15 #4
Por la noche lo oigo llorar. Intenta ahogar sus sollozos, pero salvo por los ladridos que llegan de fuera y los crujidos de las paredes, no se oye ningún otro ruido.
Está en un viejo sofá rasgado en el salón.
Yo duermo en la otra habitación, en un saco de dormir que he hurtado en una tienda de deportes situada en esta misma calle.
Amanezco con la espalda dolorida y tengo que hacer estiramientos durante media hora solo para volver a ser persona.
Al tercer día me siento delante de él con una taza de té. Aunque no para de pedirme que le consiga algo de alcohol, yo me niego, cosa que lo cabrea de mala manera.
—¿Vas a contarme lo que sucedió? —le pregunto.
Fija la vista en mí.
—¿De qué hablas?
—No siempre has estado así. Hubo una época en que albergabas sueños y esperanzas.
Niega con la cabeza, irritado.
—Los sueños no sirven para nada. Y la esperanza es aún peor. La vida no es más que una serie de trampas tendidas para joderte. Si concibes la esperanza de conseguir algo, te lo arrebatarán.
Me inclino hacia él para tirarle más de la lengua. Ya ha pasado tiempo suficiente.
—¿Qué te han arrebatado?
Se encoge, apartándose de mí.
—Déjame.
—¿Perdiste a alguien?
—Calla.
—No es culpa tuya.
Se levanta y se va con paso furioso al otro lado de la habitación, dándome la espalda. Pero no se marcha.
—No tienes idea de nada —dice.
—Sé que estás destinado a hacer cosas más importantes.
Suelta una risotada desprovista de humor que suena más bien como una tos.
—Cuando la materia prima es de baja calidad, es imposible que no salga un producto cutre —dice con amargura.
—¿Qué?
—Olvídalo —masculla—. Si tengo un destino es destruir a todas las personas que quiero.
—Sé que eso no es verdad, Stan. Lo sé sin lugar a dudas, porque yo te quiero, tú me quieres a mí, y aquí me tienes.
Se gira en redondo, enfurecido, como si estuviera a punto de gritarme a la cara, pero se detiene de golpe. Se queda mirándome con la boca abierta y el cerebro a mil por hora.
—Yo te he visto antes —musita.
—Así es.
—El día de la graduación, en el cementerio, antes de que Waldman... —Niega con la cabeza—. No has envejecido ni un poco.
Sonrío.
—Siempre tan galante.
—Y antes... Te... te vi en una ocasión anterior. Cuando era niño. Aquel día en el parque, con mi padre y el... Dios santo, ¡¿quién eres?!
Me pongo de pie para ponerme a su altura, aunque parece a punto de arrodillarse.
—Vengo del futuro. De tu futuro. —Hago una pausa, preguntándome cuánto debo revelarle—. Soy tu esposa.
Se le desorbitan los ojos.
—Estás usando la pala. Has encontrado la manera de hacer que funcione.
—Bueno, digamos que sí.
—No. —Echa a andar de un lado a otro, y temo volver a perderlo—. No, no, no. No puedo. Se acabó. No puedo regresar ahí.
—No pasa nada, Stan.
—No, sí que pasa. Sí que pasa.
Le tiemblan las manos. Se está alterando mucho, y no sé qué hacer. No paro de preguntarme qué haría él si se intercambiaran nuestros papeles. Recuerdo la sensación de sus brazos en torno a mi cuerpo y el tacto de su piel, justo antes de la boda.
Me acerco a él, lo rodeo con los brazos y lo estrecho contra mi decrépito y frágil cuerpo. Se aparta, asustado, y se resiste unos instantes, pero acaba acurrucándose contra mí.
—Todo irá bien, Stan. Estoy segura, porque sé que al final sales de esta y rehaces tu vida. Te casas conmigo, tenemos una hija y vivimos cincuenta maravillosos años juntos. Nos haces sentir muy queridas y no estropeas nada. Te lo prometo.
—No te entiendo.
—Ni falta que hace —digo, abrazándolo como a un niño, como a un bebé—. Basta con que sepas que estaré aquí, a tu lado, siempre.
Está sollozando. Se le estremece todo el cuerpo mientras lo guío hasta el viejo sofá.
Una voz resuena en lo más recóndito de mi mente. «Tienes que salir ya», dices.
«No —pienso—. Mi labor aquí aún no ha concluido.»
«Estamos llegando al límite de nuestro margen de seguridad —dices con dureza—. Si te quedas más tiempo, todo se irá al garete, y esto no habrá servido de nada.»
Obligo a Stanley a ponerse derecho y a mirarme.
—No me queda mucho tiempo —me apresuro a decirle—. Escúchame: creo en ti. Hay una manera de arreglar las cosas, de hacer que todo esto valga la pena, pero tienes que encontrar el modo de pararle los pies a esa cosa. Me han encargado que te diga que vayas a Australia.
Parpadea para contener las lágrimas mientras la confusión se adueña de él.
—¿A Australia?
—No sé por qué. Hay una especie de ritual con fuego y lavanda. También había glicinias. Y unos... unos símbolos. —Me levanto y busco algo con que escribir, un papel, un bolígrafo... No hay nada.
—¿Símbolos? —pregunta.
«Maggie», me apremias.
Cojo un bote de kétchup, lo aprieto para echarme una gota en la mano y dibujo en la pared uno de esos extraños símbolos cuneiformes que vi el día de la boda. Me mira como si hubiera perdido la razón.
—Algo relacionado con Australia —digo.
No despega los ojos de mí.
«Ya, Maggie. Se ha acabado el tiempo.»
Me abalanzo hacia delante para tomarlo de la mano y se la estrecho con fuerza.
—Australia —digo una vez más—. Lavanda, fuego. Confío en ti. Te quiero. Siempre.
Entonces doy un tirón mentalmente, y Stanley se desintegra ante mí al tiempo que mis sentidos se desvanecen.
Cuando abro los ojos, estás de pie por encima de mí con un cigarrillo. El corazón me late con tanta violencia que siento que está a punto de estallar.
—Bueno —dices, echando una ojeada a los monitores—. Me parece que la cosa ha ido bastante bien.