. Entonces sí tendría motivos para despedirme en el acto sin referencias. ¿Entusiasmo? ¿Brincos? ¿Por quién me ha tomado, excelencia?
―Por alguien que desea que me case y que mi cama solo la ocupe una mujer. Alguien que desea la guardería llena. Haga el favor de sorprenderse para que yo pueda iniciar el día con menos… con más… Concédame el capricho, Wilson. Alégrese de mi determinación.
―¿Por qué debería estar lleno de gloria si he oído tal afirmación cientos de veces?
―Su tono era serio, pero York sentía la perforación de cada palabra dicha por su sirviente como un cuchillo punzante cada vez que hablaba.
En efecto, cada suspicacia pronunciada por el señor Wilson era interceptada por el duque, y no le gustaba nada que lo llamase al orden de ese modo tan civilizado y poco grosero que tenía ese hombre correcto al que conocía más que a su padre.
―Esta vez hablo en serio. Pienso casarme ―refutó molesto.
―Por supuesto ―repitió el ayuda de cámara. La ironía estaba impresa en su alegación.
―Parece no creerme ―siseó con los dientes apretados.
―Lo creo tanto que estoy dispuesto a mandar organizar la boda. ¿Será aquí en Londres o en el campo, excelencia? Debemos preparar las invitaciones, de inmediato.
―Voy a despedirle. La ironía no le sienta bien, por más que haya hecho de ella un arte.
―Por supuesto ―repitió una vez más.
―Lo digo completamente en serio. Voy a prescindir de sus servicios.
―Por supuesto. ―Eran las dos palabras que decía cuando el valet no deseaba discutir con su superior.
Wilson terminó de colocarle la chaqueta sobre sus hombros―.
Si piensa casarse debería vestir tonos más alegres.
El blanco y el negro no están por completo a la moda.
Aunque es cierto que el dorado del chaleco contrarresta un poco su oscuridad…
―¿La mía o la de mi vestimenta? ―Levantó una ceja ducal.
―Beau Brummell no estaría contento sabiendo que no le hizo caso en ninguna de sus sugerencias.
―Tonterías, no deseo ser un dandi. ―Buscó el espejo más próximo y se miró con atención.
Sus lustrosas botas hessianas altas estaban ajustadas hasta las rodillas.
Se veía muy señorial con el único pedazo blanco de la batista de su camisa asomando por su cuello.
El dorado del chaleco ayudaba a suavizar la negrura de los pantalones y la chaqueta.
Un abrigo gris oscuro ayudaría a dejarlo listo para que ella pudiese admirarlo.
Lástima que Angi no tuviera ojos para nadie salvo para su esposo.
¿Acaso era lady Monty la única inmune a sus múltiples atractivos?
―. Perfecto. Pensándolo mejor, hoy no le despediré, no creo que encontrase a ningún otro que me dejase impecablemente vestido.
Dé gracias a sus habilidades, señor Wilson.
―Por supuesto.
―¿No tiene más repertorio, esta mañana, que esa maliciosa palabra que usa y que está destinada a sacarme de mis casillas?
―Por supuesto, excelencia. Dígame qué desea escuchar y se lo diré. ―York bufó.
―¿Qué le he comprado al pequeño Edmund por su sexto cumpleaños?
―Cuarto.
―Eso.
―Una preciosa réplica de una máquina de vapor pintada y tallada a mano.
El niño quedará satisfecho. ―Sus atribuciones iban más allá de las de un valet .
Wilson se había convertido en la mano derecha del duque casi sin darse cuenta de que eso sucedía y ya era muy tarde para retroceder en los avances.
―Espero que haya costado una pequeña fortuna.
―Lo ha hecho, excelencia. Sé lo importante que son los regalos que le entrega al hijo de lady Monty. ―Le tocó el turno al valet de levantar una ceja sardónica.
―Son por compras como esa que tolero sus impertinencias.
―Por supuesto, nada tiene que ver con que le atienda y me preocupe por usted, excelencia. ―York era consciente de que era una ironía, pero el tono y el modo de explicarlo por parte de su sirviente fue tan neutro y respetable que casi no vio la mofa ahí.