14. Stanley 1960 #4
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Jacques.
Stanley no contestó. La habitación le parecía fría y un poco vacía.
Jacques se le acercó y lo aferró por los hombros.
—Stan..., no podemos dejarlo aquí, sin más.
—Él no caerá en el olvido como los demás —dijo Stanley en voz baja—.
Su nombre está grabado en este edificio.
La policía querrá saber qué ha pasado. Registrarán el lugar.
Encontrarán tus huellas por todo su cuerpo.
Nuestros nombres figuran en todos los registros.
Deducirán lo ocurrido, por lo menos hasta cierto punto.
—Podríamos... podríamos decirles que hoy estaba aquí solo, trabajando —propuso Jacques—, y que sufrió un accidente.
—Jacques, en cuanto encuentren el cuerpo sabrán que hay alguien más implicado. Tiene una puñalada en el cuello.
Los ojos de Jacques se volvieron hacia el otro lado del laboratorio.
—A menos que incineremos la prueba.
Una furia repentina se adueñó de Stanley. Subió la mano de golpe, agarró a Jacques por el pescuezo y lo empujó contra la pared.
—No me jodas. ¡¿De verdad pretendes que cortemos en pedazos a nuestro mejor amigo?!
—No —dijo Jacques, temblando—. No. Es solo que... ¿Qué debo hacer?
Respirando hondo, Stanley lo soltó y se apartó. El cuerpo que yacía en el suelo ya ni siquiera parecía Raph; solo un cadáver más, otro error cometido por él, otro fracaso.
Una parte de él pensó en la posibilidad de entregarse.
Tal vez si los encerraban a los dos, dejarían de ser un peligro para los demás.
Sin embargo, al ver el semblante afligido de Jacques, comprendió que no era capaz.
Pese a lo mucho que había cambiado, era el último que seguía con vida; su último vínculo con aquella acogedora aula donde el sol se reflejaba en los tableros de ajedrez, su último nexo con los únicos años de su vida en que había tenido un hogar de verdad.
Permanecieron largo rato sentados en silencio, sin nada que decir. La conciencia de Stanley salió flotando de su cuerpo y observó la escena desde fuera mientras notaba que la conmoción cedía el paso a la inquietud, luego a la aflicción y finalmente a la nada, la nada más absoluta.
—Le diré a la policía que hoy solo estabais aquí Raph y tú, nadie más —aseveró Stanley al fin—.
Necesitarán un sospechoso, y ese vas a ser tú.
Le indicaré a Toby que declare lo mismo, de modo que él sea mi coartada y yo la suya.
Quemaré todo indicio de lo contrario. Es plena noche; no hay nadie más aquí.
Luego prenderé fuego a este sitio. La única manera de que salgas bien librado de esta es hacerles creer que también moriste en el incendio.
Sin un cuerpo, no será una hipótesis concluyente, pero los despistará durante el tiempo suficiente para que tú...
—Espera —lo cortó Jacques, paseando la vista por su laboratorio—. ¿Y si tuviera una muestra de tejido humano, mío, con mi ADN?
—¿A qué te refieres con «tejido humano»?
—¿Un pie, por ejemplo? ¿O algo más grande, como un brazo entero? ¿Bastaría eso para convencer al equipo forense de que fallecí aquí?
Stanley clavó la mirada en él, parpadeando.
—¿Por qué tienes un...? —Se interrumpió, llevándose la mano a la frente—. ¿Sabes qué? Me da igual. Claro. Tú mismo. Déjalo por aquí. Al lado de tu ropa.
—Vale —asintió Jacques—. De puta madre. ¿Y luego qué?
—Se acabó, Jacques.
El otro negó con un gesto.
—No puede ser. No puede haberse acabado. Tiene que haber...
—Jacques, no hay solución. ¿Qué quieres hacer? Si te quedas aquí, la policía no te dejará en paz durante el resto de tu vida. Tienes que huir. Y yo también.
—¿Huir?
—O por lo menos escondernos —dijo Stanley—. Es lo que pienso hacer yo. Usa lo que te quede del dinero de Raph para salir del país. Seguramente deberías cambiarte el nombre. Empieza una nueva vida, lejos de todo esto. Es la única salida.
Jacques se miró las manos, aún empapadas en sangre.
—No puedo abandonar así como así. No soy un fracasado, Stan. De verdad que no. Puedo hacer más cosas. Puedo ser algo más.
Stanley suspiró.
«Todos somos unos fracasados —pensó—. Nunca hemos sido otra cosa. Eso fue lo que nos atrajo de Waldman, para empezar.» Sin embargo, no dijo una palabra. Simplemente fijó la vista en el suelo.
Jacques contempló por última vez la habitación; los destrozos, los cristales rotos, las mesas patas arriba, el cuerpo en el suelo...
—Lo... lo siento, Stan. No podíamos prever que las cosas acabarían así.
Stanley recogió el traje ensangrentado y lo llevó al incinerador.
—Nunca se puede prever.
Una hora después, Jacques se había marchado. Stanley había encontrado un bidón de hidrocarburos altamente inflamables que había vertido por todo el edificio: en cada habitación, cada superficie, cada puñetera hoja de papel.
Aquella era su vida, la culminación de todo lo que había hecho desde que había conocido a Waldman hasta ese momento.
Encendió una cerilla y la tiró. Se oyó un rugido cuando el combustible prendió y el fuego se propagó por el suelo. Cerró la puerta tras de sí mientras las llamas lamían las paredes.
Era una noche fría. Arrebujándose en su chaqueta, decidió que iría a casa andando.