14. Stanley 1960 #3
—Oh, eso es genial —contestó Raph, en un tono que destilaba rabia—. Perfecto. Menos mal que decidiste no asustarnos, Stan. ¡Nos has engañado a los dos! Pero me alegro de que supieras lo que estabas haciendo, que no hubiera por qué preocuparse.
—No, no, Raph, lo estás enfocando de manera equivocada —terció Jacques, emocionado—. Eso confirma por completo nuestra conjetura de que se trata de un fenómeno más universal que Waldman observó también. No podemos darnos por vencidos ahora. Es nuestro primer gran avance.
—¿Llamas a esto un «gran avance»? —bramó Raph, en un estallido de ira—. ¡Han muerto tres personas!
Jacques se le acercó lentamente.
—Tres personas. Tres. En comparación con la magnitud de nuestros descubrimientos, eso no es nada. Un error de redondeo.
—¡¿Qué?!
—¿No lo entiendes? —gritó Stanley, agarrando a Jacques del hombro para girarlo hacia sí—.
¿Y si hemos dado en el quid? ¿Y si esta es la razón por la que olvidamos?
No se trata de un error o de una derivación evolutiva, sino de una mera cuestión de supervivencia.
Sea lo que sea esta enfermedad, este fenómeno, esta...
cosa, cuanto más forcemos los límites, más nos arriesgaremos a liberarla de nuevo.
Esas personas han quedado borradas del pasado, Jacques.
Eliminadas. Esta fuerza nos supera. Hemos descubierto algo que debería haber permanecido oculto.
Ahora solo podemos hacer una cosa: huir de ella, olvidarla, dejarla atrás.
—Eso sería una cobardía —dijo Jacques con desprecio, irguiéndose ante él—.
Si quieres cambiar el mundo, no puedes tomar decisiones basadas en el miedo.
Cuando Oppenheimer presenció la primera explosión de una bomba atómica, reconoció su poder, su inmensidad.
«Me he convertido en la muerte, en el destructor de mundos», dijo.
Sí: era consciente del daño, el caos y la devastación que podía causar, pero aun así siguió adelante. ¿Y sabéis por qué?
Stanley no respondió. Raph retrocedió un paso, recorriendo por primera vez con la vista el laboratorio interior de Jacques.
—Porque, por mucho que nos esforcemos, no podemos cerrar la caja de Pandora.
Sea lo que sea esto con lo que hemos topado aquí, alguien más lo descubrirá tarde o temprano.
De eso no cabe la menor duda. Si intentáramos ocultarlo, lo único que haríamos sería pasarles la pelota a otros, desentendernos de nuestra responsabilidad en ello.
Esa no sería la actitud de unos pioneros, sino de unos cobardes.
Stanley lo miraba, atónito.
—Todavía nos queda mucho trabajo por hacer aquí. —La voz de Jacques se tornó más suave, más insistente—. Debemos proceder con cautela, pero no podemos abandonar, por nada del mundo.
Raph se paseaba por la habitación sin escucharlo. Examinaba los extraños especímenes, los tanques burbujeantes, los órganos flotantes, los retazos extendidos de algo que parecía piel, todos los detalles macabros de aquella escena.
—Jacques —dijo en voz baja—, ¿qué has estado haciendo aquí?
—Ha estado gastando tu dinero en otros proyectos —dijo Stanley, señalando la habitación con un gesto amplio del brazo—. Experimentando con vete tú a saber qué delante de nuestras narices, desviando fondos para comprar equipo nuevo mientras nosotros estábamos embebidos en nuestro «gran avance».
Raph levantó un frasco que contenía un líquido en el que flotaba un corazón.
—¿Qué experimentos? ¿De quién era esto?
Jacques movió la cabeza de un lado a otro en un gesto desdeñoso.
—He estado haciendo lo que deberíais haber estado haciendo vosotros desde el principio. Disponéis de unos recursos casi ilimitados. Hemos realizado algunos de los progresos más significativos en investigación de los últimos cincuenta años, ¿y vosotros os conformáis con un solo proyecto?
Raph dejó el frasco para coger otro que estudió con detenimiento. Había algo raro en él; estaba demasiado tranquilo, como la marea que baja antes de un tsunami, como la brisa que sopla antes de un huracán.
—Y has estado utilizando mi laboratorio, mis fondos —murmuró, como para sí. Ya no miraba a Jacques, ni tampoco a Stanley—. ¿Cuál ha sido el precio de todo esto?
—Como si mis gastos te importaran —se mofó Jacques—. Estabas tan absorto en tu mundo que ni siquiera te dabas cuenta.
Raph habría podido degollarlo con la mirada.
—No estoy hablando de dinero, imbécil.
—No seas tan corto de miras, Raph. Estoy a punto de conseguir grandes cosas.
—Una sonrisa voraz se desplegó en el rostro de Jacques al tiempo que su voz se llenaba de orgullo—.
¿Sabes lo que he logrado? La regeneración espontánea de células humanas.
El trasplante de tejido artificial. Esto abre la puerta a la posibilidad de curar el envejecimiento, tal vez incluso de revertir la muerte.
¡Y ahora, imaginaos las aplicaciones que podría tener también la pala de memoria!
¡No solo nos conferiría poder sobre la mortalidad, sino sobre el tiempo en sí!
—Eres un monstruo. Se acabó. Ya puedes despedirte de todo esto.
—No lo dirás en serio, Raph. Venga ya, justo ahora que estamos tan cerca de un hallazgo tan trascendental... ¡Tu falta de visión es patética!
Raph estrelló contra el suelo un tarro, que se hizo añicos. Los cristales salieron despedidos en todas direcciones en medio de un charco amarillo.
—¡¿Patético?! —gritó. En un acto reflejo, Stanley dio un paso hacia atrás hasta apretar los omóplatos contra la pared—.
Ahora verás lo patético que soy. Tus investigaciones me pertenecen.
El laboratorio es mío. ¡Como propietario de todo esto, te digo que se acabó!
¡Lo enterraremos todo, echaremos el cierre a este lugar y no volveremos a hablar de él en nuestra puta vida!
—Eres un pobre desgraciado —siseó entonces Jacques, aproximándose a él—. Siempre lo has sido. ¿Crees que tienes autoridad sobre mí? ¿Qué piensas hacer? ¿Llevar este asunto a los tribunales? Acabarías entre rejas antes de que puedas implorar ayuda a tus papás. Ah, no, espera, que están muertos.
Con un bramido de rabia, Raph se abalanzó por el aire hacia Jacques y lo estampó contra la pared. Chocaron con otro conjunto de frascos, que saltaron en pedazos. Jacques profirió un aullido de dolor cuando los cristales se le clavaron en la espalda.
—¡Basta! —gritó Stanley.
Jacques hizo retroceder a Raph de un empujón, lo acometió con un potente gancho de derecha, y su puño impactó con fuerza contra la nariz.
—¡Ah! —Raph se tambaleó hacia atrás, llevándose las manos a la cara—. ¡Hijo de puta!
Stanley avanzó para agarrar a Jacques, pero este se le escapó y se arrojó hacia Raph, tomando impulso con el brazo para propinarle otro puñetazo.
No obstante, Raph lo esquivó y, al enderezarse con un movimiento impetuoso, golpeó el pecho de Jacques con el hombro, de manera que los dos acabaron despatarrados en el suelo tras volcar una mesa cubierta de instrumentos quirúrgicos.
—¡Basta! —bramó de nuevo Stanley, asiendo a Jacques para separarlo de Raph e inmovilizarlo contra la pared.
—Nunca has sido más que un lastre para mí —vociferó por encima del hombro de Stanley—. Eres un lastre para todo el mundo.
Con un rugido, Raph se puso de pie. Jacques se zafó del agarre de Stanley y lo apartó de un empujón. Mientras trastabillaba hacia atrás, Stanley vislumbró el bisturí largo que Raph había recogido del suelo, pero era demasiado tarde.
Este se aproximó de nuevo a Jacques, blandiendo el arma y gritando.
—¡Te odio! ¡Te odio!
Jacques arremetió contra él. Forcejeando por el bisturí, cayeron de nuevo y rodaron por el suelo.
—¡Basta! —gritó una vez más Stanley, incapaz de ver adónde había ido a parar el instrumento quirúrgico.
Jacques alzó las manos para protegerse y lanzó varias patadas a las piernas de Raph hasta que este resbaló y se precipitó hacia delante.
Mientras caía sobre Jacques, su cuerpo sufrió una sacudida. Un gorgoteo escapó de sus labios.
—No —dijo Jacques con los ojos desorbitados—. Raph, no.
Raph aterrizó encima de él, rodó hacia un lado y acabó en el suelo, con el bisturí clavado hasta la mitad en la tráquea.
—Stan, ayúdame —dijo Jacques, colocando a Raph boca arriba—. Que me ayudes, joder.
Stanley gateó hacia él mientras un surtidor de sangre brotaba del cuello de Raph como si fuera una fuente. Jacques intentó taparlo con las manos, pero un chorro fue a parar a su boca abierta. Cayó hacia atrás, escupiendo y tosiendo, al tiempo que la sangre de Raph se derramaba de sus labios.
Stanley puso la palma sobre la herida, sin saber si convenía extraer el bisturí o no. Notó en la piel el calor de la sangre que seguía manando alrededor de su mano. Raph abrió mucho los ojos mientras su garganta emitía un fuerte borboteo, que cesó de golpe.
Todo se detuvo.
Stanley abrió la boca, contemplando la escena con impotencia.
Al mirar el rostro de su amigo y sus ojos vidriosos, lo invadió la sensación apabullante de que todo en su vida estaba abocado al mismo final.
No había vuelta de hoja. Eso era lo que les sucedía a las personas que colaboraban con él.
Hiciera lo que hiciera, por más que se esforzara por evitarlo, siempre acababa en la misma situación: contemplando un cadáver, primero el de Waldman, ahora el de Raph.
Jacques se arrastró hacia atrás para alejarse del cuerpo.
—No era mi intención —susurró—. Yo... no pensaba que él... Ay, mierda.
Se puso de pie y comenzó a moverse por la habitación de forma frenética.
—Debe de haber algo que pueda hacer. Esto tiene arreglo. Hay una manera de darle la vuelta a la situación, de controlarla; solo tengo que...
—Ha muerto, Jacques —dijo Stanley con solemnidad.
—Si al menos pudiera...
—Te digo que está muerto.
Jacques se detuvo de golpe.
—Joder. Yo no... No ha sido culpa mía. Él me ha atacado. Yo solo intentaba...
—Lo sé.
Stanley se levantó. No estaba temblando, llorando ni en pánico. Le parecía que tampoco se encontraba en estado de shock , aunque no tenía manera de saberlo con certeza. Se sentía totalmente vacío por dentro.