19
La oscuridad se arrastra hacia mí. Es lenta, muy lenta, como si aún no se hubiera despertado del todo, pero su avance parece inexorable.
Stanley está sentado delante de mí, y la determinación en su rostro lucha con el dolor subyacente.
Se da cuenta de que estoy aterrada y, cuando se le pasa la rabia, noto que se culpa a sí mismo por ello.
Lo sé porque lo conozco.
Puede que llevara una vida paralela que me ocultaba y que tuviera un baúl repleto de secretos de los que nunca supe nada, pero eso no cambia el hecho de que lo conozco.
No soporta ver sufrir a los demás, y si la que sufre soy yo, el efecto se multiplica por cien.
Da igual lo decidido que esté, los planes que haya trazado, lo férrea que sea su voluntad: en cuanto ve mis lágrimas y mi estado de pánico, su entereza se viene abajo.
Es lo que siempre ha pasado. Y siempre pasará.
—Maggie —susurra—. Lo siento.
—Aún queda una salida. Tiene que haberla. No es posible que hayas borrado la solución por completo.
Se restriega la cara con las manos.
—N-no... —tartamudea—. Podrías...
—No se lo diré —le aseguro—. Hassan no lo sabrá.
—¡Eso no puedes prometerlo! —grita, al borde del llanto.
El mundo que nos rodea se ha ennegrecido; no alcanzo a ver más allá de una o dos mesas del hotel.
No hay nada ahí. Somos un círculo de luz en medio de un vacío oscuro, y pronto dejaremos de existir—.
Siempre está al acecho —dice Stanley—. Siempre está ahí.
Me inclino hacia delante y lo tomo de la mano.
—Confía en mí, por favor. No me dejará salir de aquí con las manos vacías. Necesito algo.
—No es buen momento —musita—. Estas no son las jugadas que había planeado.
Le doy un apretón en la mano, mirándolo a los ojos.
—Una vez me dijiste que no soy un peón, alguien que se deja manejar por los demás, sino una jugadora. Confía, pues, en mí como tu compañera. Deja que haga algunas jugadas. No tienes que afrontar esto solo.
—No... no lo sé todo —replica—. Nunca me permití a mí mismo ver todas las piezas, justo por esta razón.
Las pistas están dispersas, pero... —Suspirando, vuelve la vista hacia la negrura antes de posarla de nuevo en mí—.
El 9 de julio de 1955. Ve ahí. Ni siquiera sé por qué; solo sé la fecha.
Quizá no encuentres nada, pero es todo lo que puedo ofrecerte.
Es la única información que me permití conservar.
¿Y eso es todo lo que dice?
Sí.
Necesito que estés absolutamente segura. ¿No dice nada más?
No. Solo me da una fecha. Un lugar al que ir.
Está bien. Continúa.
El vacío nos está rozando los pies.
—Ya está —digo, rezando porque me estés oyendo—. Ya lo tengo. Sácame de aquí. Sácame ahora mismo.
Y eso haces. Noto el tirón familiar, y el mundo desaparece de nuevo ante mis ojos. Cuando despierto en la bañera, con la respiración acelerada, tú estás de pie frente a mí.
—¿A qué cojones ha venido eso? —exclamo, quitándome el casco.
Te quedas mirándome, con esas esferas de mármol que llamas ojos brillando bajo la luz.
—¿Perdona?
Me incorporo y me inclino hacia ti.
—¿Tienes idea del trago tan horroroso que me has hecho pasar? No tenías ningún derecho a...
Te agachas y me posas la mano en el pecho. La tienes dura como la piedra. Me empujas hacia atrás con considerable facilidad, no de forma violenta, sino lenta y firme, como para recordarme que posees una fuerza varios órdenes de magnitud superior a la que yo he tenido nunca.
Me golpeo la espalda contra la pared de la bañera, pero tú sigues presionando, como un tornillo de banco cada vez más apretado. Mientras me reduces, tu expresión permanece inalterable, con una mirada penetrante, cruel.
No puedo moverme. Estoy totalmente sometida y, sin embargo, tú no dejas de apretar.
El dolor me atraviesa el pecho. Abro la boca para gritar, para soltar un alarido, pero me has dejado sin aire en los pulmones. Noto que me crujen los huesos, a punto de romperse.
—Recuerda dónde estás —dices con una voz tan glacial que podría apagar un incendio—. Estás en mis dominios. Tienes que obedecer mis reglas.
Intento respirar con pequeñas bocanadas para llenar el vacío en mis pulmones. El dolor resulta insoportable; me retuerzo bajo tu mano, que continúa oprimiéndome. No puedo moverme.
He caído en la trampa de creer que eres humano, que eres como yo, pero no es así. Eso me ha quedado meridianamente claro. Eres un monstruo disfrazado de humano. Un demonio.
—He sido cortés contigo —dices, con el rostro a pocos centímetros del mío—. He sido amable. Pero no cometas el error de creer que tienes alguna autoridad aquí. No te corresponde poner en duda mis decisiones, sino acatarlas. ¿Me he explicado bien?
Pese al dolor, consigo esbozar un gesto de asentimiento.
Sonríes, pero, antes de soltarme, me retienes un momento más para dejarme un dolor más persistente.
Jadeando, me palpo el pecho para comprobar si me has roto algo.
—Estás loco —susurro con los dientes apretados.
Tu exasperante sonrisa se ensancha aún más.
—Cuando has vencido la mortalidad, tu concepto de la cordura tiende a cambiar un poco, Maggie. No seas tan cerrada de mente.
Te acercas a Stanley, que nos contempla con curiosidad desde su silla, con el casquete de la máquina aún en la cabeza. Está despierto, pero no parece entender lo que ocurre ni quiénes somos. Eso no parece molestarle; nos observa como quien ve una película.
Arrimas una silla lentamente y te sientas detrás de él.
—Creo que es hora de que dejemos de fingir.
Creo que a estas alturas ya sabes que Stanley me está ocultando esa solución a mí en concreto.
A lo mejor empiezas a pensar que no debes ayudarme, por un sentido de la lealtad equivocado.
Pero seamos totalmente claros: ya he esperado demasiado para encontrar esa solución.
Durante décadas, creía que estaba fuera de mi alcance, que Stanley, llevado por su arrogancia, la había borrado para siempre.
No fue hasta hace poco que descubrí que no era así.
No dejaré que se me escurra entre las manos de nuevo.
Extiendes el brazo para atraer un carro clínico hacia ti.
Coges un bisturí de la bandeja de instrumentos situada en la parte superior, lo examinas y lo acercas más de la cuenta al cuello de Stanley. Te mira extrañado, como intentando dilucidar cómo has llegado ahí.
—Te voy a hacer unas preguntas, y tú las vas a contestar —dices—. No discutirás, ni te andarás con evasivas, ni me mentirás. Me has pedido que te saque porque tenías la solución. Dime exactamente qué te ha dicho Stanley.
Con respiraciones entrecortadas, te hablo de la fecha que me ha dado, pero te doy una distinta. Además, omito otros detalles; las pistas dispersas, las jugadas no planeadas.
Frunces los labios en una expresión espantosa, como si tu cara fuera de cera derretida. Te echas hacia atrás, apartándote de Stanley, y dejas el bisturí donde estaba. Abres uno de los cajones de abajo y sacas una jeringa.
—¿Sabes qué es esto, Maggie?
Niego con un gesto, incapaz de hablar. Nunca en la vida había estado tan aterrada.
—Es un análogo de la 4-hidroxicumarina, una síntesis modificada de un fármaco conocido a veces como Brodifacoum.
Un anticoagulante de segunda generación, antagonista de la vitamina K.
Esto contiene una dosis enorme que resultaría letal para un ser humano si no recibe tratamiento, pero no mata de inmediato.
En cambio, inhibe de forma drástica la reactivación de la vitamina K en la sangre, necesaria para la coagulación. ¿Me sigues?
Me quedo callada, incapaz de apartar la vista de la reluciente aguja.
—Dentro de un momento, le inyectaré este agente a Stanley, y su cuerpo perderá la capacidad de coagular la sangre. Sangrará, primero despacio, luego muy rápido, por la nariz, las orejas y los ojos. Incluso por los poros. Te obligaré a mirar, y no podrás hacer nada al respecto.
—¿Por qué?
—Es importante que te queden claras las consecuencias de mentirme.
—¡No te he mentido!
Ladeas la cabeza y, cuando acercas la jeringa a Stanley, siento que el corazón se me va a salir por la boca.
—No me lo has contado todo. Te has dejado cosas en el tintero. No me creo que solo te haya proporcionado una fecha.
—¡No me ha dicho nada más! —Advierto que niegas con la cabeza y aproximas la jeringa aún más al cuello desprotegido de Stanley—. ¡Está bien! —grito—. Vale, tú ganas. Pero no lo hagas.
Esto me supera. No soportaría ver cómo le haces daño después de todo lo que he pasado. No puedo permitirlo.
Tu mano se detiene en el aire sin el menor temblor. Intentando calmar mi corazón desbocado, te lo cuento todo. Hasta el último detalle. El momento, la conversación, la fecha correcta. No pareces quedarte satisfecho hasta que he terminado.
Y entonces la vergüenza se apodera de mí.
«No se lo diré —le había asegurado—. Hassan no lo sabrá.»
He quebrantado todas las promesas que le he hecho. Quiero que me trague la tierra.
Stanley me observa con extrañeza, como tratando de recordar de qué me conoce, pero yo no puedo mirarlo a la cara.
—Muy bien —dices, dándole un empujón al carro, que se desliza hacia mí hasta detenerse a mi lado.
Al ver los otros instrumentos quirúrgicos desperdigados encima, me entran náuseas.
Tengo ganas de vomitar—. Vas a volver a entrar en su mente, viajarás a la fecha que te ha dado e intentarás encontrar todas las pistas que puedas.
Estarás en contacto conmigo en todo momento y, cuando regreses, me informarás de todo.
Espero no tener que recordarte las desagradables consecuencias que acarrearía cualquier desobediencia por tu parte.
No puedo hacer otra cosa que asentir en silencio. Aún me arde el pecho. Me siento insignificante, más diminuta que un ratón o una mota de polvo.
En silencio, preparas de nuevo la pala de memoria y la enciendes. Aún estoy intentando poner en orden mis pensamientos cuando me colocas el casco en la cabeza y me veo sumergida otra vez en el pasado.