Disolución 17 #3
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17 #3

Me aseguraste que me avisarías cuando el tiempo empezara a agotarse, como en la ocasión anterior. Tengo que creerlo; de lo contrario, todo esto sería inútil. Una parte de mí reconoce que quiero creerlo, porque eso me permite pasar más tiempo en el pasado.

Oh, no me mires así. No soy estúpida. También lo presentí la última vez, justo antes de salir de la inmersión. Noté cómo se deslizaba por los bordes de mi conciencia. Me digo a mí misma que, si vuelve a ocurrir, me iré.

Por favor, continúa. Se nos acaba el tiempo. ¿Adónde te diriges?

Hacia delante en el tiempo, a nuestra vida en común. Quiero refrescar el recuerdo de los buenos tiempos, los que solo existen en mi cabeza desde hace mucho.

Cuando me materializo, lo primero que oigo son mis propios gritos.

Resuenan por todo el pabellón del hospital, y oscilan entre alaridos de dolor y bramidos bajos, parecidos a los mugidos de una vaca.

Estoy a cuatro patas. O, mejor dicho, ella lo está.

Las enfermeras limpian el exceso de sangre con un hisopo tras otro, mientras Stanley, con aire vacilante, le masajea la espalda con una mano.

No sabe qué hacer. Se le ve en la cara. Se ha leído todos los libros habidos y por haber sobre el tema del alumbramiento —las técnicas de respiración, los partos en el agua, los hipnopartos, la atenuación del dolor—, pero, a la hora de la verdad, no sirve para nada.

Sonrío, movida por una compasión hacia él que no sentí en su momento.

Lo único que quiere es asegurarse de que yo esté bien y aliviar mi sufrimiento, pero no puede.

Estoy de pie en la puerta, justo al lado de donde se desarrolla el drama, y soy invisible. Como no quiero que nadie repare en mí, paso desapercibida. Solo he venido a mirar.

Ella vuelve a mugir de dolor, y la comadrona le indica que siga empujando; ya asoma la cabeza.

Al contemplar la escena, se me contrae la espalda en una reacción involuntaria, sin duda un vestigio de la memoria muscular enterrada tiempo atrás.

Stanley prácticamente está dando saltos de euforia y preocupación.

Después de tantos abortos espontáneos, tiene mucho miedo de que algo vuelva a salir mal.

Le ofrece agua de una botella que ha traído, pero ella la aparta de un manotazo.

Él murmura una disculpa inútil que queda ahogada bajo otro mugido.

Y entonces ella aparece. Una vez que la cabeza entera está fuera, sale toda ella deslizándose, como al final de un tobogán de agua sangrienta, y va a parar a los brazos de la comadrona.

Leah suelta un sollozo —solo uno pequeño, para que sepamos que está viva—, y la mujer la deposita contra el pecho de su madre. Contra mi pecho.

Recuerdo la sensación como si fuera ayer. Patalea, y recuerdo que pensé: «Son las mismas pataditas que sentía en mi interior. Son las mismas piernas. Esto es real. Todo esto es real; nuestra hija, nuestro pequeño milagro».

Leah baja la cabeza y se acurruca contra la madre, aspirando su calor, como si fuera una manta que la protege de este mundo ruidoso y frío.

Stanley corta el cordón umbilical. Aunque nadie lo hacía en aquel entonces, él se había empeñado.

No puede despegar la vista de mí, de ella, de toda la escena, con los ojos llenos de amor.

Y yo estoy llorando. Yo, aquí, ahora. Son lágrimas de alegría pura y auténtica, porque, a pesar de todo lo que está sucediendo en el presente, la vida se compone de estos momentos, que son los que nos definen.

«Puedo soportar lo que venga —digo para mis adentros—, cualquier cosa, siempre y cuando haya momentos así en mi vida. »

Todo lo demás —el dolor, la aflicción, la soledad— ha valido la pena, sin el menor asomo de duda, porque tuve la suerte de vivir esa experiencia.

Y casi me entran ganas de salir del recuerdo y abrazarte por haberme encontrado, por haberme conectado a la pala de memoria y haberme enseñado cómo experimentar de nuevo estos momentos.

Permanezco tres horas más en el rincón de la habitación, observando el amor que se transmiten los tres; sus miradas, la delicadeza con que se tocan. Es una visión celestial.

Cuando llega el momento en que Stanley tiene que salir del pabellón, casi me siento tentada de volver atrás para presenciarlo todo de nuevo. Pero no lo hago.

Ese no fue el único momento hermoso de mi vida.

Tengo cincuenta años maravillosos de donde escoger.

Y eso hago: vuelvo a viajar hacia delante, hasta cuando ella da sus primeros pasos y pronuncia sus primeras palabras; hasta la noche en que Stanley y yo hacemos el amor bajo las estrellas en Bolonia después de acostar a Leah; hasta el viaje de campamento que hicimos a la isla de Skye cuando ella tenía ocho años.

Veo crecer a Leah de nuevo; revivo todos sus logros y celebraciones, todos sus fracasos, todas las ocasiones en que necesitó que le diera un abrazo.

Revivo el largo momento en que se mete en nuestra cama, después de haberse despertado a causa de un terror nocturno, y se hace un ovillo de forma instintiva con la cabeza contra mi pecho, como si solo los latidos regulares de mi corazón pudieran calmar el ritmo frenético del suyo.

Me quedo mirándola, ahí acurrucada, hasta que no se oye otro sonido que el de nuestra respiración acompasada y el mundo que nos rodea se sume en un silencio absoluto.

De vez en cuando me detengo en algún momento poco destacable con Stanley, y dedico unos instantes a estudiarlo con atención. Hay cosas que necesito saber.

Tienes que entenderlo: Stanley es un genio.

Siempre lo he sabido. Es más inteligente que yo en muchísimos aspectos, y a lo largo de los años hubo ocasiones en que la neurosis se apoderaba de mí y me decía que era imposible que él se hubiera conformado conmigo, que se había resignado a lo que había y que seguramente algún día se aburriría de nuestra insulsa convivencia.

Mis descubrimientos recientes no han hecho más que reforzar esta sensación. Menuda vida llevaba a mis espaldas: laboratorios secretos, misterios enrevesados y grandes aventuras. ¿Cómo podía compararse eso con la existencia tranquila que compartía conmigo?

Contemplo a Stanley y Leah, que preparan juntos la cena en nuestra cocina.

Mi yo más joven debe de estar en el salón viendo la tele.

Es una tarde tranquila que no lleva asociado ningún recuerdo especial.

Ella tiene cuatro años, y él le está enseñando nociones de la labor de pinche: cómo se sujeta el cuchillo, qué hierbas van bien con qué verduras.

Ella aprende deprisa; Stanley es muy buen profesor.

Están cocinando algún tipo de cuscús marroquí, y percibo el olor a canela, pimentón y albaricoque. Cada vez que Stanley no está mirando, Leah se lleva una pasa a la boca a hurtadillas. Cree que él no se da cuenta, pero se equivoca. Su sonrisa no deja lugar a dudas.

Él la quiere, y a mí, y adora su vida. ¿Resignado? ¡Y una mierda!

Está muy contento.

Y yo también.

Pase lo que pase después, podré sobrellevarlo, porque he visto esto.

Y quiero ver más. Quiero ver mucho más.

Pero noto una sensación inquietante en el fondo de la mente, como un goteo de agua helada que extingue el calor poco a poco. Por alguna razón no me has avisado, pero me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo aquí.

Me ha detectado, a pesar de tus medidas de protección, y viene a por mí.

Busco el hilo que conozco tan bien, el que me lleva de vuelta al presente, y tiro de él.

No ocurre nada.

Doy otro tirón, esta vez más fuerte.

Pero sigo sin moverme. Sigo en la cocina, y el nivel del agua helada continúa subiendo.

El corazón me late el doble de rápido. El triple.

«No funciona —me digo—. Hassan, no sé si me oyes, pero esto no funciona. Tienes que sacarme de aquí.»

«No —respondes, y tu voz me llega con claridad—. Aún no has terminado.»

«He hecho todo lo que tenía que hacer. He salvado a Stanley. Solo estaba...»

«No estás ahí para salvar a Stanley, sino para encontrar la manera de detener a Omega.»

«¡Pero no sé cómo!»

«No la has buscado. Te he seguido el rastro mientras revoloteabas a través del tiempo.

Has estado perdiendo el tiempo, utilizando mi máquina para satisfacer tus caprichos absurdos.

Me estoy hartando de que desatiendas la misión que te he encomendado, Maggie.

No te dejaré salir hasta que me des la solución. »

La oscuridad me rodea y me oprime.

«No —te imploro—. Por favor. No puedes hacerme esto. No hay tiempo.»

«Aún puedes desplazarte entre recuerdos. Si pasas a otro distinto, eso te dará más tiempo. Se ha ralentizado. Mientras sigas moviéndote, no te alcanzará.»

«No por mucho tiempo —replico—. Ahora sabe dónde estoy.»

«He esperado bastante —dices—. Tendrás que buscar más deprisa.»

Y entonces lo veo: el vacío creciente. Aparece debajo de la mesa de la cocina y, aunque más lento que antes, va subiendo, borrando, engullendo, erradicando el momento, este hermoso momento de felicidad.

—¡No! —grito.

Stanley da un respingo y me mira. El pánico asoma a su rostro.

Huyo.

Paso a otro recuerdo, desesperada por escapar, por estar en cualquier otro momento que no sea este, que no forme parte de nuestra vida en común, para que no nos la arrebate.

Cuando me materializo de nuevo, no sé dónde estoy. Es una habitación antigua con paredes de piedra, y hay hileras de libros y estantes con esencias que desprenden olores extraños. Es de noche; la única iluminación procede de la claridad tenue y parpadeante de unas velas.

Un muchacho duerme en un sofá, en un rincón. Al dar un paso hacia él, descubro que es Stanley. Su aspecto es casi de adulto; debe de tener unos diecisiete o dieciocho años.

—¿Qué hace aquí? —exclama una voz en tono imperativo. Me vuelvo con brusquedad y vislumbro a un anciano que me mira fijamente desde el otro extremo de la habitación.

—¿Puede verme? —pregunto, porque aún no he hecho nada para atraer la atención—. ¿Sabe que estoy aquí?