Prefacio #2
El tiempo se detuvo cuando Avery vio toda la devoción y amor que reflejaban los ojos de la joven.
Tras unos pocos segundos contemplando esa mirada oscura llena de luz, la boca de él buscó con desespero los labios frescos de la dama.
Ella no se resistió, pese a que fue un beso crudo, cargado de promesas que la muchacha no era capaz de comprender, pues la lujuria estaba apoderándose del administrador del conde y él no debía ir más allá.
Con toda la fuerza de voluntad que fue capaz de reunir, el señor Sullivan se separó del amor de su vida.
Si los brazos de su amado no hubieran estado sosteniéndola, Evangeline habría caído al suelo después de esa muestra de amor, porque sus rodillas se convirtieron en papilla justo cuando la lengua de él encontró la suya.
Sabía poco de asuntos carnales, pero ese fue un beso de un amante, no de un hombre que cortejaba a su futura esposa.
La hacía hervir con cualquier contacto, pero ese fue incendiario.
―¿Qué ha sido eso? ―La pregunta salió en un susurro.
―Evangeline, no te haces una idea de la altura ni la amplitud del dique que tuve que crear para encarcelar mi pasión.
Fuiste desde el principio una tentación tan adorable que no quise, ni pude apartarte de mi lado.
Fue tu sonrisa, tan sincera y natural, lo que me hizo dejar a un lado mis principios.
No me arrepiento ni un segundo del tiempo que hemos compartido.
Tu inocencia era como un halo que te iluminaba y me cegaste con ella.
Nunca dejaré de amarte. Es la promesa que te hago, y si pudiera arrancarme el corazón y depositarlo en tus manos, ten por seguro que lo haría.
Te pertenezco y no miraré a otra como lo he hecho contigo.
Evangeline sentía su cuerpo estremecerse por las palabras tan vehementes que él le acababa de recitar. No era un poeta, pero bien acababa de componer un soneto perfecto pensado para enamorarla. Avery no necesitaba nada de eso porque ella ya le pertenecía.
―Te amo. ―La hija del conde podría repetir esas dos palabras hasta el fin de sus días.
―Yo te amo muchísimo más, nunca lo pongas en duda, jamás lo olvides, ¿de acuerdo? ―Ella cabeceó afirmativamente en respuesta―. Ahora, ve a casa, Evangeline, tu padre querrá verte.
Ella parecía reacia a soltarlo, así que Avery tuvo que dejar de acariciar su espalda y llevar sus manos a los antebrazos de ella para obligarla a soltarlo. A regañadientes lo dejó libre.
―Te veré luego ―le dijo en cuanto lo soltó. La joven se puso de puntillas, le dio un rápido beso en los labios y se marchó.
Avery Sullivan, el simple hijo de un abogado, se quedó unos minutos observando cómo se marchaba la mujer más maravillosa de la creación del Todopoderoso.
Suspiró sin ser consciente de que lo hacía, y cuando ella desapareció de su vista, se dio la vuelta para recoger la maleta que tenía preparada tras el árbol.
Que Dios lo perdonase, porque sabía que Evangeline no sería capaz de hacerlo cuando descubriese lo sucedido.
***
La guerra había acabado hacía ya años, pero todavía se sentía como si fuese el otro día cuando los soldados valerosos regresaron con demasiado peso sobre sus espaldas tras la batalla.
Algunos portaban cicatrices visibles, otros sobrellevaban la carga, pero al menos estaban vivos.
La normalidad parecía querer asentarse en Inglaterra, pero no acababa de cuajar.
Extraño falso sosiego era lo que la señorita Isobel Baltimore sentía desde que se levantaba hasta que se acostaba.
Waterloo supuso el principio del fin para ella.
Lo perdió todo, pero más allá de las posesiones materiales y de su hogar, se quedó sin su padre y su hermano mayor, y sin el consuelo de Dios porque se sintió abandonada.
Sola, pues su madre se quitó la vida en cuanto llegó la noticia más dura jamás recibida.
Aun así, la Providencia no fue del todo desalmada y la llevó hasta una buena casa en el campo, donde había conseguido un excelente trabajo como institutriz dos años atrás.
Evangeline, Regina y Theodore, los hijos del conde de Snow, habían sido su luz en la oscuridad, su ilusión en medio del desasosiego.
Con unos niños que echaban de menos a su padre, Isobel se afanó por llenar el difícil hueco que el noble dejó en sus vástagos y, así, ella pudo conocer lo que era la felicidad.
Evangeline contaba con quince años cuando Isobel llegó a casa, su hermana Regina tenía apenas catorce y el pequeño de la familia acababa de cumplir los trece.
Les faltó su madre a causa de las fiebres y los cuatro convirtieron la pérdida en esperanza.
Se sostuvieron los unos en los otros y, con la ayuda del tiempo, el dolor fue menguando.
Si bien era cierto que Evangeline fue un duro hueso de roer, Isobel la conquistó con dulzura y paciencia, pues cuando se acostumbró a su presencia se dio cuenta de que era bastante dócil y sensata si se sabía qué teclas tocar.
El padre de la joven, el hombre que la señorita Baltimore había visto una sola vez, y eso fue cuando la contrató, no pudo soportar la pérdida de su esposa y se marchó para viajar y olvidarse de la pena.
Eso había oído comentar entre el servicio.
Isobel se quedó a cargo de los hijos del conde y de la casa, casi por completo.
Era debido a su temple de acero que había sabido conquistar a quienes vivían en Snow Cottage, y por ello mantuvo la paz entre los niños y el servicio.
No supo bien cómo, pero en algún momento se convirtió en la improvisada madre de tres jóvenes que adoraba y los sirvientes se apoyaban en ella para dirigir las cuestiones domésticas.
El mayordomo era un hombre demasiado mayor como para tomar las riendas y con el ama de llaves sucedía lo mismo.
Ese día, Isobel salió de la cama y se colocó un sencillo vestido de mañana con el fondo blanco y pequeñas rosas de color azul dibujadas. Se peinó el moño como siempre hacía, estirado hacia atrás, y se dispuso a comenzar un nuevo día. No usaba cofia porque la odiaba.
La señora Murphy, una mujer viuda que rozaba la sesentena de años y de aspecto amigable, la estaba esperando cuando salió de su estancia. La institutriz se asombró al verla tan seria ante ella.
―Ha vuelto ―dijo en un susurro el ama de llaves. Casi parecía que la mujer había descubierto un fantasma. Se veía alterada.
―¿Cómo dice, señora Murphy? ―habló Isobel.
―El conde ha regresado y la espera en su despacho.
Venía a decírselo. Está enfadado, señorita Baltimore, y lord Snow no es un hombre que pierda la paciencia con facilidad.
Impulsivo, sí, pero no se suele mostrar contrariado.
Bueno…, al menos antes de la muerte de la condesa no era así ―dijo en tono confidente.
―¡Oh! ―exclamó disgustada―. Será mejor que acuda de inmediato. ―Al fin los hijos del conde tendrían un verdadero motivo de alegría. Quien más necesitaba a su padre era el pequeño Theodore.
―Vaya, señorita Baltimore, no le haga esperar.
Isobel asintió ante la recomendación, tragó saliva y se lanzó a la carrera. Bajó las escaleras y cuando llegó hasta la puerta que daba acceso al despacho, se irguió. Trató de recuperar el aliento y cerró los ojos momentáneamente.
Habían pasado un par de años desde que vio a su empleador por última vez.
En aquel momento le pareció un hombre cabal, no obstante, la entrevista no duró lo suficiente para evaluarlo con verdadera pericia.
Él parecía estar deseoso de huir, cosa que hizo porque no había regresado hasta el día presente.
Acarició la madera maciza de la puerta con los nudillos y cuando se sintió preparada llamó. Se oyó la voz desde dentro dándole permiso para acceder.
―Milord. ―Lo saludó al tiempo que le hacía una reverencia. El caballero estaba sentado tras su mesa y levantó la mirada en el acto para recibirla.
No era el mismo hombre que Isobel recordaba. Tenía el pelo blanquecino, la mirada severa, los ojos de un tono caramelo. Mucho más delgado de lo que recordaba. Estaba desmejorado, probablemente la pena alcanzaba a las personas sin importar cuán lejos corrieran o huyeran, se dijo a sí misma.
―¿Usted es la institutriz? ―Él no la recordaba así. Ella se veía… No sabía cómo catalogarla, pero no previó tener esa imagen ante él.
―En efecto, lord Snow.
―¿Cómo se llamaba? ―No conseguía recordar el nombre de ella y eso que lo había oído hacía escasos minutos.
―Isobel Baltimore.
―Acérquese y tome asiento ―le recomendó con autoridad―, tenemos asuntos muy importantes que debatir.
―Por supuesto ―dijo, mientras se acercaba hasta la silla de terciopelo azul que figuraba frente al conde. Tomó asiento y lo miró con respeto, pero con determinación.
―He estado hablando con mi mayordomo. El señor Hilton me ha informado de que sabe manejarse con los asuntos domésticos.
Me ha dicho también que ha sido usted una excelente guía para mis hijos.
Del mismo modo, sostiene que ellos la adoran.
¿Es así? ―El tono de voz del conde era duro, su mirada seria.
Isobel no iba a amilanarse ante el escrutinio que veía en sus ojos. Levantó la barbilla y respondió:
―El señor Hilton ha sido muy amable en su exposición, milord. Quiero pensar que sus hijos me aprecian. Son verdaderamente formidables. Debe estar orgulloso de todos ellos ―dijo con valentía.
―¿Ama a mis hijos, señorita Baltimore? ―inquirió sin preámbulos. La pregunta la pilló desprevenida.
―Desde el primer momento en que los vi ―respondió con la mayor sinceridad y sin poder retener la contestación, porque era una verdad universal.
―¿Cuántos años tiene?
―Milord… ―dijo con nerviosismo. No era correcto hacer ese tipo de preguntas a una mujer.
―Responda ―ordenó con tiranía.
―Veintiséis ―alegó contrariada, pero negándose a sentirse ofendida, a fin de cuentas, era el hombre que pagaba sus honorarios, aunque no era una suma significativa.
―Creí que tendría por lo menos treinta. Tal vez treinta y cinco.