Disolución 18. Stanley 1967 #3
92%

18. Stanley 1967 #3

Stanley desvió la vista, un poco avergonzado.

—No me enteré hasta hace poco —prosiguió Jacques, retorciéndose las manos—. Un antiguo empleado, un tipo muy inteligente, me lo robó todo delante de mis narices, y ha estado intentando recrear el experimento, la inmersión en la memoria.

A Stanley se le encogió el estómago.

—¿Y lo ha conseguido?

Negando con la cabeza, Jacques contempló las calles de abajo a través de la ventana.

—Ha salido todo mal, Stan. Se está torciendo todo otra vez.

Se... se ha topado con el mismo problema que nosotros: la enfermedad.

Por desgracia, él no la ha aislado. Una persona contagió a otra, y ahora se está propagando de forma imparable.

Las noticias que me llegan son sobrecogedoras: ochenta, noventa, cien personas borradas del pasado, como si nunca hubieran estado ahí.

Pronto serán centenares, quizá miles. Se...

Ay, Dios mío, Stan, se nos acaba el tiempo, y no hay manera de pararlo. No sé qué hacer.

Jacques se agarró del brazo de Stanley. Su piel tenía un tacto extraño, como de seda, y este tuvo la sensación de que se le escapaba algo, de que había algo raro en todo ese encuentro.

Omega no funcionaba así. Depuraba a todo aquel que intentaba enredar con el tiempo —a todos los implicados— y luego se detenía.

No era el instrumento más preciso del mundo, por lo que a veces alguien quedaba atrapado en el fuego cruzado, pero una vez cauterizada la herida, se inactivaba.

Por otro lado, quizá Jacques no lo sabía; tal vez aún pensaba que...

—Estoy hecho un lío, Stan —dijo, con los ojos trémulos de pánico—. Necesito tu ayuda. Siempre has sido el más listo de los dos.

Stanley parpadeó.

«¿Qué?»

Se levantó, quitándose de encima la mano del otro.

—Jacques, ¿qué demonios pasa aquí?

—¿Cómo que qué pasa? —dijo Jacques, mirándolo con expresión desconcertada—. Acabo de decirte que...

—No se ha producido ningún incidente, ¿verdad? Me estás mintiendo. ¿Por qué?

Jacques exhaló un suspiro, y su cuerpo cambió en el acto. El miedo se esfumó de sus ojos. El pavor había desaparecido, como si nunca hubiera estado ahí. Se irguió cuan alto era, imperturbable.

—Es porque te he llamado «listo», ¿a que sí? Ahí me he pasado. —Negó con la cabeza—. Siempre hay algo.

Stanley se quedó mirándolo, sin entender qué estaba pasando. Jacques se dirigió hacia el escritorio y extrajo un pequeño dispositivo de un cajón; era más o menos del tamaño de una grabadora.

—Pensaba que la historia sobre la crisis apocalíptica te tocaría la fibra sensible, pero había olvidado cuánto te gusta autoflagelarte a veces.

—¿Qué?

—Da igual. Ya llegaremos a eso, viejo amigo. —Giró un botón del aparato—. Disponemos de todo el tiempo del mundo, tú y yo.

Clic.

Interferencias.

Stanley olfateó el líquido marrón que contenía la licorera de cristal; era whisky , y uno de los caros, a juzgar por el olor.

Tras llenarse un vaso pequeño, se acercó al sofá y se acomodó en él.

Bebió un sorbo. No cabía duda: era un whisky caro.

Tuvo una extraña sensación de déjà vu , como si ya lo hubiera probado alguna vez, quizá en otra vida.

La puerta se abrió.

—Stan —dijo Jacques, sonriente—. Me alegro de volver a verte.

—Cuánto tiempo —respondió Stanley, examinando de arriba abajo la extraña figura de Jacques. Había algo raro en su cuerpo, algo que no acababa de cuadrar.

—Y, sin embargo, parece como si nos hubiéramos visto hace un momento. Es curioso cómo juega el tiempo con nosotros.

Stanley asintió. Pese a que habían transcurrido años desde el incidente, tenía, en efecto, la sensación de que había sido ayer.

Aún lo atormentaban las terroríficas imágenes de los disparos, los cuerpos, Raph gorgoteando en un charco de sangre.

Habían definido cada momento de su vida desde entonces.

—Me has hecho venir aquí —dijo Stanley con cautela. Sentía más que nunca que debía andarse con cuidado con Jacques. Había algo en el aspecto de sus ojos, en el brillo antinatural de su piel bajo la luz, que le infundía una extraña sensación de inseguridad—. Me has dejado un mensaje.

Jacques le quitó hierro al asunto con un gesto.

—No es nada importante. Solo quería que nos pusiéramos al día. Has pasado mucho tiempo fuera del país. ¿Has estado muy ocupado?

Stanley tomó un sorbo de su vaso.

—Podría decirse que sí. ¿Y tú?

Los labios de Jacques se curvaron en una sonrisa de depredador.

—No te andes con remilgos, Stan. Sé que has estado investigándome. También sé lo que has estado haciendo con el dinero de Raph. Ocultar tus movimientos no se te da tan bien como crees. ¿Cuánto has averiguado?

—He averiguado que has estado construyendo un imperio tecnológico, aunque tus objetivos son secretos. —Stanley se inclinó hacia delante—. ¿En qué estás trabajando?

Jacques suspiró.

—En muchas cosas, Stan. En muchas cosas. Me temo que casi todas escaparían a tu comprensión. Lo que descubrimos en ese laboratorio fue solo el punto de partida para mucho más.

Un terror antiguo renació en el pecho de Stanley.

—¿El punto de partida? ¿Me estás diciendo que has seguido experimentando con la pala de memoria?

Con una risita, Jacques se puso de pie y se acercó al mueble bar para servirse una copa.

—Pues claro. ¿Cómo iba a dejarlo? Pero hemos pasado a otras cosas. Nos esperan descubrimientos más audaces. El tiempo no es como creemos que es. —Bajó la mirada hacia su cuerpo, que casi pareció despedir un resplandor tenue—. Ni tampoco la mortalidad, de hecho.

Stanley pestañeó, intentando asimilar las implicaciones de lo que decía Jacques, pero no conseguía pensar más que en el hecho de que este seguía utilizando la pala.

—¿Y los sujetos de los experimentos? —preguntó—. ¿Qué ha pasado con ellos?

—Bueno, hemos cometido algún error aquí y allá, pero ya sabes lo que dicen sobre las tortillas y los huevos. En una de nuestras instalaciones se produjo hace poco un brote que no hemos conseguido contener hasta ahora, pero pronto nos ocuparemos de eso.

Stanley se levantó, con un ligero temblor en las manos.

—¿A... a qué te refieres con «contener» y con «nos ocuparemos de eso»?

—Esa cosa, Omega, fue liberada en el transcurso de experimentos posteriores.

Como no se aplicaron correctamente las cuarentenas, se propagó entre miembros del personal.

Ahora tenemos confinados a todos los infectados.

Ninguno de ellos sabe quién es, ni nosotros sabemos quiénes eran.

—Rio entre dientes—. La verdad es que tiene su gracia.

Una burbuja nauseabunda creció en el estómago de Stanley, acompañada de la sensación de que se desarrollaba una tragedia, de que la historia se repetía.

—¿Qué vais a hacer con ellos?

—¿Qué quieres que hagamos? —Jacques se encogió de hombros y tomó un trago de whisky —. Tenemos que matarlos a todos. Nadie los echará de menos. Nadie se acordará siquiera de que existieron alguna vez.

Stanley se quedó muy quieto e inspiró profundamente antes de formular la pregunta cuya respuesta no estaba seguro de querer oír.

—¿Cuántos son?

—¿Hmm? —Jacques elevó las cejas, meditando la pregunta como si nunca hubiera pensado realmente en ello—. Bueno, era uno de nuestros centros grandes, y el ritmo de contagio fue bastante intenso hasta que conseguimos cerrarlo. ¿Quinientos empleados, tal vez seiscientos?

Stanley sintió que palidecía, que la sangre le abandonaba el rostro.

«Seiscientos.»

Y Jacques iba a matarlos a todos.

Como a aquel hombre en el laboratorio, tantos años atrás.

—No puedes hacer eso —dijo.

Jacques soltó una carcajada.

—Bueno, si tú lo dices..., pero es que no tenemos otra manera de detener el contagio.

Lo sabes bien. Hombre, por favor, si hubiera otra solución, ¿no crees que recurriríamos a ella?

—Negó con la cabeza—. Para serte sincero, ya no me preocupa tanto.

Hemos realizado avances mucho más prometedores: transferencia de la conciencia, aislamiento de líneas temporales, entrelazamiento cuántico...

Cuando nos hayamos encargado de esta situación, seguramente retire la pala de memoria y me centre en otra cosa.

—¿Y si...? —dijo Stanley, pero se interrumpió.

No quería revelarle a Jacques lo que había descubierto.

No se fiaba de él. Pero no podía quedarse de brazos cruzados.

Si dejaba que Jacques siguiera adelante con su propósito, no sería mejor persona que cuando, años atrás, permitió que asesinara a aquel sujeto del experimento, cuando dejó que matara a Raph.

Tenía que impedir que volviera a ocurrir.

Jacques lo observaba con aire despreocupado y expresión ligeramente divertida.

—¿Y si qué, Stan?

—¿Y si yo supiera cómo neutralizarlo?

Jacques agitó la mano con ademán desdeñoso.

—Lo he estudiado hasta la saciedad. Es imposible.

Stanley dio un paso hacia él.

—Hay una manera. Me llevó mucho tiempo dar con ella, pero la hay. Nuestro enfoque era erróneo. No se trata de una infección, en sentido estricto. Considéralo más bien un mecanismo de seguridad, y hay una manera de desactivarlo, de apagarlo.

Jacques dejó su vaso y se volvió hacia Stanley. Se alzó ante él, impasible.

—Bueno, si supieras cómo hacer eso, supongo que no sería necesario matarlos a todos. No sé qué clase de vida llevarían, olvidados por el mundo, pero desde luego eso nos ahorraría tiempo y dinero. Te agradecería tu ayuda.

Stanley fijó la vista en los centelleantes ojos de Jacques, parpadeando.

—Si me llevas al lugar donde están, puedo...

Jacques negó con un gesto.

—Olvídalo. No hay tiempo para eso. El laboratorio se encuentra en Japón, a las afueras de Tokio. Está demasiado lejos, Stan. Tenemos que frenar el contagio hoy mismo, para no correr riesgos. La operación está programada para dentro de... —echó un vistazo a su reloj— poco menos de dos horas.

—Pero...

—Oye, a lo mejor, si me das algo de información que pueda transmitir... —dijo con displicencia—. Si puedo hacer una llamada internacional, podrías explicar qué hay que hacer. Eso quizá daría resultado. Pero es la única manera.