Disolución 18. Stanley 1967 #2
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18. Stanley 1967 #2

—No podría ni empezar a enumerar todo lo que he logrado en los últimos ocho años —dijo, bajando la voz casi hasta un susurro—, todo lo que puede conseguirse con los recursos suficientes y un enfoque adecuado.

Hay saltos tecnológicos que hasta tú te negarías a creer.

—Los ojos le giraban en las órbitas mientras hablaba con avidez, devorando la luz entre los dos—.

Pero hay una cosa que nunca he podido superar.

Es mi ballena blanca, Stan. Mi maldición.

A Stanley se le hizo un nudo en la garganta.

—La pala de memoria.

—Sí. Poder viajar por la memoria, modificar el pasado. ¿Te imaginas la de posibilidades que eso brindaría? Sin embargo, en cada ocasión, los resultados son los mismos que en la anterior.

Stanley parpadeó.

—¿Has... has vuelto a experimentar con ella?

—Pues claro. ¿Tú no?

A Stanley se le atascó la respiración en el pecho, al tiempo que los recuerdos de rostros inexpresivos y sangre se agolpaban en su mente.

—¿Y qué ha pasado con los sujetos?

—Me temo que lo mismo que la otra vez. Acaban borrados del pasado. Desaparecen, y todas las personas que los han conocido se olvidan de su existencia. Le hemos puesto el apodo de Omega: el final de todas las cosas. Pero creo que no tiene por qué ser un final.

Stanley se levantó, llevándose las manos a la cabeza.

—¿Te has vuelto loco?

Hassan frunció el ceño, confundido.

—Qué va. Mantenemos siempre aisladas las salas de experimentos, como hacíamos antes. No dejamos que se propague. He aprendido de mis errores.

—¡No... no me refiero a eso! —Intentó ahuyentar de su cabeza las imágenes de cuerpos descuartizados y del incinerador.

Él había consagrado años a intentar comprender el fenómeno para asegurarse de que nunca volviera a producirse, mientras que Hassan nunca había dejado de experimentar con ello.

Había seguido adelante, como si nada hubiera pasado—.

¿Es que no te acuerdas de lo que hicimos? ¿No recuerdas lo que le hicimos a Raph?

Hassan les quitó hierro a sus palabras con un gesto.

—No lo he olvidado, pero Raph está muerto. No va a volver. ¿Durante cuánto tiempo más vas a permitir que eso te frene?

—Más que tú, eso está claro —espetó Stanley.

Cruzó la habitación con paso furioso, incapaz de mirar a Hassan.

¿Quedaba algo de Jacques en él?, ¿o es que en realidad el Jacques que había conocido nunca había existido?

—. ¿A cuántas personas más has sometido a este horror?

—le preguntó con rabia, volviéndose—. ¿A cuánta gente has borrado?

Hassan se puso de pie, negando con la cabeza.

—Te estás centrando en lo que menos importa. La gente sabe dónde se mete. Sus familias han recibido indemnizaciones adecuadas.

—Sus familias ni siquiera saben que existieron.

—Oye —resopló—, la cuestión es que he hecho progresos estudiando a los sujetos; su cerebro, su línea temporal. Podemos hacer tantas cosas... ¿Sabes que poseemos tecnología capaz de replicar ese mismo tipo de pérdida, de eliminar los recuerdos de una persona con tocarla?

—Ah, ¿y se supone que eso debe tranquilizarme?

—No estás entendiendo nada, Stan —aseveró en tono tenso, con un ligero deje de frustración—. Si me ayudas, podemos superar esto. Sé dónde has estado. Sé que has estado vigilándome, pero yo también te he vigilado a ti. Has descubierto la manera de vencer a esta cosa, ¿verdad?

Soltando un resoplido, Stanley le dio la espalda a Hassan, con la mente revolucionada.

Aquello era peor de lo que había imaginado.

Hassan estaba loco. No, eso era quedarse corto.

Stanley tenía que largarse de ahí, pero al mirar la puerta se preguntó si marcharse era siquiera una opción. Si Hassan se lo permitiría.

Al notar una mano fría en el hombro, dio un respingo y saltó hacia atrás.

Ni siquiera había oído el sonido de los pasos de Hassan al acercarse.

—Estoy intentando ayudarte —aseguró Hassan, que se erguía imponente ante él—.

Intento ayudar a todo el mundo. Ya he empezado a desafiar los límites de la mortalidad, a vencer los estragos del tiempo, a trascender a un estadio superior.

Pero mi labor no ha hecho más que empezar.

Si conseguimos cambiar el pasado, controlaremos el presente, y quien controle el presente determinará el futuro.

Fíjate en el rumbo que ha tomado el mundo: la sobrepoblación, el hambre y las guerras se ciernen sobre nosotros.

Lo sabes tan bien como cualquiera. Te necesito, Stan.

Este es el legado de Waldman: contigo a mi lado, ayudándome, podemos encaminar el mundo hacia un nuevo paradigma.

Podemos ser quienes guíen a la humanidad por el buen camino.

Cómo no: si Hassan tuviera la libertad de zambullirse en el pasado de alguien, de alterar el tejido mismo del tiempo, el mundo entero quedaría a su merced.

¿Quién podría hacer frente a un poder como ese?

¿Quién querría intentarlo siquiera? No, por más que Hassan incidiera en la nobleza de sus motivaciones, Stanley no quería imaginarse un futuro controlado por ese hombre.

«El legado de Waldman.» Stanley notó el escozor de las lágrimas en los ojos.

No podía imaginar nada más contrario a lo que el viejo hubiera querido.

Miró a Hassan directamente a los ojos; unos ojos que despedían un brillo inhumano.

—No te ayudaré —dijo—. Omega fue creada precisamente con el fin de parar los pies a personas como tú.

Hassan no movió un músculo. Ni siquiera pestañeó.

—¿Qué quieres decir con eso?

Stanley respiró hondo, armándose de valor.

—No eres el primero en creer que puede dominar el universo.

No eres el primer megalómano. Ya ha pasado antes: por eso se creó Omega.

Waldman creía que era una especie de ente perverso empeñado en darnos caza a todos, pero se equivocaba.

No es un depredador ni una fuerza maligna; es una salvaguardia.

Existe para garantizar que el tiempo siga fluyendo por su cauce sin obstáculos, por la misma razón por la que nuestra trayectoria evolutiva nos alejó de la memoria perfecta.

Porque la gente no debe poder controlar el tiempo. Ni yo, ni tú, ni nadie.

—Si fue creada... —dijo Hassan de forma pausada—, eso significa que debe de haber una manera de destruirla.

—No —dijo Stanley—. Eso es imposible. Está entrelazada de forma inextricable con el universo. Es una fuerza de la naturaleza que no se puede dominar.

Hassan arqueó las cejas con extrañeza.

—Todo se puede dominar. Mientes, Stan. Sé distinguir cuándo te marcas un farol. Siempre lo he sabido. Al final me lo dirás, de un modo u otro.

—No —repuso Stanley—. Ni lo sueñes. —No pensaba dejarse intimidar. Ya no. Se mantuvo firme, inflexible—. Nunca averiguarás lo que buscas, eso te lo aseguro.

Tras mirarlo fijamente por unos segundos, Hassan giró sobre los talones y se acercó al escritorio. Se agachó con un movimiento sorprendentemente despreocupado, abrió un cajón y sacó de él un aparato pequeño, más o menos del tamaño de una grabadora.

—¿Estás seguro de que nunca me lo dirás, Stan? Pareces muy seguro de ti mismo.

—¿Qué es eso?

—Uno de mis últimos inventos. Un proyecto paralelo a nuestra labor con las líneas temporales.

Los ingenieros que trabajaron en él lo bautizaron como la Máquina de Disolución.

—Dio vueltas al artilugio entre sus dedos—.

Por lo que he entendido, es algo relacionado con líneas temporales divergentes, pero le encuentro cierto encanto al nombre.

La vida media sigue siendo bastante breve, de un máximo de unos treinta y cinco minutos, pero, según me dicen, están trabajando para incrementarla.

A Stan lo asaltó un temor repentino y sintió que las paredes se le venían encima. Su seguridad se desmoronó. No quería pasar un minuto más en ese despacho. No sabía qué era ese aparato, pero no quería tenerlo cerca.

—¿Sabes cuál ha sido siempre tu problema, Stan? Que vas sobre seguro. Le falta dramatismo a tu medio juego. Eso te lleva a ganar nueve de cada diez partidas, cierto. Pero si juegas las suficientes veces... —Se interrumpió, manipulando un botón del dispositivo.

Stanley tragó en seco.

—No lo hagas, Jacques.

Por primera vez, una sonrisa —una sonrisa de verdad— se dibujó en el rostro de Hassan.

—Me llamo Ozymandias, rey de reyes —dijo, sosteniendo en alto el aparato—. ¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!

Se oyó un clic.

Luego interferencias.

Luego nada.

Stanley olfateó el líquido marrón que contenía la licorera de cristal; era whisky , y uno de los caros, a juzgar por el olor.

Tras llenarse un vaso pequeño, se acercó al sofá y se acomodó en él.

Bebió un sorbo. No cabía duda: era un whisky caro.

Tuvo una extraña sensación de déjà vu , como si ya lo hubiera probado alguna vez, quizá en otra vida.

La puerta se abrió de repente.

—Madre mía, Stanley —dijo Jacques—. Cuánto me alegro de que hayas venido. No te imaginas las ganas que tenía de verte.

Stanley se volvió. Cuando se dio cuenta, Jacques se había adentrado a paso veloz en la habitación y estaba sentando a su lado, con expresión seria y preocupada. Había algo en su rostro que no le cuadraba; la piel era demasiado perfecta, los ojos...

—Quería verte en cuanto desembarcaras en el Reino Unido —tartamudeó Jacques—. De verdad que sí, pero he estado liado con un follón de proporciones monumentales y no he conseguido escaparme hasta ahora. La cosa está muy mal, Stan. Muy mal.

Stanley parpadeó, descolocado por la urgencia en el tono de Jacques. Dejó su vaso sobre la mesa y se inclinó hacia él.

—¿Qué ha pasado?

—¿Te...? —Jacques negó con la cabeza, agachando la vista—. ¿Te acuerdas del experimento que llevamos a cabo con la pala de memoria? ¿Ese en el que se torció todo?

Un terror antiguo renació en el pecho de Stanley.

—¿Qué has hecho?

—¡Nada! —Alzó las manos—. Te lo aseguro. No volvería a acercarme a ese trasto por nada del mundo. Lo digo en serio. ¿Después de lo que le pasó a... Raph? ¿Después de lo que hice? ¿Cómo puedes insinuarlo siquiera?