12. Stanley 1960 #3
Stanley notó que lo recorría una oleada de emociones: entusiasmo, alivio, apabullamiento. Casi no podía ni diferenciarlas entre sí. Se le escapó una carcajada, y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.
—Lo hemos conseguido —repitió, volviéndose hacia Raph. Se sonrieron como tontos, y Stanley luchó por detener el temblor de sus manos. Estaba al borde del llanto—. ¿Quién se lo iba a imaginar?
Jacques cogió el micrófono.
—Gracias, Maria —dijo en un tono frío e inexpresivo—. Pasa a la fase dos, por favor.
Ella hizo un gesto afirmativo.
Fase dos: la inmersión en la memoria.
Levantó el casco, lo colocó sobre la cabeza de Kier y le abrochó la correa por debajo de la barbilla. Los cables que sobresalían de la parte superior quedaron colgando por detrás de su cabeza como una cola de caballo, y por el otro extremo estaban conectados a las máquinas situadas debajo.
—Vamos a pedirte que vuelvas atrás a un recuerdo concreto —dijo Maria—, a 1952, como hemos practicado antes, con la diferencia de que esta vez vas a enterrar un objeto en el jardín, delante de tu casa.
Se habían hecho con ese terreno, que había permanecido intacto durante aquel lapso de ocho años, de modo que podrían acceder a él una vez concluido el experimento.
Kier asintió. Cuando Maria oprimió un botón en la máquina, él cerró los ojos y se le aceleró la respiración.
—¿Me oyes?
—Sí —dijo Kier—. Estoy ahí. Estoy ahí de verdad. Veo la casa. Dios santo, me veo a mí mismo. ¿Qué pasaría si...? —Se le apagó la voz.
La fascinación y la euforia se habían desvanecido de su rostro. Tenía los brazos colgando laxos a los costados, y una expresión totalmente vacía.
—Kier, ¿te encuentras bien? —preguntó Maria.
Él permaneció en silencio, con los ojos fijos al frente, en la nada.
Maria lo sacudió, intentando conseguir que reaccionara. Le retiró el casco y le puso las manos en la cara. Elias empezó a acercarse, pero se detuvo, vacilante, sin saber qué hacer.
Raph volvió la cabeza hacia Stanley.
—¿Qué está ocurriendo? ¿Qué le ha pasado?
—No lo sé —dijo Stanley—. No tengo ni idea. Hace un momento estaba bien. Si le...
—¿Hola? —La voz de Maria llegó a través del monitor. Destilaba temor, incluso pánico—. ¿Qué sucede? ¿Dónde... dónde estoy?
Stanley giró de golpe la cabeza hacia la sala.
—¿Qué ha dicho?
—No sé dónde estoy. Me... —Maria reculaba alejándose de Kier, con la vista clavada en él y en Elias—. ¿Quién eres? ¿Quién es él?
—Tranquila, Maria —dijo Jacques, hablando a través del micro—. Estás sufriendo un breve episodio. Ninguno de esos hombres quiere hacerte daño. El que está a tu izquierda se llama Elias, y el del sillón... —Se quedó callado, frunciendo el ceño.
—¿En serio? ¡No me jodas! —gritó Raph—. Se llama... se llama... Stan, ¿por qué no me acuerdo de su nombre?
—¡¿Qué?! —A Stanley se le cayó el alma a los pies—.
Yo... Ay, Dios. —Él tampoco conseguía recordarlo.
Por más que se estrujó las meninges, el dato no estaba ahí—.
¿Cómo puedo no saberlo? Es el sujeto del experimento, eso lo tengo claro.
¡Clarísimo! Pero... todo lo demás se ha esfumado. Se ha esfumado del todo.
En medio de la habitación, el sujeto permanecía completamente inmóvil. Respiraba, estaba vivo, pero sus ojos miraban hacia delante, con expresión apática.
—A la mierda —masculló Toby, con medio cuerpo fuera de la puerta—. No, no, no. A mí no me contrataron para esto. —Y, antes de que nadie pudiera decir nada, se marchó.
—No sé quién soy —dijo la mujer, cada vez más desesperada. Stanley tampoco se acordaba de ella... ¿Qué demonios estaba ocurriendo?—. ¿Cómo es que no sé ni cómo me llamo? —Agarró las carpetas que estaban sobre la mesa y las tiró al suelo—. ¡¿Cómo puedo no saber mi propio nombre?!
Elias la sujetó para impedir que siguiera causando estropicios. Sollozando, ella forcejeó, luchando por liberarse.
—Cálmate —dijo él—. Te llamas... te llamas... —Se interrumpió, soltándola.
Volvió la cabeza hacia el cristal para mirar directamente a Stanley, Raph y Jacques.
Sus ojos reflejaban un pánico indecible.
— Wo bin ich? —dijo—. Was ist los?
Jacques se levantó de su silla como un resorte, atravesó la habitación y salió por la puerta.
—¿Adónde coño vas? —preguntó Raph. Jacques hizo caso omiso de él.
A Stanley le temblaba todo el cuerpo. ¿Qué diablos estaba pasando? ¿Por qué no reconocía a ninguno de ellos? Y cuando intentaba pensar en los otros dos científicos —la mujer y el hombre que estaban en aquella sala—, su mente se quedaba en blanco. No guardaba el menor recuerdo de ellos. Nada.
Se oyó un fuerte pitido. Stanley alzó la vista hacia el cristal que los separaba de la sala de experimentos y advirtió que una luz roja se encendía encima de la puerta. La salida estaba bloqueada.
El hombre se volvió en dirección a la puerta con el entrecejo arrugado. Se abalanzó hacia allí e intentó abrirla, en vano.
Jacques reapareció junto a Stanley.
—¿Los has encerrado?
—¿Te acuerdas de quién soy?
Stanley vaciló por unos instantes.
—Claro que me acuerdo.
—¿Y recuerdas quién eres?
—Pues... sí. ¿A qué viene eso?
—No sé qué le ha sucedido a la mujer, pero ha sido después de que tocara al sujeto sentado en el sillón. Y lo que le ha pasado a ese hombre ha sido después de que tocara a la mujer. Tenemos que tratar esto como un brote.
—¿Un brote de qué? —inquirió Raph, que caminaba de un lado a otro, negando con la cabeza.
—Pero ¿tú tampoco te acuerdas de cómo se llaman ellos ni de quiénes son? —le preguntó Stanley a Jacques, señalando a la sala.
—No.
El hombre aporreó la puerta, gritando, y arrojó su peso contra ella. La mujer se encogió en un rincón, presa de temblores y estremecimientos.
—Madre mía, los has encerrado —repitió Raph, girando en redondo—. Jacques..., los has encerrado. Son personas. Son... Dios santo. ¿Qué vamos a hacer?
—¡Dejadme salir! —aulló la mujer, mesándose el cabello—. ¡Por favor, seáis quienes seáis, dejadme salir!
Stanley pulsó el botón del intercomunicador.
—Por favor, intentad mantener la calma. No corréis peligro alguno. Estamos intentando arreglar esto...
— Ich kann dich nicht verstehen! —gritó el hombre. Fuera quien fuese, estaba claro que no hablaba la lengua de los demás—. Was hast du mir angetan?
La mujer seguía soltando chillidos ininteligibles a causa del pánico; de su boca no brotaban palabras, sino un lamento estridente interrumpido por respiraciones entrecortadas.
El hombre le gritaba en alemán, pero ella no le respondía. Apenas parecía consciente de su presencia. El hombre metió la mano bajo la bata y extrajo una pistola que llevaba en el cinto, a la espalda.
Todos se quedaron paralizados.
—¿Qué cojones...? —susurró Raph—. ¿Por qué va armado ese hombre? ¡Jacques! ¡¿Por qué va armado ese hombre?!
Jacques agitó la mano como para ahuyentarlo.
—¡No lo sé! No soy responsable de lo que lleven encima otras personas.
—¡Y una mierda! —espetó Raph—. ¡Eso es una gilipollez!
Blandiendo la pistola, el hombre le gritaba a la mujer, desgañitándose.
Stanley aferró el micrófono, pero no dijo una palabra. No tenía idea de qué hacer. Una frase se repetía una y otra vez en su mente: «Un azote inmortal, terrible, funesto e invencible».
Los aullidos de la mujer se intensificaron, hasta tal punto que parecía que podían traspasar la carne y penetrar en el hueso. Crispando el gesto, Stanley se tapó las orejas con las manos.
— Halte die Klappe! —le bramó el alemán, amenazándola con el arma—. Halte!
Pero ella seguía gritando. Con una mueca, el hombre cerró los ojos, y dos disparos retumbaron en la sala. La mujer se convulsionó, sufriendo una sacudida con cada bala, y quedó en silencio.
El hombre dio un paso tambaleante hacia atrás, y luego otro, hasta topar con la puerta cerrada.
— Was habe ich gemacht? —dijo, contemplando sus manos, horrorizado—. Was hast du mir angetan?
Se metió el cañón en la boca y disparó.
Los tres se quedaron mirando la sangre, la carnicería, en un silencio cargado de horror e impotencia.
Y, en medio de aquella escena, el sujeto del experimento les devolvía una mirada exánime con ojos vacíos de maniquí.