17 #2
Paseo la vista por la interminable extensión de polvo.
—¿Y las respuestas están aquí?
Una sonrisa lánguida se le dibuja en los labios.
—En parte, sí, pero creo que tengo que buscar también en otros lugares. Si estoy en lo cierto, habrá pistas por todo el mundo.
—Serás idiota... —lo reprendo—. Has estado a punto de morir aquí. Te habrías muerto.
—Nunca. —Me toma de la mano. La suya está endurecida y rasposa por la tierra—. Sabía que vendrías a salvarme. Crees que no me acuerdo, pero te equivocas. Siempre estás ahí, ¿no? Inserta entre las páginas de mi vida.
—Aún tengo muchas preguntas —digo. Hay muchas cosas de su vida que desconozco.
Respira hondo.
—Dispara.
—¿Cómo podemos vencer a Omega y proteger el pasado?
Mueve la cabeza de un lado a otro.
—No lo sé. Todavía no. Dudo... dudo que sea tan sencillo como lo planteas.
—Vale, te diré una cosa: cuando descubres la respuesta, la solución que estás buscando ahora mismo, decides ocultarla al mundo. ¿Por qué?
Se le arruga la frente.
—No... no lo sé.
Entonces respiro hondo, preparándome para formular la pregunta que me oprime el pecho desde que comenzó todo esto.
—¿Por qué no me lo dijiste? Durante todos aquellos años que estuvimos juntos, todos aquellos años de matrimonio, de vida en común, ¿por qué nunca me hablaste de esto?
Me decías que eras investigador, que trabajabas en programas del gobierno, en laboratorios de ideas.
Empiezo a comprender que seguramente todo era mentira.
¿Dónde te pasabas todo el día? ¿Dónde trabajabas?
—Lo siento —responde, y noto que lo dice con sinceridad. Se le humedecen los ojos por el dolor de tener que reconocerlo—. La verdad es que no lo sé. Me temo que has venido demasiado pronto para preguntarme todo eso.
Hago una mueca.
—Eso parece, desde luego.
—No te estoy siendo de mucha ayuda, ¿verdad?
—No.
Un silencio se instala entre nosotros durante un momento, mucho más que un momento. Prácticamente fija su residencia.
—No me gusta nada pensar que te estoy haciendo pasar por todo esto —dice Stanley en voz baja—. No sé por qué te lo oculto, pero mis equivocaciones y mi egoísmo te están causando penalidades terribles. Podría... podría cambiar de rumbo.
Lo miro juntando las cejas.
—¿A qué te refieres?
—Si... si me dijeras dónde nos conocimos y yo faltara a nuestro primer encuentro; si nuestros caminos nunca se encontraran, podrías llevar una vida sin mí y no tendrías que soportar todo este dolor.
Mi corazón deja de latir por unos instantes, como si una mano lo estrujara. Me arrodillo a su lado, respiro hondo. Entonces clavo los ojos en los suyos.
—Ni se te ocurra —digo, articulando con la mayor claridad posible.
—Pero...
—No. —Le doy un apretón en la mano—. Nuestra familia es lo mejor que me ha pasado en la vida. No tienes ningún derecho a arrebatármela, sean cuales sean las consecuencias.
Cuando me mira, percibo un atisbo de miedo en sus ojos.
—Cuando estuvimos juntos en Londres —dice en tono pausado y cauteloso— dijiste que teníamos una hija.
El estómago se me encoge y se me retuerce.
—Sí. La... la tuvimos ya mayores. Muy mayores. Sufrí varios abortos, y casi había renunciado a la idea de tener hijos. Me había resignado a un futuro en el que estaríamos solos tú y yo. Pero entonces, cuando contaba cuarenta y cinco años, llegó ella: nuestro pequeño milagro.
—¿Qué tal es?
Me vienen ganas de decir: «Es estupenda.
Es buena, cariñosa e inteligente, y la quiero un montón».
Quisiera cantar sus alabanzas con todo el orgullo, la alegría y la celebración de la maternidad, pero no puedo, porque no pienso en otra cosa que en el hecho de que ella ya no quiere hablar conmigo, en cuánto debo de haberle fallado sin saber por qué.
Ni siquiera puedo explicarle el motivo a Stanley.
Al advertir mi vacilación, se inclina hacia delante, solo un poco.
—¿Qué pasa?
—Ella es... —Parpadeo para contener las lágrimas—. Es tan testaruda...
Stanley abre mucho los ojos, y se le escapa una risita que me llena de alivio, me relaja y me hace sentir que tal vez todo salga bien.
—Cuando acababa de irse a la universidad —prosigo, con una locuacidad repentina—, nos llamaba cada semana solo para hablarnos de todas las cosas emocionantes que le pasaban, las discotecas nuevas, sus nuevas aficiones, el periódico estudiantil en el que colaboraba...
Una semana nos contó que estaba pensando en faltar a clase un par de semanas para visitar Francia, practicar el francés, conocer gente nueva y descubrir una cultura diferente.
Los dos (cada uno a su manera) intentamos disuadirla.
«No puedes marcharte sin más», le dijimos.
«Ahora tienes compromisos. La vida no funciona así.
» —Sonrío, al rememorar el episodio—. La siguiente vez que nos llamó, estaba en un albergue juvenil, en París, y tú te echaste a reír, igual que ahora.
Así es ella: decidida, cabezota. No se deja pisotear por nadie, Stanley, y eso es algo que te encanta de ella.
Con una sonrisa de oreja a oreja, tiende la mirada hacia las vastas llanuras rojas antes de posarla en mí, que estoy de pie en medio de ellas.
—Me pregunto a quién habrá salido en eso.
—Calla, anda —digo. No le hablo del distanciamiento inexplicable entre mi hija y yo. No quiero estropear el momento.
Está sentado más erguido, más despierto y rejuvenecido.
—Sé que hasta ahora no te he ayudado mucho, pero ¿crees que hay alguna duda que sí te pueda aclarar?
—A estas alturas, todo es posible. ¿Podrías decirme quiénes son Theuth y Thamus?
Me mira, pestañeando.
—¿Theuth y Thamus, del Fedro de Platón?
—Supongo.
Intenta ponerse de pie, pero se tambalea. Me acerco para asirlo del brazo e impedir que se caiga. Cuando se apoya en mí, me da la sensación de que me voy a caer también, arrastrándolo conmigo al suelo.
—Se trata de una versión de un viejo mito relatada por Sócrates —dice, enderezándose—. Sobre la invención de la escritura y el deterioro de la memoria. Era... era uno de mis textos favoritos, en otro tiempo.
—¿En otro tiempo?
Desvía la vista y baja los ojos al suelo.
—Lo asocio con unos recuerdos bastante dolorosos —murmura.
—Tú me indicaste que acudiera a ello. Dijiste: «Cuando llegue el momento, acude a Theuth y Thamus».
Suspirando, le da una patada a una piedra, que se aleja rodando por el suelo.
—Yo tampoco sé qué significa eso. Creo que será mejor que me busques en una época más adecuada.
—No puedo dejarte aquí.
—Sí que puedes —insiste con firmeza—. Te agradezco que hayas venido.
Me has salvado, en más de un sentido. Pero me parece que ya has cumplido con tu cometido aquí.
Me da la impresión de que todavía tienes que ir a otros lugares, pero no puedo acompañarte.
Aún me quedan cosas por hacer aquí, cosas por descubrir.
Apenas he arañado la superficie. Creo que tal vez deba pasar unos cuantos años más aquí.
—Su expresión se suaviza cuando me mira—.
Estoy seguro de que volverás a verme antes que yo a ti. Al fin y al cabo, tú tomas atajos.
Doy unos pasos hacia él y me detengo. Estamos a solo unos palmos el uno del otro.
Me gustaría que me abrazara, como el día de la boda, cuando más lo necesitaba.
O abrazarlo yo a él, como en aquel piso abandonado.
Sin embargo, ninguna de las dos cosas parece apropiada en este momento.
Estoy muy mayor y provengo de un mundo lejano. Este no es mi sitio; aún no.
El aire se carga con la electricidad de la expectación.
—¿Cómo sabré que estás bien? —pregunto.
Sonríe y me tiende los brazos. Se entrelazan con los míos y nos acercan el uno al otro convirtiéndonos en simbiontes, dos partes de un único cuerpo.
—Si no fuera así —me musita al oído—, creo que ya lo sabrías a estas alturas.
A pesar de todo, siento que no puedo irme todavía. Quiero alargar el momento, hacer que perdure.
—¿Necesitas algo más antes de que me marche?
Se encoge de hombros y da un paso atrás.
—Deja que piense... Llevaba una brújula en la mochila, pero la dejé en el campamento hace días. Es una pena, me habría resultado útil.
—¿Hace cuántos días? —le pregunto.
En cuanto me lo dice, desaparezco con un titileo.
Regreso antes de que pueda parpadear; se lo noto en la expresión.
En un abrir y cerrar de ojos, he retrocedido a su pasado, entrado en la tienda en la que el hombre alto dejó su mochila y he cogido la brújula.
La verdad es que le estoy cogiendo el tranquillo a esto.
—Gracias —dice cuando se la doy.
—Cuídate —digo—. Vuelve a mi lado.
Dicho esto, me voy.
¿Abandonas la inmersión?
No exactamente. Todavía no.
¿Por qué no?
Porque los saltos a través del tiempo me han enseñado una cosa: que poseo un poder inmenso. Puedo hacer muchas cosas, pero sé muy poco. Sobre la vida de Stanley, sobre el lugar que ocupo en ella, sobre lo que significo para él.
Nos separa un universo entero, una distancia incalculable en el tiempo y el espacio.
Me he sentido cada vez más como una mota de polvo, un humilde peón que se desplaza de aquí para allá en virtud de decisiones tomadas mucho tiempo atrás, movido por unas manos etéreas que juegan una partida que escapa a mi control.
Y como llevo demasiado tiempo sola, asustada y paralizada, me he dejado manipular.
He permitido que esta distancia entre nosotros se extienda hasta el infinito.
Pero esta vez, cuando me aparto de él, decido que estoy harta.
A la porra con la distancia que nos separa.
Voy a desterrar la cobardía de mi vida, y ya no seré el peón de nadie. Eso se acabó.
Quiero seguir explorando la vida de Stanley, conocerla mejor.
Quiero experimentar todas las cosas que me he perdido durante tantos años.
Y hay una parte de él que me está ayudando.
Lo noto; es como una simbiosis entre sus recuerdos y mis intenciones que me confiere más control con cada movimiento.
Por primera vez en años, me siento libre.
¿No te preocupa Omega?