13 #4
—Lo siento, Maggie. No puedo. Es demasiado arriesgado, por los bucles causales y los sucesos que tienen que producirse en un orden determinado. Ojalá pudiera, pero...
—No pasa nada —le aseguro, intentando aplacar su sentimiento de culpa—. Dime lo que puedas.
—Se está jugando una partida más importante de lo que te imaginas.
Algunos somos peones, y otros somos jugadores.
Ahora mismo, por tu seguridad, lo mejor es que Hassan siga creyendo que eres un peón, que puede jugar contigo.
Y cuando convenga, cuando llegue el momento, acude a Theuth y Thamus. Recuérdalo. No se lo digas a nadie.
—Theuth y Thamus —repito antes de recitar de nuevo las dos fechas y mencionar Australia—. Son demasiadas cosas que recordar.
—Las recordarás. Te lo prometo. Ya lo has hecho. —Echa una ojeada a su reloj y exhala un suspiro—. El tiempo está a punto de agotarse.
—No —digo, tirándole de la mano para atraerlo hacia mí. Deseo sentir su cuerpo contra el mío, palpar su forma. Él accede y me rodea con los brazos al tiempo que aprieto el rostro contra él.
—Tengo que llegar a una boda —dice, y se me escapa un sonido a medio camino entre un sollozo y una risotada. Lloro, acurrucada contra su pecho.
Dios santo... Se presentó en la ceremonia con una mancha de humedad en la camisa. Lo recuerdo con toda claridad. Me dijo que se había derramado agua encima sin querer y yo me reí de él por ser tan torpe el día de nuestra boda. Pero no era agua. Nunca fue agua.
—No me sueltes —susurro—. No me sueltes nunca. Quiero quedarme aquí contigo.
—Todo saldrá bien —contesta con voz suave—.
No olvides que te quiero. Ahora mismo voy a entrar en esa casa y lo voy a demostrar.
Siempre te he querido, incluso antes de que me conocieras.
Te quiero aquí, y te quiero ahí fuera, ahora, siempre, por toda la eternidad.
Por más cosas que nos arrebaten, eso no nos lo pueden quitar.
Me suelta, y me siento como si me hubiera tirado en medio del océano: sola, aterida, ahogada. Consulta su reloj al pasar por mi lado, sale de la caseta y atraviesa el prado en dirección a la casa.
De pie en la habitación, lloro durante un rato. No mucho, solo lo suficiente para recuperar la compostura.
No puedo quedarme aquí para siempre. Está a punto de celebrarse una boda, y no quiero perdérmela por nada del mundo.
Llego a la casa justo cuando la ceremonia va a comenzar. Stanley ya está al frente de la sala con Hugo. Todos los invitados han ocupado sus asientos y aguardan con expectación mientras alguien toca una pieza de Schubert en el piano.
Entro por la puerta trasera y me dirijo con sigilo al fondo de la sala procurando no ser vista. No sé si es la casualidad o el subconsciente lo que me lleva a ese punto exacto, pero de pronto caigo en la cuenta de dónde estoy.
Es justo el lugar donde me detuve a esperar antes de enfilar el pasillo.
Me doy la vuelta, y ahí estoy.
O, mejor dicho, ahí está ella.
Está más hermosa de lo que recuerdo haber estado jamás; el vestido, el peinado, la sonrisa... Parece un ángel. Es perfecta.
Entonces pienso: «Esto no puede ser el pasado, la verdad objetiva sobre mi aspecto. Nadie puede estar tan guapa. Son los recuerdos de Stan, pero, entonces, ¿cómo es posible que mis actos influyan en el curso de los acontecimientos?».
Eso no viene al caso.
Yo creo que sí. Siento un impulso repentino de saber, de comprender. Me acerco y me interpongo en su camino, justo delante de ella, para obligarla a reparar en mí.
No es buena idea. Te he dicho que te limitaras a observar.
Ella me mira, parpadeando.
—¿Quería usted algo?
Estás cometiendo un error.
—Las bananas vuelan hacia Montenegro —digo. Es un disparate, pero quiero que se le grabe en la memoria. Pienso: «Es imposible que me olvide de que una vieja chiflada me dijo algo sobre unas bananas en Montenegro justo antes de que me dirigiera hacia el estrado. Completamente imposible».
¿Y qué ocurre entonces?
No ocurre nada. En mi recuerdo, no hay nadie ahí; solo está el pasillo, la boda y el bonito convite que sigue a la ceremonia.
No tiene ningún sentido.
Está pasando.
Ay, Dios mío. ¿Qué está pasando?
No deberías haber hablado con ella. Tendrías que haberte retirado.
¡No soy libre de elegir lo que hago en el pasado, Hassan! Ya está hecho. Ella me rodea, comprensiblemente confundida pero pensando sin duda que estoy gagá. No tiene tiempo para preocuparse por mí. Está sonando una pieza distinta.
Es la hora de la verdad.
¿No piensas marcharte?
No, Hassan, voy a quedarme a mirar la ceremonia como una idiota. Porque no puedo evitarlo; es mi boda. Tengo que presenciarla.
Está radiante. Echa a andar, sola, pues la relación con papá es demasiado tirante para que no se sintieran incómodos si él la acompañara por el pasillo.
Avanza con la elegancia que le dan las horas que se ha pasado ensayando, caminando de un lado a otro de su habitación, soñando con este momento. Se recrea en ello.
Stanley le dirige una mirada —no puede contenerse—, y veo asombro en su rostro, como si contemplara una de las maravillas del mundo antiguo o el nacimiento de un nuevo sol.
Ella llega al estrado y se sitúan el uno junto al otro, listos para que la secretaria del registro civil dé comienzo a la ceremonia y pronuncie las palabras que tanto anhelan oír.
Sin embargo, la secretaria no está.
Se me cae el alma a los pies.
Lo que veo es una nada tortuosa, vacía y aterradora, como un desgarro en el tejido del universo, que se abre y se agranda hasta engullir el atril situado frente a ella, junto con las mesas y los libros que están a los lados.
Los invitados rompen a gritar; ellos también lo ven. Se atropellan unos a otros al intentar huir.
Pero la nada crece y se dilata como si tuviera un hambre insaciable. Devora todo lo que encuentra a su paso; las flores, los adornos, el techo.
Stanley se tambalea hacia atrás, intentando llevarse consigo a Maggie —la Maggie joven—, pero ella se queda inmóvil, mirando. Da un traspié y cae al suelo, y la nada se extiende y la envuelve hasta tragársela entera.
—¡No! —aúlla Stanley, pero apenas oigo su voz por encima del griterío general. Estoy paralizada, incapaz de moverme, mientras observo cómo esa cosa se expande y engulle a un invitado tras otro, las sillas, el edificio mismo.
La gente se da empujones chillando y tropezando con los adornos.
Stanley se abalanza hacia mí y me agarra por los hombros, perseguido de cerca por la nada. Sus ojos desorbitados destilan pánico.
—Esto no está bien —dice—. No debería estar ocurriendo. —Me aparta de un empujón—. ¡CORRE!
Trastabillando, arranco a correr, al menos en la medida en que me lo permite la edad. El corazón me martillea en el pecho y me tiembla todo el cuerpo.
Consigo llegar a la puerta trasera y salgo al camino de acceso. Al volverme, advierto que la nada rodea la mansión entera, habiendo consumido a las personas que estaban dentro: Stanley, los invitados y yo misma.
Todos han desaparecido.
Veo a otros dispersándose a la carrera por el prado, pero me doy cuenta de que sus esfuerzos son en vano.
De nada sirve correr para escapar de esa cosa. Es inútil luchar contra ella.
Recurro a la única salida posible: busco en lo más recóndito de mi mente esa fuerza que tiró de mí en mi inmersión anterior. Me arrastra hacia atrás y me saca del recuerdo justo cuando la nada que me circunda está a punto de alcanzarme...
Entonces me despierto.
Estoy en la bañera, en el Instituto.
Y la boda ha desaparecido. Ya no existe.
Así es.
No... no me acuerdo de ella. No recuerdo haberme casado. No solo entonces, en el Instituto, sino también aquí, ahora, en esta dichosa piscina. Recuerdo todo lo sucedido hasta ese momento, pero ya no me acuerdo de mi propia boda. ¿Por qué?
Porque ya no está.
¿Qué quieres decir con eso? Se suponía que esta pastilla me ayudaría a recordarlo todo. ¿Cómo puedo haber...?
Lamentablemente, no es una cuestión de memoria. Nadie la recordará jamás. Ha desaparecido para siempre. No sucedió.
¡¿Qué?! Pero yo sé que estoy casada; sé que la boda se celebró. Simplemente no consigo acceder al... al...
No. La boda se ha borrado del pasado. No tuvo lugar, ni para ti ni para nadie. Los acontecimientos de ese día nunca se produjeron. Simplemente guardas el recuerdo del recuerdo de tu boda, de las veces que has pensado en ello a posteriori, pero no del evento en sí. Ha quedado extirpado del pasado.
Por Dios santo, Hassan, ¿qué has hecho?
Yo no he hecho nada. Tú decidiste desviarte del camino y alterar los sucesos. Has topado con Omega, la palabra final. El fin de todas las cosas. Esperaba que no llegáramos a este punto.
Entonces, lo que me has dicho antes sobre la desaparición de la playa y que todo se debía a la mala memoria de Stanley y Toby...
Te he mentido. No fue por su mala memoria. Ese momento también se borró del pasado.
¿Y ya está? ¿Me dices que me has mentido y te quedas tan campante?
Ha sido un error. Como acabamos de comprobar, todos cometemos errores. En vista de las fuerzas a las que nos enfrentamos, no deberías juzgar los míos con tanta ligereza.
¡¿Las fuerzas a las que nos enfrentamos?! Esto es de locos. Es demencial.
¿Por qué crees que he estado tan concentrado, Maggie? ¿Por qué crees que nos tienen aquí, metidos en esta piscina? Aquí estamos a salvo, del mismo modo que una jaula de Faraday bloquea los campos electromagnéticos. Aquí contamos con varios niveles de protección.
¿De protección contra Omega?