15 #3
Me arrodillo y le pongo la mano en el pecho para asegurarme de que todavía respira. Está bien, solo fuera de combate. Sospecho que ha bebido demasiado, a juzgar por el hedor a alcohol que emana de él como una bruma.
Me acomodo a su lado, consciente de que no puedo hacer gran cosa para ayudarlo. Pesa demasiado como para que me lo eche al hombro y lo lleve a algún sitio.
Así que me pongo a esperar.
La espera se prolonga casi tres horas.
Durante ese tiempo, lo dejo solo unos pocos minutos, rezando porque no se vaya a ninguna parte.
Me dirijo a una pequeña tienda que está en la vía principal y hurto una botella de agua, un par de bocadillos metidos en bolsas de papel y unas chocolatinas.
Por algún motivo, nadie me presta la menor atención.
Quizá es porque no se esperan que una octogenaria entre para mangar un almuerzo para llevar.
Me siento junto a él, con cientos de preguntas en la cabeza, entre ellas algunas relativas a las instrucciones que me dio el día de nuestra boda. Me dijo algo sobre Australia. Y mencionó los nombres Theuth y Thamus.
Vuelve la cabeza a un lado y se le escapa una tos muy fea. ¿Qué le ha pasado? ¿Por qué está así?
«Voy a necesitar que tengas paciencia conmigo —me había dicho Stanley—, que me apoyes cuando esté en mi momento más bajo.»
Eso puedo hacerlo. Creo que hay algo de justicia poética en ello.
Cuando nos conocimos, yo estaba hecha un desastre; no tenía trabajo, ni futuro, ni amigos que no fueran adictos o personas que querían sacarme dinero.
Pero él me brindó su apoyo. De algún modo, a pesar de lo mal que estaba yo, no veía en mí a la persona que era, sino la que podía llegar a ser.
Hay una cita que se me quedó grabada en la cabeza cuando se la oí decir al profesor de la clase de Historia del Arte en la que me matriculé por insistencia de Stanley después de que nos casáramos.
Aunque suele atribuirse a Miguel Ángel en relación con su técnica como escultor, el profesor dejó muy claro que era apócrifa.
Se supone que dijo: «La escultura ya existe completa dentro del bloque de mármol cuando empiezo a trabajar.
Está ahí; solo tengo que eliminar con el cincel el material que sobra».
Cuando oí la frase, pensé: «Eso fue lo que hizo Stanley conmigo. Vio debajo de todos los elementos superfluos a la mujer que iba a ser, y me ayudó a esculpirla».
Ahora lo miro, borracho perdido en un callejón, y veo un bloque de mármol. Sé cómo es en realidad por dentro.
Cuando vuelve en sí, tiene una expresión ceñuda.
—Apártate de mí —farfulla.
—No —contesto y, sonriendo, le tiendo un bocadillo.
Él junta las cejas, confundido por el contraste entre lo que digo y lo que hago. Sin rechistar, alarga la mano, coge la bolsa de papel y saca el bocadillo.
—¿Vives en la calle? —pregunto.
—¿Y a ti qué te importa?
Me recuesto contra la pared, a su lado.
—Me importa más de lo que te imaginas, Stan.
Sus ojos se clavan en mí y me escudriñan el rostro. Veo rabia y miedo en ellos.
—¿Quién eres?
—Me llamo Maggie —digo—. He venido para ayudarte. Para devolverte al buen camino.
Saco la botella de agua y una chocolatina que me coloco sobre el regazo.
Tras mirarme con detenimiento durante un momento, coge la pequeña tableta y se levanta.
—Vete a la mierda. —Dicho esto, me da la espalda y echa a andar hacia la vía principal.
Y, aunque no me esperaba que esto resultara fácil, su rechazo me atraviesa el alma. Es una actitud muy fría y cruel que no casa en absoluto con el hombre que conozco.
«Contrólate, Maggie —pienso—. Te necesita.»
Me pongo de pie y lo sigo.
Estamos cerca de Brixton High Street, en la calle transversal donde se encuentra la sala Brixton Academy.
El lugar rezuma esa tosquedad electrizante que siempre me fascinó, sobre todo antes de que construyeran la línea de metro.
Una vez fuimos los dos a un concierto ahí, a finales de los sesenta.
Nos fumamos un porro detrás de la sala con un par de bajistas jamaicanos y estuvimos bebiendo latas de Red Stripe hasta las dos de la mañana.
Eso fue antes de que naciera Leah, claro.
Recuerdo que me preocupaba un poco que volver a salir de juerga me llevara de nuevo por la senda oscura, pero a Stanley no.
Era como si supiera que esa parte de mi vida había quedado atrás, y su fe en mí me ayudaba a salir adelante.
En la actualidad, Brixton se ha convertido en una zona demasiado comercial, sin gracia y aséptica por culpa de la gentrificación y las inmobiliarias.
A lo largo de un par de manzanas, Stanley actúa como si yo no estuviera ahí.
Y no es que me esté escondiendo; solo avanzo un par de metros por detrás de él, sin dejar de seguirlo como una sombra en ningún momento.
Es como si él creyera que, si me ignora con suficiente empeño, me esfumaré.
De vez en cuando echa una mirada en mi dirección, con una frustración manifiesta en el rostro. Me odia. Quiere que me largue.
No le doy mayor importancia. Me recuerdo a mí misma que, después de todo lo que he soportado en los últimos diez años, esto no es nada.
Me he endurecido con cada comentario hiriente que me ha hecho, con cada visita en la que se ha olvidado de quién soy.
En estos días tengo la sensación de que podría adentrarme en las llamas del infierno y salir tan campante.
Al cabo de una media hora, llegamos frente a un bloque de pisos. Stanley abre una puerta con la cerradura reventada y sube por una escalera mal iluminada por una bombilla parpadeante. Se oyen ladridos en la calle, detrás de nosotros. Unas ratas corretean por el suelo.
Cuando llega ante una puerta, dos rellanos más arriba, se detiene y se gira hacia mí.
—Deja de seguirme.
Le dedico la mejor sonrisa de la que soy capaz.
—No. ¿Puedo pasar?
—¿Qué quieres? —grita, asestando un manotazo al marco—. ¿Cómo es que sabes mi nombre? ¿Cómo es que...? ¿Sabes qué? Olvídalo. Me da igual. Solo déjame en paz.
Me encojo de hombros.
—No puedo, Stan. Estoy aquí por una razón. Pareces hambriento. Da la impresión de que llevas días sin probar bocado. Si me dejas entrar, te cocinaré algo.
—No tengo comida —gruñe—. Ni dinero.
—Yo tampoco —contesto, pero pienso en lo que has dicho sobre sumergir el dedo en el río, sobre cómo el pasado fluirá en torno a mí si se lo permito, y pienso en mi experiencia con los bocadillos. Una gran sonrisa se despliega en mi cara—. Pero creo que tal vez sea una ratera de primera.
Una hora después, he pasado por la carnicería y la verdulería. He robado todo un festín: hay un pollo en el horno, salsa calentándose en el quemador y todas las verduras con las que he podido cargar sin hacer el ridículo.
La cocina está asquerosa. Me sorprende que haya corriente eléctrica. Salta a la vista que el edificio está abandonado y Stanley vive aquí como okupa. Debe de haberlo descubierto hace poco, y la compañía aún no ha tenido tiempo para cortar el suministro.
Él me deja cocinar sin prestarme atención.
Se esconde en lo que queda de una sala de estar y finge que lee un libro.
Me doy cuenta de que está fingiendo porque sé exactamente qué postura adopta cuando lee de verdad, con una mano en la mejilla y las piernas recogidas.
Su posición de ahora no tiene nada que ver.
Cuando termino, los dos comemos en silencio. He hecho lo posible por limpiar la mugre de los platos que he encontrado, pero sin detergente no resulta fácil. ¿Puedo pillar una salmonelosis en el pasado?
Aunque pone mala cara mientras engulle la comida, como si no le gustara, sé que es puro teatro. Por lo general no me gusta presumir, pero las cosas como son: cocino de puta madre.
Cuando acaba, se echa hacia atrás y me mira. Me escruta el rostro con todo detenimiento. Yo dejo que me estudie a fondo, que le eche un buen vistazo a esta anciana tan rara que ha salido de la nada y ahora lo sigue como un cachorro perdido.
—Dime por qué estás aquí —dice al final.
—Estoy aquí para ayudarte, para ayudarte a salir del arroyo. Estoy aquí para encarrilarte por la buena senda.
Él da un respingo casi imperceptible.
—No hay ninguna senda.
—Tienes un futuro por delante, Stanley. Debes prepararte para él.
—Y una mierda —gruñe—. No hay nada para mí.
—Eso no es verdad, y creo que lo sabes.
Se levanta con brusquedad, tirando su plato a un lado.
—¿Qué coño sabrás tú?
Respiro hondo, intentando mantener la calma.
—Este no eres tú, Stan. Tú eres mejor.
—¿Mejor? —grita—. ¡¿Mejor?! Todas las personas que he querido están muertas. Todo lo que he construido se ha derrumbado. Todo lo que toco, todo lo que he tocado alguna vez lo he estropeado. Vete a la mierda.
Se va echando humo a la otra habitación. Yo recojo los platos.
Esta convivencia se prolonga durante tres días.
Yo cocino para él, limpio el piso e incluso robo ropa nueva para él.
Él me acepta en su vida de mala gana, aunque no lo reconoce abiertamente.
Trato de no presionarlo demasiado. Sea lo que sea lo que le ha pasado, tardará en aflorar a la superficie.
Me pregunto cuánto tiempo me queda en este recuerdo, de cuánto tiempo dispongo, pero según tú no había manera de saberlo con certeza.
Solo dijiste que me avisarías antes de que fuera demasiado lejos, y aún no he tenido noticias tuyas.