Disolución 13
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Cuando me despierto, estoy acostada en una cama.

Es cómoda, con un edredón mullido que tiene ese tacto de recién lavado típico de los hoteles y un colchón con el grado justo de dureza.

La austera habitación está decorada en ese estilo minimalista que tanto se lleva en el interiorismo actual, como si la gente se avergonzara de tener pertenencias o exhibirlas.

Me siento descansada, incluso llena de vida.

Me incorporo en la cama y, aparte de los crujidos y entumecimientos normales en un cuerpo de ochenta años, no noto ningún dolor.

De pronto me viene todo a la memoria: la caída desde la ventana, la fractura del hombro y la torcedura del tobillo.

La parálisis. O me he recuperado con una rapidez insólita, o llevaba mucho tiempo dormida.

No sé cuál de las dos posibilidades me asusta más.

Cuando me levanto, me percato de que llevo la misma ropa que cuando perdí el conocimiento. Eso me alivia un poco. No soporto imaginar a alguien —a ti— desvistiéndome para ponerme el pijama como a una niña.

Entonces pienso en Stanley. No sé dónde está. Tengo que localizarlo.

Me encamino directa hacia la puerta, pero me veo obligada a detenerme.

¿Por qué?

Me siento un poco mareada, como si hubiera bebido más de la cuenta. Todo me da vueltas, así que me agarro a la pared y respiro hondo varias veces para orientarme.

En ese momento se abre la puerta.

Tú estás al otro lado, sonriendo. Esta vez se trata de una sonrisa auténtica; lo sé porque he visto bastantes documentales de animales. Es la sonrisa que despliega una loba cuando está a punto de morder a su presa.

—Maggie —dices en un tono cordial—. Me alegra que te encuentres mejor.

—¿Dónde está Stanley?

Te haces a un lado y me ofreces el brazo como esperando que lo coja.

—En cuanto lleguemos a...

—No, Hassan —digo sin alzar la voz. Consigo mantenerla totalmente bajo control—.

Se acabó lo de «en cuanto...» y «si me dejas...

». Se acabaron las evasivas, el hacerme luz de gas y las patrañas.

Ayer te vi matar a un hombre. Un hombre que estaba a punto de matarme a mí.

Así que solo tengo dos preguntas, y no pienso ir a ningún sitio contigo ni hacer nada de lo que me pidas hasta que las respondas: ¿qué está pasando? , ¿y dónde coño está mi marido?

Bajas el brazo, pero tu sonrisa persiste.

—Hace décadas, antes de que lo conocieras, tu marido y otras personas descubrieron un método para acceder al pasado y efectuar cambios en él.

Llámalo viajar en el tiempo si quieres. Fue el invento más importante de la historia de la humanidad.

En un intento de enterrar ese descubrimiento y destruir todo rastro de la investigación, otro grupo de personas, como el hombre al que conociste ayer, que operan bajo el nombre de Sunrise, infligieron un daño terrible tanto a la mente de Stanley como al mundo tal como lo conocemos.

Estoy tratando de reparar eso, de ayudar a tu esposo a recuperar no solo sus recuerdos, sino el reconocimiento que merece.

Ahora mismo él está en el Instituto, y he venido para llevarte hasta él.

Si quieres, puedes hacerme más preguntas por el camino.

Te miro, parpadeando, un poco abrumada por la sinceridad de tu respuesta. Había supuesto que eludirías mi pregunta con una frase vaga o una amenaza velada. Algo ha cambiado.

Te sigo por un pasillo que recuerda en parte un hotel y en parte un hospital, entre muchas puertas tras las que supongo que hay otras habitaciones. Me pregunto quiénes estarán ahí dentro, y si se les permite salir.

—Y esas personas, Toby, Sunrise, los que le han hecho esto a Stanley, ¿por qué quieren enterrar su descubrimiento? —pregunto.

Echas a andar de nuevo, con lo que me obligas a seguirte.

—Por cortedad de miras, por estupidez y falta de perspectiva histórica.

Levanto la mirada hacia ti, arqueando las cejas.

—Les da miedo —añades con un asomo de suspiro— y creen que es posible mantener oculto ese conocimiento, a pesar de que la historia entera de la humanidad demuestra lo contrario.

No es que en el Instituto no seamos conscientes de los peligros que entraña un descubrimiento como este, simplemente sabemos que no se puede echar tierra a estas cosas, que, si hay que lidiar con ellas, es importante hacerlo de frente.

Llegamos a un vestíbulo de ascensores —libres, por suerte, de señalizaciones extrañas con letras griegas y advertencias inquietantes—, y pulsas un botón.

—¿Por qué te interesa tanto encontrarlo?

Te vuelves hacia mí.

—¿Te has fijado en el mundo en que vivimos, Maggie?

¿Has visto lo que le estamos haciendo? Están muriendo ecosistemas enteros.

Los niveles del mar están subiendo. Los incendios forestales causan estragos en varios continentes.

Vamos directos hacia la destrucción, y no se está haciendo nada por remediarlo.

—Cuando las puertas del ascensor se abren, me indicas con un gesto que entre—.

La fuerza a la que accedió tu esposo es de una magnitud incomparable a la de ninguna otra que hayamos descubierto antes.

Como la división del átomo, trae consigo una nueva era de pensamiento científico, un nuevo paradigma.

Si tomamos el control del pasado, ¿acaso no controlaremos también el futuro?

Gracias al descubrimiento de Stanley y a tu ayuda, podemos empuñar las riendas de este planeta, hacer retroceder la marea.

—¿Y Stanley?

—Piensa en lo que seríamos capaces de hacer si pudiéramos modificar el pasado, Maggie.

Piensa en los avances que llevaríamos a cabo.

La medicina moderna ha experimentado una evolución muy grande en los últimos cien años, más de lo que muchos se imaginan.

—Me lanzas una mirada elocuente, y entonces pienso en mi hombro, que apenas ayer estaba roto—.

El acceso al pasado no solo nos permitirá viajar.

Los nuevos conocimientos desencadenarán una revolución científica y tecnológica.

Tengo la firme convicción de que, gracias a estas nuevas perspectivas, el primer hombre que llegará a vivir mil o cien mil años ya ha nacido.

Quizá incluso podamos brindaros a Stanley y a ti unas cuantas décadas más juntos.

Os espera una vida prolongada y feliz. Solo tienes que colaborar conmigo.

Hago un esfuerzo consciente por mantener una respiración regular, por conservar la calma y la racionalidad, pero no me resulta fácil. Tengo frente a mí a un genio salido de una lámpara que ha escrutado mi corazón, ha descubierto mi deseo más profundo y ferviente, y se ha ofrecido a concedérmelo.

Pero sé lo que pasa en los cuentos de hadas: los genios no son de fiar. Los deseos no son lo que parecen.

—¿Qué necesitas que haga? —pregunto de todos modos.

Las puertas del ascensor se abren.

Volvemos a estar en el Instituto, en el laboratorio principal, adonde me trajiste nada más llegar.

Me paro a mirar alrededor e intento asimilar lo que esto implica.

Las habitaciones están en el imponente edificio que se eleva por encima de este lugar, y sirven de alojamiento para las personas que trabajan aquí. Sales del ascensor, y yo te sigo.

—Sunrise ha hecho un trabajo más concienzudo de lo que había supuesto.

Esperaba que pudieras recuperar todos los recuerdos de Stanley tras solo unos intentos, pero al parecer no será así.

He trazado un mapa más o menos preciso de los puntos de la memoria de Stanley a los que podemos acceder.

En gran parte lo he conseguido gracias a los escáneres que realizamos de vuestros cerebros mientras llevabas a cabo la inmersión.

En teoría, dichos puntos funcionan como anclas que te permitirán desplazarte a otras zonas de su memoria, momentos a los que él no puede acceder solo.

Quiero que te sumerjas de nuevo en su cabeza por medio de la pala, que te traslades a esos momentos de su pasado y averigües qué sucedió en ellos.

—¿Al pasado?

—Sí, a través de sus recuerdos. Así funciona la máquina.

—¿Por qué no lo haces tú?

—Sunrise ha borrado muchas cosas. Si los recuerdos siguen ahí, estarán enterrados a gran profundidad.

Para que la fidelidad del vínculo sea lo bastante nítida, este tiene que establecerse con una persona que esté muy unida al sujeto y que comparta con él suficientes recuerdos.

Tú conviviste décadas con él; eres con diferencia la mejor candidata.

El laboratorio parece estar funcionando con normalidad.

Nada ha cambiado: hombres y mujeres con bata blanca y tablas sujetapapeles van y vienen afanosamente de una habitación a otra, manipulando aparatos extraños que no reconozco.

Nos lanzan miradas breves y furtivas. Nos dedican sonrisas forzadas al cruzarse con nosotros.

Al ser mi segunda visita lo veo con más claridad: en este edificio todos te tienen un miedo terrible.

Me guías hasta un ascensor beta, y bajamos en él hasta tu extravagante y anacrónico despacho.

Stanley está en su silla de ruedas en medio de la habitación, con la vista fija en una pantalla que muestra un antiguo documental de animales. En cuanto lo veo se me escapa una leve exclamación de alivio, algo a medio camino entre un suspiro y un chillido, me abalanzo hacia él y lo tomo de la mano.

No reacciona. Me mira unos instantes, como quien observa a un pájaro que pasa volando frente a la ventana, y, con un gruñido, devuelve su atención a la pantalla. Hoy me reconoce —lo leo en sus ojos—, pero le da igual. Está consciente pero distante, como si tuviera la cabeza en otro planeta.

—Buenos días, Stan —digo, acariciándole el brazo—. Me alegra mucho ver que estás bien.