Capítulo 1
Un cambi o
Londres, dos años más tarde.
Era el epítome del buen gusto, el refinamiento, la belleza y…
el libertinaje. Un sueño de hombre. El deseo de las mujeres hecho carne.
Y él era plenamente consciente de su poder de seducción y el efecto que causaba en el resto de los mortales.
Malcom W. Banstorn se había convertido a los diecinueve años en el duque de York.
Siempre resultó precoz y la llegada del título no iba a suponer una excepción.
Su hermano, lord Liam W. Banstorn, y él estaban solos en el mundo y no les había ido tan mal como para lamentarse.
Se levantó esa mañana sintiendo que su formidable cama ducal de cuatro postes era demasiado grande para que uno solo durmiese ahí.
Se incorporó y se pasó ambas manos por el rostro y se desperezó.
Acababa de cumplir veintiocho años, una edad en la que un hombre se consideraba apto para casarse.
Matrimonio. Un concepto que en opinión de York estaba sobrevalorado.
Más allá de tener a una mujer que pariese a sus herederos, de poco le servía a un hombre encadenarse de por vida, pero aun así…
Resopló con fuerza mientras examinaba su vida. ¿Qué le había hecho pensar en cosas que no fueran sexo? ¿Sería a causa de su reciente cumpleaños?
Para ser un hombre que había intentado sentar la cabeza ocho años atrás, se consideraba a sí mismo un loco.
Y si al hecho de haber querido casarse con poco más de veinte años, se le sumaba que la mujer que lo dejó plantado por otro hombre era una de sus más queridas amigas…
Eso lo convertía en, no solo un lunático, sino un loco rematado que además debería estar internado en Bedlam.
Ella era Angela, actual condesa de Monty, la mujer que estaba destinada a ser su duquesa y que lo apartó por un hombre que… No sabía cómo definir a Samuel, el esposo de Angi, apelativo cariñoso que Malcom le había puesto en su momento a la dama.
Solían decir del conde de Monty que era un hombre de mente relajada, muy afable.
Para un duque que se había enfrentado a él en su juventud, partiendo de la base de que tenía un rango mayor, más riqueza y, definitivamente, más atractivo y virilidad, fue una ofensa imperdonable lo que ella le hizo.
Lo apartó a un lado sin pestañear. ¡A él!
El perfecto hombre enviado por los ángeles a caminar sobre la faz de la Tierra.
Malcom se sentó en la cama y sacó los pies de las delicadas sábanas de seda.
¿A qué venía pensar en estas banalidades después de tantos años?
En su momento, el rechazo de Angi dolió.
Creyó que se debía a que su inmaculado orgullo había sido arrastrado por el lodo, sin embargo, llevaba unos meses con el ánimo decaído y esa dama en concreto se colaba en sus pensamientos con demasiada frecuencia.
En aquellos momentos fue un joven de veinte años que tenía muy claro lo que deseaba y ella entraba en sus planes.
Samuel Pierce lo estropeó todo. El maldito conde de Monty se inmiscuyó en su vida y trastocó su mundo.
A estas horas él podría estar entrando en el comedor principal para desayunar mientras sus cuatro hijos lo esperaban para darle los buenos días.
Luego habría ido a Tattersalls a comprar la perfecta montura, un buen ejemplar equino para su heredero, y le habría enseñado a montar.
Su primer hijo se convertiría en un pequeño compañero que algún día sería su igual, su amigo.
Su segundo hijo le daría la alegría de tener una especie de club familiar, donde los tres serían cómplices.
A ellos se sumaría una niña, a la que él le enseñaría a no fiarse de los hombres y a desconfiar de todos.
El cuarto miembro de su familia sería otro muchacho al que todos amarían y consentirían.
En un futuro, tanto Malcom como sus tres varones velarían por la dama en la que se convertiría su única hija, para que eligiera sabiamente a un hombre decente que la amase y mimase.
York torció el gesto con repugnancia al imaginar cosas como esa.
No porque le disgustase la estampa de la idílica familia que tendría en caso de que Angi no lo hubiese apartado como si fuese una mala hierba de su bello jardín, más bien por el hecho de que él era todo lo contrario a lo que desearía para su imaginaria hija, esa que no tenía ni estaba en proyecto de crear.
Había sembrado mucha avena salvaje en campos muy apropiados, pero su semilla nunca se vertía en el interior de sus amantes. Solo había considerado a una mujer para ser la madre de sus hijos y ella no lo quiso.
Se sentía nostálgico. York sabía que había un hueco en su vida que debía ser llenado. ¿Serían los hijos la solución a los pensamientos tan horribles que había tenido en los últimos meses?
Familia. Un concepto que se le antojaba expectante.
La contrariedad residía en que algo como eso era incompatible con la vida disoluta que había vivido.
¿Podía un hombre cambiar? Había tenido a tantas mujeres que ni recordaba el número exacto que había desfilado por su lecho.
Bueno… cama, carruaje, mesa, silla, cocina, campo, lago…
, incluso una vez tomó a una mujer sobre su caballo.
Eso no lo repetiría más. Como experiencia fue extraña, pero cumplió su deseo de experimentar ese capricho. Demasiado incómodo.
Era famoso por conseguir dar placer a cinco mujeres a la vez, sin el uso de ningún consolador de viudas.
Usar esos aparatos tan modernos era hacer trampa.
Si un hombre llevaba a la cama a más de una mujer, debía ser capaz de satisfacerlas a todas.
Tres era un número grandioso para probar su virilidad y fortaleza, cinco ya era saciar su vanidad.
No tenía competencia en el arte de la seducción.
Su posición, título, riqueza y físico jugaban a su favor.
Había conseguido a cualquier fémina que se le antojó con solo chasquear los dedos.
Era un cazador jamás cazado. Ese título impuesto por la población femenina de Londres le había gustado especialmente.
Podría decirse que le había ayudado a sobrellevar el rechazo de la única mujer que consideró para ser su duquesa.
En realidad, las féminas de las que había disfrutado lo habían ayudado a superar aquel contratiempo.
No estuvo preocupado por lo que pasó con Angi cuando sucedió, pero a medida que los años pasaron, esa situación se veía muy…
No encontraba la palabra para definir lo que sentía, pero estaba decepcionado con el devenir de los acontecimientos.
Un duque al que no le podían negar nada.
Era un hombre excepcional y él lo sabía, además se vanagloriaba de serlo.
Su cara angelical y ese porte regio tan austero que él vestía lo hacían parecer peligroso.
El duque de York, Malcom W. Banstorn, poseía unos ojos azules encantadores, una sonrisa atractiva que haría temblar las rodillas de cualquier dama, unos labios suaves y bien formados, mandíbula marcada…
Eso sin contar sus anchos hombros, su estrecha cintura y sus muslos contorneados que evidenciaban cuánto le gustaba montar a caballo.
Si tan perfecto era, ¿por qué ella lo dejó plantado?
Ocho años del libertinaje más perverso y astuto lo habían ayudado a divertirse, pero claramente algo no estaba bien con su vida.
Y no era porque no hubiese estado buscando esposa en el pasado.
Lo había hecho, pero en honor a la verdad no era algo apremiante.
Ninguna lo inspiró a querer abandonar su soltería.
―Buenos días, excelencia. ―Entró en la alcoba su ayuda de cámara como cada día, y de nuevo le dio esa mirada evaluativa que demostraba asombro.
―¿Qué sucede, Wilson? ―preguntó con fastidio en cuanto vio que el recién llegado volvía a mirar su cama vacía. Tiempo atrás había tenido con él a más de una acompañante en el lecho y le molestaba que su sirviente se percatase de que ya no…
―Nada en absoluto, excelencia ―puntualizó de inmediato ante lo que se sintió como una acusación por parte del duque.
―Sí, sí… he vuelto a dormir solo una noche más.
No sé por qué se muestra tan sorprendido cada mañana cuando entra y ve que no me acompaña ninguna bonita mujer.
¿Acaso no se quejaba de que la cama de un hombre no era suficientemente amplia para albergar cuatro cuerpos, y que solo se necesitaban dos ahí?
―inquirió, al tiempo que se posicionaba para que el señor Mason Wilson lo afeitase.
―Nunca me atrevería a observar algo semejante, excelencia ―respondió raudo, mientras tomaba los utensilios para asear a su patrón.
―No… supongo que no lo decía con esas palabras, pero sí lo transmitía.
―Conozco mi lugar, excelencia, jamás haría una observación como esa.
York rodó los ojos como si fuese un niño pequeño. Si ese hombre que tenía enfrente conocía su lugar, Malcom era el rey de Inglaterra.
―Oh, sí, Wilson, lo hacía, ¿sabe? No hablaba, pero sus miradas desaprobatorias eran como puñales.
Del mismo modo que cuando insinué que tal vez comprase una comisión para unirme al ejército de su majestad el rey.
Recuerdo perfectamente aquella acusación reflejada en sus ojos.
―La fina cuchilla de afeitar estaba ya sobre el delicado rostro del duque.
El valet tenía mucha pericia adecentando a su superior.
―Creo recordar que cuando apuntó la posibilidad de marchar a la guerra, sí me escandalicé lo suficiente como para atreverme a amenazar con retenerlo por la fuerza. Le concederé eso, excelencia.
Fue así. Después de que los anteriores duques de York falleciesen en un trágico accidente mientras regresaban de un viaje por Escocia, Malcom parecía ser insustituible.
―No acabo de comprender el motivo de su reticencia. El ducado todavía tenía a mi hermano Liam para dirigir con mano de hierro los asuntos ducales.
―Precisamente ―dijo con sinceridad.