13 #2
Chasquea la lengua como si le molestara que le hable, pero no me importa.
Estoy muy contenta de tenerlo delante, porque, aunque intento reprimirme, cuando lo miro no solo lo veo a él; veo una esperanza, la de no tener que acercarme a una residencia todos los días solo para estar un rato con él.
Veo el potencial de un nuevo futuro juntos, con conversaciones de verdad, salidas a cenar y visitas de Leah por Navidad, en las que quizá se tome una copa de vino y abra regalos con nosotros.
Porque si él regresara conmigo, Leah también regresaría, y todo volvería a estar bien.
A lo mejor yo volvería a vivir.
Me enderezo y me aparto de él antes de que las emociones me superen. Debo permanecer entera, pues aún me quedan preguntas por hacer.
—La última vez que me colé en su mente —digo—, ¿qué pasó en esa playa?
Tú ya estás frente a los monitores, tecleando datos.
—Stanley se olvidó de ese momento. Eso fue lo que le hizo Sunrise: eliminar algunos de sus recuerdos. Tuviste la mala fortuna de ver una de las lagunas en su memoria, uno de los fragmentos que le arrancaron.
—Pero ¿cómo es que Toby no se acordaba de que Stanley estaba ahí?
Una expresión de desconcierto asoma por un momento a tu cara, y luego te encoges de hombros.
—Supongo que porque estaba mayor. Fue un episodio sin mayor importancia que ocurrió hace décadas. No era un superhombre. También se le olvidaban cosas.
Arrugo el entrecejo, ya que esta teoría no me acaba de convencer.
¿Por qué no?
Estoy segura de que había alguna otra razón, aunque no sabría explicar por qué.
—¿Qué es Omega? —inquiero.
Interrumpes tu tecleo y te vuelves despacio hacia mí, como una marioneta. Una parte profunda e instintiva de mí me grita: «No deberías haber dicho eso».
—¿Por qué lo preguntas?
Retrocedo un poco de forma involuntaria.
—Toby lo mencionó. Preguntó qué habíamos hecho respecto a Omega. Yo... no entendía de qué me estaba hablando.
Niegas con la cabeza, irritado.
—Es algo que no viene al caso. No te concierne.
—Pero... —digo, presa de una inseguridad repentina— él parecía preocupado, como si...
En dos pasos, te plantas tan cerca de mí que podría tocarte, y se me atragantan las palabras.
Me tomas de la mano. Una descarga eléctrica me recorre el brazo cuando tu piel entra en contacto con la mía.
La tienes tan tersa, suave e inmaculada como si estuvieras hecho de seda, como si te hubieran cultivado en un laboratorio.
Te inclinas hasta que tu rostro queda muy cerca del mío.
—Maggie, entiendo que tengas miedo, pero esto solo funcionará si aprendes a confiar en mí.
Te comportas como si yo fuera a por ti o pretendiera perjudicarte de alguna manera.
No me lo merezco. Piénsalo bien: desde el momento en que nos conocimos te he ayudado a sacar a tu marido de un lugar donde ni siquiera sabías que lo tenían encerrado, y a reconectar con sus recuerdos.
Cuando huiste de aquí, aunque nadie te impedía que te marcharas cuando quisieras, te salvé la vida.
Durante todo este tiempo, no os he hecho daño ni a ti ni a tu esposo, no te he retenido, no te he mentido.
A lo mejor, después de todo lo que he hecho por ti, podrías tener al menos el detalle de depositar un poco de fe en mí, ¿no crees?
No sé qué decir en este momento.
¿Me crees?
Sí. A ver, no discuto la veracidad de nada de lo que me acabas de decir. Todo es cierto, y cuando lo expones así, me resulta obvio. Lo que pasa es que...
¿Qué?
Me da la sensación de que no es toda la verdad. Una voz en mi interior, un instinto visceral no basado en la lógica, me dice que esa no es toda la historia, que estás omitiendo partes muy importantes.
¿Qué haces al respecto?
Dirijo la vista a Stanley y luego a la habitación con el sillón y la bañera: la pala de memoria.
La puerta está abierta y la pala está ahí, esperándonos.
Pienso en las posibilidades que me ofreces, y entonces cojo ese instinto visceral, lo aplasto y lo entierro en lo más hondo de mí.
Me parece que tienes razón. No has hecho otra cosa que ayudarme. Es hora de que te devuelva el favor.
Con mi ayuda, trasladas a Stanley a la sala y lo acomodas en el sillón. Se le ve menos preocupado que antes. A lo mejor simplemente está más ausente.
—¿A qué época quieres que vaya?
—Necesitamos ver un momento concreto. Es un incidente breve que escapa a mi radar, como si alguien lo hubiera ocultado de forma deliberada, y necesito que accedas a él directamente. Es este. —Das unos toques en la pantalla y aparece una fecha: el 17 de mayo de 1969.
Me quedo mirándola.
—¿Lo dices en serio? ¿Por qué ese día en particular?
Endureces la expresión.
—¿Lo recuerdas?
—No podría olvidarlo aunque quisiera. Fue el día en que Stanley y yo nos casamos.
—Eso es muy interesante —dices con voz pausada.
—¿Por qué?
—Aún no lo sé. Cuando te sumerjas, procura fijarte en todos los detalles, sobre todo en los relacionados con Stanley, pero no interactúes.
No hables contigo misma, con Stanley ni con nadie.
Si guardas las distancias, el cerebro simplemente te expulsará del recuerdo, como si combatiera una infección.
—No lo entiendo. Creía que iba a viajar al pasado.
Niegas con un gesto.
—No exactamente. Como antes, vas a entrar en el espacio liminar entre el recuerdo y el pasado.
Míralo de este modo: el pasado, al igual que el recuerdo, quiere permanecer tal como está.
No le gustan las intrusiones. Si permaneces en segundo plano, como un elemento del paisaje o una mera observadora, no se fijará en ti.
Para efectuar un cambio, tienes que alterar conscientemente la secuencia de acontecimientos. Te aconsejo que no lo hagas.
—¿Por qué no?
Levantas las cejas.
—Es el día de tu boda. No me gustaría que lo estropearas.
Me cuesta concentrarme mientras ajustas las correas de Stanley y me preparo para el baño.
No puedo pensar más que en nuestra boda.
Fue un día maravilloso —un recuerdo muy bonito—, y la idea de presenciarlo en persona después de tantos años me llena de ilusión.
Estoy tan ensimismada mientras me coloco el casco en la cabeza que apenas me doy cuenta del momento en que enciendes la máquina y el mundo entero se desvanece ante mis ojos.
Entonces empieza a reaparecer, poco a poco, pero cada vez me resulta menos confuso.
Sé lo que debo esperar, y mi mente está preparada para ello. Me estoy acostumbrando a viajar.
Con los ojos entornados, me coloco la mano a modo de visera para protegerme del sol que brilla en lo alto. Respiro hondo, y un aire fresco de verdad y dulce como la miel me llena los pulmones.
Estoy ahí, en Capheaton Hall, en Northumberland.
Aún recuerdo la primera vez que vi la mansión inglesa de varios siglos de antigüedad.
Fue cuando era adolescente y pensaba que jamás me casaría, y menos aún en un lugar tan señorial.
Sin embargo, Stanley tenía bastante dinero ahorrado de los trabajos como investigador que había llevado a cabo cuando era veinteañero.
En aquel entonces no le hacía muchas preguntas al respecto, porque, en cuanto tocaba el tema, él se encerraba en sí mismo, pero empiezo a intuir en qué consistían esas investigaciones.
Estamos en Northumberland porque mi familia es de ahí.
No eran ricos —o, por lo menos, no procedían de familias acomodadas—, pero a lo largo de su vida habían conseguido subir un par de peldaños en la escala social, y un hondo resentimiento los impulsaba a demostrarlo.
Siempre tuve la sensación de que para ellos la boda era más una oportunidad de hacer ostentación de lo bien que les iban las cosas ante sus amigos y familiares que algo relacionado conmigo.
Por otro lado, supongo que eso resume bastante bien la manera en que me educaron.
La imagen que uno ofrecía a los demás primaba sobre cualquier otra consideración.
Les faltó poco para desheredarme cuando empecé a llegar a casa borracha y a ponerme ropa que en su opinión estaba mal vista, pero, cuando decidimos casarnos, vieron en ello la ocasión perfecta para presumir de hija y empezaron a tratarme como si siempre nos hubiéramos llevado de maravilla.
Stan no hablaba de su familia; solo su madre recibió una invitación a la ceremonia, y no se presentó. Esto desconcertó a mis padres, pero consiguieron abstenerse de hacer comentarios.
Diviso a lo lejos a los invitados que empiezan a llegar. Un taxi detrás de otro se detiene en el largo camino de acceso flanqueado por árboles. En un radio de kilómetros no se vislumbra nada más que la campiña.
Estoy en un prado, a un centenar de metros de la mansión.
No tengo idea de por qué el recuerdo me ha traído justo aquí.
Estoy segura de que desentono mucho —una señora mayor, sola en un prado—, pero entonces me acuerdo de que has dicho que si me limito a observar nadie me verá, así que echo a andar hacia la casa.
Cuando entro, me vienen todos los recuerdos de golpe: los adornos de la mesa, la tarta, la puñetera lista de invitados; todas las discusiones con mi madre por las personas que ella exigía que incluyera, a pesar de que Stanley y yo queríamos una celebración íntima, y a pesar de que la lista de invitados por parte de él constaba de unos cuatro nombres, mientras que en la de mi madre figuraban más de cuarenta.
Joder, han pasado cincuenta años y sigo enfadada por eso.
De todos modos, yo no tenía demasiadas amistades a las que invitar; a todas las había conocido después que a Stanley, a través de mi labor como voluntaria en organizaciones benéficas o en actos sociales.
Aquellos a quienes consideraba mis amigos a los veintipocos años se habían perdido en la bruma de los tiempos al cabo de pocos años.
En aquella época no había móviles, y resultaba casi imposible localizar a alguien que no tuviera una residencia fija.