11 #4
Me reclino, con una sensación extraña. Esto no tiene pies ni cabeza. ¿Se acuerda de mí, pero no de Stanley ni de aquel otro hombre? Entonces pienso en ese agujero enorme surgido donde antes estaban ellos, ese vacío que los engulló, y se me hiela la sangre.
Vuelve a inclinarse hacia delante.
—Es fundamental que me digas cómo me has encontrado —dice en un tono insistente.
—Había una dirección —digo de nuevo, con la cabeza un poco espesa, supongo que por los analgésicos—. En la vieja lista de contactos de Stan. La tengo en mi móvil.
Se levanta y echa a andar de un lado para otro, frustrado conmigo, aunque no tengo muy claro por qué. De pronto me da mucha sed. Me inclino para coger el vaso de agua, pero mi brazo no se mueve. Ninguno de los dos me responde.
Toby agarra mi teléfono, que está sobre el brazo del sillón, y lo mira.
—Yo confiaba en Stan. Era uno de los buenos, pero...
—Niega con la cabeza—. Así que están utilizando de nuevo la pala de memoria, después de tanto tiempo.
Y, además, funciona —añade con voz temblorosa, volviéndose hacia mí.
En un susurro, como si temiera que alguien nos esté escuchando, pregunta—: ¿Qué habéis hecho respecto a Omega?
—No lo sé —digo—. No tengo idea de qué es eso.
Chasquea la lengua.
—Claro que no. No eres más que un peón. Eso me ha quedado claro. Todos lo éramos.
—No puedo... —murmuro—. Toby, no puedo moverme.
—Bueno, eso es normal. Señal de que las drogas que te he dado empiezan a hacer efecto. No puedo dejar que te vayas y divulgues mi paradero por ahí, aunque seas una anciana y estés lesionada. ¿Te imaginas qué persecución protagonizaríamos tú y yo?
La respiración se me atasca en la garganta, como si el aire fuera alquitrán.
—¿Dejar que me vaya?
—Las herramientas con las que estáis jugando, los que estáis...
—Negando con la cabeza, lanza mi teléfono al fuego, que crepita y chisporrotea—.
No, no tiene vuelta de hoja. No puedo correr el riesgo de que me localicen de nuevo.
Estoy demasiado mayor para convertirme en fugitivo.
Pero enterraré tu cadáver en los campos de trigo.
No te dejaré por ahí tirada para que te pudras al aire libre. Eso no estaría bien.
«¿Enterrarme?», intento decir, pero los labios tampoco me obedecen.
Tengo el cuerpo entero paralizado. No siento nada. «Bueno, al menos ya no estás dolorida», bromea una voz sarcástica en mi cabeza para animarme un poco.
No funciona.
Me va a matar. Voy a morir, y Stanley se quedará solo, sometido a los experimentos que planeas realizar con él, a pesar de que le prometí que volvería a buscarlo. Se lo prometí.
—No deberías haber vuelto atrás. —Toby, de pie delante de mí, niega con la cabeza—. Sean quienes sean las personas con las que estás colaborando, no deberían haber removido eso. Hay cosas que están enterradas por una razón, y más vale que sigan así.
Mientras habla, ocurre algo rarísimo. Si no tuviera todo el cuerpo inmovilizado, seguramente gritaría. Una sombra alta aparece en el pasillo, detrás de él, y al crecer, adquiere poco a poco la forma de un hombre.
¿Quién es?
Eres tú. Estás de pie, unos metros por detrás de él, envuelto en la oscuridad. No emites el menor ruido, ni siquiera una exhalación.
—Creía que todos éramos conscientes de lo peligroso que era —continúa hablando Toby, que no ha reparado en tu presencia—. Hablé con Stan. Pensaba que estábamos de acuerdo.
Das tres pasos rápidos con los que cubres la distancia que te separa de Toby en un instante y le echas las manos al cuello.
Se gira de golpe hacia ti. Le sacas por lo menos una cabeza.
Aunque no alcanzo a ver la expresión en su cara, la voz le tiembla de pánico.
—¡¿T-tú?! —tartamudea—. ¡¿Cómo es posible?!
Frunces los labios y dices «chsss», como si reprendieras a un niño.
Entonces le tuerces la cabeza con una fuerza inusitada. El chasquido del cuello al romperse resuena por toda la habitación, seguido del golpe sordo de su cuerpo al caer al suelo.
Pasas por encima de su cuerpo en dirección a mí.
Sigo sin poder moverme. Me limito a mirarte con los ojos paralizados, como si estuviera viendo una película en cuya trama no puedo intervenir. El final ya está escrito.
—Gracias por conducirme hasta Tobias, Maggie —dices en voz baja, casi con ternura—.
Era más peligroso de lo que te imaginabas.
Entiendo que quisieras alejarte de mí, pero tienes que entender que jamás he pretendido haceros daño a Stanley o a ti.
Solo intento protegeros. Por eso te he ocultado cosas, para resguardarte de hombres como él.
Ahora me doy cuenta de que fue una decisión equivocada, de que eres demasiado fuerte para tratarte así.
Te agachas y me levantas en vilo como si fuera una pluma, sin apenas una exhalación. Acunándome en tus brazos como a una criatura, como a una amante, me sacas a la calle, donde nos espera una camioneta de estilo militar.
—Te llevaré de vuelta junto a tu marido. Está a salvo y contento. Necesitas descansar. Cuando lleguemos, te lo explicaré todo tan bien como pueda.