12. Stanley 1960 #2
Se sentó en una silla mientras ella salía de la habitación.
Habían convertido un despacho en una plataforma de observación improvisada, con un cristal que daba directamente a la sala central.
Había sido idea de Jacques; quería que el sujeto recibiera los mínimos estímulos posibles del presente.
Los tres estarían en la habitación contigua y solo se comunicarían con el sujeto por medio de un intercomunicador de radio, observando a distancia.
Stanley miró a través del cristal a Jacques y Elias, que estaban poniendo a punto el cableado del sillón. Había cierta complicidad entre ellos —una especie de pacto— que le causaba cierta desazón a Stanley.
—Stan... —Al volverse, vio a Toby de pie detrás de él—. ¿Podemos hablar?
Stanley asintió.
—Claro. ¿Qué pasa?
Tras echar un vistazo al pasillo, Toby cerró la puerta para que quedaran los dos a solas.
—Sé que este no es precisamente el mejor momento, con lo del gran experimento y todo eso, pero, en fin...
, ¿no te ha pasado que llevas un tiempo intentando decirle algo a alguien pero no sabes cómo expresarlo, y entonces llegas a un punto en el que sabes que, si no se lo dices ya, nunca se lo dirás?
Stanley se deslizó hacia él en la silla con ruedas.
—¿De qué se trata?
—Pues que hace un par de semanas estaba revisando algunos de los ensayos clínicos para la cuarta iteración y necesitaba datos de la sección del laboratorio que lleva Jacques.
Por lo general, me los facilita Elias, pero no andaba por aquí, así que...
—Se interrumpió para dirigir otra mirada a la puerta.
Stanley se puso de pie.
—Toby, ¿qué...?
—No sé en qué está trabajando Jacques, pero no es en esto de la memoria o, al menos, no solo en esto.
Creo..., a ver, es lo que parece..., que está desviando dinero y recursos a unos seis proyectos paralelos y lo registra todo como costes de experimentos de memoria fallidos para no despertar sospechas.
—Toby estaba hablando atropelladamente, como si quisiera soltarlo todo lo antes posible—.
Raph está recibiendo tanto dinero de la plataforma petrolífera que creo que apenas se fija en esas pequeñas pérdidas.
Algunos de los proyectos me resultaron ininteligibles.
No sé si estaban cifrados o en un idioma distinto, pero para mí no eran más que un galimatías.
En cuanto a los demás, bueno..., había algunos sobre informática, otros sobre biología, con imágenes de vivisecciones o informes sobre regeneración de órganos.
A ver, sé que no me corresponde juzgar, pero las cosas que vi me parecieron un poco inquietantes, no sé si me explico.
Stanley se llevó la mano a la frente, notando un incipiente dolor de cabeza. Aquello era lo último que necesitaba en ese momento.
—¿Cuánto hace que lo sabes?
—Pues una semana y media, más o menos. No sé desde cuándo está pasando. —Se mordisqueó el labio, nervioso, y, al cabo de unos instantes, añadió—: Oye, si hablas de esto con Jacques, por favor no menciones mi nombre, ¿vale? Solo... he pensado que debías saberlo.
Acto seguido se escabulló por la puerta y la cerró tras él.
Stanley respiró hondo al tiempo que lo recorría una oleada de ansiedad.
No podía pensar en eso; no era el día. Ya se ocuparía de ello más tarde, se lo comentaría a Raph, pero en ese momento debía concentrarse plena y exclusivamente en la tarea que tenía entre manos.
La verdad pura y dura era que, para conseguir lo que se proponían, necesitaban a Jacques.
Stanley no podía permitirse enemistarse con él ahora.
Abrió un cajón y sacó la fotografía que Jacques le había enseñado cuatro meses atrás.
Era una imagen actual de Bill —el sujeto del experimento—, en el jardín trasero de la casa donde se había criado.
Él mismo se está tomando la foto, arrodillado junto a un hoyo que ha excavado.
En la mano, aún cubierta de barro, sostiene un pequeño trofeo escolar como los que se otorgan a alumnos de primaria cuando ganan partidos de fútbol.
El rostro de Bill lo dice todo; su expresión maravillada y perpleja, llena de incredulidad.
Queda más que claro lo que ha hecho: volver a su infancia sumergiéndose en sus recuerdos y enterrar el trofeo, para luego desenterrarlo en el presente.
Era una prueba, la demostración de que era posible efectuar cambios en el pasado. De que podían viajar en el tiempo.
Sin embargo, el trofeo ya no existía. Había desaparecido poco después de que se tomara la fotografía, y nadie había llegado a verlo en persona. Cuando Raph fue a investigar con Bill, acabaron encontrándolo en el desván, cubierto con una gruesa capa de polvo, como si nadie lo hubiera tocado en años.
Los cambios producidos por la acción de Bill se habían esfumado en cuanto había intentado enseñárselos a alguien.
Fue entonces cuando Stanley lo entendió todo, cuando las piezas sueltas de su trabajo encajaron entre sí limpiamente, como los componentes de un mecanismo.
La barrera estaba, como siempre, en la memoria perfecta.
Los recuerdos de Bill sobre su pasado eran defectuosos; se habían alterado y adaptado a lo largo de los años, como solo hacen los recuerdos.
Cuando se sumergió en su memoria, vio una versión del pasado que nadie más que él había experimentado.
Su cerebro había adaptado sus recuerdos, dando lugar a una línea temporal puramente individual, y todos los cambios que había llevado a cabo solo habían tenido consecuencias en esa línea temporal local.
En cuanto se los había mostrado a otra persona, habían desaparecido. No quedaba más que la foto.
No obstante, si conseguían superar el techo de memoria primero, podrían garantizar que el sujeto del experimento tuviera acceso a lo que Stanley había intentado desbloquear desde el principio —un recuerdo perfecto, infalible y objetivo del pasado—, lo que en teoría permitiría que la observación del recuerdo se entrelazara con el pasado colectivo.
Los cambios se volverían reales para todo el mundo en todas partes. Serían permanentes.
«¿Era esto lo que pretendía usted conseguir, profesor? —se preguntó Stanley, toqueteando los bordes de la fotografía—. ¿Fue siempre este su objetivo final?»
La puerta se abrió y entraron Raph y Jacques, que se sentaron a cada lado de Stanley. Toby, que los seguía, se detuvo en el umbral, vacilante.
—Es la hora —dijo Jacques.
Stanley respiró hondo e intentó arrumbar en un rincón de su mente lo que Toby acababa de contarle. Se volvió hacia Raph, que le dedicó una sonrisa afectuosa y tranquilizadora.
Al mirar a través de la gruesa mampara de vidrio, vio que el sujeto —un joven llamado Kier, como Raph tuvo a bien recordarle a Jacques— tomaba asiento en el sillón colocado bajo la pala de memoria. Habían empezado a llamarla así a raíz de la trascendental imagen de Bill cavando en el jardín.
—Ha llegado el momento decisivo —dijo Raph—. Hemos ensayado cada una de las partes por separado, y todas funcionan. Estamos listos. Y Kier también.
Stanley asintió. Pulsó un botón que tenía delante para encender el intercomunicador que conectaba ambas habitaciones entre sí.
—Maria —dijo—. Inicia el procedimiento, por favor.
Maria administró por vía intravenosa la primera serie de fármacos a Kier. Ya se había sometido a una intervención esa misma semana, y las sustancias estaban diseñadas para funcionar en tándem con las modificaciones realizadas a sus conexiones neuronales.
Elias contemplaba la escena desde la puerta, impasible, por si se requería su ayuda.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Maria—. ¿Estás cómodo?
Kier asintió.
—Todo bien.
—Los fármacos tardarán unos minutos en hacer efecto. Entonces te administraremos la segunda dosis.
Era un proceso estricto, con pasos bien definidos, en el que cada miembro o participante había recibido instrucciones precisas. Stanley se percató de que le sudaban las manos.
Después de la segunda tanda de medicación, advirtió que los ojos de Kier parecían un poco más abiertos, un poco más alerta.
—Y ahora, ¿cómo te encuentras? —sonó la voz de Maria a través de los altavoces de la sala de observación.
—Puedo... —murmuró Kier—. Creo... creo que está surtiendo efecto. Lo veo muy claro, como si hubiera sucedido hace solo diez minutos. Me está viniendo todo a la cabeza. Veo el lago en el que aprendí a nadar con tres años. Es... increíble. Es como si acabara de estar ahí.
—¿Habéis oído eso? —dijo Raph, emocionado—. ¿Lo habéis oído?
Stanley alzó la mano. Aún no era momento para celebraciones.
—Maria —dijo a través del micrófono—. Las preguntas, por favor.
Ella asintió y cogió su tabla sujetapapeles con las preguntas que habían preparado después de indagar en la vida de Kier durante meses. Él no tenía idea de qué le iban a preguntar.
—En 1943 visitaste una vez la casa de tu primo en Kent. ¿Cuál era la dirección?
—El número sesenta y ocho de North Farm Road, en Tunbridge —respondió él de inmediato, y se quedó con la boca abierta de asombro—. Caray. Es que... guau.
Ella le dirigió una sonrisa breve y profesional.
—En segundo de primaria tuviste una profesora, la señora Tilscher. En una o dos ocasiones mencionó de pasada a su marido. ¿Cómo se llamaba?
—Harry —dijo Kier—. Se llamaba Harry Tilscher. Madre mía, está todo ahí; toda esa información, todos esos recuerdos.
Y así prosiguió el interrogatorio, hasta la última de las veinte preguntas que ponían a prueba al máximo su capacidad de retentiva. Kier respondió correctamente a todas y cada una de ellas.
A Stanley el corazón le martilleaba en el pecho. Agarraba el micrófono del intercomunicador con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Lo hemos conseguido —susurró Raph, mirando fijamente a través del cristal. Se puso de pie—. ¡Lo hemos conseguido de verdad, Stan! Una memoria perfecta e infalible. Estoy alucinando.