14. Stanley 1960
Stanley no sabía muy bien qué había pasado. Recordaba en qué consistía su plan. Recordaba su charla en el balcón con Raph mientras bebían champán. Recordaba el estallido de júbilo que había traído consigo la superación de la barrera de la memoria. Y entonces...
Había tres personas en la sala de experimentos que tenían delante.
Dos habían muerto, y su sangre había formado un charco que se extendía poco a poco sobre el suelo laminado blanco, como miel derramada.
El tercero miraba a Stanley con cara inexpresiva y los párpados caídos, como si le hubieran arrancado el alma misma.
No tenía idea de quién era ninguno de ellos. No los había visto en la vida.
Todos guardaban silencio. El pánico se había apoderado del cerebro de Stanley, como si un millar de voces gritaran a la vez y él fuera incapaz de concentrarse en lo que decían.
Cada vez que miraba los cuerpos que yacían en la sala contigua, pensaba en el día que había encontrado el cadáver de Waldman colgado de una soga.
—¿Y ahora qué hacemos? —musitó Raph al fin, contemplando a los desconocidos, como los demás—. ¿Qué demonios vamos a hacer?
Stanley se volvió hacia Jacques y Raph. El primero permanecía impasible, como un robot. Como una máquina realizando cálculos. Raph había palidecido y le temblaban las manos.
—Tenemos que averiguar quiénes son —dijo Stanley en un intento de mostrar algo de iniciativa, un atisbo de control.
—Todos hemos enloquecido —murmuró Raph—. Hemos sufrido una especie de histeria o amnesia colectiva. No tiene ningún sentido.
—No —repuso Stanley—. Me niego a creer eso. Tiene que haber alguna explicación racional. Recuerdo... recuerdo por qué estaban aquí. Estábamos llevando a cabo un experimento, una inmersión.
—Sí —convino Jacques en un tono acerado—. Recuerdo haberme acordado de ellos, pero sin reconocerlos, no sé si me explico.
—El... el concepto de ellos es... —susurró Stanley—. Recuerdo que teníamos empleados, pero cuando intento visualizarlos...
—Su recuerdo brilla por su ausencia —dijo Jacques—. Se ha esfumado. No sé nada de ellos.
Raph, enmudecido, tenía la cabeza apoyada en las manos y la mirada ausente.
Stanley examinó las carpetas que tenía delante con la esperanza de sacar algo en limpio, pero, mientras pasaba las páginas, se le desorbitaron los ojos de espanto.
Estaban escritas de su puño y letra. Habrían debido contener información a grandes rasgos sobre quién era el sujeto del experimento, quiénes iban a participar en él y en qué consistía el plan de cada etapa.
Pero había zonas enteras en blanco.
Quedaban algunas pequeñas secciones: notas sobre los fármacos que iban a administrar, así como referencias a Jacques, Raph y el propio Stanley.
Sin embargo, todos los fragmentos del texto que aludían a las tres personas que estaban en la sala habían desaparecido.
Esas páginas estaban vacías, como si nunca se hubiera escrito nada en ellas.
Una burbuja de náuseas creció en el estómago de Stanley.
—Me temo que no es solo una cuestión de memoria.
Jacques se volvió hacia él, girando el cuerpo entero, como si fuera un obelisco.
—¿De qué hablas?
—¿Y si no es que los hayamos olvidado, sino que... ya no existen? Creo que nunca existieron.
—Pero ¿qué demonios dices? —inquirió Raph, apretando los puños ante sí sobre la mesa—. Estoy viendo sus cadáveres en este mismo instante. ¿Me vas a decir que no están ahí?
Stanley negó con un gesto.
—No lo sé. Pero... creo que no son más que cuerpos. Receptáculos vacíos. Trajes de piel. Me parece que no hay nada más ahí.
Raph señaló al hombre.
—Díselo al tío que sigue vivo.
—Raph, míralo —dijo Stanley, y la burbuja en su interior se hinchó como un globo, ejerciendo presión contra las paredes de su estómago—. Es decir, míralo bien. Respira, pero no creo que se pueda considerar que está vivo.
Raph se dejó caer en una silla.
—¿Qué hemos hecho? Madre mía..., tenemos que llamar a una ambulancia, o a la policía, pedir que venga alguien para que...
—No digas tonterías —espetó Jacques, cortando la frase de Raph por la mitad—. Lo que tenemos que hacer es llevar a cabo un control de daños mientras aún sea posible.
Stanley asintió.
—Tiene razón, Raph. No sabemos qué hay ahí dentro.
—Se ha propagado —dijo Jacques, acercándose a la ventana de observación para mirar al otro lado.
Stanley casi podía oír girar los engranajes en su cabeza—.
¿No os habéis fijado? Él ha sido el primero en manifestar el trastorno antes de transmitírselo a ella y luego al germanoparlante de la pistola, como si se tratara de una infección.
Y yo no he olvidado nada relacionado con el mundo exterior a esa sala, ¿vosotros sí?
—No —contestó Stanley, mirando a Raph, que movió levemente la cabeza.
—De modo que todo apunta a que el brote ha quedado contenido en cuanto he bloqueado la puerta —prosiguió Jacques—. Cuando los he encerrado ahí dentro. Por lo visto, todos nos acordamos de quiénes somos. Así que ahora es de ellos de quienes debemos ocuparnos.
Raph alzó la vista hacia él, desalentado.
—¿Y qué significa para ti «ocuparnos de ellos»?
Jacques se dio la vuelta. El contorno de sus facciones era duro como la piedra.
—Incinerarlos.
—¡¿Qué?! —Raph abrió mucho los ojos—. ¡¿Estás de puta coña?! Son personas. Tienen... tienen familia. Debemos...
—Por alguna razón, dudo que sus familias se acuerden de ellos —lo interrumpió Jacques.
—Pero no puedes simplemente... —Se levantó y se abalanzó hacia la ventana—. ¡Uno de ellos aún respira!
Dirigieron la mirada hacia el hombre del sillón, que no se había movido un milímetro desde que las cosas se habían torcido. Ni siquiera había parpadeado. No había hecho otra cosa que sostenerles la mirada con cara inexpresiva.
—Puedo hacer que deje de respirar primero, si eso te hace sentir más cómodo —le ofreció Jacques.
A Raph se le heló la sangre.
—Estás loco —dijo—. Estás oficialmente loco. Tenemos que conseguirle atención médica, Stan. ¡¿Stan?!
Stanley intentaba hablar, pero le costaba respirar. Su estómago amenazaba con vaciarse en el suelo del laboratorio. El horror en su interior se le había expandido por todo el cuerpo y le tensaba la piel hacia fuera, dándole la sensación de que estaba a punto de estallar.
Al ver que no contaba con una voz de apoyo, Raph, desesperado, se dirigió de nuevo a Jacques.
—Además, ¿cómo narices piensas quemarlos? ¿Pretendes incendiar el laboratorio?, ¿o el edificio entero?
—Tengo un incinerador —dijo Jacques—. Lo compré hace unos meses.
Raph lo miró, boquiabierto.
—¿Por qué coño compraste un incinerador?
—¿Eso qué más da? —dijo, agitando la mano con desdén—. Lo que importa es que ahora nos resultará útil. No es lo bastante grande para meter en él un cuerpo entero, pero si los troceamos y los incineramos por etapas, creo que lo conseguiremos.
—No puedo hacer esto —masculló Raph, negando con la cabeza.
Se levantó y se encaminó hacia la puerta—.
No puedo. Voy a avisar a la policía. Ya han muerto dos personas por mi culpa y a causa de este experimento que he financiado, y ni siquiera soy capaz de recordar quiénes son.
No voy a quedarme aquí hablando como si nada de...
—Raph, espera. —Stanley le posó una mano en el hombro. No podía permitir que se marchara, dejándolo solo con Jacques, con los cadáveres—. Por favor. Tenemos que... que decidir juntos qué vamos a hacer. Los tres estamos metidos en esto. No me dejes tirado. Te necesito.
—En realidad no hay nada que discutir —prosiguió Jacques, abriendo las manos como si le explicara un concepto a un alumno—.
Hay que frenar la fuerza que hemos liberado aquí antes de que se propague.
Esta es la zona cero. ¿Os imagináis el caos que sembraría si se extendiera por el mundo?
Tanto si ese hombre está vivo como si no, debemos dar por sentado que representa una amenaza.
Sea lo que sea lo que los ha borrado de nuestra memoria, nos lo podría contagiar a nosotros, y luego a cualquier otra persona.
Si cabe la posibilidad de acabar con esto aquí y ahora, debemos hacerlo.
Tenemos que hacerlo. Entre eso y la vida de un solo hombre (y creo que Stanley está en lo cierto cuando dice que en realidad ya no está vivo), creo que la elección está clara.
Lo matamos, incineramos los cuerpos y averiguamos la causa de lo sucedido y la manera de evitar que vuelva a ocurrir. ¿Estamos de acuerdo?
—No. —Raph se irguió, rígido como un poste de metal—. No estamos de acuerdo, joder. Me dan igual tus argumentos. No estoy conforme con matar a una persona, sea cual sea su estado.
—Raph —dijo Stanley con voz débil—. En principio, opino lo mismo que tú, de verdad que sí, pero...
—¿Pero? —dijo Raph, parpadeando, con la vista clavada en él—. ¿Hablas en serio?
—¡No lo sé, Raph! —gritó Stanley. Le habían advertido al respecto.
Le habían aconsejado que lo dejara estar, pero él había insistido en seguir adelante.
Lo ocurrido era culpa suya, y si la infección se propagaba al mundo exterior, la responsabilidad pesaría sobre él—.
No lo sé, pero Jacques tiene toda la puta razón.
Estaban de pie, cara a cara, callados. Jacques los observaba en silencio, esperando.
—Creo que tenemos que hacer algo —dijo Stanley, apenas capaz de alzar la voz por encima de un susurro—. Aquí y ahora. Creo que Jacques está en lo cierto. Tenemos que frenar esto antes de que se extienda.
—Pero no podéis...
—No hace falta que te impliques si no eres capaz de soportarlo —añadió Jacques, encogiéndose de hombros—. Ya me encargaré yo por ti. Por vosotros dos. Solo necesito tiempo.
Raph enmudeció, horrorizado, y dirigió la vista hacia Jacques antes de posarla de nuevo en Stanley, con la boca entreabierta.
Este se limitó a encogerse de hombros, como diciendo: «¿Qué remedio nos queda?
». Tras quedarse mirándolo unos segundos, Raph se encorvó, dejó caer los hombros y desinfló el pecho.
Cuando llegó a la puerta, se detuvo como para decir algo, pero no lo hizo.