Prefacio #3
Las manos de la institutriz, que en ese momento habían estado en su regazo, se apretaron con firmeza entre sí.
―Todavía no he llegado a ese número, a ninguno de los dos, milord ―dijo comedida.
Él la escudriñó con atención. La vista del conde se fijó en que ella tenía los dedos blancos debido a la presión que hacía con sus manos. Walter Dreyer, quinto conde de Snow, supo que la había ofendido. Una breve sonrisa asomó en la comisura de los labios.
―¿Cuánto hace que es usted la responsable de mis hijos, señorita Baltimore?
―Dos años y tres meses, milord.
―Sí, sí… es cierto, desde que Fiona murió. ―La mujer escuchó un largo suspiro―. ¿Qué planes tiene en su futuro, señorita?
―Pretendo seguir como hasta ahora.
―Eso no puede ser.
―¿Disculpe? ―cuestionó con los ojos abiertos y una expresión contrariada.
―¿Es usted sorda?
Ella alzó el mentón ante la pregunta que pretendía agraviarla.
―No, milord. Y no entiendo lo que intenta decir.
―He dicho lo que ha oído.
Ella lo miró con atención. Se veía un hombre triste. Sospechaba que todo era debido a la muerte de su esposa. Los niños le habían dicho a Isobel que los cónyuges se amaron con suma devoción.
―¿Puedo hablar con honestidad, milord? ―Desde pequeña había aprendido su lugar en el mundo. Estar frente a un conde implicaba una buena dosis de respeto y si le añadía sinceridad, tal vez pudiese salir algo bueno de su entrevista.
―Creo que debería hacerlo. Su futuro depende de ello.
Ella se contuvo de hacer la pregunta que pugnaba por salir, pues no entendía lo que estaba sucediendo.
―Me gustaría quedarme con sus hijos hasta que dejasen de necesitarme, milord ―apuntó con humildad.
―Es una excelente respuesta ―dijo enigmático―. Verá, señorita Baltimore ―siguió con la conversación después de una breve pausa―, voy a ofrecerle dos alternativas sobre su futuro.
―Muy bien ―alegó la mujer cuando vio que él dejó de hablar.
―Acabo de despedir a mi administrador hace escasos minutos, sin referencias, además, y tenía la intención de hacer lo mismo con usted.
―¿Disculpe? ―preguntó horrorizada ante los sucesos que acababan de serle desvelados.
―El señor Sullivan ha tenido el descaro de pedir la mano de mi hija mayor.
Eso ha sido hace unos instantes, y lo ha hecho después de decirme que ella corresponde a sus deseos.
Lógicamente sus atribuciones como contable y organizador de mis asuntos han sido violadas.
Evangeline no es alguien que debiera ser atendida…
por él. No es un joven de la posición y clase de mi hija.
La dejé a usted a cargo de mis hijos y era su responsabilidad velar por ellos.
No lo ha hecho y me debato entre despedirla o…
Isobel se quedó atónita. Cierto que el señor Sullivan era un joven afable, pero hasta el momento no había sospechado que… ¡Estaba asombrada! ¿Cuándo, en nombre del Altísimo, Evangeline y Sullivan habían…? Tragó saliva con desespero ante lo que se preguntaba en su mente.
―Me iré de inmediato, milord ―dijo con comprensión, interrumpiendo el discurso del conde.
Se levantó de golpe y con la cara llena de vergüenza. No había estado atenta a lo que fuese que hubiera podido suceder entre la joven y el administrador. Dios quisiera que no hubiera pasado de una fuerte amistad que ambos malinterpretaron.
―… proponerle matrimonio ―terminó él su exposición inicial.
Isobel se dejó caer en su asiento sin gracia ninguna.
―¿Cómo ha dicho, milord? ―Seguro que sus oídos le habían jugado una mala pasada.
―¿De verdad que no es sorda, señorita? ―preguntó irritado.
―No lo soy, pero creo que sí merezco algún tipo de explicación previa ante lo que sospecho que acabo de oír ―rebatió con humildad, pero con autoridad.
Él bufó. Por lo visto no iba a ser una esposa dócil. Bueno, para sus planes poco importaba. La vio evaluarlo y al comprender que no iba a limitarse a ofrecer una negativa o una aceptación, Walter se encontró en la obligación de exponer sus asuntos.
―Estoy decidido a casarme. Me niego a ir en busca de una jovencita recién salida del cascarón que se desmayará cuando tenga ante ella a un hombre.
Por lo que he podido averiguar, usted es la nieta de un vizconde, su padre fue un caballero.
―La institutriz sospechaba que el mayordomo estaba detrás de esa información―.
Tal como yo lo veo, señorita Baltimore, tiene dos opciones ―hizo una pausa dramática―: O se marcha de esta casa, al igual que lo ha hecho el señor Sullivan, o se queda y se convierte en mi esposa.
―Pero… yo… ―Se calló. No sabía cómo seguir la conversación. Discretamente se pellizcó la mano derecha para ver si estaba despierta.
―No soy un hombre paciente. Quiero una respuesta de inmediato.
Isobel lo miró con atención. Sus ojos estaban fijos en los de ella. Parecía que hablaba completamente en serio.
―Con el debido respeto, milord, usted no me conoce y acaba de saber que yo…
En fin… Evangeline… yo… ―Estaba completamente mortificada con lo sucedido con la hija mayor del conde y con la repentina petición.
¿Por qué le pedía matrimonio? Él no estaba bromeando.
Isobel no era dada a las confusiones, pero su cabeza comenzaba a hervir.
―¿La despido o se casa conmigo? ¿Qué decide, señorita Baltimore?
―Es del todo repentino. Lamento no poder ofrecerle una respuesta ahora mismo, pero…
―Muy bien ―la interrumpió―. Está despedida. Recoja sus cosas, señorita.
―¡No! ―gritó sin haberlo querido. Dejar esa casa, abandonar a los hijos de lord Snow, quienes se sentían como su propia familia… No podía marcharse. Además del amor que la ligaba a esos niños, estaba también el hecho de que no tenía a dónde ir.
―Debo suponer que será mi condesa ―dijo con cautela el hombre.
―¿Cuántos años tiene, milord? ―Se tapó la boca con la mano derecha al ver que había preguntado en alto lo que su mente solo debió haber pensado.
―Cincuenta y seis ―dijo él con orgullo y con la barbilla ligeramente levantada, tratando de igualarla en altivez.
En efecto era una institutriz, pero sospechaba que no había ni un ápice de docilidad en esa mujer―.
No responderé a nada más hasta que firme el contrato matrimonial y un ministro de Dios oficie la boda.
Si va a aceptar, dígalo en este momento o levántese y márchese para no regresar, señorita Baltimore ―dijo perezosamente, mientras regresaba la vista a un papel que sostenía entre las manos.
―Le daré mi respuesta solo cuando me mire a los ojos y responda a la cuestión más importante que tengo en mente. No me importa si se ofende, milord, porque la salida que me ha dado es la de echarme a la calle, por lo que poco tengo que perder en estos instantes.
Él apretó los labios en una fina línea blanca.
Ella lo observó con mayor atención. Era un hombre maduro, se percibía que había sido apuesto y duro en su juventud, pero no quedaba demasiado de ello en su apariencia actual.
No obstante, no era feo. Tenía cierto encanto.
El mayor problema eran sus modales y su rudeza en la conversación.
―Una pregunta más y será todo lo que permitiré. Vaya con cuidado, señorita, porque estoy demostrando más paciencia de la que puedo tolerar.
―No logro averiguar qué locura se ha apoderado de usted para lanzar semejante propuesta, milord.
―Lo vio mirarla con furia. No le importó―.
Comprendo que debido a la situación con su hija mayor mi presente se tambalea y que muy probablemente merezca el destierro.
Le prometo que averiguaré lo que ha sucedido, pero debo saberlo…
―Escúpalo de una vez, señorita Baltimore ―la interrumpió.
―¿Me tratará con respeto y no me hará daño de ningún modo, ni físico ni de otro tipo? ―preguntó con firmeza sin abandonar los ojos caramelo de él.
―No soy un hombre violento si eso es lo que le preocupa ―contestó con los dientes apretados. Era evidente que la duda de ella lo había molestado.
―¿Me dirá el motivo por el que ha surgido esta intempestiva conversación?
―Eso, señorita Baltimore, es una segunda pregunta que no pienso contestar.
―Y no lo hará… ¿ahora o nunca? ―Ella le sonrió. Él no mostró ningún efecto ante su gesto.
―Y otra nueva cuestión es lanzada. Quizá debería replantearme mi petición de matrimonio.
No deseo a una jovencita que se desmaye a cada paso, pero tampoco a una mujer que consuma mi paciencia.
―La ceja condal se alzó para llamarla al orden, pues veía que ella tenía otra pregunta bailando en sus labios.
Ella no se atrevió a seguir con el interrogatorio.
―Me casaré con usted, milord ―respondió sin estar segura de lo que acababa de consentir.
―Muy bien. Llamaré al vicario, prepárese para la boda.
―Bajó la mirada a los múltiples papeles que había en su mesa de escritorio―.
Será en un par de días, en cuanto el duque de Kensington traiga la licencia especial.
Lo voy a necesitar para que atestigüe que no estoy demente…
Aunque no sé si él será el mejor para dar fe de ello, al menos es un duque ―comenzó a divagar para él mismo.
En ese momento Walter escuchó un carraspeo y levantó los ojos―.
¿Por qué sigue aquí? Vaya a atender a mis hijos y trate de que el mozo de cuadras no venga con una proposición para que Regina lo tome por esposo ―le ordenó con tiranía.
―¿Está seguro de querer casarse conmigo, milord? ―No pudo contener la pregunta.
La miró con más irritación.
―Váyase antes de que cambie de opinión, señorita Baltimore. En cuanto hayamos recitado nuestros votos partiré hacia África, tengo cosas que hacer que requieren mi atención.
―¿Disculpe? ―preguntó ella extrañada.
―No se aflija. Usted no está invitada. Será la guardiana de mis hijos y espero por su bien que no me llegue una nueva carta alegando que mi familia necesita atención porque alguien inapropiado ha puesto sus ojos en mis hijas.
Su función será una: cuide de mis hijos con su propia vida.
La convertiré en condesa y ese será su trabajo.
¿Lo hará o quiere replantearse su proceder? ―La miró con atención.
―¿Confía en mí para ese propósito? ―Después de lo que fuese que hubiera sucedido con Evangeline, y que ella intuía que alguien había visto y luego informado al conde, no se veía capaz de ser adecuada para lo que sabía que él necesitaba de ella.
―Otra nueva pregunta… ―siseó por lo bajo. Tomó una bocanada de oxígeno―. No la haría mi esposa si así no fuese.
―De acuerdo. ―Isobel se levantó y se marchó sin estar muy segura de lo que había hecho o de lo que había pasado.
¿Qué otra alternativa tenía? Ser condesa no sería tan malo…
si lo comparaba con acabar viviendo bajo un puente y comer piedras.
Sus ahorros eran modestos y no tenía contactos ni amigos a los que recurrir.
¿Qué más podía hacer sino replegarse ante esa extraña e inesperada petición?
Poco después, una boda se ofició. Isobel no sabía si reírse o echarse a llorar.
Todo inesperado, precipitado… inaudito. No sabía a qué atenerse con su nueva situación.
Una mujer casada y nada menos que con un conde.
No hizo falta esperar demasiado para comprobar que su matrimonio no iba a ser una preocupación para ella.
Tras la boda, al segundo día, el conde de Snow se marchó para regresar un año más tarde metido en una caja de pino.
Un león lo había matado. Recibió santa sepultura en la capilla de la casa y fue enterrado junto con su primera esposa.
Con veintisiete años recién cumplidos, Isobel Dreyer se había convertido en la viuda del conde de Snow y ni siquiera sabía cómo diantres había ocurrido eso exactamente.
Bien. Por esos tres hijos que le habían sido legados estaba dispuesta a seguir siendo una mujer útil, astuta y capaz de organizar sus propios asuntos y los de Evangeline, Regina y Theodore. Haría lo que hiciera falta por ellos. Su familia.