Disolución 17
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Está desnudo.

¿Desnudo?

No solo desnudo, sino destrozado. Madre mía, parece que esté muerto. Apenas distingo entre el rojo de su piel cubierta de ampollas y el barro que lo cubre. De no ser por la respiración jadeante y la expresión de angustia en sus ojos, pensaría que tengo ante mí un cadáver.

—Maggie —dice en un susurro apenas más fuerte que un suspiro.

Cuando me agacho y me arrodillo a su lado, los huesos me crujen como antes, a pesar de lo que me hiciste.

El frescor del aire me provoca un escalofrío.

Lo rodeo con los brazos para levantarle la parte superior del cuerpo y lo sostengo sobre el regazo.

Está muy caliente; tiene fiebre y las extremidades laxas.

—Todo saldrá bien —aseguro, más para mí que para él—. Te recuperarás.

Por primera vez desde que me he materializado, echo un buen vistazo al mundo que me rodea. Las primeras luces asoman por el horizonte, dando al paisaje las suaves pinceladas de un nuevo día. No hay nada más que piedras, polvo y peñascos hasta donde alcanza la vista.

¿Me proporcionó Stanley esta segunda fecha para que le salvara la vida?, ¿o hay algo más que se supone que debo hacer aquí?

Supongo que estamos en Australia. Aunque nunca había visitado el país, he visto muchas imágenes en los viejos documentales de Stanley y me acuerdo del mensaje que le transmití en nuestro último encuentro.

El terreno es tan escabroso y agreste que me quita la respiración. Entonces caigo en la cuenta.

No hay seres humanos aquí.

No hay rastro de coches, casas o fábricas. Hacía décadas que no veía algo así.

Su belleza me abruma.

Stanley tose y se acurruca en mi regazo, con el rostro contra mi abdomen. La urgencia del momento me trae de vuelta a la realidad. Mi marido está agonizando.

—¿Qué necesitas? —pregunto.

Levanta la vista y abre la boca, pero de ella solo sale un sonido ronco. Niego con la cabeza y lo miro, parpadeando. Él lo intenta de nuevo. Esta vez, su voz tiene más cuerpo, más color.

—Agua —dice—. Agua .

Por supuesto. Casi me abofeteo a mí misma por ser tan tonta. No sé cuánto tiempo lleva sin beber una gota ni qué locura lo ha traído a este lugar; pero no durará mucho sin agua. Eso salta a la vista.

—Pero no llevo —digo, desesperada y con una repentina sensación de impotencia—. No vengo preparada. Ay, Stan, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me dijiste lo que ibas a necesitar?

Me mira, aturdido. No sé si me oye. Ni siquiera sé si es consciente de mi presencia.

Debe de haber algo que pueda hacer. No puedo dejarlo morir aquí.

Y entonces recuerdo cómo he llegado.

Recuerdo lo que soy capaz de hacer.

Tomo el control de la tecnología que se está convirtiendo en una segunda piel para mí, salgo por unos instantes de su presente. Me zambullo de nuevo en su línea temporal, en sus recuerdos, y mi voluntad me traslada a un lugar y un momento en los que puedo encontrar lo que necesito.

El universo se materializa en torno a mí una vez más: la dureza de los adoquines bajo mis pies, las torrecillas, el ajetreo de cuerpos. Un fuerte murmullo de voces me inunda los oídos y, cuando me doy la vuelta, advierto que estoy rodeada de gente; de niños. Colegiales.

Me encuentro en el patio de un gran colegio, un edificio con siglos de antigüedad que rezuma opulencia y privilegio. Me doy cuenta de que se trata de Whelton College, donde estudió Stanley.

Me aparto para dejar pasar a un grupo de escolares presurosos y, al volverme, lo veo a él sentado en un pequeño banco, comiendo su almuerzo. Es muy joven —contará unos doce o trece años— y está totalmente solo.

«Ay, Stan.»

El mundo fluye a su alrededor con la indiferencia de una corriente oceánica.

Nadie le dedica ni una mirada. Es invisible para todos los que lo rodean.

Para mí, en cambio, es un faro. Me parte el alma verlo así y me entran ganas de abrazarlo fuerte, de consolarlo, pero sé que no es el momento; no he venido para eso.

Tiene a su lado una botella de agua grande, de casi un litro, y está llena.

«Como no podía ser de otra manera», pienso.

En cuanto he tenido claro lo que necesitaba, he venido a parar aquí.

Cada vez tengo más la sensación de que Stanley —mi Stanley, el del presente— me está ayudando.

Tal vez él no lo sepa, pero a un nivel subconsciente me está guiando a través de sus recuerdos hacia donde debo estar.

—Disculpe, jovencito —digo, dirigiéndome a él. Levanta la mirada, sorprendido de que alguien le esté hablando.

—¿S-sí?

—Voy a necesitar esa botella de agua.

Stanley parpadea, desconcertado.

—¿Mi botella?

—Sí —digo, impregnando mi voz con cinco décadas de convicción materna, y extendiendo la mano—. Trae.

Él me la entrega sin vacilar. Le dedico la sonrisa más afectuosa de que soy capaz y doblo una esquina antes de esfumarme; he captado su atención, y dudo que sea muy bueno para un muchacho de doce años ver a una anciana desaparecer de golpe.

Tras un parpadeo de oscuridad, vuelvo a estar en el desierto.

Stanley está tan débil que apenas ha reparado en mi ausencia.

Vuelvo a colocarme su cabeza en el regazo y le acerco la botella a los labios.

Él bebe, primero lentamente, luego con avidez, echándose hacia delante para que le entre más agua en la boca. Me veo obligada a frenarlo.

—Más despacio —digo—. Si no, acabarás vomitándolo todo, y eso sería un desperdicio. No tienes idea de lo lejos que he tenido que ir para conseguir esto.

Después de beber, se desmadeja entre mis brazos y se duerme. Lo tiendo en el suelo —sobre la tierra dura y pedregosa—, desnudo. Tiene la piel quemada, cubierta de ampollas y mugre. No puedo permitir que duerma así.

Así que me zambullo otra vez. Y luego otra, y otra más.

Aprovechando el poder que se me ha dado sobre el tiempo y el espacio, me cuelo fugazmente en momentos puntuales de su vida para obtener lo que necesito. Me mantengo en la sombra, procurando no llamar la atención para que nadie me vea. Paso inadvertida.

Le robo ropa al padre de Stanley, en la época en que este aún vivía en la casa donde se crio.

Cojo un saco de dormir y algo de áloe para las quemaduras.

Encuentro pañuelos desechables y tiritas, además de desinfectante con el que curarle las heridas.

Durante casi todo el tiempo, Stanley ni siquiera es consciente de que estoy aquí, y los momentos en que se da cuenta son muy breves.

Hay un parque al que Stanley suele acudir para alejarse de su padre, para perderse.

Le hurto un sándwich cuando está distraído, pero me pilla, me ve con el rabillo del ojo, y por unos instantes se refleja el desconcierto en su rostro, como si me hubiera visto antes pero no tuviera claro dónde, como si batallara con su cerebro por no perder la concentración.

—¡STAN! —grita su padre, aproximándose a toda prisa por el camino con los puños apretados y las mejillas enrojecidas.

El joven Stanley se aparta de mí de golpe, y yo me marcho de nuevo.

Desaparezco.

Soy un fantasma, un espectro entre mundos.

Cuando vuelvo a estar en Australia, me vuelco en su cuidado.

Recobra y pierde el conocimiento una y otra vez, murmurando sobre los sueños, el pasado profundo y algo relacionado con el tiempo.

Cosas que no me dicen nada. De pronto me percato de que todo esto no significa nada para mí.

Lo único que me importa es que se encuentra a salvo y estamos juntos.

Lo demás no es más que ruido.

Cuando por fin vuelve en sí por completo, lo primero que hace es tomarme de la mano entre sus ásperas y callosas palmas. Temo que me trate como la última vez que viajé a su pasado, que me odie por irrumpir en su vida sin que me lo haya pedido.

Durante sus breves momentos de consciencia le he dado de comer, y ha recuperado algo de color en la cara. Su piel está sanando poco a poco, y las capas exteriores empiezan a desprenderse como tiritas. Me observa con la cabeza ladeada, como intentando descifrarme.

—He olvidado para qué te he llamado —dice, medio aturdido.

Incapaz de evitarlo, despliego una enorme sonrisa.

—Deja que me quede aquí hasta que lo recuerdes —recito a mi vez, y se le abren mucho los ojos. Me aprieta los dedos con los suyos.

—Lo olvidaré para tenerte ahí siempre, recordando cuán grata es para mí tu compañía.

—Y yo permaneceré aquí —respondo—, para hacer que te olvides una y otra vez, olvidándome de todo hogar que no sea este.

— Romeo y Julieta —susurra, mirándome a los ojos—. Mi obra de teatro favorita.

—Lo sé.

Y, al instante, veo al hombre con quien me casé; no los errores que cometió ni la persona que ha sido, sino la que amo, la que me dio a mi hija, me sostuvo, luchó a mi lado, viajó conmigo y maduró junto a mí. Está aquí, por fin, y es mío.

Se incorpora y, al mirar alrededor, le sorprende descubrir que está vestido y arropado en un saco de dormir.

—¿Cómo es posible?

Sonrío.

—Ten un poco de fe en tu esposa, cariño. Puedo ser una mujer de recursos cuando la situación lo requiere.

Algo de lo que he dicho le arranca una carcajada. Entonces el rostro se le crispa en un gesto de dolor, y se lleva la mano al pecho. Le paso otra botella de agua.

—Aún no has salido del bache —digo—. O del desierto, mejor dicho. ¿Qué ha pasado aquí, Stan? ¿Por qué has venido a este lugar, para empezar?

—He venido... —Le cuesta encontrar las palabras adecuadas—. Necesitaba encontrar una respuesta, una manera de arreglar las cosas.

—Estás buscando el modo de parar a Omega —digo.

Con el entrecejo arrugado, se incorpora y se recuesta contra una roca, respirando con dificultad.

—¿Omega? No... no sé. No había oído ese nombre.

—Así es como la llaman en mi presente. En 2021 hay un hombre que me está ayudando con la pala. Para ser más exactos, él llama así a esa cosa que se come el pasado.

Stanley se inclina hacia delante y tuerce el gesto por el dolor.

—Sí, creo que sí. O más bien..., intento averiguar qué es, de dónde salió. Por qué existe. —Niega con la cabeza—. Es preciso que tenga claras esas cosas antes de poder hacer nada.