16. Stanley 1963 #2
Stanley, de pie con su café —una bebida ridículamente caliente para un clima tórrido como aquel, pero le pareció que habría estado feo negarse—, contemplaba el panorama exterior.
Desde pequeño lo había embargado un miedo reverencial por todo lo que ignoraba sobre el mundo, lo mucho que le quedaba por descubrir.
Aquella enorme extensión rojiza se le antojaba una materialización de este temor, como si nuestro concepto del universo no fuera más que un arañazo en la piel de algo inmenso, de un mundo de posibilidades casi infinito.
Cuanto más tiempo pasaba en aquel país, más convencido estaba de ello.
Quizá, si lograba dar con él, eso explicaría el trágico fracaso del experimento, la decisión de Waldman y la muerte de Raph. Y una vez que hubiera obtenido respuestas, tal vez, solo tal vez, podría pasar página.
Se preguntó qué estaría haciendo Jacques en ese momento.
No había vuelto a verlo desde que sus caminos se habían separado en Londres.
Le había pedido a Hugo que utilizara parte de los fondos de Sunrise para hacer indagaciones, y le habían llegado rumores de que estaba en El Cairo, Estambul y, más tarde, en Islandia; rumores sobre un hombre llamado Hassan que se ajustaba a la descripción de Jacques y que estaba reuniendo equipos y comprando propiedades.
Stanley había intentado seguirle el rastro más de cerca, pero Jacques era escurridizo y nunca pasaba mucho tiempo en un solo lugar.
Seguía despertándose en plena noche, atormentado por imágenes de cuerpos descuartizados y órganos en tarros.
Le preocupaba no saber de qué era capaz Jacques.
Esperaba que dejara de enredar y sentara cabeza discretamente en algún sitio, pero en el fondo sabía lo ingenua que era esta esperanza.
Jacques no era así. Nunca lo había sido.
—¿Me ha mandado llamar? —preguntó una voz profunda y grave a su espalda. Al volverse, Stanley vio a un hombre alto y de piel oscura con un sombrero de ala ancha—. ¿Qué se le ofrece?
—¿Simon Yarramundi?
El hombre inclinó la cabeza, impasible.
—Sí.
—Me han dicho que viniera a preguntar por usted. Que podría ayudarme con un asunto.
—No sé quién puede haberle dicho algo así.
Stanley se descolgó la mochila, la depositó a sus pies y se agachó para abrir la cremallera.
—Una mujer llamada Grace Baiyungu, de un lugar próximo a Yellabinna. Le enseñé una cosa y me dijo: «Eso tiene que consultarlo con Simon». Me ha llevado mucho tiempo localizarlo.
Simon se llevó la mano a la barbilla y se la frotó, pensativo.
—¿Eso le dijo la vieja Grace? ¿Y qué es lo que le enseñó?
Stanley sacó una libreta de su mochila y la abrió por la última página. En ella había garabateado el símbolo que Maggie había trazado con kétchup en la pared, en Londres, justo antes de desaparecer como una voluta de humo en el aire. Le dio la vuelta para mostrárselo a Simon.
Este no pestañeó. Su expresión no cambió. Simplemente se quedó mirando en silencio el símbolo durante medio minuto largo.
—Así que está buscando usted viejos tiempos —dijo al fin, con el semblante aún imperturbable—. El antes.
—Sí —respondió Stanley en una voz apenas más audible que un susurro—. Así es.
Simon prorrumpió en carcajadas. Se dobló en dos con la mano en el abdomen mientras la risa brotaba de él a raudales. Stanley lo observaba con fijeza.
—¿De qué se ríe?
El hombre se enderezó, secándose los ojos mientras se apagaban los últimos vestigios de hilaridad.
—Ay, estos blancos —dijo—. Justo cuando creía que ya había visto todas las gilipolleces que hacen, van y hacen más. Reúnase conmigo en el límite de la excavación al ocaso. Lo llevaré adonde quiere ir.
—¿Por qué al ocaso? —inquirió Stanley, haciendo caso omiso de la pulla, pues de pronto sentía la necesidad urgente de moverse. Después de tantos meses, por fin tenía algo concreto—. ¿Por qué no ahora?
—Tengo trabajo, patrón. Tengo que cavar.
—Le pagaré la jornada entera. Qué demonios: le pagaré el sueldo de un año.
El hombre negó con la cabeza.
—No es por el dinero. Eso es lo que la gente como usted no entiende. Oiga, lo que Grace le ha enviado a pedirme no es ninguna tontería. ¿Seguro que está preparado?
Stanley se puso derecho y endureció el tono.
—Me he pasado el último año buscando a alguien que pueda decirme algo sobre esto. Me he pasado meses intentando localizarlo. Estoy preparado para lo que sea.
—Usted mismo —dijo el otro, encogiéndose de hombros, y se alejó, negando con la cabeza y sonriéndose al recordar lo que fuera que le había hecho tanta gracia.
Stanley estuvo pensando en Maggie durante el resto del día. Otra vez.
De algún modo, sabía que ella siempre había estado ahí, inserta entre las páginas de su vida, aunque él no recordaba muy bien todas las ocasiones en que había aparecido.
En su momento, cada episodio individual le había parecido olvidable, como una fotografía descolorida.
Sin embargo, en aquella abandonada sala de estar de Londres, por un breve instante, todos se habían agolpado en su mente, como una conjunción de planetas y estrellas.
Y, mientras Stanley intentaba recuperarse del impacto, ella lo había abrazado con fuerza, y a él lo había asaltado la sensación abrumadora —e imposible— de que todo saldría bien.
Nunca había sentido algo así.
Pero sabía que haría cualquier cosa, lo que fuera, con tal de sentirlo de nuevo.
Eran las seis pasadas cuando el sol besó el horizonte, derramando rayos de color naranja y amarillo, que se sumaron al rojo interminable de la llanura polvorienta; el cielo y la tierra se fundieron en un intenso y cálido arcoíris. Stanley respiró hondo mientras contemplaba el espectáculo.
—Es precioso —le dijo a Simon, que apareció a su lado.
—Siempre lo ha sido —repuso este—. ¿Llevas agua? ¿Y una chaqueta para cuando anochezca del todo? Vamos a caminar un buen rato.
Asintiendo, Stanley se echó la mochila a la espalda. Se sentía un poco más seguro con ella; contenía una linterna y un pequeño botiquín por si se producía una emergencia. Se ajustó bien las correas.
—¿Adónde vamos?
Simon le sonrió.
—Siempre viviendo en el futuro. Tómatelo con calma. Ya lo sabrás cuando llegue el momento. Disfruta el presente. Está ocurriendo ahora mismo.
Dicho esto, Simon se puso en marcha hacia la lejanía.
Stanley lo siguió, desconcertado. Hasta donde alcanzaba a ver, el suelo se extendía hasta el horizonte sin un solo accidente —un árbol, una choza o al menos un peñasco— salvo una montaña que se elevaba en la distancia.
El todoterreno había tardado una hora larga en llegar hasta allí desde la pista de aterrizaje, que se encontraba en la dirección opuesta.
Y, no obstante, ahí estaban, atravesando la llanura a pie.
Se sentía como si se hubieran metido al agua en una orilla del océano Pacífico y se hubieran puesto a nadar mar adentro, con la esperanza de encontrar algo antes de ahogarse.
—No vienen muchos blancos buscando el antes del pasado —dijo Simon mientras avanzaban haciendo crujir la tierra bajo sus pies—. A pocos les interesa el tiempo profundo.
—¿El antes del pasado? ¿El tiempo profundo?
—Los blancos como tú usan la expresión «tiempo del sueño», pero es demasiado amplia.
Lo abarca todo, desde el Altjira de los arrente hasta el Jukurrpa de los warlpiri, como si fueran lo mismo.
Lo que es yo, hablo del tiempo anterior al tiempo.
Y del tiempo posterior al tiempo. Pienso en una escala profunda.
Stanley arrugó el entrecejo.
—¿A qué te refieres?
—El tiempo profundo es mucho más largo que el de cualquier vida humana, que el de cualquier civilización —respondió Simon sin detener sus pasos o volverse.
Proyectaba las palabras al frente, hacia el horizonte—.
Es imposible que lo entendáis. Vuestra cultura se basa en el tiempo superficial, ¿sabes?
Todo lo que hacéis, todo lo que os proponéis, se basa en el tiempo que dura una sola vida, en unos pocos años.
Incluso quienes hacen planes para generaciones futuras piensan a cincuenta años vista, tal vez cien.
Eso es tiempo superficial. El momento humano no es nada en comparación con el tiempo profundo.
¿Qué importancia tienen tus planes ante decenas de miles de años?
Stanley no respondió. Solo le seguía el ritmo a Simon, intentando asimilar lo que oía, intentando contextualizarlo.
—Cuando llegaron los colonizadores, se preguntaron: «¿Por qué esta gente no tiene pueblos?
¿Por qué esta gente no tiene ciudades?».
Creían que éramos primitivos, poco más que animales.
Pero ¿acaso al tiempo profundo le importan vuestras ciudades?
Son cosas superficiales que con el tiempo acabarán reducidas a polvo.
—¿Por qué me explicas todo esto?
Enarcando las cejas, Simon miró a Stanley con extrañeza.
—Tú me lo has preguntado.
—Pero... —Negó con la cabeza—. Has dicho que he venido en busca del antes del pasado. ¿Qué es?
—La nada que existía antes que el mundo. Lo ilimitado. Es la causa de que todos estemos aquí.
De pronto, un recuerdo asaltó a Stanley.
«Griego, en efecto —decía Waldman desde un recoveco de su memoria—.
El ápeiron es la idea de que, antes que nosotros, antes de que hubiera personas, objetos, dioses y humanos, existía otra cosa...
Es un concepto universal, que se da en casi todas las culturas.
En el taoísmo chino se conoce como wuji o “estado primigenio”; en el hebraísmo, como Ein Sof. »
Miró a Simon mientras los pensamientos se entrecruzaban e interconectaban en su mente.
—¿Es un mito de la creación? ¿Algo que sucedió hace mucho tiempo?
Simon volvió a negar con un gesto.
—No. Es ahora. Es siempre. Es el pasado, el presente y el futuro. Es todos los momentos a la vez.
«¿Por qué te estoy explicando esto?», lo aguijó Waldman en su cabeza.
«Pues... —titubeó el joven Stanley—. No estoy seguro.»
El profesor sonrió. Cuánto echaba de menos Stanley esa sonrisa.