Prefacio
Todo tiene un principio
Lady Evangeline Dreyer tenía diecisiete años, una edad decisiva para la joven hija casadera de un conde, aunque su vida hubiese transcurrido, la mayor parte, en el campo.
Había pasado por mucho a pesar de su corta edad, pero se había dado cuenta de que las personas correctas eran capaces de paliar el dolor del alma de un modo milagroso.
Snow Cottage, la casa solariega de su familia, era un remanso de paz y ella daba gracias cada día por vivir allí.
Mientras caminaba hacia la arboleda tarareaba una canción llena de júbilo.
Avery Sullivan, el administrador de su padre, la había convocado a una reunión secreta para explicarle algo trascendental.
Así rezaba la breve nota que le había deslizado en la servilleta del desayuno esa misma mañana.
Sería una declaración. Estaba segura de que él al fin iba a dar el paso que tanto tiempo llevaba esperando.
Evangeline frunció el ceño al recordar la persecución que tuvo que iniciar para obtener la atención de Avery.
Su institutriz le había dicho que, con sus grandes ojos negros y su lustroso pelo del color de los rayos del sol, cuando debutase en Londres, sería toda una sensación.
La dama, que había adquirido las funciones similares a las de su madre, la animaba diciéndole que tenía un porte digno de una reina, una belleza serena y una figura envidiable.
Lo que su institutriz no aprobaba era su fuerte temperamento, que bien trataba de mantener bajo control.
Le había dicho en innumerables ocasiones que, si no hacía un gran esfuerzo por controlar sus impulsos, no llegaría a destacar entre el beau monde llegada la hora.
Poco le importaban a Evangeline las cosas de la alta sociedad.
Por muchas cualidades que tuviera como joven dama casadera para deslumbrar en Londres, ella no estaba dispuesta a abandonar el campo, su vida, sin pelear con uñas y dientes.
Avery Sullivan era cinco años mayor que ella.
Comenzó a trabajar para su padre hacía varios años y desde que lo vio quedó a sus pies.
Fueron sus labios carnosos los que llamaron su atención.
La muchacha no había visto nunca una boca tan perfecta, tan llena y sugerente.
Fue verlo e inmediatamente pensar en cómo sería ser besada por él.
Todo un escándalo para una joven de quince años.
Él le había hecho pensar en los repugnantes besos, algo que dejó de ser repulsivo porque a todas horas se imaginaba que Avery le daba su primer beso.
Era alto, atlético, con los ojos tan azules que a veces el cielo rivalizaba con esa mirada tan poderosa.
Llevaba el pelo corto, a la moda, de un color cobrizo muy brillante.
La relación entre ambos estaba destinada a ser cordial, limitada a algún saludo esporádico cuando se cruzaran en el pasillo o tal vez ni eso.
Fue imposible que algo así sucediese. Evangeline se quedaba embobada cuando él pasaba cerca de ella y, lógicamente, él se había percatado.
La cosa se puso seria un día, cuando ella se derrumbó al encontrar un cuadro de sus padres en el desván.
Sintió la furia de las lágrimas por lo que había perdido y se marchó de allí para llorar en la soledad de la arboleda.
Su padre los había abandonado para vagar por el mundo.
El ser amoroso que se preocupaba por su familia murió cuando lo hizo su madre.
Echaba tremendamente de menos la infancia perdida.
Y en ese lugar tan apartado, rodeada por la serena naturaleza y el canto de los pájaros, fue cuando se topó con el deseo de sus anhelos más secretos.
Él la había seguido. Evangeline había sollozado fuertemente, y cuando Avery la vio, solo pudo abrir sus brazos para cobijarla.
¿Cómo no iba a sentirse protegida en el abrazo de un hombre perfecto?
Comenzaron a hablar aquel día de modo más cercano y el resto fue surgiendo poco a poco.
Avery se había resistido a la atracción que había entre ambos.
Evangeline no se consideraba a sí misma una mujer demasiado audaz, pero sí tenía cierta desenvoltura e intuición para saber que él había dejado de ser inmune a sus encantos.
Su pecho se había desarrollado, sus vestidos eran los de una mujer y sus palabras y miradas femeninas eran directas.
Su padre se vanagloriaba de que su hija primogénita fuese igual que él, pues con una simple ojeada sabía lo que quería.
El conde de Snow lamentaba que Evangeline no hubiera nacido varón, pues hubiese tenido todo para triunfar en un mundo de hombres.
La joven sonreía cada vez que recordaba que Avery había estado perdido desde que la cobijó en aquel abrazo protector. Ahí decidió que lo tendría a toda costa. El empleado de su padre no le había puesto las cosas fáciles, aunque acabó rindiéndose al poder que ella sabía que despertaba en él.
Escuchó una melodía muy característica que él empleaba de modo de clave secreta cuando deseaban hablar.
Su mirada se dirigió de inmediato hacia la fuente del sonido.
Lo vio apoyado en un árbol. Su atuendo no estaba realmente a la moda, pero él hacía que la ropa se viera fantástica puesta sobre su cuerpo.
Los pantalones marrones, su camisa blanca de batista, el chaleco en tono crema y la chaqueta en el mismo color de los pantalones, unido a la postura tan peligrosa que él tenía, hicieron que la muchacha se mordiera el labio inferior.
Lo amaba. Más allá de todo el calor de la pasión que él podía despertar en su interior, ella sentía su corazón estremecerse cuando lo miraba.
¿Qué sabía el amor de clases, razas o riquezas?
En el momento en el que la vista se posaba en el ser amado y el corazón comenzaba a martillear con fuerza, todas las cosas materiales del mundo dejaban de existir.
Era algo que había tratado de explicarle a Avery cada vez que señalaba los impedimentos que no les permitirían estar juntos.
La razón o la sensatez no tenían cabida en lo que Evangeline sentía por el administrador de su padre.
Estaba enamorada de Avery. Completamente. Ciega de amor.
Llegó hasta el objeto de sus deseos y abrió sus brazos. Él la cobijó sin demora.
―¿Cómo puedes hacer que el mundo desaparezca con solo un abrazo? ―Avery se sonrió con la sinceridad de su pregunta.
―No tengo el poder de hacer eso, Evangeline. Sencillamente ocurre que tú necesitas consuelo cuando vienes a mí.
Ella levantó el rostro, de tal modo que su barbilla se quedó apoyada en su duro torso y lo miró. Adoraba esos hermosos ojos azules.
―Oh, sí. Tienes una habilidad curiosa. Cuando estás cerca, todo y todos se esfuman.
No es consuelo lo único que me das. Solo estás tú, Avery.
―La joven cerró los ojos y juntó los labios a la espera de recibir un beso.
Eso no sucedió, en su lugar llegaron unas palabras cargadas de algo que ella no supo identificar.
―Eres tan dulce, Evangeline… y tan joven. ―La muchacha despegó los párpados y lo miró con atención. Él la favoreció con una sonrisa triste.
―¿Qué sucede? ―Él no era un hombre demasiado apasionado, insistía en respetarla hasta que fuese un poco mayor, lo amaba más por ello, pero cuando se encontraban siempre le daba un sutil beso en los labios, que pese a ser inocente la encendía.
―Te amo, Evangeline. Debes saber que mientras me quede un solo soplo de aire en los pulmones, viviré por ti. ―La respuesta de la dama fue apretar más su abrazo.
―Seremos felices, Avery. Supe que serías tú en cuanto te vi.
―Eras joven, pero tan decidida e insistente que no tuve ninguna oportunidad de escapar de ti, ¿verdad? ―Ella se rio con ligereza mientras dejaba descansar la cabeza sobre su torso de nuevo. Las manos de su amado vagaron por la espalda y la acariciaban en un gesto tierno.
―No puedes huir de mí, ni lo intentes. Allá dónde vayas te encontraré porque somos uno. ―recomendó con humor Evangeline.
―Tienes toda la vida por delante. Una joven bella y dulce como tú…
―Pídemelo ―lo desafió.
―Siempre decidida a que se cumpla tu voluntad. ―Él sabía lo que ella deseaba. Suspiró con fuerza. Esa muchacha era demasiado inteligente y audaz para su propio bien.
―Te lo he dicho, me conozco con exactitud y tú eres lo que deseo y necesito, Avery.
―Tu padre ha vuelto, Evangeline. Lo he visto esta mañana. Él estaba en su despacho cuando has bajado a desayunar. ―Ella se separó de él y lo miró con el ceño fruncido.
―¿Ha vuelto? ¿Has hablado con él? ―inquirió con asombro desmedido. No podía creerse que su progenitor estuviese en casa y que ni ella ni sus hermanos hubieran sido avisados. Frunció el semblante con preocupación.
―Me he entrevistado con él ―señaló con solemnidad.
―¿Se lo has dicho? ―preguntó con ilusión―. Mi padre no nos separará, lo sé. Es un buen hombre al que le ha tocado vivir un mal sueño, pero sé que me ama y que mi felicidad es lo primero para él ―expuso segura de sus palabras. Él le sonrió con ternura.
―No solo para él, Evangeline. Eres lo primero para ambos. ―Los ojos de los enamorados estaban fijos los unos sobre los otros.
―¿Entonces está todo bien? ―cuestionó con esperanza la joven.
―Lo está ―dijo él mientras exhalaba.
―Nos casaremos pronto.
―Prométeme, amor mío, que nunca pondrás en duda la fortaleza de mis afectos. Suceda lo que suceda entre ambos, jamás dudes de que eres el pilar que sostiene todo mi mundo. ¿Lo harás, Evangeline? Promete que lo harás ―suplicó.
―Por supuesto que sí, Avery. Seré tu esposa y te haré tan dichoso, que nunca querrás separarte de mí ―expuso con orgullo la beldad rubia.
―Sé que lo harías, Evangeline.