11 #3
Y entonces me derrumbo.
Me encojo sobre mí misma, sujetándome el hombro fracturado, e intento subir al asiento el tobillo, que vete tú a saber qué lesión tiene.
Y, por primera vez desde que te presentaste a mi puerta, doy rienda suelta al llanto.
Los sollozos brotan, incontrolables, entre oleadas de culpa, arrepentimiento y rabia, cada una más intensa que la anterior. Lo he abandonado. He huido.
Me parece que el conductor me dice algo, pero no lo oigo.
Con los ojos cerrados, repaso en mi mente los acontecimientos del último día una y otra vez, intentando determinar si he tomado la decisión adecuada, si he hecho lo correcto, pero no puedo. No dispongo de información suficiente. Supongo que por eso voy a ir a ver a Toby.
Cuando por fin abro los párpados, estamos a punto de llegar.
—Buenos días —dice el conductor—. Se ha quedado dormida. He... pensado que era mejor dejarla tranquila.
—¿Dónde estamos? —susurro.
Señala el mapa en la pantalla de su teléfono.
—Muy cerca. Faltan seis minutos.
Respiro hondo. Caigo en la cuenta de que no había pegado ojo desde que pasaste a buscarme ayer por la tarde, pues nos hemos pasado toda la noche trabajando en el Instituto. Después de estas cuatro horas de sueño, no me encuentro mucho mejor —de hecho, me siento peor—, pero no puedo hacer gran cosa.
El Uber se detiene delante de una gran casa de campo. Me apeo, doy las gracias al conductor y añado una buena propina al precio de la carrera, ya de por sí exorbitante. Miro a derecha e izquierda. No hay nada más aquí. El sitio está desierto.
Hace treinta años, sin duda era un paraje hermoso de la campiña, con colinas onduladas, tierras de labranza, vacas y ovejas en los prados y otros animales retozando en el bosque. Ahora casi todo el terreno se ha reconvertido y destinado a cultivos intensivos.
Hasta donde alcanza la vista, no se divisan más que carreteras y trigales.
Además de la casa.
Es de tres plantas y parece tener unos seis dormitorios. Por la parte de atrás sobresale un garaje, y hay un extenso jardín con un cobertizo y un invernadero. Sea quien sea el tal Tobias Hauata, debe de estar forrado.
Me acerco a la puerta principal cojeando y con el rostro crispado de dolor, y toco el timbre. Tiene una cámara integrada que me apunta a la cara. Veo parpadear una luz roja que indica que me está grabando.
Al cabo de un momento, la puerta se entreabre.
—¿Sí?
Me inclino hacia delante para echar un vistazo por la ranura, pero el interior está oscuro. Veo el contorno de un rostro que me escruta con suspicacia. Cuando se percata de que no soy más que una vieja, y encima coja, abre la puerta del todo.
Es él: el hombre del recuerdo de Stanley. No me cabe la menor duda, pese a que han pasado por lo menos cincuenta años. Está mucho más delgado —demacrado, incluso— y la piel parece pegada con cola a los huesos.
—¿Qué quería?
—Necesito hablar con usted —digo, y me doy cuenta de que sigo sin aliento por haber estado aguantando el dolor—. Sobre Stanley Webb.
Frunce el ceño.
—En mi vida he oído hablar de él. ¿Quién me ha dicho que es usted?
—Soy su esposa, Margaret Webb. Y eso que dice no es verdad. Sé que usted lo conoce.
—Me temo que se equivoca. Ese nombre no me suena de nada. Siento que haya venido hasta aquí para nada...
Se dispone a cerrar la puerta, pero doy un paso al frente.
—Estuvieron juntos en una parrillada en la playa de Portobello hace años. Y se comportaban como si fueran buenos amigos. Stanley Webb. No finja que no sabe de quién le hablo.
—De verdad que no tengo la menor idea de qué...
—empieza a decir, pero se interrumpe. Se queda boquiabierto.
Retrocede un paso, apartándose de la puerta, y me mira de hito en hito, como si examinara un guardarropa que está a punto de comprar.
Parpadea varias veces seguidas, estupefacto, y entonces entiendo lo que está ocurriendo.
Me reconoce. Ya me había visto antes.
—Cielo santo —musita—. Lo han conseguido. Lo han conseguido de verdad.
Nos quedamos callados unos segundos.
—¿Qué es lo que han conseguido, Toby? —pregunto.
Me hace pasar, mirando a derecha e izquierda para asegurarse de que no nos ve nadie.
—¿Cómo has venido? ¿Estás sola?
—Sí, estoy sola. La dirección la tenía Stan, pero he venido por mi cuenta.
—¿Stanley vive?
Una punzada me atraviesa el pecho, aunque no distingo si es física o no.
—Sí, todavía vive.
Toby me guía por un pasillo hasta un salón bastante elegante, con sillones de aspecto cómodo, un fuego acogedor encendido en la chimenea y más libros de los que yo podría leer en toda una vida amontonados contra las paredes.
—Te has hecho daño —comenta al ver que voy renqueando con expresión dolorida y agarrándome el hombro.
—Sí, me... me he caído. He tropezado cuando venía hacia aquí.
Niega con la cabeza.
—¿Y no has ido a que te lo examinen? Espera, que voy a buscar unos analgésicos que tengo en la cocina.
—Sonríe, meneando de nuevo la cabeza—. La verdad es que tengo un alijo de fármacos ahí dentro.
Simvastatina para el colesterol, lisinopril para la hipertensión.
Ya sabes, cosas de la edad. Toma asiento, por favor.
Así lo hago, consciente de pronto de lo agradable que es charlar con una persona normal.
Hasta hace poco no había hablado más que con empleados de Sunrise, todos mucho más jóvenes que yo; con Stanley, que la mitad del tiempo apenas sabe quién es; y contigo, que, seamos sinceros, no entras en la categoría de compañía normal.
Cuando por fin consigo acomodarme y descansar el maltrecho brazo en un lado del sillón, él regresa al salón con un vaso de agua y un par de pastillas. Dándole las gracias, las cojo y me las trago.
—Es un calmante de caballo —dice—, nada que ver con esa mierda de paracetamol que venden en la parafarmacia. Te quitarán el dolor. Luego lo mejor sería llevarte al médico.
—Toby, ¿de qué me conoces? ¿Has estado en contacto con Stan y...?
—De la playa —dice, sentándose delante de mí—. En Portobello. Estabas ahí.
Lo miro, parpadeando.
—¿Me recuerdas de la playa? ¿Yo estaba ahí?
—Sí, sí —responde—. Y, por lo que parece, no has envejecido un solo día. Es increíble. Deduzco que has vuelto atrás hace poco.
—¿Vuelto atrás? —Me cuesta seguirlo—. ¿Te refieres a que... he viajado en el tiempo?
—En cierto modo, sí. Utilizaste los recuerdos como un instrumento observacional para alterar la realidad del pasado.
Al menos, esa fue siempre la teoría. —Se inclina hacia delante, concentrado—.
Pero ¿por qué retrocediste justo a ese momento?
Es importante que entiendas que me he esforzado mucho por dejar todo eso atrás.
Hay gente muy peligrosa que cree que sé demasiado, que he visto demasiado.
Quieren tener el control absoluto sobre quién está al tanto de esto, y yo soy un cabo suelto, ¿sabes? ¿Dónde has oído hablar de mí?
—No fui ahí a buscarte a ti, sino a Stanley, para acceder a algunos de sus recuerdos. Estaba...
Niega con un gesto.
—No, Stan no estuvo ahí.
—¿Qué?
—Yo salí a pasear por la playa, solo, y entonces tú me abordaste. Creo que tenías que orinar, ¿no? Fue de lo más extraño. Te me acercaste sin más y, cuando miré atrás, habías desaparecido y... —Arrugó el entrecejo—. La verdad es que no recuerdo qué sucedió después.
—No —replico, confundida—. Estabas ahí, en una parrillada con Stanley y otro hombre..., Raph, creo que se llamaba. Estaban contigo, y entonces tú...
—Creo que, si Raph y Stan hubieran estado ahí, me acordaría.
—Bueno, entonces, ¿qué hacías antes de tropezarte conmigo? ¿Dónde estabas?
—Estaba... —Junta las cejas—. Solo había salido a caminar. No recuerdo exactamente qué hacía. Han pasado casi cincuenta años.