17 #4
—¡Bah! —exclama, agitando la mano—. ¿Verla? Más bien la huelo. Claro que sé que está aquí. ¡Para el caso, es como si le preguntara a un pez si sabe nadar! —Se levanta y, cuando coge un bastón, me percato de que es ciego—. La pregunta es ¿cómo ha entrado aquí? —añade, blandiendo el bastón hacia mí.
La luz de las velas se atenúa aún más, y un frío intenso me recorre el cuerpo. Retrocedo dando traspiés y desplazo la mirada por la habitación para comprobar si todo sigue en su sitio.
—No hay tiempo —digo, desesperada—. Viene a por mí.
Arruga el entrecejo.
—¿Quién?
—Dios santo —digo, porque ya está aquí. Me ha seguido hacia atrás en el tiempo—. Está aquí. Es más lenta que antes, pero está aquí.
Y me doy cuenta de que él lo sabe, aunque aún no veo el vacío. Sus sentidos son más agudos que los míos. Olfatea el aire. Su rostro palidece de pánico.
—¿Existe de verdad? Roanoke, las ciudades perdidas... ¿Todo es real?
—Lo siento mucho —digo, jadeando de pavor—.
Tengo que irme. Ya viene. Está hambrienta y viene a por mí.
Viene a por todos nosotros. —Echo un último vistazo al muchacho del sofá—.
Tiene que advertírselo. Sea lo que sea aquello en lo que está trabajando, lo que intenta descubrir, tiene que detenerlo, o será nuestro fin.
—¿De qué se trata? —pregunta, con la voz reducida a un murmullo trémulo y vehemente—. ¿Qué fuerza va a liberar?
—No puedo explicárselo —digo, con la mente embotada por la urgencia del momento. La oscuridad casi me llega a los pies—. Es demasiado feroz, demasiado espantosa. De nada sirve luchar contra ella; no hay defensa posible. Solo nos queda huir.
Y desaparezco.
Vuelvo a estar en fuga.
Perseguida.
Es otoño, y las hojas empiecen a teñirse de rojo. Hace fresco. Estoy en un parque y, a unos veinte metros, Stanley y yo empujamos a Leah en un columpio. Sin embargo, ya siento el frío que va en aumento. Cielo santo, ya está aquí.
«Déjame salir —suplico, con lágrimas resbalándome por las mejillas—. Por favor, déjame salir. Te prometo que la próxima vez lo haré mejor.»
«No hasta que halles la respuesta.»
«¡No sé qué hacer! ¡No sé dónde buscar!»
«Busca más adelante en la línea temporal —dices con voz implacable—. Busca un Stanley que lo sepa.»
—¡No hay tiempo! —aúllo. La gente se vuelve para mirar a la vieja chiflada que está gritando en un parque.
Stanley dirige la mirada hacia mí, y también Leah, aunque ella no sabe qué está mirando.
Por alguna razón, yo no levanto la vista.
No me doy cuenta—. Va a arrasar con todo, maldito psicópata. ¿Qué quieres de mí?
«Quiero que dejes de joderme, Maggie. He esperado demasiado tiempo para esto. No creas que no te sigo la pista a través del tiempo. Me he hastiado de verte revivir momentos de tu relación como una adolescente encoñada. Tienes un cometido. Cúmplelo.»
—Está bien —digo, respirando hondo para serenarme—. Está bien.
Me impulso hacia delante y me materializo décadas más tarde. Aparecen unas paredes en torno a mí —de color beis y amarillo, con motivos florales—, y me encuentro encerrada en un edificio.
Es Sunrise, la residencia donde está ingresado Stanley.
Estoy en su cuarto y él vuelve a ser viejo. Contempla el cielo a través de la ventana con aire apático. No ha reparado en mi presencia.
—Stan —digo, pero no reacciona. Me acerco y le zarandeo el brazo—. ¡Stan!
Pero es inútil. Él sigue con la mirada perdida, sumido en uno de aquellos estados ausentes en los que apenas reconoce nada de lo que lo rodea. No me va a ayudar mucho.
Se abre la puerta y entra un hombre; uno de los cuidadores. Arruga el entrecejo al verme junto a la cama, desconcertado, como si intentara dilucidar si de verdad estoy ahí. Tras él, al otro lado de la puerta, empieza a surgir lentamente una oscuridad, y no puedo evitar pensar que viene a por mí.
Si nos quedamos en esta habitación, nos devorará a todos, Stanley incluido.
Tengo que salir de aquí.
—¡Vete! —grito.
—¿Q-qué? —me mira ladeando la cabeza, al tiempo que la negrura le besa los pies.
Me abalanzo hacia delante y lo saco al pasillo de un empujón.
—¡Tienes que alejarte!
Se tambalea hacia atrás, sorprendido por mi empellón, y cae al suelo, rodando. Estoy a punto de agacharme para ayudarlo a levantarse, pero algo me hace cambiar de idea. Algo en su cara.
¿Qué ocurre con su cara?
No muestra expresión alguna. Como si estuviera dormido con los ojos abiertos. No hay el menor rastro de emoción o sentimiento. Nada. Como si estuviera en coma.
—¿Qué narices está pasando? —susurro.
«Está cambiando, probando tácticas distintas —respondes desde detrás de mis ojos—. Omega forcejea contra sus cadenas. Tienes que darte prisa, Maggie. Este tampoco es buen momento. Se te ha hecho demasiado tarde.»
Mientras me aparto, otra empleada del centro nos ve, se acerca corriendo y se agacha para comprobar el estado del primer cuidador.
En cuanto lo toca, su rostro también se vuelve inexpresivo.
Se está propagando. Dios santo, es como una infección que se extiende por este presente, arrasándolo todo a su paso.
Irrumpo en la habitación de Stanley y encuentro su llave. Una vez de nuevo en el pasillo, cierro de un portazo y echo la llave.
No puedo permitir que ella entre ahí, ni correr el riesgo de que él salga hasta que el peligro haya pasado. No puedo permitir que llegue hasta él.
—Va a borrarlos a todos —digo, alejándome del escenario del crimen lo más rápido que puedo—. Tú... tú has provocado esto.
«Se llevará por delante a algunos, sí, pero no a todos. Sunrise no ignora la existencia de esta amenaza y ha implementado algunos procedimientos básicos para contenerla.»
Esto no me tranquiliza en absoluto. Siento el impulso repentino de bajar corriendo las escaleras para ver cuánta gente hay ahí, a cuántas personas hemos condenado a desaparecer. Cuando llego al vestíbulo, oigo un grito procedente de arriba. Otra víctima. Se está propagando.
Celadores y cuidadores acuden a toda prisa a averiguar la causa del pánico, dirigiéndose hacia su propio fin. Abro la boca para advertírselo, para decirles que no se acerquen, pero de pronto el corazón me salta a la garganta.
Me quedo sin habla.
Al otro lado de la puerta principal, a punto de entrar en el edificio, en este lugar infectado por una enfermedad antigua y voraz, está mi hija.
Arranco a correr a todo lo que dan mis viejas piernas, abro la puerta doble y me planto frente a ella en el porche.
—¿Mamá? —dice con una expresión ceñuda de perplejidad—. Creía que estabas en casa. Acabo de dejarte ahí.
—Tienes que alejarte de aquí, Leah. Debes irte ahora mismo.
Ella niega con la cabeza.
—No digas tonterías. Solo me he acercado para ver a papá antes de marcharme. Será solo un momento.
—¡Hay un incendio ahí dentro! —miento—. No puedes entrar.
Me mira en silencio y luego mira el edificio.
—Si hay un incendio, ¿por qué no están sonando las alarmas? ¿Y qué haces tú aquí si papá está dentro? ¿Qué está pasando?
—Es que... —Me cuesta encontrar las palabras. ¿Cómo explicárselo todo de manera coherente?—. Tienes que confiar en mí. Por favor, no entres ahí.
Chasquea la lengua, como siempre que me comporto como una vieja loca.
—No seas cría, mamá. Anda, vamos. —Da un paso al frente y hace ademán de tomarme del brazo para llevarme ahí dentro.
—¡No puedes!
Pero ella, molesta por mi actitud, no me hace caso. Me suelta y me hace a un lado para pasar. Es tan terca, tan obstinada...
Va a entrar, y esa cosa la infectará y la borrará. Mi hija será extirpada del tiempo y de la historia, y yo me olvidaré de su existencia.
Tengo que impedirlo a toda costa.
—¡Papá no quiere verte! —grito.
Se para en seco y se vuelve hacia mí con la conmoción pintada en el rostro.
—¡¿Qué?!
—Acabo de hablar con él. No quiere saber nada de ti. —Respiro hondo, abominando cada palabra que sale de mi boca—. No te soporta.
Clava la vista en mí, atónita, sorprendida, dolida.
—¿Eso ha dicho? —murmura con una voz distinta, más suave e infantil—. ¿Y sabía... sabía lo que estaba diciendo?
En este momento caigo en la cuenta de que, o me hago partícipe de esto yo también, o no se lo creerá.
No del todo. A lo mejor si yo fuera más joven, ágil y lista, podría inventarme otra explicación, dar con otra solución que no pasara por esto.
Pero en este momento, con el corazón desbocado y los gritos de la planta superior resonándome aún en los oídos, es lo único que se me ocurre.
Tiene que irse, que poner tierra de por medio. No hay tiempo para nada más.
Me trago las lágrimas que me suben por la garganta, porque soy consciente de que este es el momento, hace dos años, en que ella deja de dirigirme la palabra.
Así es como pierdo a mi hija.
—Sí —espeto—. La verdad es que hemos estado hablando un buen rato de eso.
Está decepcionado contigo. ¿Qué has hecho en los últimos veinte años desde que te fuiste de casa?
Nada más que perder el tiempo. Hace tres años incluso te dimos dinero para que volvieras a la universidad, a reciclarte, ¿y de qué sirvió?
No has conseguido más que trabajos de baja categoría en bares y hostales.
No tienes carrera profesional, no tienes familia...
, no tienes nada. Nos avergüenzas a los dos.
Cada palabra que digo me desgarra el alma, porque la veo encogerse ante mí.
Se está haciendo cada vez más pequeña, encerrándose en sí misma frente a mi diatriba.
Sé que nunca me lo perdonará, pero no me queda otro remedio.
Si entra ahí, será su fin. Si para salvarle la vida tengo que sacrificar su amor, que así sea.