Disolución 15
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Estoy sentada en el despacho principal de tu oficina, en el sofá situado justo al lado del tablero de ajedrez.

Stanley está a mi derecha, en su silla, mirando el tablero como si quisiera echar una partida, y me río para mis adentros solo de pensarlo.

Me lo imagino olvidando con qué piezas está jugando después de tan solo dos movimientos, distraído por el recuerdo de una excursión a caballo a la que lo llevaron cuando era niño.

—¿Te acuerdas de ese parque de columpios que estaba junto al canal? —me pregunta.

Asiento, sonriendo. No tengo idea de qué me está hablando. Vuelve a estar perdido en una de sus reminiscencias de antaño, de antes de que nos conociéramos. Algún episodio de su infancia.

¿Dónde estoy yo?

Te has ido de nuevo al cuarto de al lado, ese en el que no he entrado. Estoy muy tentada de levantarme y seguirte —entreabrir la puerta para averiguar qué está pasando ahí dentro—, pero reapareces al cabo de un momento. Has preparado café.

Se me escapa una carcajada. No puedo evitarlo.

De todas las cosas macabras e inverosímiles que me había imaginado que tenías detrás de esa puerta, ninguna era una cafetera.

Por alguna razón, me sorprende un poco que tomes café.

De hecho, me sorprende un poco el mero hecho de que seas capaz de comer o beber.

—Me gustaría que habláramos más largo y tendido sobre tu última inmersión —dices en un tono demasiado obsequioso, como si realmente pudiera elegir—. Eso nos ayudará a planear nuestro próximo paso.

—Muy bien.

Te sientas frente a mí, al otro lado del tablero. Las piezas se han movido desde la última vez que estuve aquí. Has estado jugando con alguien, tal vez contigo mismo.

—Mamá me empujaba en los columpios durante horas —dice Stanley con la mirada perdida—. Yo no quería irme nunca.

Cuando me alargas una taza de café, te sonrío.

En realidad, me divierte esta pequeña farsa, fingir que somos compinches que trabajan por un mismo objetivo.

Sé que tú no te lo crees, pero me pregunto si piensas que yo sí.

Me pregunto si piensas que yo pienso que tú te lo crees.

Podría aclarar estas dudas hablando contigo, por supuesto, pero entonces, ¿dónde quedaría la diversión?

—Antes de seguir adelante —digo—, necesito entender cómo funciona esa máquina tuya.

Te retrepas en tu asiento, tomando un sorbo de café.

—El tiempo no es lo que tú crees. La realidad existe porque es observada. El pasado existe como un conjunto de observaciones o recuerdos colectivos que se unen para formar algo real, algo tangible. La pala de memoria te permite penetrar en esa creación tangible e interactuar directamente con ella.

—Y luego estaba aquella barca junto a los huertos —tercia Stanley, siguiendo su hilo de pensamiento particular—. Me encantaban esos asientos pequeñitos.

—Sí, cariño —digo, dándole unas palmaditas en la mano antes de dirigirme de nuevo a ti—. ¿O sea que la máquina te permite cambiar el pasado?

—El primer modelo que desarrollamos, no.

La cuestión es que la memoria es falible; no constituye una reconstrucción perfecta del pasado.

Cuando el recuerdo del pasado de una persona diverge de la objetividad colectiva, los cambios introducidos no se mantienen.

Al parecer, el universo posee la capacidad de autocorregirse.

—Dejas tu taza sobre la mesa—. La versión de la pala que utilizamos hoy hace dos cosas: te permite interactuar con el recuerdo del pasado, y a la vez estimula áreas de tu cerebro con el fin de desbloquear la memoria objetiva.

Al mismo tiempo que te envía hacia atrás, se asegura de que el recuerdo sea preciso al cien por cien.

El nuevo modelo garantiza que todos los cambios sean permanentes y sus efectos no se desvanezcan.

—¿Todos los cambios?

—Bueno, dentro de lo razonable —dices, encogiéndote de hombros—.

Si te mantienes al margen de los acontecimientos y te limitas a observar, como te he indicado, el pasado no se altera.

Imagínate que es como un río. Meter un dedo en el agua no basta para modificar la corriente, que simplemente fluye en torno a él y sigue su curso.

En cambio, si tiras al cauce una roca grande o un tronco, se forma una presa, y el río se desvía.

La observación pasiva es como sumergir un dedo.

Hablar con alguien, interactuar con él, es como construir una presa.

Hago un gesto afirmativo mientras proceso esta información.

Pero ahora mismo, mientras hablo contigo, me viene una duda. La pastilla que me has dado y que hace que reviva esos momentos... Has dicho que está basada en la misma tecnología.

El concepto es el mismo, sí, pero la pastilla por sí sola no es suficiente. Aunque agudiza la memoria, no actúa como la pala. No te envía hacia atrás. Sin esa tecnología, tus recuerdos son solo eso: recuerdos.

¿Por qué?

Se nos acabaría el tiempo antes de que empezaras a comprender la ciencia que hay detrás.

Vale, de acuerdo. Lo acepto.

Volvamos a tu recuerdo. ¿Qué estás pensando?

Estoy pensando en que estuve en el recuerdo de Stanley, antes de que la boda se borrara, e interactué conmigo misma.

Si lo que dices es cierto, eso debería haber obrado un cambio.

Debería acordarme de ello, pero no es así.

Lo recuerdo todo hasta el momento en que llegué al final del pasillo, y después solo hay un espacio en blanco, pero no recuerdo que me abordara una vieja.

Decido no decírtelo. Es otro dato que me guardo para mí, con la esperanza de que me sea de utilidad más adelante.

Respiro hondo.

—Háblame de Omega.

Stanley arruga el entrecejo.

—Huy, no. No, es mejor no pensar en eso.

—No pasa nada, Stan —digo—. Es importante.

Suelta un resoplido, pero luego se encoge de hombros y se reclina en su silla. Al cabo de un momento, una sonrisita se le dibuja en los labios, lo que me indica que ha vuelto a perderse en uno de sus recuerdos.

Te echas hacia delante en tu asiento.

—Es el precio que tenemos que pagar por el poder que poseemos.

Cada vez que accedemos a la memoria objetiva perfecta, debilitamos las murallas y le abrimos a Omega las puertas de nuestro pasado.

Una vez que establece un vínculo físico, puede desplazarse en su presente de una persona a otra, borrándolo todo a su paso.

Y no, no sé cuál es su objetivo. A lo mejor no lo tiene.

Quizá sea solo una fuerza de la naturaleza.

Puede que esté más allá de nuestra comprensión.

Le lanzo una mirada furtiva a Stanley.

—Pero si está devorando el pasado de Stanley, debe de haber algo que podamos...

—Hasta hace poco, habíamos conseguido mantenerla a raya. De hecho, llevaba años sin manifestarse, y esta no es ni mucho menos la primera vez que experimentamos con la pala. Hay métodos (demasiado complicados para que te los explique ahora) que nos han mantenido a salvo de ella.

La mente se me va a los ascensores, al último de la hilera, separado de los demás y marcado con una Ω.

—¿La habéis confinado de alguna manera?

—Qué va —dices, encendiendo un cigarrillo—. Esa clase de fuerzas no se puede confinar. Más bien, la hemos inducido a permanecer latente, saciada. A falta de un término mejor, podríamos decir que duerme. Eso nos permite utilizar la pala de vez en cuando sin repercusiones.

—Después de lo que ha pasado con mi boda, yo diría que alguna repercusión sí que ha habido.

Asientes con gravedad, tirando las cenizas del cigarrillo en tu taza vacía.

—En efecto. Fue un incidente desafortunado. Es curioso que Stanley consiguiera proteger vuestro encuentro en el pasado, pero no la boda misma. Lo sucedido lo pilló por sorpresa. No estaba preparado para eso. ¿Tuviste alguna otra interacción con el recuerdo? ¿Intentaste cambiar algo?

Niego con la cabeza sin decir nada y con la mirada gacha, sobre todo por el sentimiento de culpa, pues de pronto caigo en la cuenta de que mi intento de encararme conmigo misma en el pasillo fue seguramente lo que atrajo a Omega. Fue culpa mía. Yo borré nuestra boda.

Me diriges una mirada solemne.

—En circunstancias normales, no tendría importancia.

Llevábamos años usando la pala de memoria sin que Omega saliera de su letargo.

Pero, por el motivo que sea, está cada vez más...

inquieta. Está forcejeando contra las ataduras que le hemos puesto, y me temo que no podremos contenerla durante mucho tiempo.

En cuanto se libere, lo consumirá todo, todos nuestros recuerdos, todo el pasado.

Tal vez no se detenga hasta que no quede nada por devorar.

Trago en seco, intentando asimilar el significado de sus palabras, lo que implican.

Entonces me vienen de nuevo a la cabeza los ascensores, las estrambóticas advertencias sobre los déjà vu y las líneas temporales, y de pronto lo entiendo todo.

El sentimiento de culpa se aviva en mi interior, y se me encienden las mejillas a medida que se transforma en una rabia casi incontrolable.

Tomo conciencia de por qué estamos aquí, de lo que has hecho. Has ido demasiado lejos.

¿A qué te refieres?

No podías reprimirte, ¿verdad? Stanley quería enterrar el proyecto justo por esa razón, pero la idea de jugar con el tiempo y el pasado resultaba demasiado seductora como para renunciar a ella, y esa cosa se dio cuenta.

Empezó a extender de nuevo sus tentáculos y salió a cazar, primero a Stanley, luego a Toby y supongo que después a ti.

Por eso acudiste a mí. También estás olvidando cosas, ¿no?

Cuando vuelves atrás, pierdes trozos de tu pasado.

Después de lo que fuera que hizo Stanley, del experimento que llevó a cabo en el pasado, alguien consiguió cerrar de nuevo la caja de Pandora.

Pero ni tú ni tus congéneres en este lugar pudisteis dejar de tentar a la suerte.

Siempre es muy fácil juzgar a posteriori , Maggie.

¿Por qué no lo dejas estar? ¿Por qué no pasas página de una vez?