Disolución 13 #3
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13 #3

Según el reloj de la pared, es la una y trece.

La ceremonia empieza a las dos. Debo de estar arriba, arreglándome.

Linda, mi dama de honor, intenta hacerme beber una botella entera de champán para calmarme los nervios.

Al pensar en ella siento una punzada en el corazón.

Falleció hace siete años, por un cáncer de mama.

Me asalta un impulso casi irresistible de subir a verla, viva y risueña de nuevo, pero me recuerdo a mí misma por qué estoy aquí: para encontrar a Stanley.

Si no me equivoco, en este momento está en la habitación contigua con Hugo, su padrino de boda. Empiezo a subir las escaleras, dejando atrás los preparativos que están realizando en la planta baja, pero me paro en seco con un grito ahogado.

Mi madre, en todo su esplendor matriarcal, baja como un bólido hacia mí.

Un millón de emociones se me agolpan en la cabeza: lo insoportable y exasperante que me resulta, lo mucho que la echo de menos, las ganas que tengo de interceptarla y decirle que la quiero antes de que se muera y no la vuelva a ver jamás.

Aunque tengo casi treinta años más que ella en este momento, solo de verla me siento de nuevo como una niña.

Pero ella ni siquiera repara en mí.

Está en modo directora de proyecto, y yo no soy más que una anciana más —seguramente una mujer de la limpieza o una florista— con quien no tiene tiempo de hablar. Pasa por mi lado a toda prisa, llamando a mi padre con voz estridente antes de irrumpir en la habitación de al lado.

Respiro hondo. «Concéntrate. No estás aquí para eso.»

Cuando llego a lo alto de las escaleras y al largo pasillo al que dan todos los cuartos del piso superior, veo que Stanley sale de uno de ellos. Se vuelve de espaldas a mí, y tengo que reprimir el impulso de correr hacia él y darle un abrazo de oso desde atrás.

Cuando empieza a alejarse lo sigo sin hacer ruido hasta que llega a las escaleras del lado oeste de la mansión. Va de punta en blanco para la ocasión, con traje y botines, pero está solo. Me pregunto dónde se habrá metido Hugo.

Se detiene antes de bajar y se queda esperando unos cinco segundos, quizá más, frotándose las manos.

Parece agitado, preocupado incluso, pero eso me cuadra; recuerdo lo nervioso que estaba el día de nuestra boda, algo que me pareció muy tierno, y que después del banquete se relajó. No le gustan nada los discursos.

Avanzo tras él a una distancia prudente, pero con cada paso crece mi inquietud, la sensación de que algo no va bien.

¿Por qué?

No baja al salón donde se celebrará la ceremonia ni a la sala principal. Sale directamente del edificio y cruza el camino de acceso en dirección al prado. Solo falta un poco más de media hora para la boda. Él estuvo ahí. No llegó tarde. ¿Adónde va?

¿Continúas siguiéndolo?

Claro..., ¿cómo no voy a seguirlo? Ha apretado el paso, aunque me da la impresión de que es más por la ansiedad que lo corroe que por prisa.

Hemos atajado por la zona boscosa y nos abrimos paso por el matorral durante un par de minutos largos, él con su elegante terno y yo, veinte o treinta metros más atrás, pugnando por seguirle el ritmo.

Avanza con determinación, sin mirar atrás en ningún momento.

Unos pasos más adelante me doy cuenta de adónde se dirige.

Al principio del largo camino, cerca de donde empiezan los jardines de la finca, está la caseta del guarda.

Los propietarios nos dijeron que estaba abandonada, pues se había dejado de usar en los años veinte.

Ahora es una reliquia más que otra cosa, y su estado es cada vez más ruinoso.

La casa se presenta a nuestra vista cuando salimos de la arboleda; las piedras están rotas y cubiertas de barro; las ventanas, desprovistas de cristales, no son más que agujeros por los que se cuelan enredaderas y zarcillos. Mientras me acerco, percibo un aroma a lavanda en el aire.

Para entrar en la caseta, Stanley empuja la desvencijada puerta de madera que cuelga precariamente de las bisagras. Se oye un chirrido tan fuerte que me sobresalto. No me había percatado del silencio que reina aquí fuera.

Me aproximo despacio, no muy segura de a qué distancia debo mantenerme.

Aunque tengo presente tu advertencia, siento la necesidad imperiosa de saber qué hace ahí dentro.

Esto sucedió solo media hora antes de que nos casáramos.

¿Cómo es que no me enteré? ¿Qué más ha estado ocultándome durante todos estos años?

Por un momento me llega un olor penetrante, como a gasolina.

Sin embargo, la fragancia de la lavanda lo va tapando a medida que me acerco a la puerta, hasta que lo domina todo, y de pronto un recuerdo me embiste como un tren: Stanley exigiendo que pidamos montones de ramos de lavanda para el convite; yo accediendo de buen grado aunque con extrañeza; los floristas diciéndonos el día de la boda que deben de haber cometido un error, que todas las flores que hemos pedido han desaparecido.

¿Están aquí? ¿Las ha escondido Stanley?

¡¿Por qué?!

Abro la puerta de un empujón.

Lo primero que veo es a Stanley encendiendo una cerilla y tirándola sobre una pila de leña, que prende en llamas.

Alimentado por la gasolina, el fuego se propaga rápidamente por toda la habitación; se extiende por el suelo y trepa por los muros hasta el techo.

Hay unos símbolos en las paredes, trazados con lo que espero que sea pintura roja y no sangre.

Parecen antiguos, como jeroglíficos egipcios o caracteres cuneiformes de Babilonia.

Hay flores y hierbas por todo el interior de la caseta; aunque predomina la lavanda, veo también una mezcla de jazmines y glicinias.

Se trata de arreglos florales para la boda, con cintas y relleno verde.

Parecen totalmente fuera de lugar aquí. Después de la deflagración inicial, la hoguera en el centro arde y crepita alegremente, iluminando el oscuro espacio.

Stanley está de pie frente a las llamas. Se vuelve, pero como está a contraluz, no alcanzo a ver su rostro.

—Nos quedan ocho minutos —dice—. Si tardamos más, el santuario perderá su integridad.

Da unos pasos hacia mí y la luz le ilumina la cara, revelando una enorme sonrisa.

—Maggie, eres tú de verdad. No sabía si volvería a verte.

Fijo los ojos en él, incapaz de procesar que Stanley, el hombre de treinta y dos años con el que me casé, con un aspecto aún más apuesto y encantador que el que ofrecía el día que lo conocí, esté mirándome, hablándome, como si ya contara con que yo estaría aquí.

—Quería creerlo —dice—, pero han pasado años. Pensaba... pensaba que no vendrías.

—Me han dicho que no debo hablar contigo —declaro. Es lo único que se me ocurre decir.

Se me acerca un poco más y me toma de la mano.

—¿Y desde cuándo haces lo que se te dice, cariño mío?

Entonces me derrito. Me desplomo en sus brazos y él me sostiene y me estrecha con fuerza contra sí. Cuando alzo la vista hacia él, me da un beso en la frente y luego en los labios. Se me estremece todo el cuerpo. No sé cuándo fue la última vez que alguien me besó.

De pronto doy un respingo al darme cuenta de dónde estoy, de quién soy, y me aparto de él con brusquedad.

—Stan —murmuro, intentando contener el llanto—. No puedo... No estoy... Soy demasiado mayor.

Él no me suelta del todo. Me sujeta la mano mientras me enderezo, y los ojos se le llenan de emoción.

—Eres preciosa. Siempre lo has sido.

Entonces brotan las lágrimas y me resbalan por las mejillas.

—Te he echado tanto de menos... —consigo decir—. De verdad que lo he intentado, pero... pero yo...

—No pasa nada —dice—. Lo sé. Ojalá tuviéramos más tiempo, pero no ha podido ser. Esto es lo máximo que he conseguido. Hay fuerzas mucho más poderosas en juego.

Su cambio de tono me devuelve de golpe a la realidad. «Contrólate, Maggie —me digo mientras me pongo derecha—. Sea lo que sea esto, es importante.»

—¿Qué está pasando?

—Tengo tantas cosas que decirte, hay tantas cosas que debes saber... —Se muerde el labio—. Pero necesito hacer esto bien. Solo dispongo de una oportunidad. ¿De qué fecha vienes?

—Del 10 de agosto de 2021.

Asiente.

—Tenías razón. Apenas ha transcurrido un día.

—¿A qué te refieres?

—No es la primera vez que hablamos a través de las décadas. —Baja la mirada al suelo, a sus pies. Se le quiebra la voz—. De hecho, creo que esta será la última, y el tiempo ya se acaba.

Tiro de él hacia mí.

—¿Qué puedo hacer? Me has guiado hasta aquí para hablar conmigo. ¿Por qué?

—Porque tú me lo pediste, antes. En mi pasado. En tu futuro, creo. Me indicaste que estuviera aquí a esta hora exacta y que tomara medidas de protección para que pudiéramos hablar. Dijiste que era necesario, que sería el punto de inflexión.

Lo agarro de la mano y me deleito con su tacto mientras intento asimilarlo todo.

—¿Y qué te pedí que dijeras?

—Que pronto te necesitaré, en tu siguiente viaje atrás. Voy a necesitar que tengas paciencia conmigo, que me apoyes cuando esté en mi momento más bajo. Tienes que buscarme en dos fechas: el 9 de noviembre de 1961 y el 7 de octubre de 1963. No falles. Cuento contigo.

Cerrando los ojos, respiro hondo y repito las fechas para mí tres o cuatro veces. Entonces lo miro.

—¿Cuántas veces me has visto antes? Quiero decir así, de mayor.

Una sonrisa gloriosa le ilumina el rostro.

—Ay, Maggie, no tienes ni idea.

Me entran ganas de arrojarme de nuevo en sus brazos. Quiero que me bese de nuevo, perderme en su abrazo, olvidar todo lo que nos rodea. Pero no puedo.

—Hay algo más, ¿verdad? —digo.

Asiente con un gesto solemne.

—Hay un hombre contigo en tu presente..., Hassan. Diga lo que diga, no debes fiarte de él.

Casi se me escapa una carcajada.

—En realidad, creo que eso no hacía falta que me lo dijeras.

—Ah —añade—, y cuando me veas, quizá quieras sugerirme un viaje a Australia.

—¿A Australia? ¿Te refieres a esas vacaciones con las que siempre dabas la matraca? ¿Y qué es lo que quiere Hassan? Y... —Me interrumpo. No acabaría nunca de hacerle preguntas.

Abre la boca, pero de ella no sale sonido alguno. Crispa las facciones, frustrado.