18. Stanley 1967
Resultaba extraño volver a estar en Inglaterra.
Después de pasar dos años en la zona interior de Australia, un año y medio en los desiertos de Egipto y nueve meses más en las cuevas interconectadas del sur de Grecia, Stanley se había acostumbrado al calor.
Soplaba un frío viento de enero, y, casi sin darse cuenta, se abrió la chaqueta para exponerse a él.
Anhelaba que el aire le tocara la piel como en un abrazo fantasmal, que le erizara el vello de los brazos y el pecho.
Aunque nunca había sido muy feliz en su país, sentía que le estaba dando la bienvenida.
Los años en el extranjero lo habían cambiado y le habían enseñado más cosas sobre el mundo de las que habría imaginado que llegaría a saber jamás.
Mientras seguía la pista del fenómeno e identificaba pautas, había pasado de estudiar las culturas de Australia a descubrir los extraños símbolos trazados en las paredes de las cuevas de Europa y en antiguas rocas del norte de África.
Con el tiempo, había aprendido a sobrevivir por sí mismo, recorriendo en soledad los parajes inhóspitos de varios países.
Y el aislamiento había traído consigo conocimientos: sobre un pasado remoto, perdido para la humanidad, sobre una historia olvidada tiempo atrás salvo por los vestigios que quedaban de ella en la mitología y las religiones antiguas.
Sobre Omega, como la había llamado Maggie.
Había aprendido de dónde provenía, cómo se había originado, los procesos necesarios para frenarla.
Al final, le había bastado con apartarse de los marcos de conocimiento tradicionales que había abrazado y aceptar que existía un mundo más extenso más allá de los límites de las cosas que creía saber con certeza.
Respirando hondo, tendió la vista hacia la construcción que se alzaba ante él, al otro lado de la calle.
El edificio Lazarus había sufrido una reconversión después del incendio y de la muerte de Raph.
La empresa seguía adelante, por supuesto.
Hay una etapa a partir de la cual las corporaciones pasan a ser más grandes que el grupo de personas que las integran; se convierten en entidades autosuficientes que adquieren vida propia.
Sin embargo, el edificio se mantenía más que nada para impresionar, pues ahora la sede de operaciones real se encontraba en otro sitio.
El pub de enfrente, el Red Lion, no había cambiado un ápice.
Cuando Stanley abrió la puerta principal y se dirigió hacia una mesa del fondo, le dio la sensación de que había retrocedido en el tiempo.
Percibía el familiar entrechocar de vasos, el calor de los asientos.
Le vino a la mente la imagen de los tres —Raph, Jacques y él— ahí sentados, discutiendo sobre la memoria y la evolución, y le pareció que habían transcurrido muchas vidas.
Tuvo que tragar saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.
Jacques era, por supuesto, la razón por la que estaba ahí.
No lo había contactado directamente. Cuando Stanley había llegado al aeropuerto de Heathrow la víspera y había pasado por el control de inmigración, el agente le había dedicado una sonrisa rutinaria antes de examinar su pasaporte.
Sin embargo, algo —alguna advertencia asociada a la ficha de Stanley— había llevado al agente a llamar a su superior. Aunque Stanley no podía ver de qué se trataba, la expresión de perplejidad mal disimulada en la cara del hombre le dejó muy claro que había encontrado algún tipo de anomalía.
El agente no le había dicho nada al respecto; en vez de ello, tras una breve consulta a su jefe, había insertado una nota entre las páginas del pasaporte de Stanley, se lo había devuelto y le había deseado un buen día.
La nota rezaba: «Red Lion mañana a las tres».
Stanley tuvo que aguantarse la risa al pensar en lo absurdo de aquello. Aunque la ubicación elegida no lo hubiera delatado, habría sabido sin sombra de duda quién le había enviado el mensaje. Era una jugada de ajedrez, una postura calculada para comunicarle algo muy concreto a Stanley:
«Mira hasta dónde llega mi poder. Mira lo que soy capaz de hacer.»
Era teatro, puro sentido del espectáculo, algo muy típico de Jacques. Si quería reunirse con él, solo tenía que llamarlo.
A pesar de todo, Stanley había acudido, porque necesitaba información.
Cuando se había puesto en contacto con Hugo para que lo pusiera al día sobre las delegaciones de Sunrise en Hong Kong y Dubái, había recibido noticias preocupantes.
Jacques —o Hassan, como se hacía llamar ahora— estaba metido en muchos negocios, tanto legales como delictivos.
Grandes sumas de dinero procedente de las reservas de petróleo de Oriente Medio y el tráfico de heroína en Afganistán se canalizaban hacia lo que parecían ser centros clandestinos de investigación y desarrollo establecidos en Europa y el norte de África.
Se sobornaba a los gobiernos con las ganancias resultantes de la venta de tecnología punta a compradores de dudosa reputación.
Sin embargo, una parte de Stanley sabía que ese no era un objetivo en sí mismo, sino solo un medio para un fin, y, después de todo lo ocurrido, necesitaba saber cuál era ese fin.
Sentía más que nunca que los actos de Jacques eran responsabilidad suya.
Él lo había dejado marchar. Había encubierto sus crímenes.
Si alguna cosa terrible salía a la luz, lo culparían a él.
El minutero de su reloj se acercaba lentamente a la hora en punto. Se disponía a levantarse para pedir algo de beber cuando un empleado del pub se le acercó.
—¿Señor Webb?
Stanley levantó la mirada hacia él.
—¿Sí?
—¿Sería tan amable de acompañarme? El señor al-Haytham cree que sería preferible un entorno más privado.
Stanley asintió, reprimiendo una sonrisita.
—Claro, lo que usted diga.
Se puso de pie y siguió al hombre hasta una puerta situada detrás de la barra. Atravesaron dos más y subieron por una escalera de metal que parecía formar parte de otro edificio. Tras abrir una última puerta, el empleado se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Se trataba de un despacho más amplio; el alargado escritorio de madera del fondo estaba orientado hacia unos ventanales que daban a las calles de Londres que discurrían más abajo. Había un sofá y dos butacas en el centro, y un mueble bar en el rincón.
El hombre salió y cerró la puerta, dejando a Stanley solo en el despacho. A falta de más información, este se encaminó hacia el mueble bar para servirse una copa.
Olfateó el líquido marrón que contenía la licorera de cristal; era whisky , y uno de los caros, a juzgar por el olor. Tras llenarse un vaso pequeño, se acercó al sofá y se acomodó en él. Bebió un sorbo. No cabía duda: era un whisky caro.
La puerta se abrió con un suave chasquido.
—Stan —dijo Jacques al entrar—. Cuánto me alegro de verte, viejo amigo.
Sin embargo, no era Jacques, o no del todo. Se le parecía; las facciones eran las mismas, al igual que la forma general del cuerpo y el rostro, pero a Stanley, que lo conocía desde la juventud, la sensación de familiaridad le duró solo unos instantes.
Había algo en él que no acababa de encajar: su cutis era demasiado terso; sus movimientos, demasiado fluidos. No mostraba uno solo de los defectos o imperfecciones que hacen humana a una persona.
Stanley irguió la espalda.
—Pero ¿qué te has hecho?
—Ah, ¿te refieres a esto? —respondió, bajando la vista hacia su cuerpo—. Todo empezó con unos retoques aquí y allá, algunos recambios, un poco de cirugía experimental.
—El tejido clonado con el que jugabas en el Instituto —señaló Stanley—. El que usamos para exculparte.
—Es todo un poco complicado —dijo Jacques, sentándose en la butaca que Stanley tenía enfrente.
Posó los pies sobre la mesa, aunque con un movimiento no tan relajado, no tan natural como los que conocía Stanley—.
Pero digamos que el cuerpo humano es como cualquier otro dispositivo tecnológico.
Se puede experimentar con él. Es susceptible de mejoras.
Al contemplar a su viejo amigo, Stanley sintió un escalofrío.
—¿Qué has hecho, Jacques?
El aludido ladeó la cabeza como una serpiente al avistar un ratón.
—Algún día la gente estará desesperada por tener lo que yo he conseguido. Por cierto, ahora me llamo Hassan. Las cosas han cambiado desde la última vez que nos vimos.
—No hace falta que me lo jures —repuso Stanley, tomando otro sorbo de whisky .
Aunque se estaba esforzando mucho por mantener la calma, se respiraba la tensión en el ambiente.
Ya no se sentía totalmente a salvo ahí. Algo no iba bien, aunque aún no habría sido capaz de precisar qué—. ¿Por qué «Hassan»?
Jacques —no: Hassan— agitó la mano en el aire.
—En honor de mi científico favorito, Ḥ asan ibn al-Haytham, uno de los mayores polímatas que el mundo ha conocido. Fue teólogo, filósofo, astrónomo y padre de la óptica moderna.
«Un genio —pensó Stanley—. Has adoptado el nombre de un genio, como no podía ser de otra manera.»
—¿Sabes qué lo hacía tan especial? —Hassan se inclinó hacia delante—.
Su capacidad de ver las cosas desde una perspectiva totalmente distinta.
Fue el primero en demostrar que, cuando miramos un objeto, en realidad no vemos el objeto en sí, sino la luz reflejada en él.
Comprendió que el fenómeno de la visión no existe como tal, sino que consiste en una serie de reacciones eléctricas que se producen cuando captamos esa luz.
Comprendió que, para entender el mundo, a veces tenemos que desechar todo lo que sabemos, cambiar el paradigma.
Stanley se echó hacia atrás en el sofá para apartarse de Hassan, cuya vehemencia lo estaba poniendo nervioso.
—¿O sea que eso es lo que estás haciendo? ¿Cambiar el paradigma?
Hassan se lamió los labios y se acercó lentamente a Stanley.