Disolución 18. Stanley 1967 #5
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18. Stanley 1967 #5

Una pieza tras otra se movía en su mente; miríadas de transposiciones, jugadas posibles y estrategias insinuadas. El tablero cambiaba de forma. El camino se abrió, se cerró y se volvió a abrir, hasta que él lo vio claro.

Solo había un movimiento, un jaque, una manera de detenerlo.

El único modo de garantizar que la solución no cayera nunca en manos de Jacques era que Stanley dejara de tenerla.

No estaba seguro de poder mantenerla en secreto, y menos aún con Maggie implicada en el juego.

Tendría que eliminar de plano la solución del tablero, derribar todas las piezas de una tacada.

Después de pagar sus bebidas y salir al frío de la calle, dejó que el plan cobrara forma en su cabeza.

Entró en uno de los laboratorios más pequeños de Sunrise, anidado en Vauxhall.

A petición suya, Hugo había seguido pagando el alquiler de esos edificios durante su ausencia y los había mantenido bien aprovisionados de material que pudiera necesitar.

Se sentía un poco más tranquilo al saber que siempre tendría alguno cerca.

Sacó un papel y le escribió a toda prisa una carta a Hugo.

Mi querido amigo:

Los acontecimientos se suceden más deprisa de lo previsto. La solución no está a salvo. Tengo motivos para sospechar que Jacques va a utilizar la pala de memoria para acceder a mis recuerdos, y eso no debe ocurrir.

Prepara el quirófano en Berlín para un lavado de memoria. Vas a borrarme de la mente el descubrimiento de la solución. Quiero erradicarla de mi memoria, como si nunca hubiera dado con ella. Si la olvido por completo, él no encontrará la manera de hacerse con ella. No confío en mí mismo.

Hizo una pausa, sopesando sus opciones.

No, esa decisión era demasiado drástica, demasiado definitiva.

Seguía habiendo demasiado en juego para tomar una medida como esa.

No impediría que Jacques siguiera experimentando, y siempre cabría la posibilidad, por remota que fuera, de que las cosas se descontrolaran como en el suceso inventado de Tokio —o alguno peor— y alguien se viera en la necesidad de recurrir a la solución.

No; había otra jugada posible, otro jaque, oculto bajo el primero.

Tenía que conocer los movimientos de Jacques incluso antes de que los hiciera. Podría pasarse la vida valiéndose de Sunrise para mantener vigilado a Jacques, operando entre bambalinas, y aun así no sería suficiente. De eso estaba seguro.

Antes de que Hugo le borrara de la mente el conocimiento de la solución, tenía que esconderlo en algún lugar donde fuera posible recuperarlo, pero al que ni él mismo tuviera acceso; un lugar donde solo alguien en quien confiara plenamente pudiera encontrarlo.

Y solo había un lugar apropiado para guardarlo: el pasado profundo, los rincones más recónditos de sus recuerdos.

Un lugar donde a nadie se le ocurriría buscar, a menos que contara con las pistas correctas.

Aun así, Jacques quizá encontraría la manera de localizarlo.

Con un suspiro, Stanley negó con la cabeza y visualizó las piezas dispuestas ante él. Tendría que ir un paso por delante, siempre.

La estrategia debía ser infalible; el final de partida definitivo. Jugadas ocultas tras jugadas ocultas a su vez tras otras jugadas.

Respiró hondo. Le dolió añadir los párrafos siguientes, pero no le quedó más remedio.

Dejo la protección de mi familia y mi futuro en tus competentes manos, con una sola instrucción concreta:

Debes tenerme estrechamente vigilado de forma continua. Si en algún momento te da la impresión de que alguien intenta acceder a mis recuerdos, entrar por la fuerza en mi memoria, debes borrarlos todos. Hasta el último de ellos. Debes ingresarme en uno de tus centros y eliminarlo todo.

Él no debe apoderarse de ello. Bajo ningún concepto.

Después de cerrar la carta, puso manos a la obra.

Los preparativos no le llevaron mucho tiempo: encendió el fuego y esparció las plantas para evitar que Omega detectara su inmersión.

Para hacer las cosas bien tendría que realizar varios viajes, con el fin de dejar pistas en los sitios precisos, antes de extirpar de su memoria el conocimiento de este suceso.

Pero no bastaba con eso: el momento elegido para esconder la solución debía estar aislado. Debía existir al margen de los otros recuerdos y estar protegido permanentemente de Omega para no acabar devorado. Stanley tenía que echar mano de la solución para proteger la solución.

Empuñó el cuchillo y tanteó su peso; el peso de un ritual de miles de años de antigüedad. No había otra salida.

Se conectó a la pala de memoria, lo que le produjo una sensación extraña después de tanto tiempo. Cuando se preparaba para sumergirse en sus recuerdos por última vez, la vio.

Maggie lo observaba.

La Maggie mayor, la del futuro.

Estaba justo delante de él. Su cerebro no había reparado en su presencia hasta que se encontraba a solo unos palmos de su rostro.

Estaba más joven que la última vez que la había visto. Más que por su físico, lo supo por la vitalidad que transmitían sus ojos. La inocencia. Se le notaba que no hacía mucho que había empezado a viajar atrás.

Pensó en lo que se disponía a hacer: mutilarse la mente para protegerlos a los dos. Se preguntó si ella llegaría a entenderlo algún día.

El rostro de ella reflejaba confusión, incluso resentimiento.

—Lo sé —dijo, mirándola a los ojos. Comprendía que se sintiera traicionada—. Perdóname.

Se llevó el cuchillo a la parte superior del pecho y se hizo un tajo en diagonal. Sintió un dolor punzante al tiempo que la pala lo catapultaba al pasado.