Disolución 15 #2
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15 #2

Mira a tu alrededor. Creo que los dos sabemos que ya es demasiado tarde para eso. Hemos traspasado el horizonte de sucesos. Ya no hay manera de cerrar la caja, ni de devolverla al lugar de donde vino.

¿Y encima esperas que te ayude? Todo es culpa tuya.

He cometido bastantes errores, lo reconozco, pero de nada sirve ponerse a repartir culpas a estas alturas. Da igual quién hizo qué. Lo único que importa es que, si no le paramos los pies, lo engullirá todo. Solo Stanley tiene la clave. Es el único que puede poner fin a esto.

Eso mismo me dices en el Instituto, y no sé si me lo acabo de creer.

—Stanley encontró el modo de detener a Omega por completo y para siempre, y lo ocultó en algún rincón de su memoria —dices—. Por eso le están arrebatando sus recuerdos. Hay personas que no quieren que su solución salga a la luz.

—Ya lo sé —digo—. Sunrise. Eso lo tengo presente. Pero ¿por qué no quieren? Y si Stanley descubrió una manera de acabar con este horror, ¿por qué la escondió? No tiene ningún sentido. Si es posible vencer a esa cosa, ¿por qué no lo hizo?

Durante una fracción de segundo, juraría que bajas fugazmente los ojos hacia el tablero de ajedrez.

—No lo sé —dices—. Eso es algo que debemos averiguar.

Tal vez no tenía tiempo. Tal vez la ocultó en algún sitio para que la propia Omega no eliminara el momento del pasado en que la descubrió.

Tal vez sabía que Sunrise intentaba llegar hasta él y esa era la única forma de impedírselo.

Ignoro sus intenciones. Lo único que sé es que Sunrise se vale de métodos tan arteros como expeditivos, y que Stanley habría recurrido a cualquier medio necesario para protegerse de quienes están detrás.

Me vuelvo hacia mi derecha y contemplo a mi marido, que sigue perdido en su pequeño mundo. Hasta la última palabra que ha salido de tu boca es mentira. No me cabe la menor duda de ello. Necesito toda mi fuerza de voluntad para no saltar por encima de la mesa y arrancarte los ojos con las uñas.

En vez de ello, te dedico una sonrisa cordial y comprensiva que viene a decir: «Te creo. Te compro la moto de mierda que me estás vendiendo». Acto seguido tomo otro sorbo de café.

—Cuando vi a Stanley durante la última inmersión, antes de que Omega se presentara en nuestra boda, me dio dos fechas y me pidió que acudiera a las dos porque me necesitaría ahí. Me imagino que serían un buen punto de partida.

—Estoy de acuerdo.

—Pero ¿cómo puedo estar segura de que Omega no me encontrará cuando vuelva a sumergirme? ¿Cómo puedo evitar que un acto mío ocasione accidentalmente que se borre otra parte del pasado de Stanley?

—He recalibrado la máquina —respondes—. No contaba con que interactuarías tan a fondo con el pasado.

He estado en contacto con los responsables de mantener a Omega en estado latente.

Hemos incrementado las medidas de seguridad.

Ahora es posible utilizar sin peligro la pala de memoria durante períodos breves e incluso interactuar en caso necesario.

Si nos acercamos a un punto en que eso ya no es así, te sacaré antes de que ocurra nada más.

Te doy mi palabra. —Supongo que mi expresión refleja lo que tu palabra vale para mí, porque enseguida añades—: Me interesa tanto como a ti que no pierda más partes de su pasado. Mis respuestas están ahí.

No me convence del todo, pero me tranquiliza comprobar que, por el momento, los dos queremos lo mismo.

—El conejo se llamaba Spud —murmura Stanley, curvando los labios en una sonrisa. Lo tomo de la mano.

—Vamos allá, entonces —digo.

Al cabo de poco rato, Stanley vuelve a estar sujeto con correas al sillón, y yo me meto en la bañera. Pienso en lo familiar que empieza a resultarme esto, y la idea me desconcierta. Nadie debería familiarizarse con este tipo de cosas.

—¿Cuál era la primera fecha? —preguntas.

—El 9 de noviembre de 1961.

Introduces unas líneas de código en tu pantalla.

—¿Te suena de algo?

Niego con un gesto.

—No. Solo sé que es una de las fechas que me dio.

—Pues entonces costará más triangularla. Con el recuerdo de la playa, al menos sabías dónde estaba él y qué hacía. Podías concentrarte en eso. Esto nos resultará mucho más complicado.

—Puedo conseguirlo —contesto, y sé que es verdad. Me he ido acostumbrando a la sensación de moverme por sus recuerdos. Es un proceso que se vuelve cada vez más intuitivo con cada nueva inmersión, como cuando uno reaprende a conducir tras estar más de veinte años sin sentarse al volante.

Asientes y, cuando pulsas un botón en la pantalla, bajo el casco hasta que me cubre la cabeza y desaparezco en el pasado.

Entre el momento en que me disuelvo en la nada y el momento del despertar, me sumo en una especie de limbo extraño, como si la máquina le preguntara a mi subconsciente adónde quiere ir, dónde quiere estar.

«En 1961», pienso. Fue hace mucho tiempo. Unos años antes de que nos conociéramos.

A base de fuerza de voluntad, intento transportarme ahí, a la fecha exacta que me proporcionó Stanley, con la esperanza de que la pala en colaboración con mi cerebro calcule la ruta de navegación.

El mundo despierta a mi alrededor. Unas lápidas afloran a mi conciencia: primero una, luego cinco, luego tantas que pierdo la cuenta. Una capilla se eleva imponente ante mí, y una fresca brisa veraniega me acaricia el rostro.

Estoy en un cementerio desierto.

No, no está desierto del todo. Cuando me doy la vuelta, veo a un hombre parado a unos diez pasos de distancia.

Está de espaldas a mí, contemplando las nubes en silencio.

Es Stanley; no me cabe la menor duda, y está molesto por algo.

Lo noto en su postura, en la forma de su espalda.

Me bastaría con echar un vistazo a la curvatura de sus hombros para trazar un mapa entero de sus pensamientos.

Mientras camino hacia él, se me acelera el pulso al pensar en lo intenso que fue nuestro último encuentro. Necesito permanecer centrada en lo fundamental, en Omega, en la solución.

Cuando le poso la mano en el hombro, se gira con brusquedad.

—Stanley —digo.

Me mira con los ojos muy abiertos, como si fuera un fantasma.

—¿S-sí? ¿Quién es usted?

—¿Cómo podemos frenarla? —le pregunto—. Tienes que saberlo. ¿Cómo se para?

—Yo... —Se retuerce bajo mi mano, y me doy cuenta de que esto no está bien. Es joven; demasiado joven—. No sé de qué me habla.

He viajado a la fecha equivocada. Stanley debería tener veintitantos años, pero no aparenta más de dieciocho.

—¿En qué año estamos?

—Pues... en 1955 —dice.

—Es demasiado pronto. Mierda. —Me dispongo a añadir algo, una advertencia, pero su expresión de desconcierto me supera. No debería estar aquí. Tengo que marcharme—. Lo... lo siento.

Me aparto de él lo más rápidamente posible. Quiero esconderme detrás de la capilla antes de salir de ese recuerdo. No sé qué pensaría si me viera desaparecer de repente, pero dudo mucho que lo olvidara jamás. Intento ser un dedo en un río, no un tronco.

Por fortuna, se queda inmóvil, estupefacto. Doblo la esquina del edificio y, con un pensamiento, me transporto de nuevo al vacío para volver a intentarlo.

Esta vez me concentro más, y no me cuesta mucho ahora que tengo algo de contexto.

Imagino una línea que conecta el momento en el que acabo de estar, en 1955, con el presente.

Esto me permite visualizar la distancia que debo recorrer.

Aunque empleo estas palabras —«línea», «visualizar», «distancia»—, en realidad no tienen nada que ver con la experiencia que intento describir.

El lenguaje no me sirve para expresar lo que siento.

¿Te ha pasado alguna vez que estás soñando y de pronto sabes algo, como que tienes que estar en algún lugar o ir a algún sitio?

Bueno, pues esa es la sensación que tengo.

El conocimiento aparece en mi mente como una certeza inconsecuente, plenamente formado y listo para ser utilizado.

Esta vez, cuando el mundo se reconstituye, me resulta más sencillo. El proceso se vuelve más fluido con cada inmersión.

Estoy en Londres, en un callejón que da a una vía principal.

Lo sé de forma intuitiva. Se percibe el rumor de los coches y los autobuses, salpicado por algún que otro bocinazo o acelerón que suenan tras la esquina, aunque muchos menos en esta década de los que se oyen en mi época actual.

Este sitio es menos ruidoso. Está sucio; el asfalto está un poco mojado a causa de una cañería rota, y hay una gran cantidad de bolsas de basura desperdigadas por el suelo.

Me imagino que estamos frente a la parte de atrás de un restaurante o de algún café.

Aunque es pleno día, los edificios que se alzan a los lados bloquean buena parte de la luz. Salvo por los pocos rayos que se reflejan en las ventanas, el callejón está bastante oscuro. Y también solitario. Giro en redondo en un par de ocasiones, intentando averiguar qué ocurre aquí.

Me sobresalto al oír un ruido y retrocedo unos pasos. Se me tensa todo el cuerpo, preparándose instintivamente para huir.

Oigo el ruido de nuevo, y esta vez advierto que procede de entre los contenedores.

Una de las bolsas sale rodando hacia un lado, y un hombre se pone de pie.

Está hecho un asco; lleva varias capas de ropa combinada de cualquier manera, y una barba desaliñada le cubre el rostro.

Se bambolea un poco al andar, como un borracho, y lleva en la mano unas sobras que ha encontrado por ahí.

Me aparto de él, temiendo que sea peligroso, hasta que le toca la luz. Entonces suelto un grito ahogado.

Es Stanley.

Sin pensarlo, me abalanzo hacia él, pero su mal olor me pilla por sorpresa y me hace recular involuntariamente.

Alza la vista hacia mí con el ceño fruncido, como intentando dilucidar si estoy ahí de verdad, antes de tambalearse de lado hacia la pared. Resbala con la espalda contra ella, como si le fallaran las piernas, y acaba desplomado en el suelo.