Disolución 16. Stanley 1963
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16. Stanley 1963

Al bajar del pequeño biplano, Stanley se levantó la bufanda para protegerse del polvo rojo.

Fue un movimiento reflejo que ahora sabía que no serviría de nada.

Tras pasarse los últimos ocho meses en aquella inhóspita zona interior del país, la experiencia le había enseñado que no había manera de impedir que se colara por todas partes.

El polvo formaba parte de él ahora; lo sentía en la sangre.

Tras su última expedición a Australia Meridional, había sobrevolado el Gran Desierto de Victoria y el desierto de Gibson antes de aterrizar en aquella pequeña pista de Australia Occidental, construida sobre todo para su uso por parte de la gigantesca mina de hierro de Newman.

La tierra seca crujía bajo sus pies, y la precaria pista apenas se distinguía de los miles de hectáreas de terreno yermo que la rodeaban.

Hasta donde alcanzaba la vista, no se apreciaban signos de vida sobre aquel suelo rojizo y cubierto de cráteres, como la superficie de Marte.

Una capa de tierra amarga se le formó al fondo de la garganta.

Cuando una mujer bajita se le acercó corriendo desde un todoterreno polvoriento, Stanley se mentalizó para la avalancha de preguntas. Era la cuarta excavación arqueológica que visitaba, y aquello empezaba a resultarle un poco repetitivo.

—Señor Webb —dijo la mujer, tendiéndole la mano.

Stanley intuyó que su pantalón corto y su camisa habían sido alguna vez de color caqui, pero ahora estaban espolvoreados de rojo.

Ella le dio un enérgico apretón—. Isabella Summers.

Puede llamarme Ella, si lo prefiere. Es un placer contar con su visita, señor.

Le agradezco mucho el interés que ha mostrado por la excavación.

Stanley asintió con una sonrisa incómoda.

No acababa de acostumbrarse a recibir un trato deferente por su dinero.

Lo comprendía: aquellos arqueólogos eran pobres en su mayoría, y a duras penas se las arreglaban con las becas de investigación cada vez más exiguas que recibían.

Que un benefactor misterioso apareciera de pronto y se ofreciera a financiar su proyecto parecía algo sacado de un mito, de un cuento de hadas transmitido boca a boca alrededor de las hogueras de las excavaciones arqueológicas.

No obstante, la nueva posición social de Stanley le causaba cierto malestar, pues lo hacía sentirse como un impostor, como si llevara un traje prestado.

Los abogados le habían asegurado que el dinero era suyo.

La cuantiosa fortuna de Raph, que no había hecho más que incrementarse durante los años del Instituto, le había sido legada en su totalidad a Stanley.

Cuando por fin habían conseguido localizarlo, las autoridades le habían informado de que se había convertido en una de las personas más ricas del país de la noche a la mañana.

Stanley había contactado con su viejo amigo de Whelton, Hugo, que ahora ejercía la abogacía.

Siguiendo su consejo, depositó el grueso del dinero en la sociedad de cartera Sunrise, un fondo que creó para preservar el patrimonio y obtener un salario fijo de por vida procedente de los rendimientos de las inversiones.

Hugo aceptó de buen grado convertirse en administrador del fondo, un puesto poco exigente, y Stanley tenía el futuro resuelto.

Y todo porque su mejor amigo había fallecido. Todo porque Stanley lo había arrastrado hacia algo que no era capaz de controlar.

Siguió a Ella hasta el todoterreno. Para eso estaba ahí, para comprender qué había sucedido y asegurarse de que no volviera a pasarle a nadie.

Por encima de todo, no dejaba de pensar en Maggie.

Su recuerdo lo perseguía durante todas sus horas de vigilia y también en buena parte de sus sueños.

Él no sabía por qué. No entendía cómo aquella anciana había aparecido de la nada y en solo unos pocos días lo había salvado de caer en el olvido absoluto.

Pero había algo en la manera en que ella lo miraba que le daba la sensación de que lo conocía mejor de lo que lo había conocido nadie.

También había algo en la manera en que le hablaba que hacía que, cada vez que se paraba a pensar en ello, las palabras de la mujer le vinieran una y otra vez a la cabeza.

«Te casas conmigo, tenemos una hija y vivimos cincuenta maravillosos años juntos. Nos haces sentir muy queridas, y no estropeas nada. Te lo prometo.»

¿De verdad era eso posible? ¿Se cumpliría la predicción? Y, en caso afirmativo, ¿se lo merecía?

—La excavación es relativamente reciente —dijo Ella con las manos sobre el volante mientras cruzaban lentamente el desierto—.

Pero hemos hecho algunos descubrimientos prometedores que aparentemente confirman lo observado en el yacimiento de Mungo.

Parece una locura, pero realmente estamos bordeando los límites de la datación por carbono 14.

—¿A qué se refiere?

Ella sonrió.

—Es increíble lo mucho que ha cambiado la datación de la cultura aborigen de Australia.

Algunos aseguran que es por sesgo cultural, pero en buena parte se debe a la falta de datos.

Solo para que se haga una idea: en los años cuarenta, todo el mundo creía que los pueblos aborígenes solo llevaban unos pocos miles de años aquí.

En los cincuenta, esa cifra subió a veinticinco mil, luego a cuarenta mil, y ahora a sesenta mil años, pero ahí es donde topamos con una barrera.

Justo en ese momento, el coche dio un bote al pasar por encima de una piedra que sobresalía del terreno. Stanley se agarró a la manija de la puerta para resistir la sacudida.

—¿Qué barrera?

—La vida media del carbono 14 es de aproximadamente cinco mil setecientos treinta años —continuó ella, adoptando el tono entusiasta de una científica al explicar su trabajo—.

Debido a esto, no es posible datar con carbono nada que tenga más de cincuenta mil años de antigüedad.

Simplemente no funciona, por lo que gran parte de lo que estamos haciendo se basa en conjeturas.

Es verdad que algo se ha avanzado con otros métodos de datación.

Está la expedición de John Boewel en los cincuenta, claro.

Y luego está la locura de descubrimiento de Kimberley de hace unos pocos años.

—¿El descubrimiento de Kimberley?

Ella asintió enérgicamente, sin despegar los ojos de la interminable extensión rojiza que se abría ante ellos. Aunque hacía ya un rato que circulaban, Stanley era incapaz de apreciar el menor cambio en el paisaje.

—Los investigadores lo llamaban «el Stonehenge de la zona interior» —dijo Ella con una risita—. Woodford sostenía que se remontaba a hace ciento setenta y seis mil años, casi tres veces más de lo que creíamos que llevaban ocupando estas tierras los humanos.

Stanley arqueó las cejas.

—Eso es mucho tiempo.

—Y decir eso es quedarse corto —repuso Ella—.

Se cree que los ejemplos más antiguos de cultura humana son de hace unos veinte mil años.

¿Qué antigüedad tienen las cuevas de Lascaux?

¿Diecisiete mil años? He oído hablar de unos utensilios de hace cuarenta y cuatro mil años hallados en Sudáfrica.

Pero ¿en Australia? Hemos descubierto grabados en piedra que podemos datar en setenta y cinco mil años de antigüedad basándonos en la edad de las propias formaciones rocosas.

Eso cambia de forma radical nuestra idea de cuándo surgieron el arte, la cultura y el conocimiento humanos.

Es como..., en fin, es casi como si se hubiera perdido una era entera de la historia anterior a todo lo que conocemos en la actualidad.

Stanley volvió ligeramente la cabeza y la miró de reojo.

—¿Casi?

—A ver... —dijo Ella, encogiéndose de hombros y bajando la vista hacia el volante. Resultaba evidente que había quienes ponían en duda esas teorías—. Es una idea cogida por los pelos. Solo una hipótesis, en realidad. Aún estamos... solo en la fase de recogida de datos.

Stanley asintió, reclinándose en el asiento. Buena parte de esa información cuadraba con lo que había descubierto en los últimos ocho meses. No sabía por qué Maggie lo había enviado a Australia, pero las piezas empezaban a encajar.

Toda una era de historia humana perdida, como si la hubieran borrado o hubiera quedado olvidada.

Aquella fuerza que habían liberado —esa plaga que había infectado su trabajo— ¿existía desde hacía tiempo suficiente para ser responsable de dicha pérdida?

Ahí había algo oculto en lo más profundo del pasado —en los recovecos más remotos del tiempo—, y cuanto más se informaba Stanley sobre ello, más cerca se sentía de encontrar algún tipo de respuesta, aunque en el fondo ni siquiera sabía cuál era la pregunta.

El todoterreno se detuvo frente a un grupo de tiendas de campaña y casuchas levantadas en medio del desierto.

Había algunos camiones y camionetas, todos cubiertos de tierra roja, y trabajadores que entraban y salían de varios sitios de excavación.

Era un yacimiento pequeño, pero Stanley estaba ahí por una razón muy concreta.

—¿Quiere que le haga una visita guiada?

Stanley negó con un gesto.

—Tal vez más tarde, gracias. En realidad, me gustaría hablar con uno de sus compañeros de la excavación. Se llama Simon Yarramundi.

Ella enarcó las cejas.

—¿Yarramundi? No es más que un empleado local. Un aborigen. Se dedica a cavar. No conoce gran cosa del proyecto aparte de las excavaciones en las que lo han contratado.

Stanley sonrió.

—Quiero tratar un asunto personal con él.

—Claro, faltaría más —dijo Ella, abriéndole la puerta del coche—. Lo que usted necesite, señor Webb. Y si tiene algún problema con él, siempre podemos...

—No, no. Ningún problema. Solo quiero charlar con él sobre un tema.

Aunque la sonrisa obsequiosa de Ella estaba teñida de desconcierto, asintió de todos modos.

—Lo acompañaré a una de las tiendas y le llevaré un café. Después iré a buscar a Yarramundi.