19 #3
Dice: «Queda un viaje más por hacer, y solo tú sabes adónde ir. Siento no haberte llevado nunca allí. Tal vez ahora ya sabes por qué. He olvidado para qué te he llamado».
¿Qué significa?
Es una referencia a Romeo y Julieta , y solo puede significar una cosa.
¿Qué cosa?
Cuando Stanley era joven, antes de que nos conociéramos, fue a ver una representación al Old Vic, en el South Bank.
Nunca había visto un montaje de una obra de Shakespeare en vivo, al menos no en condiciones, y, según me dijo, fue una experiencia que lo marcó.
Siempre me prometía que, la próxima vez que programaran la obra en el Old Vic, me llevaría a verla.
Pero nunca lo hizo. Siempre había algún impedimento: Leah era demasiado pequeña, él no estaba de humor o teníamos visitas.
Nunca encontrábamos el momento, pero creo que tal vez le estaba dando largas al asunto a propósito.
¿Por qué?
Para que me acordara. «Un viaje más por hacer», dice. Quiere que viaje a la época en que vio Romeo y Julieta en el Old Vic. Me espera ahí; estoy segura.
¿Y qué haces?
Voy. Dejo que la mente de Stanley me guíe y, quizá por última vez, me adentro revoloteando en su pasado.
Me concentro en la idea del montaje de la obra, nuestra obra favorita, en el Old Vic; de Stanley viéndolo en vivo por primera vez.
La realidad que me rodea se transforma para abrir un pasadizo, un túnel que me lleva directamente ahí.
¿Y qué pasa entonces?
No hay nada aquí.
«¿Cómo que no hay nada aquí?», preguntas.
No hay... nada. Está todo negro. Vacío. Ni siquiera tengo dónde apoyar los pies. Ha desaparecido. Ha sido borrado o devorado. No sé qué ha pasado. El caso es que no está.
¿Estás segura? ¿No hay ninguna pista, ninguna señal? ¿Nada?
Nada. Casi se me escapa la risa. Después de tanto esfuerzo, la búsqueda y la sucesión de pistas me han traído hasta aquí, pero ya no queda nada. Todo ha sido en vano. Lo ha eliminado Omega, o tal vez el propio Stanley. Da igual. La solución fue borrada hace mucho tiempo.
No me lo creo.
«Me niego a creerlo», dices. Pero no te queda más remedio que creerlo, porque es lo que hay. Y lo sabes; de algún modo, intuyo que lo sabes.
«Tienes que averiguar qué hay ahí», insistes. Pero no puedo. No hay nada.
Mientras espero a que lo asumas, me dejo flotar en la oscuridad silenciosa, inmensa, vacía.
No hay rastro de olores o sabores, pero tiene profundidad.
Se extiende interminable. Me imagino que estoy suspendida en el vacío infinito del espacio profundo, sin estrellas que me hagan compañía.
No sé cuánto tiempo paso flotando en aquella nada absoluta, pero sé que al final aceptas la realidad de mis palabras, porque me sacas de ahí.
Cuando recobro la conciencia en la bañera, tú estás inclinado sobre mí.
Me cuesta interpretar tu expresión; me gusta pensar que es de desilusión o rabia, quizá incluso con un toque de desprecio hacia ti mismo por haber fracasado una vez más.
Como quiera que sea, tus rasgos son tan poco humanos que es imposible saberlo con certeza.
Alargo el brazo hacia mi izquierda, donde ha acabado el carro clínico después de que lo empujaras, y, con un movimiento rápido y decisivo que he estado ensayando en mi mente durante más tiempo del que imaginas, agarro el bisturí y te asesto un tajo en el cuello.
Con los ojos desorbitados, te llevas la mano a la herida. La sangre —oscura, como si estuviera mezclada con petróleo— brota del corte. Abres la boca, y un gorgoteo escapa de ella.
¿Por qué? ¿Qué estás haciendo?
Levantas la otra mano para golpearme, pero ya me he puesto de pie y he cogido la jeringa que habías preparado; la que contiene el veneno con el que has amenazado a Stanley.
Con todas mis fuerzas, te clavo la aguja en el ojo.
Pegas un alarido.
Es como el grito de un alienígena, un chillido gutural y borboteante que parece salir de tu boca y a la vez de tu garganta rajada. Inclinándome hacia delante, aprieto el émbolo y te inyecto en el ojo, llenándote la cara de esa sustancia tóxica que has intentado utilizar contra mí.
Sabes que eso no te servirá de nada. No soy tan fácil de matar. ¿Qué esperas conseguir?
Te tambaleas hacia atrás y caes al suelo.
La jeringa te sobresale del ojo y oscila mientras pugnas por arrancártela.
La sangre se esparce sobre tu tez perfecta y gotea en el suelo.
Cuando te tiras de la ropa, alcanzo a ver la piel de debajo, que lleva grabados símbolos que recuerdan cicatrices rituales, similares a los que trazó Stanley antes de nuestra boda.
Me aúpo para salir de la bañera, agarro una bata de laboratorio colgada en la pared y me la pongo. Después de estamparle un beso en la frente a Stanley, lo dejo y corro hacia el ascensor alfa. No puedo llevármelo conmigo; no hay tiempo.
¿No hay tiempo para qué?
Antes de que se cierren las puertas del ascensor, veo que sigues en el suelo, retorciéndote con movimientos inhumanos. Pareces una araña o un escarabajo tumbado panza arriba, agitando los apéndices quitinosos.
En el ascensor cierro los ojos y respiro, mentalizándome para lo que viene ahora.
¿Qué viene ahora? ¿Qué haces? ¿Qué te ha impulsado a hacer eso? Llevo horas interrogándote, y no has comentado nada de estos planes.
Cuando las puertas se abren, vuelvo a encontrarme en el laboratorio principal del Instituto.
Los empleados van y vienen, y espero que ninguno se fije en mí, aunque, debajo de la bata, la blusa mojada está manchada del icor negro que te ha manado del cuello.
Voy descalza y tengo el cabello revuelto a causa del fluido.
La gente me mira de reojo y luego clava la vista en mí.
Con toda la serenidad y templanza de que soy capaz, giro a la izquierda y camino hacia el final del pasillo.
¿Por qué no respondes a mis preguntas?
Paso por delante del ascensor alfa, y luego del beta, el gamma y el delta, hasta detenerme frente al último.
El ascensor omega.
Pulso el botón, la cabina llega y las puertas se abren. Oigo un murmullo de confusión y la gente empieza a señalarme, pero cuento con que me han visto contigo. Saben que soy tu invitada. Espero que el miedo que te tienen baste para mantenerlos alejados de mí por el momento.
El letrero frente a mí reza, simplemente: «Está usted en el ascensor Ω. Si ignora lo que esto implica, SALGA DE INMEDIATO».
Cuando entro, un hombre grita, y otro se abalanza hacia mí con grandes zancadas, pero es demasiado tarde.
¿Demasiado tarde para qué?
Las puertas del ascensor se cierran. No hay vuelta atrás.