Disolución 18. Stanley 1967 #4
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18. Stanley 1967 #4

Stanley asintió. No le gustaba la idea, pero no tenía alternativa. No podía dejar morir a esas personas. No podía permitir que nadie muriera. No otra vez.

—De acuerdo —dijo—. Siéntate. Te explicaré lo que sé.

Y así lo hizo. A Jacques no le hacía falta una libreta o un ordenador para tomar nota de sus palabras. Stanley lo sabía. Gracias al riguroso entrenamiento de Waldman, su cerebro no olvidaría un solo detalle.

Le contó a Jacques lo que había descubierto en Australia en sus caminatas y experiencias con la gente de ahí, así como lo que había visto en sus viajes a lo largo y ancho del mundo.

Le refirió en su proporción exacta la mezcla de plantas que había que utilizar; una combinación ritual de lavanda y glicinia, jazmín y salvia.

Le habló de los símbolos ancestrales concebidos para luchar contra ella, transcritos de lenguas que ya no existían.

Y le recalcó la importancia del fuego y las llamas.

Stanley no sabía muy bien en qué principios se basaba su funcionamiento, pero eso ya no importaba.

El rito que describía era como una línea de comandos ejecutada en el ordenador central del universo.

Suspendería el proceso durante un rato lo bastante largo para detener la propagación y mantener el mecanismo de seguridad aletargado y en estasis.

Pero esto no la neutralizaría para siempre. No garantizaría un uso seguro de la pala en el futuro.

Stanley no mencionó los rituales de sangre, el rito final del cuchillo, la línea de comandos que desactivaría para siempre el mecanismo de seguridad y abrirían de nuevo el tiempo y el espacio a la manipulación.

Se guardó este dato porque no confiaba en Jacques.

La información que le había proporcionado bastaría para frenar el contagio y liberar a las pobres víctimas.

Después, si se ponía fin a los experimentos, Stanley en persona podría evaluar la situación, hacer un seguimiento de esas personas y averiguar adónde iban.

Contactaría a Hugo en Sunrise y establecería con él procedimientos para encargarse de ello juntos.

No le comentó nada de esto a Jacques, claro. Le hizo creer que se lo había revelado todo, la solución completa. Era una jugada de ajedrez: exponer la dama para que el adversario no vea lo que ocultas detrás de ella.

Cuando Stanley terminó, Jacques alzó la vista hacia él.

—Gracias —dijo—. Esto me será de suma utilidad.

Jacques se acercó al escritorio, abrió un cajón y sacó un aparato pequeño, como una grabadora. Pulsó un interruptor en el dispositivo y, tras guardárselo en el bolsillo, se encaminó hacia la puerta.

—Tengo que hacer unas llamadas para despachar este asunto —dijo con una amplia sonrisa—, pero me pondré en contacto contigo pronto. Me alegro de verte tan bien, de verdad. Me tenías preocupado.

Stanley esbozó una sonrisa, pero Jacques apenas reparó en ella. La puerta se cerró tras él con un repiqueteo.

Unas horas después, Stanley estaba sentado a solas en el Merchiston Arms. Pasaban unos minutos de las ocho y había estado parte de la tarde cavilando sobre la extraña reunión con Jacques. Cuanto más pensaba en ella, más rara se le antojaba.

Tras la reunión, a Stanley no le cabía la menor duda de que su viejo compañero no le había contado toda la verdad.

Había caminado por las calles aledañas durante un par de horas, esperando noticias suyas para saber si había conseguido evitar el asesinato en masa en Japón.

Nada. Entonces se comunicó con Hugo para preguntarle si sus contactos de Sunrise estaban enterados de algo, pero nadie tenía idea de qué estaba hablando.

Empezó a pensar que en realidad no había ocurrido nada.

Comprendió que se trataba de una treta para hacerlo entrar en pánico y sonsacarle el secreto para detener a Omega.

Esto no le sorprendió del todo, pero había algo más; había algo en las palabras de Jacques que le causaba desazón, pero no habría sabido decir qué.

Stanley se había llevado un libro al pub para que nadie lo molestara.

Necesitaba un lugar donde pensar, pero sabía por experiencia que, cuando se sentaba solo, casi siempre acababa por acercarse alguien a hablar con él.

Así que se colocó el libro delante y fingió leer mientras le daba vueltas a la cabeza.

Iba tomando sorbos de la cerveza que tenía ante sí sobre la mesa y que estaba cada vez más tibia.

Algo de lo que había dicho Jacques lo tenía inquieto, una palabra o una frase. Repasó la conversación en su mente una y otra vez, pero por más que se esforzaba no lograba identificar exactamente de qué se trataba.

Cuando se disponía a levantarse y marcharse, el corazón le saltó a la garganta.

Maggie había cruzado la puerta.

Pero no era la Maggie que conocía, aquella señora mayor de armas tomar que le había salvado la vida una y otra vez.

No, esta era una mujer joven, que apenas rayaba en la treintena, y entró en el establecimiento con una actitud carente de la seguridad en sí misma y la certeza que irradiaba su yo de más edad. Parecía cohibida, nerviosa.

Pero no cabía la menor duda de que era la misma mujer.

Era preciosa.

Stanley intentó no quedarse mirándola y centrarse en su libro, sin saber si ese era el momento en que se suponía que debían conocerse o si solo se trataba de una casualidad. No se atrevía a hablar, por miedo a meter la pata.

Pero solo quedaba un asiento libre en el pub , y estaba justo delante de él.

Ella lo ocupó, copa en mano, y Stanley sintió que el corazón le iba a estallar.

Clavó los ojos en ella. Descaradamente.

No tenía idea de qué decir. Ahí estaba ella, su futura esposa, a la que solo había conocido como una mujer que llevaba cincuenta años en un matrimonio que él aún no había vivido, y de quien, muy a su pesar, se había enamorado ya hacía tiempo.

Ella le devolvió la mirada, y Stanley no acertaba a imaginar qué se le pasaba por la cabeza. A falta de palabras, sonrió, como si le fuera la vida en ello. ¿Estaba ella al tanto? ¿Era consciente de la complejidad del momento?

—¿Nos conocemos? —dijo él, con cada palabra lastrada por la absurdidad de la pregunta.

Ella negó con un gesto, pero no desvió la mirada. El aire entre los dos se tornó más denso. Stanley comprendió que era la primera vez que ella lo veía. Tenía que pronunciar las palabras adecuadas, cargar el momento de significado.

—Me... me siento como si te conociera de toda la vida.

Ella se sonrojó y se colocó un mechón de pelo —de su precioso pelo— detrás de la oreja. Se inclinó hacia él, como atraída por la gravedad, y se presentó.

—Soy Maggie —dijo.

«Lo sé —pensó él—. Dios santo, vaya si lo sé.»

Antes de que se diera cuenta o alcanzara a entender lo que ocurría, habían entablado conversación.

Al principio charlaban sobre esto y aquello: el pub , historia, galerías de arte, música.

Se olvidaron de sus bebidas, que habían dejado a un lado.

Casi no hablaban de sí mismos. En cierto modo, sabían todo lo que necesitaban saber.

Cuando la tarde tocaba a su fin, ella le dio una dirección y le hizo prometer que volverían a verse pronto. Stanley sonrió, preguntándose cómo sería el siguiente encuentro.

Cuando ella se puso de pie, él quiso levantarse también; se moría de ganas de abrazarla, besarla y decirle que siempre sería suya, para toda la eternidad. Pero sabía que no podía, así que permaneció sentado y simplemente le dedicó un extraño pero discreto saludo militar.

En cuanto lo hizo, se ruborizó. ¿Un saludo militar? Deseó que la tierra se lo tragara entero.

Pero ella le sonrió de oreja a oreja y se marchó.

Stanley pensó en lo afortunado que era por haberla conocido, tanto en su versión del presente como en la del futuro.

Qué suerte tenía de que ella lo estuviera guiando de la mano, de que fuera su ancla en medio de las corrientes de una vida cada vez más demencial, plagada de muerte, secretos y fuerzas ancestrales...

De golpe, tuvo una revelación.

Omega.

«Esa cosa, Omega, fue liberada en el transcurso de experimentos posteriores», había dicho Jacques.

Pero Stanley no había pronunciado en ningún momento la palabra «omega». Nunca había oído a nadie llamar así al mecanismo de seguridad, salvo a la Maggie del futuro lejano.

¿De dónde había sacado Jacques ese nombre? ¿Cómo lo había sabido?

El germen de una idea empezó a formarse en la cabeza de Stanley.

Por alguna razón, no podía dejar de pensar en el whisky ; lo había probado antes, estaba seguro de ello, pero ¿cuándo?

Y otra imagen se repetía una y otra vez en su mente: la de Jacques sacando un pequeño dispositivo de un cajón de su escritorio y apagándolo antes de salir de su despacho.

Había algo extraño en la manera en que lo había hecho, en cómo se había comportado en su presencia.

Como si ya hubiera estado ahí antes.

«Pues claro.»

Y, como si estuviera jugando una partida de ajedrez con Waldman, de pronto todas las piezas encajaron de repente.

Cada jugada que había pasado por alto, cada peón.

Todo se aclaró al instante. ¿Dónde había oído Maggie el nombre Omega?

En boca del hombre con el que estaba en el futuro, el que la estaba ayudando con la máquina.

«Pues claro —pensó de nuevo—. ¿Quién si no?»

Cuando Jacques comprendió que su ardid no había funcionado, que Stanley no le proporcionaría la solución entera, había decidido obtenerla por medio de Maggie.

Ella era el punto débil de Stanley, y Jacques estaba decidido a aprovecharlo.

Mientras Stanley tuviera la solución en su cabeza, Jacques no la dejaría en paz.

No renunciaría a buscar esa solución. Jamás. La vida feliz que Maggie le habría prometido no llegaría nunca. Nunca se verían libres de las intrigas de Jacques.

Pero, si Jacques descubría la solución completa, el mundo quedaría a su merced. Porque, pese a los intentos de Jacques de presentarse como un salvador, Stanley sabía que lo único que le interesaba era el poder. No podía permitirlo.