14. Stanley 1960 #2
La puerta se cerró tras él, dejando solos a Stanley y Jacques.
Este se volvió hacia su escritorio, y Stanley se preguntó si estaba ocultando una sonrisa.
Jacques fue el primero en dirigirse a la sala limpia donde se sintetizaban los fármacos y donde Raph guardaba los trajes de protección en un armario.
Se habían reído de él cuando los había comprado, mofándose de su cautela y su preocupación excesivas.
Ahora, sin embargo, Jacques se puso uno que lo cubría de la cabeza a los pies y le pasó otro a Stanley.
—Yo no quiero...
—Tú no tienes que hacer nada —dijo Jacques—, pero si vas a acompañarme, más vale que estés protegido. No sabemos cómo se contagia esta cosa, pero no podemos correr ningún riesgo.
Mientras Stanley se enfundaba el traje encima de la ropa, Jacques desapareció en su sección del laboratorio y regresó con una sierra para huesos. Stanley no le preguntó por qué la tenía.
Jacques abrió la puerta de la sala de experimentos y tuvo que pasar por encima del cadáver del alemán.
Stanley lo siguió, procurando no mirar, sin éxito.
El hombre tenía abierta la cabeza, que había quedado reducida a un trozo de carne cuyo contenido se había desparramado por la pared.
La sangre goteaba de los instrumentos y se extendía en una fina capa brillante sobre el suelo.
Al cabo de un par de segundos, Stanley se obligó a alzar la mirada y fijarla en el techo para no vomitar.
Jacques se agachó con cuidado, manteniéndose a una distancia prudente del hombre. Poco a poco, acercando la mano despacio, intentó arrancar la pistola de las manos agarrotadas del hombre sin tocarle la piel.
Los dedos sin vida se aferraban al arma, por lo que Jacques tuvo que tirar con fuerza, de modo que acabó por arrastrar el cadáver de lado por el brazo.
Stanley fue a examinar al sujeto del experimento. Se colocó frente a él y se agachó hasta que sus ojos se encontraban a la misma altura. El hombre estaba sentado con la espalda recta. Respiraba y tenía pulso, pero no mostraba reacción alguna.
«No estás ahí —se dijo Stanley—. Te encuentras en muerte cerebral. No queda nada de ti.»
Cuando estaba a punto de convencerse de que era así, Jacques se acercó al hombre y le descerrajó un tiro en la sien.
Un chorro de sangre brotó por el otro lado de su cabeza, y la máscara protectora de Stanley quedó salpicada de sesos y trozos de tejido. Trastabilló hacia atrás, conteniendo las arcadas, mientras el tintineo de los rebotes de la bala resonaba por la sala.
—¡Joder! —exclamó Jacques, agachándose todo lo posible.
Stanley cayó de espaldas con las manos en la cara y la bilis subiéndole por la garganta hasta la boca. Se la tragó y torció el gesto en una mueca de asco.
—¿De qué cojones vas? —consiguió barbotar, intentando desesperadamente quitarse la materia gris ensangrentada del traje.
Jacques se enderezó, jadeando.
—Lo siento. Nunca había disparado una pistola. Desde la otra habitación me ha parecido que era algo más... limpio.
Stanley trató de levantarse, pero resbaló con la sangre del suelo y volvió a desplomarse. Permaneció tumbado, sintiéndose débil, respirando hondo para no perder el conocimiento.
Jacques dio varios pasos hacia el cuerpo de la mujer. Con cautela, la agarró de las muñecas y la arrastró hasta el centro de la sala.
Stanley comprendió angustiado que su intención era disponer de espacio suficiente para desmembrarla.
Se puso de pie poco a poco, colocándose primero a cuatro patas.
—¿Aún te acuerdas de quién eres? —le preguntó Jacques. Stanley asintió—. Vale. Manos a la obra.
Fue una tarea larga, agotadora y macabra.
Stanley tenía que apartar la mirada una y otra vez mientras Jacques apretaba la sierra contra la carne a fin de rajar la piel y penetrar a fondo en los músculos y tendones.
Aunque la sangre no manaba a borbotones porque el corazón había dejado de latir, rezumaba y se esparcía hasta recubrir todas las superficies.
Se oyó un horrísono golpe seco cuando el metal de la sierra topó con el hueso. Jacques tuvo que aferrarse a la pierna exangüe y apoyar todo su peso sobre la sierra. Era una labor interminable, y cada vez que sonaba un chirrido del metal contra el hueso, a Stanley se le revolvía el estómago.
En ciertos momentos se sentaba y cerraba los ojos con fuerza solo para poder seguir adelante.
Sin embargo, aunque Jacques le dijo que, si prefería salir de la sala, no se lo impediría, él tenía su parte de responsabilidad en aquel desastre.
Pese a que en el fondo le agradecía a Jacques que tuviera la determinación y la presencia de ánimo para hacer algo al respecto, esa gratitud estaba matizada de culpa por alegrarse de que otro hombre se encargara de los cadáveres en su lugar, por el mero hecho de sentir alivio en una situación como aquella.
Así pues, aunque su conciencia no le permitía ayudar a Jacques directamente con el desmembramiento, tampoco le permitía abandonarlo en aquel trance.
Jacques tampoco era del todo inmune al horror.
Incluso él tuvo que taparle la cabeza con una bolsa a la pobre mujer para poder serrarle el cuello.
Aun así, al cabo de dos horas había descuartizado su cuerpo en cuatro extremidades, una cabeza y un torso, que había repartido en bolsas para residuos peligrosos.
Sin decir una palabra, se acercó a Stanley y se sentó a su lado con la espalda contra la pared. Saltaba a la vista que necesitaba tomarse unos minutos para recuperarse antes de pasar a ocuparse de los otros dos.
Las horas se fueron alargando hasta bien entrada la noche.
Después de un rato, Stanley ayudó a limpiar la sangre del suelo, fregando con detergente y lejía.
No perdía la esperanza de que, con cada nuevo cadáver, con la amputación de cada nuevo miembro, aquello le resultara un poco más fácil, hasta que acabara por acostumbrarse al espantoso acto que estaba presenciando.
Pero no fue así. Si acaso, cada uno lo horrorizaba más que el anterior.
Cuando terminaron, sacaron las bolsas al atrio y las llevaron hasta la sección de Jacques, y de ahí a una zona interior del laboratorio.
Stanley, que hacía tiempo que no entraba ahí, se percató de lo mucho que había cambiado.
Había material nuevo: no solo el incinerador al fondo, sino también una amplia colección de instrumentos quirúrgicos.
Había sierras y pinzas, tarros con órganos de animales, tanques que contenían diferentes tipos de fluidos, como sangre, bilis o ácido.
Le vinieron a la mente las advertencias de Toby.
«No sé en qué está trabajando Jacques, pero no es en esto.»
En silencio, se limpiaron los trajes, se rociaron con desinfectante y metieron los residuos en las bolsas.
Raph apareció en la puerta cuando estaban introduciendo los restos en el incinerador.
Desde dondequiera que estuviera, los había visto acarrear las bolsas hacia allí y los había seguido. Tenía el rostro demacrado y tiritaba.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Stanley, levantando los ojos hacia él. Estaban arrodillados frente al incinerador, encendiéndolo.
Raph negó con la cabeza.
—No. A ver... Joder, esa pregunta os la debería hacer yo a vosotros. Claro que no me encuentro bien. He estado dándole vueltas a esto. Pase lo que pase, tenemos que emitir algún tipo de declaración. Habrá que notificar a las autoridades que...
—No seas estúpido —espetó Jacques.
Raph reculó como si hubiera recibido una bofetada.
—Es lo más ético.
—La ética no pinta nada en esto —repuso el otro, quitándose el traje, ya esterilizado—. Después de lo que hemos visto, dudo que sus nombres consten en los archivos de la policía. Y solo por hablarles de ello nos cerrarían el laboratorio.
—Mejor —replicó Raph—. Hay que cerrarlo. Se acabó, Jacques. Esto tiene que acabarse.
—Podemos guardar en secreto lo ocurrido —insistió Jacques—. Ya es secreto, por definición. Podemos...
—¡Por Dios santo, Jacques, solo somos unos niñatos! Yo tengo veintitrés años y estoy cagado de miedo. No tengo idea de lo que hago. Esto ha ido demasiado lejos. No... no deberíamos haber hecho nada remotamente parecido a esto.
Stanley estaba escuchando la discusión, y al oír las palabras de Raph sobre su juventud, lo asaltó una idea terrible.
Esa era la razón por la que Waldman se había sacrificado: para mantener aquello enterrado, fuera lo que fuese.
A Stanley no le cabía la menor duda. Pensó en el papel que había rescatado de la chimenea del profesor, en el que estaba escrita en braille la palabra «CROATOAN», una alusión a la colonia de Roanoke, que había desaparecido de la faz de la historia.
El hombre había renunciado a su vida para mantener oculto aquel horror.
Había muerto por un propósito, y la culminación del trabajo de Stanley solo había servido para que aquel sacrificio fuera en vano, para que su muerte resultara inútil.
«No hay defensa posible.»
Pero Stanley no había sido capaz de dejarlo estar. Su obsesión lo había empujado (y también a sus amigos) por un camino que jamás habría debido tomar. Tendría que haberse olvidado del asunto. Es lo que Waldman habría querido. Esa había sido su última voluntad.
—Un azote inmortal —musitó Stanley.
—¿Qué has dicho? —Jacques se volvió hacia él, arqueando una ceja.
—Pues... —titubeó Stanley, al ver que los otros dos lo miraban con el ceño fruncido—. Eso decía el mensaje que me dejó Waldman justo antes de morir. Escribió una cita de la Odisea : «Un azote inmortal, terrible, funesto e invencible, contra el que es inútil luchar; no hay defensa posible».
Tragó en seco. No se atrevió a pronunciar en voz alta las últimas dos palabras de Waldman.
Raph abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a salir de las órbitas.
—¿Y no nos lo habías dicho?
—Tenía miedo de que os asustarais y dejarais el proyecto —dijo Stanley en voz muy baja.