Disolución 12. Stanley 1960
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12. Stanley 1960

El sol empezaba a ponerse sobre la ciudad.

Aún era temprano, las cuatro pasadas, por lo que las calles aún no estaban llenas de trabajadores con prisa por volver a casa.

Una tranquilidad similar a la calma que precede a la tormenta se había apoderado de las calzadas adoquinadas y las callejuelas tortuosas.

El tapón de la botella de champán saltó con un pequeño estallido, y el burbujeante líquido blanco se vertió en las tazas de café. Eran los únicos recipientes aptos para beber que habían podido encontrar en el laboratorio en tan poco tiempo.

—Me da la sensación de que estamos tentando al destino —dijo Stanley, chocando su taza con la de Raph. Estaban sentados en uno de los balcones del edificio Lazarus, el del despacho de Raph—. Aún no hemos hecho nada.

—Esta va a ser la buena —repuso Raph, tomando un trago de champán—.

Lo presiento. Además, no es que haya comprado esta botella expresamente para celebrar.

A mi padre le mandaban como cinco millones de ellas por Navidad y acababan amontonándose en su despacho y el almacén, así que ahora simplemente cojo una cada vez que me apetece.

Me ha parecido que te vendría bien relajarte un poco.

Porque, a ver, ¿cuándo fue la última vez que probaste un champán tan rico?

Con una risita, Stanley negó con la cabeza. No recordaba cuándo había sido la última vez que bebía algo que no supiera a aguarrás. Aunque, en realidad, había estado tan enfrascado en el trabajo durante los últimos meses que no había tomado una gota de alcohol en todo ese tiempo.

—Vale la pena, ¿no crees? —preguntó.

Raph se revolvió, incómodo.

—¿A qué te refieres?

—No estoy ciego, Raph. Me he dado cuenta de que estos experimentos te han causado cierto malestar, sobre todo en los últimos cuatro meses.

Raph agitó la mano como para ahuyentar el pensamiento.

—Puede que no sean legales, pero he hecho cuanto está en mi mano por garantizar que sean lo más éticamente aceptables posible. Todos los sujetos son adultos que han dado su consentimiento.

—Pero sigues sin querer hacerlo. Tuvimos que presionarte para que accedieras. No me gustó nada llegar a eso.

Raph se encogió de hombros.

—Si no hubiera accedido, lo habrías hecho sin mí de todos modos. Tienes más en común con Jacques de lo que crees, ¿sabes?

Por toda respuesta, Stanley se levantó, se acercó al antepecho del balcón y, acodado sobre él, tendió la mirada hacia la ciudad.

—Es el ímpetu —prosiguió Raph—. Yo nunca lo he tenido en la misma medida que vosotros dos. Cuando os fijáis un objetivo, os convertís en... una fuerza imparable, como una tormenta, un tsunami o algo por el estilo. Lo arrastráis todo a vuestro paso.

Stanley tomó un sorbo de su taza. En efecto, era un champán muy bueno.

—¿Eso es lo que está pasando aquí, Raph? ¿Te estamos arrastrando? Porque yo... no sé. Tanto trabajo, tantos años de dedicación, mi colaboración con Waldman... Sé... sé que a veces pierdo la perspectiva de las cosas.

Raph se inclinó hacia delante en su asiento.

—¿Qué intentas decirme?

—Creo que ya no soy capaz de ver esto con objetividad.

Raph se quedó callado. Se miraron, y los pensamientos de Stanley impregnaron el silencio.

—¿Te acuerdas de mi hipótesis sobre la evolución? —dijo al cabo de un rato.

—Sí, la de que evolucionamos para dejar atrás la memoria perfecta, para poder olvidar cosas.

—Sí, bueno, pues he estado pensando que, si eso es verdad, ¿cuál es el motor de la evolución, a un nivel darwiniano básico? La supervivencia de los más aptos, ¿no?

Raph asintió.

—Claro.

—La evolución refuerza las características que incrementan nuestras posibilidades de sobrevivir a los ataques de los depredadores, de perdurar como especie. Así que, si olvidar es una de esas características... —Dejó la frase en el aire.

—Conozco los fundamentos de la teoría evolutiva, Stan, como bien sabes. ¿Adónde quieres llegar?

—¡No lo sé! —Levantó las manos, desesperado, y volvió la vista hacia la ciudad—.

No lo sé. Llevo tanto tiempo trabajando en este problema que siento que los árboles no me dejan ver el bosque.

Pero a veces, cuando estoy tumbado en la cama, pienso: «¿Qué demonios estamos haciendo? ». ¿Nos estamos equivocando?

No pronunció las palabras que lo atormentaban, que le venían a la cabeza una y otra vez: «Un azote inmortal, terrible, funesto e invencible, contra el que es inútil luchar».

No le había hablado a nadie de ellas y había intentado relegarlas a lo más recóndito de su mente, junto con la imagen de Waldman meciéndose colgado de una cuerda.

Sin embargo, por más que se resistía, las palabras lo asaltaban en el momento menos pensado: en plena noche, cuando estaba en la ducha o dando un paseo. No podía librarse de ellas.

Y lo mismo ocurría con las dos últimas palabras de Waldman, las más siniestras: «ESTÁ HAMbrIENTA».

Se giró de nuevo hacia Raph.

—Si me pides que no siga adelante con esto, no seguiré. Lo dejaré en este mismo instante. Solo tienes que decirlo.

—¿En serio?

—En serio. Confío en ti, Raph. Sin reservas.

Cuando acudí a ti hace un par de años, fue solo porque quería conseguir algo de ti.

Pero tú me ayudaste, porque siempre has sido mejor persona que yo.

Últimamente me fío más de ti que de mí mismo.

Así que tú decides. Nunca te has sentido cómodo con lo que hacemos aquí.

Dime que abandone el proyecto, y lo abandonaré.

Raph se reclinó con expresión desconcertada.

—No sé qué decir. Creo que no serviría de nada. Jacques jamás nos dejaría abandonar a estas alturas.

—Ya lidiaré yo con Jacques si hace falta.

Una carcajada gutural brotó de los labios de Raph. Se puso de pie y se colocó junto a Stanley frente a la barandilla del balcón.

—La cuestión es que yo nunca he sido nada sin vosotros dos. No sé. Pero hay días en que os miro y pienso en... ¿Sabes qué decía Lorca respecto a la condición de artista, a lo que mueve a la gente a hacer arte?

Stanley negó con un gesto.

—Lo leí hace como un año. Decía que el duende, ese impulso apasionado de crear algo insólito y maravilloso, reside en el intento de curar «esta herida que no se cierra nunca».

En cuanto lo leí, pensé en ti. Llevas toda la vida intentando curar esa herida que no sé qué origen tiene; a lo mejor ni tú mismo lo sabes.

Pero albergo la esperanza de que, si sacamos esto adelante, si alcanzamos nuestro objetivo, tal vez tu herida se cure.

Tal vez se cierre. Eso... hace que valga la pena para mí.

Stanley se quedó callado, arrastrando los pies adelante y atrás, incómodo.

—¿A pesar de todas tus reservas morales, de todas las objeciones que planteaste el año pasado?

Raph suspiró.

—Sí. Eres mi mejor amigo, Stan, y te tengo mucho cariño. Te apoyaré en esto hasta el final.

Stanley se le acercó un poco hasta que quedaron hombro con hombro.

Se preguntó cómo había podido dudar de las intenciones de ese hombre y de la sinceridad de su amistad.

Había tenido otros amigos que habían entrado y salido de su vida —Hugo, Toby e incluso Jacques, en épocas mejores—, pero ninguno de ellos había confiado en él de forma tan absoluta. Una confianza así era impagable.

Abajo, en las calles, algunos empleados salían de su edificio de oficinas; se marchaban temprano para intentar evitar las aglomeraciones y llegar a casa con su familia antes de la hora de la cena.

Pero no eran muchos. Aquella ciudad imponía a sus habitantes un orden de prioridades un tanto extraño, pensó.

En ese mundo tan frío era importante tener a alguien que te diera un poco de calor de vez en cuando.

—¿De verdad crees que podemos lograrlo? —preguntó Raph, rompiendo el silencio—. Me refiero a viajar en el tiempo con la posibilidad de cambiar el pasado o influir en el presente de una manera significativa. ¿Era eso lo que intentaba conseguir Waldman? Suena demasiado a... ciencia ficción, a magia.

Stanley se dio la vuelta y se recostó contra la barandilla.

—Me parece que nunca llegué a saber cuál era realmente el objetivo de Waldman.

Creía que sí, pero era más hermético de lo que imaginaba.

¿Tenía clara la cadena causal que lleva de la memoria perfecta a la observación perfecta del pasado, y de esto a la capacidad de manifestarse en el pasado?

No lo sé. Pero si algo me enseñó fue a creer que todo es posible.

Stanley consultó su reloj. Era la hora. Tiró el champán que le quedaba en la taza al suelo del balcón, donde se escurrió serpenteando por el desagüe. Era un gesto bonito, pero lo hizo porque quería estar lo más despejado posible para lo que se disponían a hacer.

En todo el laboratorio no había más que seis personas, incluidos Raph, Stanley y Jacques.

Necesitaban personal para que manejara las máquinas, pero habían sido muy selectivos al respecto.

Solo habían permitido que participaran Toby, Maria y Elias en el experimento.

Había demasiado en juego, tenían demasiado que perder si alguien en quien no confiaban decidía revelar sus investigaciones a otros científicos o a la policía.

Stanley había avalado personalmente a Toby. Tras casi dos años de colaboración estrecha, estaba impresionado por el agudo intelecto y la determinación del hombre. Cualquier tarea importante se le podía encomendar a Toby, que la llevaría a cabo en menos de una semana sin preguntas ni quejas.

Jacques había insistido en incluir a Elias, y nadie había puesto en duda si Maria estaría presente o no. Se había convertido poco a poco en la mano derecha de Raph; aunque discreta, siempre estaba disponible cuando la necesitaba.

Al cruzarse con Stanley, Maria le sonrió con sequedad profesional antes de depositar una pila de carpetas sobre la mesa de Raph. Él le devolvió la sonrisa.