16. Stanley 1963 #5
Confirmó que se trataba de una charca. Esta vez no cabía la menor duda.
Conforme se aproximaba, el suelo bajo sus pies se volvía cada vez más húmedo hasta formar una costra por encima del terreno árido y agrietado.
Arrancó a correr, desesperado, hasta que alcanzó la pequeña laguna, alimentada por un río casi seco, reducido a un exiguo reguero.
Al llegar al borde, echó cuerpo a tierra y empezó a llevarse agua a la boca con la mano. Tenía un sabor salado y nauseabundo. Notó un intenso ardor en el pecho, y su estómago estalló. Después de rodar hacia un lado y vomitar, perdió el conocimiento.
Cuando volvió en sí, estaba tiritando de frío. Volvía a ser de noche, pero le escocía todo el cuerpo. Tenía la piel de un rojo encendido, quemada por el sol de verano. Cada movimiento le provocaba un dolor atroz.
De forma instintiva, se apartó del agua.
Un regusto salobre le subió desde el estómago e impregnó el vómito que tenía en la lengua.
Habría dado lo que fuera por un sorbo de agua, de agua limpia, para enjuagarse la boca y la garganta.
Aunque su mente estaba exhausta, si no se marchaba de ahí, moriría. Tenía que seguir adelante.
Intentó avanzar a gatas, pero le fallaron los brazos.
Se hundió en el barro, escupiendo y soltando palabrotas.
Tras levantarse de nuevo, prosiguió penosamente su camino hacia algo, hacia la nada.
Había dejado de preguntarse por qué estaba haciendo eso.
De hecho, había dejado de pensar. Salvo por el eco de sus pasos rastreros, el desierto estaba en silencio.
La luna llena apareció de nuevo en el cielo nocturno.
Y entonces empezaron a suceder cosas extrañas.
Las rocas que lo rodeaban cambiaban de posición en vez de permanecer estáticas.
Se elevaban del suelo, y él habría jurado que lo seguían, como animales que acechaban en la noche.
Pero ahí no había animales; solo estaba él.
El propio suelo se movía también, y las piedras relucientes bajo sus pies reflejaban el firmamento cuajado de estrellas, eterno e infinito.
Se preguntó cómo podía caminar sobre ellas, caminar sobre el cielo, como si todo se hubiera vuelto del revés.
Volutas de humo y de colores se arremolinaban en los límites de su campo visual. Veía personas —siluetas de personas— en el polvo, retorciéndose, bailando y temblando.
Ya no notaba el frío o la sed. No sentía nada. Había caído en un mundo de ensueño. Se preguntó por unos instantes si aún estaba despierto. Si aún estaba vivo.
«Sigue adelante —susurraba una voz en su cabeza—. Sigue adelante.»
Siguió adelante, y las visiones cobraron forma y se entretejieron en un relato que él no habría sido capaz de seguir aunque no tuviera el cerebro hecho polvo.
De alguna manera, consiguió atar cabos, a pesar de todo: eran personas que se movían y saltaban entre recuerdos, personas que atravesaban veloces el humo del tiempo, que viajaban del presente al pasado y viceversa.
Y entonces la vio.
Atravesaba la bruma devorándolo todo a su paso, borrando a los que se desplazaban por el tiempo.
La reconoció no solo como una visión sino también como una sensación, muy nítida porque había perdido la sensibilidad para todo lo demás. Proclamaba a los cuatro vientos pánico, olvido y certidumbre. Pero era nueva, fresca. No llevaba mucho tiempo ahí.
Alguien la había creado. Eso le resultaba evidente a Stanley. Nunca había estado tan seguro de algo en su vida.
No se trataba de un ser ni de una fuerza malévola y voraz, empecinada en cazar. Era una medida preventiva, implementada para preservar el flujo del tiempo hacia delante e impedir cualquier intento de alterarlo. No estaba ahí para hacer daño a nadie, solo para corregir desviaciones.
Estaba hecha por personas, antes incluso de que la historia empezara a dejar constancia de la existencia de personas. La habían creado los humanos.
Así que tenía que haber una manera de detenerla.
Stanley se tropezó y cayó de rodillas, jadeando.
No estaba muerto, pero se estaba muriendo. No le cabía la menor duda de ello. Se moría.
Su cuerpo lo estaba abandonando.
Pero ahí había respuestas; solo tenía que encontrar la manera de interpretarlas.
Daba igual. Se encontraba en medio de la Australia profunda, a muchos kilómetros de cualquier población o persona. Estaba desnudo y sucio, y su organismo se estaba viniendo abajo.
Se tumbó boca arriba sobre el polvo. Pensó que este lo consumiría, lo recubriría hasta fundirse con él, y así acabaría su vida.
Pero él no quería que se acabara.
Por primera vez desde que vino al mundo, tuvo la certeza apasionada e implacable de que quería vivir. Quería llevar una vida de verdad, llena de amor, felicidad y todo aquello que se le había prometido. Era algo que deseaba con toda el alma.
«Maggie», pensó. Ya no era capaz de concebir pensamientos de más de dos sílabas. Estaban fuera de sus posibilidades. Su cerebro se estaba apagando. Solo «Maggie».
Repitió el nombre una y otra vez, contemplando la luna. «Maggie, Maggie, Maggie.»
Y, como un milagro, como un ángel bajado del cielo, ella apareció.
Él no daba crédito a sus ojos. Estaba alucinando.
Ella se encontraba de pie ante él, inclinada hacia delante, con el ceño fruncido.
—Joder, Stan —dijo—. Estás aún peor que la última vez.