Disolución 17 #5
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17 #5

—Nos visitas una vez cada dos meses, en el mejor de los casos —continúo, ensañándome con ella, sintiendo ganas de vomitar—.

Reconócelo, Leah. Nos tienes abandonados.

Hasta papá lo ha dicho. Vuelve a tu coche y regresa a esa vida que estás desperdiciando, porque ni él ni yo queremos saber nada más de ti.

Si te digo la verdad, preferiría no volver a verte nunca.

Mirándome con fijeza, horrorizada y con lágrimas resbalándole por las mejillas, retrocede.

No deseo otra cosa que extender los brazos hacia ella, atraerla hacia mí y estrecharla con fuerza contra mi pecho, como hacía cuando tenía pesadillas de pequeña y las dos respirábamos al unísono hasta que se tranquilizaba.

Pero sé que no puedo. Sé que jamás volveré a abrazarla.

Sin siquiera mirarme, pasa por mi lado y se aleja como una exhalación hacia su coche. Presa de una tristeza profunda, la sigo con la mirada hasta que sube al vehículo y arranca a toda velocidad.

«¿Qué has hecho, Hassan? ¿Qué me has obligado a hacer?»

«Si no quieres tener que hacer algo así otra vez, te sugiero que espabiles», dices.

—Vete a la mierda —replico al aire, al edificio, a mí misma.

Me doy impulso y me materializo de nuevo, varias décadas atrás en el tiempo. Lo primero que noto es el calor, una humedad sofocante que me golpea el rostro y un aire denso que me oprime la garganta. Un sol abrasador me castiga desde lo alto con una furia implacable.

Al darme la vuelta, veo varias tumbonas y un bar tiki.

Son nuestras vacaciones en Camboya en 1993, las primeras que nos tomamos sin Leah. Estamos en Nom Pen, en un pequeño hotel boutique con dos piscinas estupendas.

El viaje es un regalo de cumpleaños para mí por parte de Stanley. Aunque no sé muy bien cómo ha podido permitírselo, no le hago muchas preguntas al respecto. Siempre se le ha dado bien administrar el dinero, así que dejo los temas económicos en sus manos.

Al volverme, me veo a mí misma. Me encuentro frente a frente con mi propio rostro.

—Maggie —susurro—. Por favor, ¿dónde está Stan?

Muy lejos no puede andar. Al fin y al cabo, el recuerdo es suyo.

Ella parece confundida y entorna los ojos como para enfocar la vista; como si no pudiera verme.

—¡¿Dónde está Stan?! —repito con toda la contundencia que puedo.

—E-está... —tartamudea—. Está ahí mismo. —Su mano señala con vaguedad el bar situado detrás de ella. Él está sentado ahí. Lo habría avistado de inmediato de no ser porque mi otro yo lo estaba tapando.

Me aparto a un lado y ella se aleja con paso lento hacia el baño, aturdida. Por un momento pienso en lo extraño que es que no recuerde este encuentro. Me acuerdo de Camboya y del hotel, pero desde luego no me acuerdo de haber topado conmigo misma.

No hay tiempo para cavilar sobre eso.

La oscuridad vuelve a cernerse sobre mí. Lo presiento. Tiene un hambre atroz.

Tengo que obtener la respuesta y largarme, o de lo contrario todo estará perdido.

Tras propinar un empujón a una pareja para pasar por su lado, corro hacia el bar. Stanley está sentado a una mesa, terminándose el café del desayuno, y yo me siento frente a él.

Alza la vista hacia mí, y una comprensión súbita se refleja en su rostro.

—¿Qué haces aquí? —inquiere, en un tono de sorpresa pero también de enfado.

—Necesito saber cómo detener a Omega. Tú lo sabes. Lo descubriste antes de que nos conociéramos. Tienes que decírmelo. El tiempo se agota.

Se reclina hacia atrás, llevándose la mano a la frente.

—Se supone que no deberías estar aquí. No deberías haber venido. Ay, Maggie, ¿qué has hecho?

—Tenía que venir —insisto—. Me está siguiendo, y solo puedo moverme por tus recuerdos. Hassan se niega a sacarme hasta que le revele la manera de pararle los pies. Por favor... No te imaginas las cosas que he tenido que hacer. Las cosas que he hecho. No nos queda tiempo.

Parece furioso. Por un momento, temo que estampe su taza en el suelo o vuelque la mesa.

—Me he dejado la piel por proteger estos momentos, esta vida que llevamos. No deberías estar aquí. Se suponía que el día de la boda sería la última vez que interactuara contigo. —Aprieta los puños—. ¿Tienes idea de lo mucho que me costó aislar la boda? ¿Sabes cuánto tiempo me llevó?

Abro la boca, pero no me salen las palabras. Leo la verdad en su semblante. Todo lo que he hecho —todo lo que he dicho— ha sido en vano.

Lo he estropeado todo.

—Por favor —le imploro, desesperada—. Tiene que haber un modo. Aún podemos evitar que ocurra. Tú... tú descubriste la manera.

Niega con la cabeza.

—¡No... no puedo darte la solución! ¡No la sé! Ya no la tengo. Me deshice de ella. La borré de mi mente.

—Pero... ¡¿por qué?!

—¡Precisamente por si sucedía algo así! El hombre de tu presente, Hassan... Sé lo que busca, y sé que no se detendrá ante nada hasta conseguirlo. No puedo permitir que eso pase. No debe apoderarse de ello, por nada del mundo.

Lo miro con fijeza.

—Pero lo perderemos todo. Desaparecerá tu vida entera; nuestra vida. Será devorada. No habrá existido jamás.

Endurece el semblante.

—Mala suerte. Esto es algo que nos trasciende, Maggie. Tomé esa decisión hace mucho tiempo. Hay cosas más importantes en juego.

—Pero... —Miro a mi alrededor—. ¿Cómo puede haber algo más importante que esto?

—Lo siento —dice, mordiéndose el labio.

Veo que las paredes de los lados del restaurante ya no están. Ya no hay nada ahí.

Ha llegado. Se acerca.

Se ha acabado el tiempo.