Disolución 16. Stanley 1963 #4
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16. Stanley 1963 #4

—Estoy intentando cerrar una herida —dijo.

Killara no respondió de inmediato. En vez de ello, volvió a introducir la mano en la bolsa y sacó otro puñado de hojas, moradas y verdes, como la lavanda.

Cuando las tiró al fuego, se elevó una llamarada con un rugido, como si hubiera echado gasolina.

En lo alto, el humo danzaba a la luz de la luna, y las volutas se retorcían formando figuras.

—Originariamente, al principio de todo, no existía el tiempo —dijo con una voz más grave que la de Stanley en la que vibraba un soplo de energía—.

Solo el caos. Solo el Ensueño. Es todos los momentos a la vez; abarca todas las cosas.

Las personas, los seres humanos, vivían aquí a lo ancho del mundo con las criaturas del Ensueño, los entes ancestrales que hacían y rehacían el mundo como consideraban conveniente.

Eran los espíritus de las rocas, los lagartos y los murciélagos.

Ellos dieron forma a nuestro mundo. Y el hombre vivía en armonía con ellos.

Stanley asintió, pensando en el ápeiron de Waldman, en el wuji , en todas las culturas que compartían esta idea a la que denominaban de formas distintas. La mujer se inclinó hacia delante, contemplando las llamas con fijeza.

—Hasta que un día, unos humanos anhelaron algo más.

—Las espirales de humo se torcieron hacia abajo, curvándose sobre sí mismas y haciendo retroceder el fuego—.

No contentos con vivir y ser, sintieron el ansia de cambiar y crecer, de convertirse en algo más; de aprender a construir y a crear.

De alguna manera y a partir de elementos que sacaron de algún sitio, dieron origen a lo único que necesitaban para progresar: el tiempo.

Sin el tiempo, no existe el cambio, y, sin el cambio, no existe el crecimiento.

Solo existe el ser. Así pues, tras un proceso lento, el tiempo nació y dio sus primeros pasos de forma vacilante, como una criatura.

Sin embargo, a medida que cobraba impulso, inició un avance inexorable hacia el futuro.

Nada podía detenerlo. Como los seres ancestrales no podían vivir en el tiempo, quedaron atrapados en las rocas, en el suelo y en el polvo.

Aún pueden verse sus huellas en la tierra.

—Killara abrió los brazos para señalar el paisaje que los rodeaba—.

Siguen aquí. Siguen vivos. Están por todas partes, en todos los momentos: son la esencia de nuestro ser, lo que nos une a la tierra.

—¿Y qué sabes de esa cosa... esa cosa que borra el tiempo? —preguntó Stanley sin apartar los ojos de la hoguera.

Ella lo miró con gravedad.

—Esa es una historia que no puede narrarse. Hay que verla.

Stanley arrancó la mirada del fuego para posarla en ella.

—¿A qué te refieres?

—¿Sabes por qué te ha traído Simon?

Pestañeando, Stanley se volvió hacia Simon, que se había sentado junto a él, al otro lado, pero el cavador había desaparecido, dejándolo solo con Killara.

—Me ha traído para que aprenda.

Ella asintió.

—Y, para aprender, tienes que emprender una caminata. Hay cosas que no se pueden enseñar, sino que debes experimentarlas por ti mismo. Has visto muchas cosas, Stanley Webb. Si quieres entenderlo, debes echar a andar; encontrar el ahora ancestral y sentirlo en persona.

Él paseó la vista por las interminables llanuras polvorientas.

—¿Una caminata?

—Simon ha ido a prepararlo todo. No hay mejor momento que el presente.

—¿Qué... qué tengo que hacer?

Debes dejar aquí tus cosas, tu mochila y tu ropa, y echar un buen trago de agua antes de ponerte en marcha. —Se volvió para señalar el negror a lo lejos—. Una vez que elijas un rumbo o, lo que es más probable, que el rumbo te elija a ti, debes echar a andar, y no parar hasta que hayas terminado.

Stanley se quedó mirándola. Aquello era una locura.

—¿Cómo sabré que he terminado?

Ella le sonrió.

—Lo sabrás.

—Pero... ¿desnudo, sin comida ni agua? Me moriré.

—Tal vez. O tal vez no. —Ella le posó la mano en el rostro en un gesto sorprendentemente íntimo. Stanley notó que se le encendían las mejillas—. Estás atrapado en el tiempo, Stanley. Lo que buscas ha caído en el olvido. Solo es posible encontrarlo fuera del tiempo.

Él la miró a los ojos, que parecían tan profundos como el cielo sobre su cabeza.

—¿Cómo encontraré el camino de regreso? ¿Cómo voy a sobrevivir?

—Con fe —dijo ella—. Debes tener fe.

—¿En los espíritus?

A Killara se le escapó una risa baja.

—No digas tonterías. La fe no tiene que ver con ellos, sino contigo. No todos podemos tener fe en lo mismo. La pregunta es… ¿en qué depositarás tu fe, Stanley? ¿En qué vas a creer?

Veinte minutos después, Stanley se encontraba desnudo a la orilla del campamento al que acababa de llegar, convencido de que había perdido la razón.

No había otra explicación posible. Notaba la gelidez del viento en la piel y la aspereza de la tierra en las plantas de los pies.

El corazón le martilleaba en el pecho. Aquello era un suicidio.

Y, no obstante, ahí estaba. ¿Qué alternativa le quedaba?

Era un acto de fe.

Pero él no creía en Dios, y no estaba seguro de si se creía toda esa palabrería espiritual que acababa de escuchar.

Era un hombre de ciencia, partidario de la razón, y su ciencia le decía que, si se alejaba caminando solo por aquel paraje yermo, acabaría muriendo por deshidratación, inanición o alguna lesión.

Por otro lado...

«Te casas conmigo, tenemos una hija y vivimos cincuenta maravillosos años juntos. Nos haces sentir muy queridas, y no estropeas nada. Te lo prometo.»

Si ella estaba en lo cierto, si aquello era verdad, él no moriría ahí.

¿Podía depositar su fe en eso? ¿Podía depositarla en ella?

Era una sensación extraña, inexplicable; solo había pasado tres días con aquella mujer, y había estado casi todo el tiempo enfadado con ella. Aun así, ahí estaba, listo para poner su vida completamente en sus manos.

«Ay, Maggie —se dijo—. ¿Qué has hecho conmigo?»

Aún era noche cerrada. La luna seguía suspendida en lo alto, bañando el polvo rojizo en una luz fría que le confería el aspecto de un paisaje lunar, convirtiéndolo en un reflejo del firmamento.

Después de tomar un largo trago de agua, le devolvió la botella a Simon, que se encontraba detrás de él, y dio sus primeros pasos hacia las tinieblas.

Unos siete metros más adelante, le pareció oír la risita característica del hombre.

—Estos blancos... Están todos como una cabra.

Stanley siguió adelante.

Aquello era absurdo. Los pies le dolían y ardían; las piedritas y cantos se le clavaban en la planta, por lo que iba dejando pisadas sangrientas a su paso. Aunque todavía estaba oscuro, no sabía si llevaba caminando una hora o nueve. El tiempo pronto había perdido todo significado.

Siguió adelante.

Una serie de pensamientos diferentes desfiló por su mente.

Primero, empleó un enfoque científico: siendo realistas, ¿qué distancia podía andar un hombre en una dirección fija antes de topar con otra persona?

Según los mapas de la zona interior de Australia que había memorizado a la perfección durante el vuelo hacia allí para pasar el rato, tendría que recorrer cientos de kilómetros, quizá incluso miles, lo que implicaba días y días de camino.

Era más de lo que podría aguantar sin provisiones ni agua, y menos aún si permanecía en movimiento constante.

No pensó en eso durante mucho rato.

Sin darse cuenta, pasó a repasar su vida, todas las decisiones que lo habían llevado hasta ahí, todo lo que había salido mal. Les daba vueltas y vueltas en la cabeza, intentando descubrir si había un denominador común entre todo ello.

Varias moscas y mosquitos revoloteaban a su alrededor, y él intentaba inútilmente espantarlos a manotazos. Ahora también le dolían las piernas, y le rugían las tripas de hambre.

Como le costaba concentrarse en un pensamiento concreto, optó por abstraerse en el ritmo de la marcha. Seguía adelante, dando un paso y luego otro, hacia el horizonte. Hacia ningún lugar en particular.

Al alba se paró a hacer caca. Como no tenía con qué limpiarse, continuó caminando y dejó que el polvo engullera su mierda, como hacía con todo lo demás.

La situación empeoró cuando salió el sol.

El sudor que chorreaba se evaporaba en cuestión de segundos.

A medida que el sol se elevaba, cada bocanada de aire caliente le dejaba la garganta tan seca como el paisaje mismo.

En dos ocasiones creyó avistar agua, pero no era más que la refracción de la luz a través de ondas de calor.

Espejismos que lo engañaban. Se le empezaba a nublar la visión.

Tenía la sensación de que los últimos vestigios de alimento que quedaban en su organismo —unas patatas que había comido en la excavación— le absorbían la humedad de la sangre.

Ansiaba llegar a orillas de un río o un lago y sumergir la cabeza en el agua fresca.

Con el tiempo, las piedras cambiaron. El paisaje, tan llano hasta ese momento, cedió el paso a colinas y formaciones rocosas.

A lo lejos, le pareció divisar un río, y notó un burbujeo de emoción en su interior, acompañado de una súplica desesperada.

Apretó el paso hacia allí, aunque sus piernas apenas lo sostenían.