19 #2
Cuando el mundo vuelve a materializarse, estoy delante de una capilla. El cielo es de un gris difuminado como la nieve de un televisor, y me envuelve una luz dura. Debe de ser cerca de mediodía, pero no alcanzo a ver el sol.
Al mirar alrededor, veo muros de piedra y arcos que dan a patios lejanos; reconozco la arquitectura, aunque no conocía esta zona del campus. Estoy en Whelton, donde estudió Stanley. El hecho de que esté viendo esto como parte de su recuerdo significa que él no debe de andar muy lejos.
Al volverme de nuevo hacia la capilla, advierto que empiezan a salir personas con cuentagotas. Todas van de negro y lucen una expresión solemne. No cabe duda de que se trata de un funeral, aunque no tengo idea de quién es el difunto.
No hay muchos dolientes; solo un puñado.
No hablan entre sí ni se quedan más tiempo del imprescindible.
Mientras salen de la capilla en fila, hacen lo posible por ofrecer un aspecto sombrío y taciturno antes de consultar el reloj y seguir adelante con su día.
Fuera quien fuese esa persona, no parecía tener un gran grupo de amigos. Solo conocidos, tal vez colegas.
No se oyen otros sonidos que los de una conversación cada vez más acalorada, detrás de la esquina. Me encamino hacia ahí y reconozco de inmediato la voz de Stanley.
—Solo digo que no hace falta que te comportes como un capullo —dice.
Entonces lo veo; está de pie a un lado de la capilla, con los puños apretados, discutiendo con alguien. Se esfuerza por mantener un tono tranquilo, pero es en vano.
Cuando doy un par de pasos más para tener una visión completa de la escena, por poco se me escapa un grito de sorpresa.
¿Por qué?
Eres tú. A ver, no tu yo actual, sino una versión más joven.
Un muchacho. Y, si te soy sincera, lo que me deja helada no es tanto encontrarme contigo aquí como el cortocircuito que provoca en mi cerebro constatar que alguna vez fuiste joven; que no siempre has sido... , en fin, lo que sea que eres ahora.
—Decirte la verdad no es comportarme como un capullo, Stan —dices—. A lo mejor si no te pasaras el día escondiendo la cabeza bajo el ala, te darías cuenta.
—Vale —grita Stanley, alzando las manos en un gesto de exasperación—. Muy bien. ¿Adónde quieres llegar? ¿Qué intentas decirme?
Te acercas hacia él, enfurecido.
—Que a lo mejor deberías haberlo visto venir. Que, ya que dedicabas tanto tiempo a hacerle la pelota al viejo, a lo mejor podrías haberte dado cuenta de que estaba perdiendo la cabeza.
—¿Insinúas que es culpa mía?
—Hombre, ¿tú qué crees? —Te pegas una palmada en la frente—. ¿Todo el santo día con él y no te oliste el percal? ¿Cómo no va a ser culpa tuya?
—Tú tampoco lo viste venir.
—¡Porque a nosotros nos dejó de lado! —gritas—. ¡Y fue por ti! Antes de que aparecieras, era... Yo... —Te interrumpes, con el rostro crispado de ira—. ¡Durante el último par de años, lo único que le interesaba era trabajar contigo!
—¿Nunca te preguntas por qué no te eligió a ti, por qué pasaba de ti al final?
Te quedas callado y muy quieto.
—Todos los días.
—Porque nunca creyó que fueras lo bastante bueno.
Sueltas un gruñido grave, un sonido agresivo y primario que nunca había oído salir de tu boca.
—Ah, ¿y tú sí? ¿El puto crío del grupo? Y una mierda, hombre. Reconócelo, Stan: soy mejor parecido que tú, más popular, más inteligente. Joder, soy mejor que tú. Tendría que haber sido yo. Debería haberme elegido a mí.
Stanley se ríe de ti.
—Realmente te crees eso, ¿verdad? El profesor te veía tal como eres: un fanfarrón al que nada le sale bien. Dejó de dedicarte tiempo, Jacques, porque no quería perder el tiempo, porque sabía que, hicieras lo que hicieras, nunca llegarías a nada, siempre serías un fracasado.
—¡Pues ya ves lo bien que le salió la jugada!
—gritas, agitando las manos hacia la capilla que tienes detrás—.
¡Resulta evidente que adoptarte como su perrito faldero fue una experiencia tan dolorosa para él que no encontró otra salida que matarse!
Pero, por Dios, si está claro que decidió que colgarse era preferible a pasar un segundo más trabajando en lo que fuera que estuviera haciendo contigo.
Stanley se queda inmóvil, aturdido, como si hubiera recibido un puñetazo. Por un momento, creo que se va a tambalear hacia atrás. Respira hondo y clava la mirada en ti.
Me da la impresión de que va a darte la espalda y alejarse. Eso espero.
Pero no: se queda totalmente quieto, como una estatua, durante por lo menos diez segundos.
Y entonces se abalanza sobre ti.
El primer golpe te impacta en la nariz, de la que brota un chorro de sangre. Los dos acabáis en el suelo, rodando, pegándoos y gritando.
Siento el impulso de intervenir para separaros, pero sé que no puedo. Estoy paralizada en este momento.
La pelea no dura mucho.
Stanley se levanta, sacudiéndose el polvo. Tiene la camisa manchada con tu sangre.
—Eres patético —dice, antes de dar media vuelta y echar a andar.
Tú te pones de pie con dificultad y estás a punto de gritarle algo, pero cambias de idea. Observo cómo te tragas la rabia, cómo la interiorizas, de modo que sigue bullendo dentro de ti.
Stanley no se gira. Ni siquiera te mira.
Abres la boca de nuevo, pero de ella no sale sonido alguno.
Ahí está la raíz de todo esto, ¿verdad?
Eso no es importante.
Sí que lo es. Ahora lo veo clarísimo. Mucho hablar de controlar el tiempo, superar la mortalidad, salvar el mundo, pero en el fondo no eres más que un niñato celoso y mezquino que quiere dominar el universo porque no es capaz de asimilar el hecho de que Stanley es mejor que él y siempre lo ha sido.
Se nos acaba el tiempo.
Y, sesenta años después, sigue ganándote en tu propio juego. Madre mía, eso debe de ser de lo más frustrante, ¿no? ¿Te duele comprobarlo una y otra vez?
Ah, ¿de pronto ya no quieres hablar conmigo? ¿Ahora te quedas callado?
Yo en tu lugar me andaría con mucho tiento, Maggie. Ya has recordado de qué soy capaz. No me obligues a demostrártelo otra vez.
Está bien. Pero ten presente que te tengo calado. Quiero que lo sepas.
Sigo a Stanley porque no me queda otra. A pesar de lo que he visto, no dejo de pensar en ti con esa jeringa y en la presión de tu mano contra mi pecho. Tengo un cometido, aunque aún no sé en qué consiste.
Entra en el edificio principal y sube por una larga escalera que conduce a lo alto de una de las torres. Entreabre una puerta y cruza el umbral. Lo sigo.
Reconozco de inmediato el lugar de mi inmersión anterior: es el despacho donde me encontré con el viejo y con Stanley dormido en el sofá. Hay cinta pegada en el suelo en medio de la habitación y, alrededor, un precinto policial colocado de manera tan descuidada que ha acabado por caerse.
De pronto, todo encaja: la conversación, la capilla, el despacho donde dormía Stanley. Caigo en la cuenta de lo que ha ocurrido y de lo que debió de significar para él, y me entran ganas de acercarme y abrazarlo fuerte.
Pero no puedo.
No puedo cometer más errores.
Registra la habitación como si buscara pruebas de algo.
Al principio no hace ruido: recoge objetos, los examina y los deja donde estaban, procurando no alterar el escenario.
Sin embargo, su búsqueda se vuelve cada vez más frenética.
Tira cosas al suelo, las arroja. Al cabo de un rato, ya ni siquiera está buscando.
Levanta una silla y la estrella contra el suelo; el estrépito resuena en el reducido espacio como un disparo. Le resbalan lágrimas por la cara. Coge libros y los lanza a la otra punta del despacho, preso de una ira pura e irracional.
Yo me limito a mirar. Lo contemplo de pie, sin moverme, sin poder hacer nada.
«Deberías estar buscando la solución —dices en mi cabeza—. No te distraigas.»
No te respondo.
Espero a que se le pase el arrebato de rabia, tristeza y odio. Entonces parece quedarse más vacío, como si se hubiera arrancado algo de dentro. Pasa justo por mi lado y sale por la puerta, dejando el despacho patas arriba.
Me dispongo a seguirlo, pero no lo hago, porque, al pasear la vista por la habitación, un estante capta mi atención.
Los libros que Stanley ha sacado de él están tumbados unos contra otros, tirados en el suelo o caídos con la cubierta hacia abajo, pero hay uno que sigue en pie, con el lomo bien a la vista.
Fedro , de Platón.
«¿Theuth y Thamus, del Fedro de Platón?», había dicho Stanley en el monte australiano.
Doy unos pasos hacia él.
«Cuando llegue el momento, acude a Theuth y Thamus.»
Casi oigo un clic cuando las piezas de décadas distintas encajan casi a la perfección, y las jugadas de ajedrez de una vida entera cobran sentido. Estoy donde se supone que debo estar. He llegado hasta aquí siguiendo poco a poco una pista críptica tras otra.
Con el pulso acelerado, me agacho para coger el libro. Pesa menos de lo que me esperaba.
Deslizo el dedo por el lomo y noto el relieve de las letras estampadas en caliente.
El objetivo de todo el misterio, de las pistas repartidas por el tiempo y el espacio, era traerme hasta aquí sin que tú sospecharas nada.
Stanley trabajó a conciencia durante mucho tiempo para asegurarse de que tú nunca encontraras lo que sea que está oculto aquí.
Se borró la mente para que no pudieras buscarlo en sus recuerdos.
Sacrificó su vida para impedir que esta pista en concreto cayera en tus manos, pero aquí estoy yo, guiándote directamente hasta ella.
Una imagen fugaz de Stanley desangrándose en su silla me pasa por la cabeza.
No puedo hacer nada.
Has alcanzado un control absoluto sobre mí. Soy tu prisionera.
Tengo que confiar en que haya pensado también en esta eventualidad y haya planeado algo al respecto.
Tengo que creer en él.
Abro el libro.
«¿Qué has encontrado?», me preguntas.
¿Qué hay en el libro?
El libro está mutilado. Las páginas han sido arrancadas entre las tapas, y dentro no hay más que una nota. Tu voz me apremia en mi cerebro.
¿Qué dice la nota?
«Dímelo.»
Dímelo.