16. Stanley 1963 #3
«Bien. Entonces considéralo un acertijo. Si consigues dilucidar por qué te lo estoy explicando, a lo mejor te proporciono la pista siguiente.»
—No lo entiendo —susurró Stanley—. Sigo sin entenderlo.
—Lo sé —dijo Simon, asintiendo—. Por eso tienes que verlo. Ver el antes del pasado por ti mismo.
Después de unas horas de camino, el tiempo dejó de significar lo mismo que antes.
Stanley había guardado su reloj en la mochila, más que nada para evitar que se llenara de polvo, y no se había molestado en sacarlo para consultarlo.
El destino al que Simon lo estaba conduciendo era independiente del tiempo; no importaba cuánto rato llevaban caminando, solo cuánto habían avanzado, y eso no tenía manera de cuantificarlo.
Tenía la sensación de que se habían adentrado en la eternidad.
El paisaje apenas había cambiado, salvo porque la excavación de la que habían partido se había perdido de vista y se había desvanecido en el horizonte, a su espalda.
Se encontraban en un mar infinito y rojo, y no había modo de saber dónde acababa.
En aquel momento, Stanley se percató de lo desesperado que tenía que estar y lo poco que tenía que perder para seguir a ese hombre a ciegas.
Simon permanecía impávido, como si solo llevara un par de minutos andando.
Hacía un buen rato que ninguno de los dos abría la boca, y el sol se había puesto del todo; las estrellas titilaban en lo alto, libres de la contaminación lumínica.
La Vía Láctea se extendía sobre sus cabezas, como un puñado de purpurina esparcido sobre la negrura eterna.
Hacía frío, de modo que Stanley extrajo la chaqueta y se la puso.
La luna se cernía grande y pesada en el cielo, como un mal agüero.
Cuando se le acostumbraron los ojos, a Stanley le sorprendió lo brillante que era, la cantidad de luz que reflejaba.
No había tocado la linterna que llevaba en la mochila.
Sacarla le parecía innecesario y un poco absurdo.
—¿Cómo es que conoces ese símbolo? —preguntó Stanley al fin, incapaz de seguir soportando aquel silencio—. El que te he mostrado.
—Todo aquel que conoce el territorio conoce ese símbolo.
—Entonces..., ¿por qué no he sido capaz de encontrar información al respecto? He acudido a bibliotecas y universidades de todo el país. He financiado excavaciones. Estaba totalmente perdido hasta que tu amiga del sur vio lo que le estaba mostrando a la gente.
—Porque les preguntas a las personas equivocadas —dijo Simon—. Las que no escuchan.
—Pero si lo que me vas a revelar... —Stanley buscó las palabras adecuadas para expresar los pensamientos que lo asediaban—. Si resulta ser lo que creo, si posees información sobre lo que busco, será un descubrimiento enorme que cambiará el mundo.
Simon se rio de él, pero no con crueldad, sino como una leve reprimenda por su ingenuidad.
—¿Por qué estáis tan obsesionados con cambiar el mundo?
—Simon se detuvo y tiró con suavidad del hombro de Stanley para volverlo de cara a él—.
Stanley, el interés de los colonizadores por nuestras culturas es muy reciente.
Antes, los departamentos que se ocupaban de nosotros eran los mismos que se ocupaban de la flora y la fauna.
Hace dos años, en el sesenta y uno, se estableció el primer consejo para el Instituto Australiano de Estudios Aborígenes.
En él no había ni uno solo de los nuestros.
Solo blancos. Les daban igual los conocimientos que tuviera o dejara de tener nuestro pueblo.
No los hemos ocultado. Los blancos simplemente no estaban interesados.
—Pero con algo de esta envergadura, eso podría cambiar.
Simon se encogió de hombros.
—Lo dudo. Es algo estructural: contemplan el saber a través de una ventana orientada expresamente para excluir el tipo de conocimientos que poseemos nosotros: conocimientos ancestrales, conocimientos indígenas.
Lo que empezó como un desinterés hacia nuestros pueblos se convirtió en una costumbre, en un olvido continuo.
Explícame cómo es que llevas ocho meses en Australia, adonde te enviaron concretamente para investigar ese asunto, y hasta este último mes no habías hablado con una persona originaria de estas tierras. ¿Por qué?
—Pues... —Stanley parpadeó—. No estoy seguro. No ha sido algo deliberado. No pretendía...
—Es cuestión de lo que valoras. Te educaron para que creyeras que el rígido enfoque occidental con que abordas los problemas es el único que existe.
No es que ignores los conocimientos que tenemos, sino el marco entero del conocimiento.
Para ti, todo saber que no se derive de la lógica estricta y la ciencia empírica carece de importancia.
Si tienes una duda sobre el sistema solar, no consultas a las ranas que están a la orilla del lago, ¿verdad?
Ni se te pasa por la cabeza. Sería absurdo.
Así es como nos ve el hombre blanco; así nos veis, ¿verdad? Como si no tuviéramos nada que aportar.
Stanley se encogió, herido por las acusaciones, pero no podía rebatirlas.
Era cierto; pese a que llevaba casi un año fuera de su país, Grace era la única aborigen con la que había hablado, y además fue por casualidad.
Pensó en todas las demás comunidades indígenas del mundo y las prácticas ancestrales que había menospreciado por considerarlas poco más que manifestaciones rituales.
¿Qué podían enseñarle? ¿Qué más podía aprender él?
—Entonces, ¿por qué me has traído aquí? ¿Por qué malgastas tu tiempo conmigo?
—Tú me lo has pedido —dijo Simon, encogiéndose de hombros—. Eso marca una diferencia.
Al cabo de un rato divisaron unas formas ante ellos: siluetas de tiendas de campaña a la luz parpadeante de una hoguera.
Era un campamento. Stanley no tenía idea de cómo se las había ingeniado Simon para llegar hasta ahí sin la ayuda de una brújula.
Se lo había preguntado antes, pero, por toda respuesta, el hombre se había puesto a hablar de líneas de canto y pistas de ensueño, conceptos que le costaba entender.
Cuando se encontraban más cerca, advirtió que había mucha gente: hombres, mujeres y niños; una comunidad entera.
Sin embargo, saltaba a la vista que el campamento se había montado hacía poco tiempo y con la intención de que fuera provisional.
Se trataba de un grupo de nómadas, listos para proseguir su camino pronto, cuando llegara el momento.
Teniendo esto en cuenta, el hecho de que Simon se las hubiera arreglado para localizarlos en plena noche resultaba aún más impresionante.
Una mujer mayor los esperaba al borde del campamento, sonriendo.
Aunque solo llevaba un vestido fino, las sombras oscuras que la luna proyectaba sobre su rostro hacían que pareciera envuelta en un velo.
Primero tomó a Simon de la mano y mantuvo con él un diálogo afectuoso en un idioma que Stanley no entendía.
—Ella es Killara —le informó Simon.
—Simon dice que has venido a aprender acerca del antes del pasado —dijo ella en voz baja y con un marcado acento que hacía bailar las palabras en su lengua—. Sobre el tiempo después del tiempo.
—Sí, me parece que sí. Creo que me... —Pensó en Maggie y el mensaje que le dejó—. Que he sido enviado aquí. Llevo mucho tiempo buscando.
Killara soltó una risita, como Simon, negando con la cabeza.
—No estábamos escondidos.
Se volvió hacia Simon para propinarle una palmada jovial en la espalda, y juntos se encaminaron hacia la hoguera encendida en el centro del campamento.
Stanley se imaginó que los demás lo mirarían con recelo por ser un forastero, pero no fue así.
Algunos le sonreían y lo saludaban con un pequeño gesto de la mano.
La mayoría no le prestaba la menor atención.
Haciéndole señas a Stanley para que se acercara, la anciana se sentó frente al fuego y extendió las manos para calentárselas.
Stanley se acomodó a su lado. La mujer revolvió en la bolsa de tela que tenía a sus pies y sacó unas hojas y hierbas.
Las arrojó a las llamas, que, entre fuertes crepitaciones, cambiaron de color, de rojo a un morado que se tornó cada vez más intenso hasta parecer casi negro.
—Dime por qué estás aquí —le pidió ella mientras la gente iba y venía en torno a ellos, ocupándose de sus asuntos.
Con la vista fija en el fuego, Stanley respiró hondo. Las palabras no le salían con fluidez ni con facilidad. Había guardado demasiados secretos durante demasiado tiempo, los había sepultado a tal profundidad que no estaba seguro de si podría desenterrarlos.
«Pero este es un momento clave —pensó—. Quizá haya dado por fin con lo que busco.»
Si se guardaba algo ahora, del mismo modo que había ocultado a Raph y Jacques las advertencias de Waldman, estaría cometiendo el mismo error.
Por primera vez en su vida, lo explicó todo.
Aunque nunca había puesto en palabras el relato completo, esta vez escarbó en lo más profundo de su ser y se abrió por completo: le habló de Whelton y Waldman, de los avisos, los experimentos, las muertes, las pérdidas de memoria y los viajes en el tiempo; de Maggie.
Refirió cada momento con todo detalle y, mientras hablaba, se dio cuenta de lo disparatado que sonaba.
Había temido que, si alguna vez se lo contaba a alguien, lo tomaran por loco, por una persona que había perdido todo contacto con la realidad.
Sin embargo, ni la mujer ni Simon lo tomaron por loco. Aceptaron su relato, asintiendo, como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Y por qué estás aquí? —repitió Killara cuando Stanley terminó.
—¿Qué nos pasó ese día en el laboratorio? —inquirió él—. ¿Qué fuerza liberé?
—Eso no responde a mi pregunta. Solo son más preguntas. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué has venido desde tan lejos?
Se mordisqueó el labio. ¿Sabía la respuesta? De improviso, la voz de Raph resonó en su mente desde más allá de la tumba. «Llevas toda la vida intentando curar esa herida que no sé qué origen tiene; a lo mejor ni tú mismo lo sabes.»