11 #2
Echas a andar con grandes zancadas y yo camino detrás de ti con pasitos cortos, haciendo mi mejor imitación de una niña pequeña desesperada. En realidad, sí que me cuesta seguir el ritmo de tus largas piernas. Me pregunto si no serías una jirafa en una vida anterior.
Memorizo la ruta que tomamos; giramos dos veces a la izquierda y luego otras dos a la derecha a lo largo de una distancia similar.
Cuando llegamos a los aseos, concluyo que están en el mismo lado del edificio que el jardín.
Aunque me abres la puerta con una sonrisa cortés, noto que estás ansioso porque me dé prisa.
Acabas de caer en la cuenta de la poca gracia que te hace haber dejado a Stanley ahí fuera, solo, pero es demasiado tarde. Te has comprometido a acompañarme.
Seguro que te crees muy astuta.
Pues sí, Hassan, así es. Porque, aunque tú estás convencido de que lo tienes todo bajo control, aunque te has quedado esperándome frente a la única puerta del baño, hay un factor que sé con certeza y que tú no has tenido en cuenta.
¿Qué factor?
Que nadie espera que la frágil viejecita con problemas de vejiga salga por la ventana.
Es bastante grande, por fortuna, pero está un poco alta, y la bisagra cuenta con uno de esos mecanismos que no permiten abrirla del todo.
Procurando hacer el menor ruido posible, paso por delante de los cubículos que están a la derecha y agarro la papelera grande situada junto a los lavabos.
Después de colocarla boca abajo, me encaramo a ella.
Me tiemblan las piernas. Me aferro a las persianas como una recién nacida, pues sé muy bien que, si me cayera, seguramente me rompería la cadera.
¿Cuándo fue la última vez que me subí trepando a algún sitio?
¿Hace veinte años? Al bajar la mirada, me da la sensación de estar a un kilómetro del suelo.
En mi cabeza, la idea parecía bastante mejor.
Tras respirar hondo un par de veces, asomo la cabeza por la ventana y echo una ojeada a mi izquierda: alcanzo a vislumbrar el jardín en el que hemos dejado a Stanley. La cosa va bien. El plan dará resultado. Si consigo salir, podré llegar adonde está él.
Tras asirme del alféizar para recuperar el equilibrio, saco el teléfono.
Tengo que reprimir un grito de alegría al ver que el móvil se ha conectado a una red.
Abro la aplicación de Uber, pido que nos recoja fuera, en la calle más cercana, y selecciono la opción de vehículo adaptado para silla de ruedas.
El mapa tarda lo que me parece una década en cargarse, pero al fin aparece un conductor en la pantalla.
Youssef. BD51 SMR. Llegará dentro de cuatro minutos.
La parte inferior de la ventana está más o menos a la altura de mi pecho.
Apoyo las manos en el alféizar para auparme.
O más bien para intentarlo. Haciendo toda la fuerza de que soy capaz, consigo elevarme unos diez centímetros hasta que siento que me voy a orinar encima de verdad.
Me suelto y caigo de nuevo sobre la papelera, que repiquetea un poco al bambolearse.
«Mierda —pienso, lanzando una mirada furtiva hacia la puerta—. ¿Lo habrá oído?»
Acto seguido me digo: «¿Cómo demonios voy a subirme ahí?».
Por otra parte, sé que no tengo alternativa. En vez de utilizar los brazos, me inclino hacia un lado —jadeando— como una gimnasta incompetente y levanto la pierna todo lo que puedo. Me cruje unas tres veces y, cuando la elevo por encima de la cadera, una punzada intensa me sube por la espalda.
Me muerdo el labio para no pegar un grito.
Consigo apoyar el pie en el alféizar; ahora mi cuerpo entero está pegado a la pared, y el otro pie, de puntillas encima de la papelera.
No tengo idea de cómo he llegado tan alto, pero, joder, cuánto me alegro de haberme ejercitado con los vídeos de YouTube de «Yoga para la tercera edad con Morganne».
Realizo la inspiración más profunda posible y, mientras exhalo, me impulso hacia arriba con todo: mis larguiruchos brazos, mis chirriantes piernas, mis crepitantes caderas.
El sudor me resbala por la frente. Me muevo con una lentitud exasperante, unos pocos centímetros cada vez, y hay momentos en que juraría que me voy a caer.
Voy a pegarme un costalazo y a partirme la espalda. Tú entrarás corriendo y me encontrarás ahí, hecha un ovillo junto a una papelera puesta del revés, sollozando.
Pero eso no ocurre. Lo he conseguido. Estoy boca abajo sobre el alféizar, resollando como una ballena.
Cuando aún no me he puesto a pensar cómo narices voy a bajar por el otro lado, pierdo el equilibrio. Balanceándome, alargo las manos para intentar agarrarme de las persianas, pero se me escapan de los dedos y me precipito.
Hacia fuera.
Caigo justo sobre un arbusto.
Oigo el chasquido un momento antes de notarlo. El pensamiento «eso no ha sonado nada bien» me pasa por la cabeza antes de que el dolor lacerante me atraviese el hombro. Entonces sí que se me escapa un grito.
No puedo evitarlo. Brota de mi interior como el alarido salvaje de un alma en pena durante un par de segundos hasta que consigo cerrar la boca.
Es imposible que eso no lo hayas oído. Te imagino irrumpiendo en la habitación, viendo la papelera volcada y echando un vistazo por la ventana abierta para descubrirme ahí, despatarrada en un arbusto como una idiota.
El teléfono emite un tintineo que me indica que mi Uber ha llegado y está esperándome.
«Dios santo —me digo—. ¿De verdad han pasado ya cuatro minutos?»
Me pongo de pie con dificultad y me llevo la mano al hombro izquierdo. Seguramente me lo he roto, pero ahora mismo no puedo hacer nada al respecto. Me sorprende lo indemne que ha quedado el resto de mi cuerpo.
Corro por el sendero hacia el jardín, o, mejor dicho, cojeo, pues también me he hecho daño en el pie izquierdo, y el tobillo se niega a doblarse. Cada vez que apoyo ese pie en el suelo, oigo un crujido, como si el hueso estuviera relleno de hojas secas.
No miro atrás. No quiero verte, ver tu rostro observándome mientras me alejo medio a rastras. Ni siquiera quiero pensar en ti. Lo único que quiero es sacar a Stanley de aquí.
Cuando llego al jardín me lo encuentro despierto, mirando en torno a sí como si tal cosa. Al ver que me acerco renqueando, sonríe, pero en cuanto advierte que me estoy agarrando el brazo, se le pone la cara larga.
—¿Te encuentras bien?
—Tenemos que irnos —intento decirle, pero me falta el aliento—. No hay un segundo que perder.
—¿Qué ha pasado? —Gira la cabeza de un lado a otro con un pánico creciente en la mirada—. ¿Quién eres? Parece como si te doliera algo.
«Estupendo», pienso. Quito los frenos de la silla y la empujo hacia la verja con una mano. La otra no me sirve para nada; el brazo me cuelga flácido desde el hombro. Pese a que lucho con todas mis fuerzas por evitar que el dolor tome el control sobre mí, me está consumiendo. Apenas puedo pensar.
Cuando llegamos frente a la verja, cometo el error de mirar atrás.
Estás ahí.
No muy cerca, sino en el otro extremo del jardín, adonde dan las puertas.
Estás de pie, en una postura muy erguida y solemne.
Me recuerdas una de las estatuas de la isla de Pascua, como si estuvieras hecho para durar siglos.
Me estremezco sin querer, intimidada, pues temo ver ira en tu semblante, rabia por mi traición, pero no es así. Solo veo... decepción.
¿Y sabes qué es lo más extraño?
¿Qué?
Que en el fondo me siento culpable. Una parte de mí siente el impulso inexplicable de dar media vuelta a la silla de Stanley y acercarme a ti para pedirte disculpas, para implorarte perdón. Eso es lo que más me asusta.
Echas a andar hacia mí.
No corres, ni siquiera avanzas a paso ligero. Te lo tomas con calma, como si supieras que no voy a ir a ningún sitio. Como si me consideraras patética.
Cruzo la verja con Stanley y enfilo el camino que sube a la calle. Diviso más adelante el Uber que he pedido, que está aparcado, esperando. Nos encontramos muy cerca, a solo veinte o treinta metros.
Cada hueso, músculo y tendón de mi cuerpo me grita: «Te estás cayendo a pedazos; no puedes seguir con esto».
Pero yo continúo empujando a Stanley hacia delante.
—¿Adónde me llevas? —grita de pronto, enfadado—. ¡No sé quién eres! ¿Qué estás haciendo? —Se revuelve en la silla, cambiando su peso de un lado a otro, y no puedo mantener el rumbo recto con un solo brazo. Intento levantar el otro, pero no me responde. Lo tengo inutilizado.
La silla vira hacia la izquierda, choca con el borde del camino y vuelca, de modo que los dos vamos a parar al suelo.
Yo aterrizo sobre las manos y las rodillas, pero Stan —Dios mío, pobre Stan— cae de costado con un chasquido sobrecogedor.
Tras soltar un aullido, se queda callado, demasiado callado.
Tú atraviesas la verja y, con tu andar lento e implacable, sigues avanzando hacia mí.
Tironeo de la pierna y el pantalón de Stanley con mi brazo sano, pero no sirve de nada. Ahora mismo es un peso muerto, y yo apenas podría levantar un libro, mucho menos el cuerpo de una persona.
Mientras te aproximas, pienso en la mujer que intentó detenernos cuando nos íbamos de Sunrise y en lo que le hiciste; en cómo le arrancaste la vida del cuerpo en un instante. Y yo estoy a punto de correr la misma suerte. Vas a matarme.
Entonces comprendo lo que tengo que hacer.
Dios mío, lo siento, Stanley. Lo siento mucho.
—Volveré —le aseguro—. En cuanto averigüe lo que está pasando, regresaré a salvarte. Te lo prometo.
Luchando contra todos mis instintos, como si me amputara una extremidad, suelto a Stanley. Me alejo y me dirijo cojeando hacia el Uber, tan rápido como puedo. La puerta del vehículo se abre cuando me acerco; es una de aquellas puertas correderas automáticas.
Cuando me dejo caer en el asiento trasero, advierto que te arrodillas junto a Stanley, y juraría que veo una sonrisa —una puta sonrisa de verdad— dibujarse en tu rostro.
—¿Se encuentra bien, señora? —pregunta el conductor—. Parece que se ha hecho daño.
—Estoy bien —jadeo—. ¡Por favor, arranca!
La puerta se desliza hasta cerrarse.