Disolución 20. Stanley 1958 vía 1967
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20. Stanley 1958 vía 1967

Stanley recordaba más calurosa esa tarde. Se había pasado el día entrando y saliendo al soleado bochorno estival de Italia y esperando que el frescor del atardecer le ofreciera una tregua, pero cuando este llegó, descubrió que seguía sudando.

Sin embargo, durante sus años en Australia y Oriente Medio, había aprendido a apreciar el efecto balsámico de una brisa vespertina y el dulce alivio que traía consigo el ocaso tras una jornada de calor opresivo.

Observarse a sí mismo con nueve años menos, enjugándose el sudor de la frente con la muñeca, supuso un recordatorio de lo mucho que había madurado, de lo distinto que era ahora.

Apenas se acordaba de las emociones que dominaban al Stanley de aquella época; un maremágnum de culpa, dudas, esperanza y ambición. Se lo ocultaba bien a los demás, o al menos eso creía, pero todas las decisiones que tomaba entonces estaban cargadas de inseguridad y autoodio.

Ya no tanto.

Desde que había aparecido ella.

Dudaba que pudiera explicárselo a su antiguo yo aunque lo intentara.

Ese otro yo no lo entendería. De hecho, no estaba seguro de entenderlo ahora.

Tal vez era el modo en que ella lo miraba, como si fuera capaz de conseguir cuanto se propusiera, como si no fuera chusma condenada a fracasar en todos sus proyectos.

O tal vez era por su fe inquebrantable en él, una fe que él nunca había conocido.

Fuera como fuese, Maggie lo había cambiado todo.

Ella lo había visto por primera vez hacía solo unos momentos, en la línea temporal de Stanley, en el Merchiston Arms, mientras que él ya sabía que les esperaba un futuro juntos.

Le habría gustado llevarla ahí, a Verona, a ver ese balcón, aunque sabía que jamás podría. Ella tendría que buscar la manera por su cuenta, llegado el caso; tomar un camino más largo.

Había algo de hermoso en aquella ficción.

El edificio, de un blanco apagado, no se compadecía con los siglos de antigüedad que en realidad no tenía.

No era el balcón «auténtico» de la obra.

La Julieta de Shakespeare no estaba basada en una persona de verdad, y la casa no había adquirido su aspecto actual sino hasta la década de 1930.

De hecho, casi todo lo relacionado con la casa en sí era ficticio, pero las emociones grabadas en ella eran reales.

El muro de debajo del balcón estaba cubierto de cartas de amor: mensajes desesperados de personas que declaraban su amor o pedían consejo para sus cuitas amorosas. Había notas que narraban los romances pasados de los visitantes o describían sus esperanzas para el futuro.

Cuando Stanley viajó ahí por primera vez, de joven, se pasó horas delante de ese muro.

Durante la infancia y la adolescencia, nunca había tenido tiempo para el amor.

Su mente estaba siempre ocupada en otras cuestiones, pero su obsesión con aquella pared, y, de hecho, con la obra de teatro, siempre había sido una discreta señal del subconsciente de que era mucho más romántico de lo que creía.

Procurando mantenerse fuera de la vista, observaba desde lejos a su yo más joven —ese Stanley atribulado y confundido de veintiún años—, que contemplaba el muro, abstraído en sus pensamientos.

Ahora sabía que su futuro estaba lleno de promesas, de posibilidades de conocer la esperanza, el amor y la redención. Le habría gustado poder decírselo a su yo más joven para reconfortarlo, pero sabía que no era posible. Tenía que proteger esa línea temporal, y eso requería ciertos sacrificios.

—Nunca pensé que llegaría a verlo —dijo Maggie, apareciendo de la nada junto a él. Se la veía envejecida, cansada.

Aun así, él desplegó una gran sonrisa al verla.

—Esperaba verlo contigo algún día. Me has encontrado.

—Me pareció evidente en cuanto leí tu mensaje. No habrías podido aguardar mi llegada en ningún otro sitio. Me hablaste de este balcón durante años.

—Me alegra oírlo. En realidad, aún no te he dejado la nota. Una parte de mí esperaba que no fueras a necesitarla, pero quizá era una ingenuidad por mi parte —dijo Stanley—. ¿Qué le has dicho a Hassan?

Ella se encogió de hombros.

—Que la pista aludía a una representación en el Old Vic a la que nunca me llevaste.

Él juntó las cejas.

—¿Que nunca te llevé al Old Vic?

Ella hizo una mueca.

—Por favor, si hemos ido cientos de veces. Pero él no lo sabe. Este es el momento, ¿verdad? El que ocultaste. El momento que él ha estado buscando.

—Sí.

Ella asintió.

—Bien. Cuando salga, le diré que aquí no hay nada. Que el momento ha sido borrado. Después de tanto buscar, eso lo sacará de sus casillas.

Stanley se rio, pero acto seguido se llevó la mano al pecho con un gesto de dolor. Aunque se había vendado la herida en el transcurso del viaje, el corte tenía que ser profundo. Tardaría mucho en curarse.

Maggie se le acercó, preocupada.

—¿Qué has hecho?

Inspirando profundamente, Stanley se volvió hacia ella. Estaba más avejentada que nunca, castigada por las penalidades y el estrés. La tomó de la mano.

—Lo siento. Ha sido tan... complicado... He tenido que enterrar este encuentro bajo capas y más capas. No solo para ocultármelo a mí mismo, sino también a esa cosa.

Ella arqueó las cejas.

—¿De verdad era necesario todo esto?

—Me parece que empiezas a hacerte una idea de cómo es Hassan —dijo—.

Tú no has sido su único intento de irrumpir en mi mente, en mi pasado; de eso estoy seguro.

He tenido que extremar las precauciones.

No era por ti; ni siquiera yo puedo saberlo todo.

Solo hay una versión de mí que conoce el plan en su totalidad, que tiene en mente todas las jugadas.

Y heme aquí, ahora mismo, contigo. Cuando regrese a mi línea temporal, borraré el recuerdo de este momento. Desaparecerá para siempre.

—En el pasado lo llamabas Jacques —dijo ella.

Stanley hizo un gesto afirmativo.

—Así se llamaba entonces. Era un amigo, creo. O tal vez no. No lo tengo claro.

—Y quiere que neutralices a Omega.

—Sí, para que él pueda controlar el tiempo. Si lo consigue, si un hombre como él logra algo así... —Stanley negó con la cabeza—, el mundo entero sufrirá las consecuencias. Nadie debería poseer ese poder. No se puede permitir.

—Ya ha conseguido contenerla de alguna manera, en mi presente —repuso Maggie—. No la ha neutralizado, pero la mantiene a raya. ¿Cómo?

—No lo sé —dijo Stanley, negando con la cabeza.

Tendría que jugárselo todo a una carta basada en meras conjeturas—.

Le revelé la manera de ralentizarla, pero solo de manera temporal.

Si sigue utilizando la pala al cabo de cincuenta años, significa que la ha mantenido a raya durante décadas.

En teoría, eso no es posible. No tengo idea de cómo lo ha conseguido.

Maggie se estremeció.

—No sé si quiero saberlo.

—Me temo que tendrás que averiguarlo —dijo Stanley.